Mi novia y las dos farmacéuticas de aquel pueblo
Era sábado. Hacía más de dos semanas de nuestra aventura con Adrián y Tomás, y ni a Noa ni a mí nos había bajado la regla. Ella llevaba tres días de retraso; yo, seis. No era raro que se nos adelantara o atrasara un poco, pero esta vez no podíamos evitar ilusionarnos. Noa estaba empeñada en bajar a la farmacia a comprar un par de pruebas de embarazo, y no paraba de insistirme.
—¿Pero no te das cuenta de que llama la atención que bajemos las dos a la vez a comprar una prueba? —le dije—. Van a pensar que somos unas guarras. Y como cierta persona de las dos es muy dicharachera, no voy a decir quién, ahora en la farmacia del barrio saben que ninguna tiene novio.
—Sí, lo que tú digas —respondió ella con sorna—, pero no les conté que nuestros coños son amigos íntimos.
Al final acordamos ir a una farmacia donde no nos conocieran, una a la que, si volvíamos alguna vez, nadie se acordara de nuestras caras. Para firmar el acuerdo me arrodillé delante de ella, le bajé el pantalón del pijama de un tirón y le comí el coño. Le lamía el clítoris, se lo baboseaba, hacía ventosa al succionarlo y hurgaba con la lengua dentro de su vagina hasta que se le doblaron un poco las rodillas.
—Oye —dije, levantando la cara con una sonrisa pícara—. Se me ocurre que podríamos hacer la prueba de embarazo ahora mismo.
—¿A qué te refieres?
—A que si me meas en la boca, te digo si estás embarazada. Solo por el sabor.
—¿Tú estás tonta? —soltó, entre escandalizada y divertida.
—Bueno, como quieras. Pero si tú no aceptas mi prueba, yo no me hago la de la farmacia.
Noa se quedó pensativa, mordiéndose el labio. La conocía demasiado bien.
—Venga, si lo estás deseando, guarrilla —insistí para provocarla—. ¿Qué pasa, que te adelanto por la derecha en lo de ser una puta?
Sabía que se lo decía solo para picarla, e intentó contenerse, pero su naturaleza pudo más que su orgullo y acabó cediendo. Seguí comiéndole el coño hasta que se corrió con un temblor largo, agarrada al marco de la puerta. Unos segundos después le entraron ganas de orinar. Me avisó, pero el primer chorro me pilló desprevenida y cayó sobre mi pecho, empapándome el pijama. Abrí la boca a toda prisa y la dirigí al chorro para saborearlo.
No me gustó, pero el morbo hacía que no me importara en absoluto. Cuando la orina me llenó la boca, el líquido empezó a desbordarse, cayendo en parte sobre mi pijama y en parte sobre las baldosas. Empecé a tragar, y curiosamente le fui tomando el gusto. Me lo iba pasando garganta abajo según caía, aunque una parte rebosaba sin remedio.
—¡Mmm! Qué rico —dije con toda la ironía del mundo—. Estás embarazada. Seguro.
—¡¿Sí?! ¿De verdad lo crees?
—No tengo ni idea, Noa.
—¡Jo, Noi! No me ilusiones en vano.
—¡Jo, Noa! —repetí imitándola—. No seas tan crédula, que bien que eres la reina de las arpías cuando te conviene.
Se rio fingiendo inocencia, sabiendo que yo tenía razón. Se subió el pantalón y fue a prepararse para salir. La intercepté en la puerta del dormitorio.
—¿Adónde crees que vas? Ahora te toca a ti comprobar si estoy embarazada yo.
Noa sonrió y se agachó. Me bajó el pantalón con el mismo tirón con que se lo había bajado yo. Me quité la camiseta, porque empapada me resultaba incomodísima, y la dejé caer sobre la silla. Ella me lamió el coño despacio, sin prisa. Fui a pararla, porque ya tenía ganas de orinar, pero su lengua me daba tanto gusto que aguanté unos segundos más solo por sentirla. Al fin se lo dije, que parara, que ya empezaba.
Ella preparó la boca y mi chorro le cayó dentro desde la primera gota. Enseguida se desparramó sobre su pijama. Corté el chorro y le ordené que tragara lo que tenía en la boca. Obedeció con gusto, mirándome desde abajo. Luego dejé salir lo que me quedaba, que le cayó de lleno en la cara, empapándola entera.
—¡Jo, tía! Me ha entrado en los ojos —se quejó.
—Pues… ¿qué quieres que te diga, chica? —contesté con superioridad—. Otra experiencia más.
No pudo mirarme, pero sé que, de haber podido, lo habría hecho con lujuria mientras hacía pucheros. Me fui al baño a ducharme y Noa me siguió. No nos duchamos juntas porque nos habríamos entretenido más de la cuenta; mientras una se enjabonaba, la otra se masturbaba observándola desde la puerta. Limpias y vestidas, salimos de casa por fin.
***
De camino a una farmacia que no quedaba lejos nos invadió la inseguridad. Estaba más allá que la de siempre, sí, pero aún en zona conocida: cualquier vecino podía aparecer y vernos comprar las dos pruebas. Buscamos otra más lejos. Seguía pareciéndonos cerca. Luego otra, y otra. Acabamos cogiendo un tren para ir a una a cincuenta kilómetros, en Xàtiva.
Llegamos e hicimos algo de turismo, porque la prueba podía esperar. Subimos hasta el castillo, comimos sin prisa y nos pasamos por la farmacia hacia las tres de la tarde, imaginando que a esa hora habría menos gente. No nos equivocamos: estaba vacía. Nos atendió una chica joven que estaba sola tras el mostrador. Noa se puso a hablar con ella, como siempre. A mí me ponía de los nervios cada vez que lo hacía, pero ya estaba acostumbrada.
