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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi amiga después del último tequila

Salí a bailar un viernes con Renata, y no era cualquier amiga. Nos conocíamos desde la universidad, habíamos llorado juntas por hombres que no valían la pena y nos habíamos prestado ropa, secretos y resacas durante años. Pero nunca había pasado nada entre nosotras. Nada que pudiéramos nombrar, al menos.

Renata tiene el cabello negro, largo y lacio, y usa unos lentes de pasta que le dan un aire de niña aplicada. Esa imagen siempre me pareció una trampa, porque detrás de los lentes había una mirada que prometía todo lo contrario a la buena conducta. Esa noche llevaba una falda corta y ajustada que se le pegaba al culo cada vez que se movía, y yo no podía dejar de notarlo.

Yo me había puesto un pantalón entallado y un top blanco que se me ceñía a las tetas. Me arreglé más de lo que admitiría en voz alta. Me dije que era para la foto, para sentirme bien, para nadie en particular. Mentirosa, pensé frente al espejo, y salí igual.

Llegamos al bar y pedimos lo de siempre: dos caballitos de tequila para empezar con el pie izquierdo. Después vinieron las margaritas, y después otra ronda de tequila, porque ninguna de las dos quiso ser la primera en decir basta. La música estaba tan fuerte que teníamos que hablarnos al oído, y cada vez que ella se acercaba a decirme algo, su aliento me erizaba la nuca.

Nos reíamos de todo. De los tipos que nos miraban sin atreverse a acercarse, de la canción que nos recordaba a los veinte años, de nosotras mismas bailando peor a cada copa. Bailábamos como si no hubiera nadie más en la pista, y en algún momento dejé de saber si era el tequila el que me calentaba la piel o si simplemente llevaba demasiado tiempo queriendo que algo pasara entre nosotras.

Nos acompañaba Diego, un amigo de Renata, buena onda, de esos que se ríen de cualquier cosa. En una de esas, medio en broma, alguien propuso un beso de tres. Por jugar, por el tequila, por la noche. Lo hicimos entre risas, fue rápido y tonto, de esos que se cuentan al día siguiente como una anécdota. Pero cuando Diego se fue al baño, Renata se quedó mirándome de una forma distinta.

—¿Y un beso tú y yo? —dijo, con una sonrisa de lado—. Para reforzar la amistad.

Me reí. Pensé que era un beso de pico, inocente, de esos que nos dábamos en la mejilla al despedirnos. Le dije que va, le seguí el juego.

No fue de pico.

Fue lento. Largo. Con la boca abierta y la lengua buscando despacio, como si tuviéramos toda la noche y nadie a quién dar explicaciones. Su boca era segura, tibia, dulce y descarada al mismo tiempo, y me desarmó por completo. Yo, que me creía la tranquila de las dos, sentí que se me humedecía la tanga y que el coño me latía con ganas de más.

Cuando nos separamos, ninguna dijo nada. No hacía falta. Empezamos a bailar pegadas, su cintura entre mis manos, mis caderas contra las suyas, el ritmo cada vez más lento aunque la canción fuera rápida. El bar entero se volvió ruido de fondo. Solo existían sus ojos detrás de los lentes y la forma en que se mordía el labio cuando la apretaba contra ella.

—Vámonos —me dijo al oído, y no era una pregunta.

Yo me iba a quedar a dormir en su casa, como tantas otras veces. Solo que esta vez la frase tenía otro peso.

***

El taxi fue una tortura deliciosa. Íbamos en silencio, las manos cerca pero sin tocarse, los muslos a un centímetro de distancia. Cada vez que el coche giraba, su rodilla rozaba la mía y las dos fingíamos no notarlo. Yo miraba la ciudad pasar por la ventana sin ver nada, con el corazón golpeándome en las costillas, el coño empapado y la boca todavía caliente de su beso.

Entramos a su departamento de puntitas para no despertar a la vecina. Apenas cerró la puerta, el aire entre nosotras cambió. Ya no había música ni amigos ni excusas. Solo ella y yo, y un silencio que decía mucho más que cualquier cosa que pudiéramos haber dicho en voz alta.

Pensé que iría al baño a ponerse la pijama, como siempre. Pero no. Se quedó parada en medio de su cuarto y empezó a desvestirse frente a mí, sin prisa, mirándome a los ojos todo el tiempo. Yo me senté en el borde de su cama, tragando saliva, incapaz de moverme.

Se bajó la falda despacio y quedó con una tanga roja de hilo y un sostén a juego. Su cuerpo a media luz era mejor de lo que mi imaginación se había atrevido a inventar en todos esos años. La curva de su cintura, el modo en que la lencería le marcaba las caderas, los pezones duros marcándose contra la tela roja, la manera en que respiraba sabiéndose observada. Lo sabía. Sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

—Te quedaste callada —dijo, y dio un paso hacia mí.

—Es que no sé qué hago —admití, y era verdad a medias. Sabía perfectamente lo que quería; lo que no sabía era cómo se pedía algo así.

—Empieza por tocarme —susurró—. Después vemos.

