Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El beso que mi mejor amiga me pidió frente a su novio

Tenía que haber dicho que no. Me lo repetí durante todo el camino de regreso, con los pies pesados y un sabor amargo en la boca, como si acabara de firmar mi propia sentencia. Pero, ¿cómo le dices que no a unos ojos así y a esa sonrisa que te desarma? Yo solita había cavado el hoyo, y yo solita pensaba enterrarme dentro.

Ya sé que a veces me pongo dramática. No me malinterpreten. Era pura frustración. Cuando Lucía me citó esa tarde en una cafetería del centro, jamás imaginé que era para pedirme que fuera su dama de honor. ¿En qué momento lo suyo con ese tipo se había puesto tan serio? Ella me contaba los planes con los ojos brillantes, tan ilusionada, que sentí una punzada de remordimiento. Quizás él no era tan idiota como yo creía. Quizás de verdad la hacía feliz.

En cambio, yo cargaba en secreto, desde hacía meses, las ganas de tenerla. De follármela hasta dejarla sin voz. Nunca quise arriesgar nuestra amistad. Aunque dormíamos en la misma cama y veíamos películas casi abrazadas en el sillón, jamás crucé una línea. Y nunca noté nada de su parte, así que aprendía a controlar las manos temblorosas y el coño empapado cada vez que nos rozábamos sin querer. O cuando me contaba algo emocionada y yo, en algún punto, solo veía moverse sus labios carnosos y me preguntaba a qué sabrían, si sabrían tan bien como imaginaba que sabía su coño. O cuando se cambiaba de ropa delante de mí, sin malicia, ajena por completo a la calentura que me provocaba ver esas tetas rebotar mientras se pasaba la camiseta por la cabeza.

No podía llamar amor a aquello. Era deseo en estado puro, ganas de comérmela viva. Tenía en la cabeza demasiadas maneras de complacerla, de hacerla temblar bajo mis dedos y de dejarla la lengua clavada entre las piernas hasta que me suplicara parar. ¿Sería de las que gimen bajito o de las que se enteran hasta los vecinos? Suponía que eran preguntas sin respuesta. Por lo pronto, me tocaba aguantar el papel de dama de honor.

Me llamo Marina, tengo veintinueve años, el pelo a la altura de los hombros, los brazos llenos de tatuajes y un cuerpo más bien fuerte. Siempre me consideré bisexual, de las que no tienen suerte con las mujeres. No sé qué karma estaré pagando. Tuve mis experiencias con chicas, pero o me dejaban en visto o volvían con la ex. Mi zona segura terminaron siendo los hombres: simples, predecibles, con una polla que sabías dónde encontrar. Nada que ver con la montaña rusa que es una mujer. Y aun así, con dos bandos para elegir, seguía soltera desde mi última ruptura. Últimamente mi cabeza la ocupaba una sola persona más de lo sano. Maldita Lucía.

La conocí en una fiesta, por el amigo de un amigo, y hubo química desde el primer minuto. Vivíamos cerca, descubrimos mil cosas en común y la amistad llegó sin que nos diéramos cuenta. No me costó entender que era heterosexual: no paraba de hablar de su novio, de lo bueno y de lo no tan bueno, y de cómo la follaba. Mi intención con ella era solo eso, amistad, hasta una noche en que estuve a punto de explotar.

Era uno de esos días en que me quedaba a dormir en su casa. Salía del baño y, justo antes de entrar a la habitación, escuché una voz masculina pidiéndole que se quitara la blusa y se tocara el coño para él. Me quedé congelada. Nada me costaba retroceder y esperar a que terminara la videollamada con su novio. Pero mis pies dieron un paso al frente sin mi permiso. Lo suficiente para tener una buena vista. Verle las tetas al aire, los pezones duros y sus manos acariciándolos con timidez, mientras la otra se metía por debajo de la falda buscando el coño, me recorrió como una corriente. Sentí tal presión entre las piernas, tal chorreo empapándome las bragas, que tuve que cruzarlas para no gemir ahí mismo. Era demasiado guapa, la condenada.