Le contó que éramos mejores amigas desde el colegio y que queríamos ser madres a la vez. La farmacéutica le seguía la corriente encantada. Resultó ser aún más habladora que Noa, lo cual era toda una hazaña. Estuvieron de cháchara más de veinte minutos. Yo ya llevaba un buen rato sentada en una de esas sillas que tienen para tomar la tensión.
La conversación se cortó cuando llegó una compañera, una mujer de unos cuarenta años, morena con mechas rubias, de espalda ancha y bien trabajada. Muy atractiva. Nos saludó y se dirigió a la joven.
—Lara, ¿se pasó mi madre a recoger lo suyo?
—Estuvo por aquí hace un rato.
Justo antes de meterse en el almacén, la recién llegada acarició a Lara de una manera discreta, una caricia que Noa y yo conocíamos demasiado bien. Era idéntica a la que nos hacíamos nosotras desde el instituto cuando estábamos en público y no queríamos que nadie nos descubriera. Nos miramos, y supe por su cara que Noa iba a hacer una de las suyas.
—Perdona. Lara, ¿no?
—Sí, dime.
—Yo soy Noa, y eso de ahí es Renata. Encantadas.
Sonreí y saludé con la mano sin levantarme de la silla.
—Encantada —dijo ella, sonriéndonos primero a Noa y luego a mí.
—Pues verás… —siguió Noa—. La caricia esa que te ha hecho tu compañera…
Lara se quedó pálida.
—Marcela —atinó a decir, después de tragar saliva.
—La caricia que te dio Marcela… ¿es…? —susurró Noa, antes de quedarse atascada sin saber cómo plantearlo.
Me acerqué para echarle una mano.
—Noa quiere saber si tenéis un lío —dije bajito, en el mismo tono que ella.
La cara de Lara palideció todavía más, de una manera que la delataba por completo.
—No pasa nada, noso… —Noa cortó la frase para mirarme.
—Noa. No —le advertí.
—Noa. Sí —dijo Noa.
Le di permiso con la mirada.
—Nosotras somos novias, pero tampoco queremos que nadie lo sepa. Aún no hemos salido del armario —susurró.
La cara de Lara cambió por completo. Se le iluminó la sonrisa y llamó a Marcela, que tardó un suspiro en aparecer. Lara le contó lo que Noa acababa de confesarle. Noa, lanzada, empezó a hablarles de nuestras andanzas mientras las dos escuchaban con los ojos muy abiertos, hasta que les relató nuestra aventura con Adrián y Tomás.
—Así que estáis abiertas a incluir a otras personas… —dijo Marcela con un brillo lascivo en la mirada.
Las dos asentimos, copiando su misma expresión. Marcela fue hasta la puerta, echó la llave, bajó el estor y volvió hacia el almacén pidiéndonos con el dedo índice que la siguiéramos. Las tres fuimos detrás.
***
Marcela se lanzó sobre Noa, y Lara y yo nos besamos casi a la vez. Las cuatro nos fuimos desnudando poco a poco, entre cajas de medicamentos y el olor a cartón y a alcohol. No hablamos de cómo organizarnos, pero parecía haber un acuerdo tácito para no mezclarnos: Marcela y Noa follaban entre ellas sin meterse con nosotras.
Yo le comía las tetas a Lara y volvía enseguida a besar esa cara de ángel, de no haber roto un plato en su vida. De reojo veía a Marcela manejando a Noa a su antojo, y no sabía qué me ponía más, si follarme a una chica tan dulce o ver a mi novia tan sumisa con alguien que no era yo. No conté las veces que me corrí, porque fueron demasiadas: en la mano de Lara, en su boca, contra su muslo, en mi propia mano, otra vez en la suya.
Recuerdo una en especial. Estábamos haciendo el sesenta y nueve. Su lengua me lamía el ombligo y bajaba hacia mi coño, jugueteaba un rato con mi clítoris y volvía a subir al ombligo, alargándolo a propósito. Cuando estaba a punto de correrme, la avisé, y se levantó dejándome al borde. Se dio la vuelta y acercó su cara a la mía.
—Quiero que te corras mirándome a los ojos —me dijo.
Entrelazó sus piernas con las mías y metió la mano en medio, jugando al mismo tiempo con mi coño y con el suyo, que se rozaban uno contra otro. Y, efectivamente, me corrí mirándola a los ojos, igual que hizo ella un instante después. Nos dimos un morreo largo que me espabiló justo cuando el cansancio amenazaba con tumbarme.
Tras un buen rato y varios orgasmos, Marcela y Lara se vistieron con la idea de reabrir la farmacia. Antes nos ayudaron a hacernos las pruebas de embarazo, que dieron positivo las dos. Yo controlé la emoción; Noa, ni de lejos. Se lanzó a mis brazos y se puso a llorar de pura alegría. Marcela y Lara nos felicitaron y me echaron una mano para tranquilizarla.
Noa y yo nos vestimos con la intención de volvernos ya a casa, pero Marcela dijo que de eso nada, que aún no nos podíamos ir, que a mí me tenía que catar ella y a Noa la cataría Lara. Las dos nos moríamos de ganas, aunque dudábamos. Nos convenció cuando nos aseguró que sus compañeros las relevarían en media hora. Abrió la caja registradora, sacó un billete de cincuenta euros y nos lo tendió. Lo rechazamos. Al final me lo metió ella misma en el escote y nos dijo que nos tomáramos algo mientras ellas salían del trabajo.