Se sentó a horcajadas sobre mis piernas, sin tocarme todavía, dejando que el calor de su coño hablara primero. Le puse las manos en la cintura casi por instinto, y la piel le ardía igual que a mí. Sentía su entrepierna caliente apretada contra mi pantalón, moviéndose apenas, como si no pudiera evitarlo.

—¿Te puedo tocar? —pregunté, con la voz más ronca de lo que esperaba.

—Si quieres —contestó, y me tomó la mano y se la llevó a la tanga—. Tócame aquí. Estoy mojadísima por ti desde el bar.

No lo dijo como una amiga. Lo dijo como quien sabe que ya te tiene rendida, como una provocación envuelta en dulzura. Y eso terminó de encenderme.

La besé otra vez, y esta vez no había nadie que pudiera interrumpirnos. La besé en la boca, en la mandíbula, en el cuello, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y dejaba escapar un suspiro que me recorrió entera. Le solté el sostén con torpeza, riéndome de mis propias manos temblorosas, y ella se rió conmigo, y por un segundo volvimos a ser las dos de siempre, solo que desnudas y a punto de cruzar una línea.

Mi boca bajó a sus tetas y me metí un pezón entero, chupándolo con hambre, mordiéndolo apenas hasta arrancarle un gemido agudo. Se aferró a mi nuca y me empujó contra su pecho, pidiendo más sin decirlo. Pasé al otro pezón, lo lamí en círculos, se lo chupé fuerte, y ella empezó a moverse contra mi muslo, restregándose la tanga empapada arriba y abajo, buscando fricción.

—No pares —jadeó—. Chúpamelas, así, más fuerte.

La recosté con cuidado sobre la cama y me tendí encima de ella, piel contra piel, sintiendo cómo su respiración se aceleraba al ritmo de la mía. Le arranqué la tanga por las caderas y la tiré al suelo. Ahí estaba, abierta debajo de mí, con el coño depilado brillándole de humedad, los muslos temblando de anticipación.

—No me imaginé que serías así —murmuró entre besos.

—¿Así cómo?

—Así de decidida —dijo, y me mordió el labio hasta hacerme daño.

Bajé por su vientre a besos húmedos, mordiendo la piel tensa de sus caderas, hasta que mi boca quedó a un centímetro de su coño. El olor me golpeó y me nubló la cabeza. Le abrí los muslos con las manos, sin pudor, y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreándola. Renata soltó un gemido largo, gutural, que no le había escuchado nunca.

—Ay, mi amor, sí, así, no pares —gimió, agarrándome del pelo.

Le chupé el clítoris con los labios, lo aprisioné, lo solté, volví a lamerla. Metí la lengua entre sus labios, la hundí lo más que pude, y después subí de nuevo al clítoris para chupárselo con ganas. Ella se retorcía debajo de mí, arqueaba la espalda, me empujaba la cara contra su coño como si quisiera desaparecer dentro de mi boca.

—Métemelos —jadeó—. Los dedos, mételos, por favor.

Le metí dos dedos de un empujón. Estaba tan mojada que entraron enteros de una, y ella gritó tapándose la boca con la otra mano. Empecé a follarla con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, moviendo la muñeca fuerte, sintiéndola apretarse alrededor de mis nudillos. Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto que hace que a una se le vaya la cabeza, y por la forma en que Renata pegó un respingo supe que lo había encontrado.

—Ahí, ahí, ahí —repetía como un mantra—. No te muevas de ahí, cabrona, ahí.

La cama crujía. Sus caderas subían a encontrarse con mi mano en cada embestida. Yo la miraba desde abajo, con la cara empapada, la barbilla goteándome, y ella me devolvía la mirada con los lentes torcidos y los ojos vidriosos, la boca abierta, gimiendo mi nombre entre insultos cariñosos. Aceleré el ritmo, le chupé el clítoris más fuerte, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le contraían los muslos alrededor de mi cabeza.

—Me vengo, me vengo, ay puta, me vengo —chilló, y se corrió apretándome los dedos con espasmos que no paraban.

Le seguí lamiendo despacio, sacándole hasta la última gota de placer, hasta que me apartó riéndose porque no aguantaba más las cosquillas. Subí por su cuerpo y la besé en la boca, dejándole probar su propio sabor, y ella me chupó los labios con hambre, gimiendo dentro de mi beso.

—Ahora tú —dijo, y me dio la vuelta de un empujón.

Quedé de espaldas contra el colchón. Me arrancó el top de un tirón, me bajó el pantalón y la tanga juntos y los mandó a volar. Se quedó mirándome desnuda un segundo, mordiéndose el labio, y después se agachó y me abrió las piernas de par en par.

—Qué rico coño tienes —murmuró, y me sopló despacio sobre el clítoris antes de lamérmelo con la punta de la lengua.

Yo pegué un salto. Llevaba horas caliente, tenía el coño hinchado, latiéndome, y su lengua fue como un cortocircuito. Renata me lamía con esa misma curiosidad de niña aplicada que nunca había abandonado del todo, estudiándome, probando qué me hacía gemir más fuerte, memorizándome. Me chupaba el clítoris, me lo mordisqueaba con los labios, bajaba a lamerme la entrada y volvía a subir.