Desde ese día no volví a mirarla igual. Empecé a notar cada detalle: sus curvas, el cabello largo hasta la cintura, los muslos imponentes que se comían la tela de cualquier pantalón, lo hermosa que era su piel color caramelo, el culo respingón que me obligaba a tragar saliva. Por eso, lo último que tenía en mis planes era asistir a su boda, y peor aún, encargarme de los preparativos y ayudarla con la mudanza a otra provincia. Una parte de mí sentía que la iba a perder, y no estaba lista para eso.

***

Faltaba un mes. Casi todo estaba listo y, de milagro, mi cabeza ya no era el desastre de antes. El gimnasio me ayudaba: descargaba tensiones y el cansancio se volvió parte de una rutina que disfrutaba. Ya me había resignado cuando Lucía me invitó a dormir a su casa. Algo que parecía de lo más normal, esta vez se sintió distinto. Su tono nervioso al proponerlo me dejó confundida, pero no le di importancia.

—Estaba pensando que te quedes este sábado conmigo —me dijo—. Digo, si puedes. Si no, no pasa nada.

—¿Me perdí de algo? —reí—. Hace rato que no hacemos noche de chicas. Te vendría bien, andas muy estresada.

—Sí. Sería como la pre despedida de soltera. —Hizo una pausa—. No puedo creer que me mude tan lejos.

—Oye, no me pongas tanta presión, no es justo —bromeé—. Y tranquila, vas a estar bien. Ustedes son el uno para el otro.

—Cuando tú lo dices, lo siento más real.

Ese día me arreglé más de lo común. Estaba nerviosa y ni yo sabía por qué. Ya tenía elegidas las películas y llevaba comida para un batallón.

Al entrar, su casa estaba impecable, todo limpio y ordenado. Lucía también: un vestido blanco corto que cortaba la respiración, que apenas le tapaba el culo y le marcaba las tetas sin sujetador. Nada que ver con la pijama de siempre. Estaba a punto de caer en una tentación que no iba a poder vencer.

—Tengo todo listo, solo faltan las palomitas —dije.

—Sobre eso… tengo que preguntarte algo. Y entiendo si me dices que no.

—Pues solo lo sabremos si me preguntas, tonta.

—Quería saber si… si podemos besarnos.

—¿Qué?

El corazón se me olvidó cómo latir. ¿El cielo había escuchado mis ruegos o era una broma cruel?

—A ver, te explico, no entres en pánico. Sería un beso, frente a…

—¿A tu prometido? —la corté.

No lo podía creer. ¿Nuestro primer beso, y seguramente el último, iba a ser para que un tipo se hiciera una paja del otro lado de la pantalla? Por más que me muriera por besarla, por metérsela con la lengua hasta la garganta, aquello no estaba bien.

—Es solo un beso entre amigas, nada importante, Marina. Y sé que tienes experiencia. Confío en ti.

—¿Pero tú estás de acuerdo? No sabía que te llamaran esas cosas.

—No tanto, pero estoy dispuesta a experimentar.

—O sea, te lo pidió él.

—Sí, pero no es nada del otro mundo. Llevamos mucho tiempo separados y esto es para encender la relación.

—Si tú lo dices.

—Él va a llamar en unos minutos. Nos besamos y listo. Tenemos varias pelis por ver —dijo, sonriendo como si lo que acababa de pedir no fuera nada.

—Sí, sí, pan comido.

Fui a la cocina por un vaso de agua. Necesitaba mentalizarme, calmar los nervios y la rabia. Si iba a hacerle ese «favorcito» a una amiga, más me valía hacerlo bien. Y si era la única vez que iba a poder probar esa boca, pensaba dejarle marca.

***

Acabamos las dos de rodillas, una frente a la otra, en el centro de la cama. En el borde, la laptop con el rostro expectante y morboso de él esperando el espectáculo, ya con la polla fuera en la mano, por lo que alcancé a ver.

—¿Estás lista? —pregunté.

—Sí. Creo que sí.

Me acerqué despacio, hasta que nuestras rodillas se tocaron. Le rocé el muslo y dejé que mi mano subiera apenas por encima del dobladillo del vestido, sintiendo su piel caliente bajo los dedos, sin soltar su mirada ni un segundo.

Hice como si el intruso de la pantalla no existiera y me incliné hacia ella. Le tomé el rostro entre las manos y la besé. Fue un beso suave, casi casto, hasta que sentí su lengua abriéndose paso en mi boca, buscando la mía, enroscándose con hambre. Todo el autocontrol que me quedaba se vino abajo en ese instante. ¿A qué jugaba? ¿Y por qué sentía que la que estaba perdiendo era yo?

Nuestras respiraciones se agitaron y un beso se convirtió en cinco. Conforme avanzábamos, se iba perdiendo la ternura. La agarré por la cintura y la senté sobre mí, a horcajadas, sintiendo el calor de su coño desnudo contra mi muslo. Un cosquilleo me invadió el centro y las manos me ardían por tocar cada rincón de su cuerpo. Le mordí el cuello entre beso y beso, chupándole la piel hasta dejarle un moretón que iba a tener que explicar después. Ella solo resoplaba y echaba la cabeza hacia atrás, restregando el coño empapado contra mi pierna sin siquiera darse cuenta.

No aguanté más y le apreté las nalgas por debajo del vestido, posesiva, amasándolas una y otra vez, abriéndolas con los dedos hasta que rocé el borde de su coño chorreante. Estábamos en nuestra propia burbuja hasta que un sonido nos sacó del trance. Por supuesto: nuestro espectador, con la mano trabajándose la polla a toda velocidad, sorprendido, con los ojos cargados de deseo, pidiendo más. Me separé de golpe, aterrizando de vuelta en la realidad.

—Bueno… eso era todo, ¿verdad? —dije.

—Ehh… yo…

—Ya te ayudé. Creo que mejor me voy.

—¡No! Espera.

Me agarró de la mano y, sin previo aviso, volvió a besarme. Mucho más salvaje, mucho más hambriento que todo lo anterior. Me mordió el labio hasta hacerme gemir.

—¡Lucía! ¿Qué estamos haciendo? Ya cumplí mi parte. Esto… tu prometido…

—¡Que se joda!

Cerró la llamada, lanzó la laptop a un lado y siguió devorándome.

—¿Estás segura? —pregunté, interrumpiendo el beso con la mirada desconcertada.

—Nunca estuve tan segura de algo en mi vida. Fóllame, Marina. Llevo meses queriendo que me folles.

Esas palabras me atravesaron entera. Seguimos besándonos sin tregua, las lenguas provocándose, chupándonos la saliva la una a la otra, hasta que le saqué el vestido por encima de la cabeza. Para mi sorpresa, no llevaba nada debajo. Ni bragas ni sujetador. Ahí estaba, arrodillada delante de mí, con las tetas al aire, los pezones tiesos y oscuros, el coño depilado y brillante de lo mojada que estaba.

—Eres un problema, Lucía —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

—¿Y eso es algo malo? —respondió con una inocencia fingida, mientras se pasaba una mano entre las piernas y se abría el coño para que se lo viera bien.

—Para mí no, guapa. Para mí no.

Me quité la ropa a toda prisa, arrancándome la camiseta y el pantalón como si me quemaran. Quedé desnuda sobre ella, piel contra piel, tetas contra tetas, y sentí sus pezones duros clavándose en los míos. La empujé de espaldas contra el colchón y me subí encima, atrapándole las muñecas por encima de la cabeza mientras mi boca conquistaba cada centímetro de su cuello, de sus clavículas, del valle entre esos pechos que tanto había imaginado. Le lamí desde el ombligo hasta la garganta y volví a bajar, esta vez con calma, saboreando cada tramo de piel color caramelo.