—Métemela —le pedí, sin reconocer mi propia voz—. Cógeme con los dedos.

Me metió tres de golpe y empezó a bombear duro, con la palma golpeándome el clítoris en cada embestida. Yo me agarré del cabecero, arqueé la espalda, le abrí más las piernas para que entrara más hondo. Ella no dejaba de mirarme desde abajo, sonriendo con la boca brillante de mí, sabiendo perfectamente lo que me estaba provocando.

—Mírate cómo te pones —dijo, sin dejar de metérmela—. Toda mojada por mí. Dime que te gusta.

—Me encanta, hija de puta, no pares.

Se rió y bajó la boca otra vez a mi clítoris mientras sus dedos seguían dentro. La combinación me destruyó. Sentí el orgasmo subiéndome desde los pies, apretándome, y cuando reventó fue tan fuerte que solté un grito que seguro escuchó la vecina. Me sacudí entera contra su cara, agarrándole el pelo, corriéndome en su boca sin poder controlarme.

No nos detuvimos ahí. Nos enredamos las piernas, junté mi coño con el suyo y empezamos a movernos una contra la otra, clítoris contra clítoris, resbalando de tan mojadas que estábamos. Ella se agarraba a mis caderas, yo a las suyas, y nos frotábamos cada vez más rápido, mirándonos a los ojos, jadeando la misma respiración. Volvimos a corrernos casi juntas, temblando, tapándonos la boca para no despertar a media cuadra.

Había risas entre los besos, palabras a medias, alguna torpeza que resolvíamos con ternura. No era la escena perfecta de una película; era mejor, porque era real, porque éramos nosotras, porque cada caricia llevaba años de amistad por debajo. El tequila seguía latiéndonos en la sangre, pero ya no era el alcohol el que mandaba. Era ella diciéndome despacito qué le gustaba, era yo obedeciendo sin que me lo pidieran dos veces.

***

Eran casi las cuatro de la mañana cuando dejamos de tener fuerzas. Estábamos agotadas, medio ebrias, con la ropa interior tirada por el suelo, las sábanas empapadas y las dos enredadas en el mismo desastre. Nos quedamos dormidas abrazadas, su espalda contra mi pecho, mi brazo rodeándola, mi mano descansando sobre una de sus tetas, el corazón todavía acelerado.

Cuando desperté, la luz se colaba por la persiana y ella ya me estaba mirando. Estábamos desnudas, despeinadas, con el maquillaje corrido y el olor a sexo pegado a la piel. Por un instante temí el silencio incómodo, la mañana siguiente que arruina las cosas buenas.

Pero Renata solo sonrió, deslizó la mano bajo la sábana y me pellizcó un pezón despacio.

—Buenos días —dijo, como si nada y como si todo.

Nos reímos. No hizo falta explicarse. Nos miramos como dos cómplices de un secreto que no necesitaba palabras, un secreto que era nuestro y de nadie más.

No volvimos a hablar del tema en los días siguientes. Lo dejamos ahí, guardado, como algo que quizás solo podía pasar una vez. Seguimos siendo amigas, seguimos saliendo, seguimos prestándonos ropa y secretos. Pero algo había cambiado, y las dos lo sabíamos.

Porque yo me quedé con ganas de más. De su risa contra mi boca, de su coño mojado contra el mío, de esa mirada traviesa detrás de los lentes. De volver a cruzar la línea sin el pretexto del tequila, sin la coartada de un juego de tres. De decirle, alguna noche, que ya no quería que fuera un secreto.

Estoy buscando esa chispa otra vez. Esa vibra que eriza la piel con una sola mirada, esa complicidad de salir, beber, bailar pegadas y dejar que crezca un fuego imposible de ignorar. Quiero acercarme sin miedo, que los besos dejen de ser un juego para volverse una necesidad, que el roce de las manos encienda lo que el sentido común intenta apagar.

Quiero a alguien con quien mostrarme sin filtros, perderme sin culpa, recorrer cada curva sin prisa y follar con la libertad de ser dos mujeres calientes y traviesas. Si tú también sientes eso, si quieres vivir algo intenso y sin reservas, quizás llevamos demasiado tiempo buscándonos. Y yo ya estoy más que lista para encontrarte.

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Comentarios(8)

Barbara

increible!!! me encanto cada detalle, se siente tan real

Karen0910

Por favor una continuacion!! quede con ganas de saber que paso esa noche completa

MilagrosSalta

jajaja el titulo lo dice todo, los tequilas no mienten nunca. Me recordo a algo que me paso hace años con mi mejor amiga

Feli_Noc

corto para mi gusto pero muy bueno!! espero que haya segunda parte

NightReader7

ese momento del beso que dura mas de la cuenta... uf. Lo mejor del relato sin dudas

Darko_Sur

El detalle del ultimo tequila es un clasico jaja. Gran historia, segui asi

LuciaMar91

Que emotivo esto, me atrapó desde el excerpt. El dilema de ese primer beso que te cambia la noche entera esta muy bien llevado, sin apresurarse. Muy autentico todo.

PamelaNoc22

que titulo!! te engancha desde el primer momento. Muy bien escrito

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