Me llevé un pezón a la boca y luego el otro, chupándoselos hasta hacerla arquearse, tirando de ellos con los dientes, con mordidas justas, las suficientes para que doliera sin lastimarla. Le pasaba la lengua alrededor de la aureola en círculos y después soplaba encima, y cada vez que lo hacía, ella soltaba un grito agudo y me clavaba las uñas en la espalda. Entonces lo supe: era de las que gritan. Esto iba a ponerse interesante.

Bajé la mano derecha entre nuestros cuerpos y deslicé dos dedos por toda la humedad de su sexo. Estaba empapada, chorreando, los dedos me resbalaban solos. Los pasé por sus labios hinchados, arriba y abajo, sin tocarle todavía el clítoris, disfrutando del temblor que le recorría las piernas.

—Por favor, Marina —jadeó—. Deja de jugar.

—Aguantá, guapa. Quiero saborearte primero.

Le abrí las piernas de par en par, me acomodé entre ellas y le lamí el interior de los muslos, primero uno y después el otro, subiendo despacio, dejándole un rastro de saliva que se enfriaba en su piel. Cuando llegué a su coño, la aparté de golpe y soplé encima. Ella soltó un gemido de frustración que casi me hace reír.

Entonces sí. Le hundí la lengua entera, de abajo hacia arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y le di un lametón largo, tragándome todo su sabor. Ácida, dulce, salada, todo a la vez. Podría comérsela horas. Le chupé el clítoris con la boca entera, succionándolo, dibujando círculos rápidos con la punta de la lengua, alternando con lametones más lentos y planos. Ella se retorcía debajo de mí, con las caderas levantadas del colchón, empujando el coño contra mi cara, buscándose sola el placer.

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba tan mojada que entraron hasta el fondo sin resistencia. Los curvé hacia arriba, buscándole ese punto rugoso que hace que a las mujeres se les ponga los ojos en blanco, y empecé a bombear, primero despacio y después con fuerza. Sus gritos se volvieron imposibles de ignorar, su voz ronca pedía más, suplicaba que la hiciera mía, que no parara, que la follara más fuerte. Metí un tercer dedo. Se le arqueó la espalda entera.

—Así, así, no pares, joder, así —jadeaba, con las manos enredadas en mi pelo, tirándome hacia dentro.

Su cuerpo se retorcía de placer y mis dedos se empapaban más y más, chorreando por mi muñeca hasta el brazo. Así estuvimos un buen rato, hasta que vi las gotas de sudor resbalarle por la frente, por el cuello, entre las tetas. Cambié la posición y ataqué el clítoris con la lengua directamente mientras los tres dedos seguían dentro, y esa fue la gota que colmó el vaso. Con las manos enredadas en mi pelo, me empujó la cabeza más adentro, tan profundo que casi no podía respirar, aplastándome la cara contra su coño empapado.

Levanté la vista sin dejar de chuparle. Lo que vi, sumado a mi mano libre trabajando sobre mi propio clítoris, me hizo venir al instante. Despacio y salvaje a la vez, una corrida larga que me sacudió entera, con la boca todavía pegada a su coño. Ver cómo se corría ella, con la espalda arqueada, el pecho subiendo y bajando, las paredes de su coño apretándome los dedos como un puño, gimiendo mi nombre a gritos, el pelo revuelto y la mirada vidriosa. Era una diosa, en toda la extensión de la palabra. Sentí cómo se corría en mi boca, cómo me chorreaba la barbilla, y me tragué todo lo que pude.

Caímos las dos sin aliento, boca arriba, mirando el techo, dejando que los cuerpos se recompusieran. Yo con su sabor todavía en los labios, ella con las piernas todavía temblando.

—Quiero hacerlo otra vez —dijo, mirándome los labios con una sonrisa traviesa, pasándome un dedo por la barbilla para limpiarme sus propios jugos.

—Estoy para cumplir tus deseos.

***

La tomé en cada rincón de esa habitación. Con los dedos, con la lengua, hasta con la nariz. La puse en cuatro sobre la cama y le comí el coño y el culo por detrás, con la lengua metida hasta donde llegaba, agarrándola de las caderas mientras ella empujaba hacia atrás pidiendo más. Le abrí las nalgas y le pasé la lengua por el ojete, y el grito que soltó me confirmó que nunca nadie se lo había hecho. Se corrió así, con mi lengua entre las nalgas y tres dedos en el coño, empapando toda la sábana debajo suyo.

La cargué contra una pared, con las piernas sostenidas en mi cintura, y le metí cuatro dedos mientras ella se deshacía con cada caricia, arañándome los hombros, mordiéndome el cuello. La follé así, de pie, sintiendo cómo su coño me apretaba la mano hasta que me dolía la muñeca, hasta que se corrió otra vez chorreándome el antebrazo entero. Su cuerpo respondía a todo, y eso me volaba la cabeza por completo.

Después la senté encima de mi cara, en el suelo, y le dije que se moviera como quisiera, que me usara. Y me usó. Me cabalgó la lengua con las manos apoyadas en la pared, restregándome el coño por toda la cara, corriéndose por tercera o cuarta vez. Perdí la cuenta. Nos comimos en tijera, frotando coño contra coño hasta que las dos gritamos a la vez. Le enseñé a hacerme lo mismo que yo le hacía, y aprendió rápido, chupándome el clítoris con una devoción que me hizo derretirme entera.

Las tres horas siguientes fueron la sesión de sexo más intensa de mi vida. Le chupé hasta el alma. Le corrí tantas veces encima que perdí la cuenta, y ella me la devolvió con creces. Me dolía la mandíbula, tenía los dedos dormidos, los hombros molidos y el coño hinchado de tanto correrme.

—¿Crees que te perdone por esto? —le pregunté, todavía con la respiración entrecortada y su sabor pegado a la boca.

—Ahí está el detalle: ni siquiera pienso pedir perdón.

Al final, aunque la boda se atrasó tres meses, la perdonaron. Lo entiendo: con la cabeza fría, nadie tira por la borda una relación entera por una sola noche. Si me preguntan, fue la mejor de todas. Atesoré cada minuto de lo que fuimos, cada gemido, cada corrida, cada centímetro de su piel. Lo que no me esperaba era que, dos meses después, me llegaría su llamada. Lucía llorando, diciendo que no había podido olvidarme, que revivía aquella noche cada día, que se tocaba pensando en mi boca entre sus piernas y que no se sentía capaz de casarse.

En mis manos tenía el poder de darle una oportunidad a lo nuestro. De continuar una historia que quedó a medias, aun sabiendo lo incierto del camino. O ahorrarme la maldita montaña rusa y seguir adelante.

¿Ustedes qué habrían hecho?

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(9)

Luzdeluna_88

Dios mio, que tension desde el primer parrafo... me engancho de principio a fin. Increible!!!

TotoR

buenisimo!!!

MarisolF

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues. Esto no puede quedar asi jaja

ValeriaNoc

Me recordo una situacion con una amiga hace años, aunque no llegó a tanto... o casi jaja. Muy bien contado.

CuriosaRosa

Que manera de construir la tension sin apurarse. Se siente todo muy real y natural. Excelente!!

MarinaRojo

Me gusto muchisimo como lo narraste, nada forzado, todo fluye solo. De lo mejor que lei en esta categoria.

SentimientosMix

Se me hizo cortisimo, queria que siguiera y siguiera. Tremendo relato, gracias por compartirlo!

DiegoMRL

Muy excitante e intenso. Saludos desde Mexico

TeresaMora

¿Hay continuacion? porque asi no puedo quedarme jaja. Espero el proximo con ansias.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.