La viuda que siempre me gustó volvió a mi vida
Mi tía Pilar es la viuda del hermano pequeño de mi padre. Antonio murió hace cuatro años, una enfermedad que se lo llevó en cuestión de semanas y la dejó hundida en una casona demasiado grande para una sola persona. Carmen, su amiga de toda la vida, también enviudó casi al mismo tiempo. Ricardo, su marido, se apagó un invierno y la dejó igual de sola, aunque ella lo llevó de otra manera.
Pilar y Carmen son amigas desde niñas, desde el pueblo. Carmen es dos años mayor; hoy ronda los sesenta y cuatro y mi tía los sesenta y dos. Toda una vida juntas, primero allí y después lejos.
Las dos emigraron a Francia a finales de los años setenta, siendo muy jóvenes. Carmen tenía veintiún años y mi tía diecinueve cuando se subieron a aquel tren sin saber una palabra del idioma. Los primeros tiempos fueron durísimos, como para cualquiera que deja atrás su casa, su gente y su lengua para ganarse la vida en un país extraño. Pero ellas, armadas de valor, aprendieron rápido y se quedaron en Lyon casi cuarenta años, hasta que sus maridos se jubilaron y volvieron al pueblo.
Allí, en Francia, tuvieron sus primeros amoríos, siendo jovencísimas. En aquella época Francia era un país liberal y adelantado comparado con la España de entonces, que todavía arrastraba las secuelas de tantos años de represión. Las chicas y los chicos que llegábamos del mundo rural descubríamos de golpe un mundo nuevo en todos los sentidos, también en el sexual. La juventud francesa follaba sin pudor, hablaba de pollas y de coños en la mesa del bar, mientras que los españoles parecíamos auténticos mojigatos que no sabíamos ni dónde teníamos el clítoris.
Ellas se integraron deprisa. Trabajaban de internas en casas de gente adinerada de los barrios buenos, y los domingos por la tarde, su único rato libre, iban a un local de españoles donde se montaba un baile. Allí coincidían con muchachos de nuestro pueblo, y allí empezaron a salir con los que después serían sus maridos.
Mi tía con Antonio, que le sacaba quince años. Carmen con Ricardo, amigo de mi tío y casi de su misma edad. Ellas eran muy ingenuas y los dos hombres, que ya llevaban años en Francia, se las sabían todas. No les costó nada meterse en sus bragas. A los pocos años se casaron las dos; mi tía con apenas veintidós.
Recuerdo a Pilar de aquella época como una muñeca frágil, de piel muy blanca y delicada, una preciosidad de la que mi tío presumía delante de sus hermanos. Carmen era distinta. Más mujer, más rotunda, de piel morena y un pelo negro azabache que siempre llevó muy corto y que llamaba la atención a todo el mundo. Bien proporcionada, con unas tetas grandes y firmes que se le marcaban bajo la blusa y que a mí, cuando venía de vacaciones al pueblo, me costaba dejar de mirar. Se me iban los ojos al canalillo cada vez que se agachaba, y por la noche, en la cama, esos dos pechos morenos volvían a mí como una obsesión.
Y aquí tengo que confesar algo. En aquellos veranos, encerrada en mi cuarto, en la soledad de una lesbiana que todavía no se atrevía a serlo en voz alta, me masturbaba pensando en ella. En Carmen, en su escote, en cómo se le marcaba el sujetador bajo la blusa cuando se inclinaba a recoger algo del suelo. Me metía dos dedos en el coño empapado imaginando que era su lengua, y me mordía la almohada para que mi madre no oyera los gemidos desde el pasillo.
Era un secreto que me quemaba por dentro.
No solo con ella, la verdad. Por mi cabeza pasaban casi todas las mujeres del pueblo, también las casadas, también las que llegaban del extranjero arregladas de otra manera. Cosas de las hormonas de la juventud, que estaban en plena ebullición. Pero Carmen ocupaba un lugar aparte. Con ella imaginaba cosas concretas: sus manos amasándome las tetas, su boca chupándome los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, el peso de aquellas dos tetazas morenas en mis palmas mientras yo se las lamía una por una. Me imaginaba abriéndole las piernas, hundiendo la cara entre sus muslos morenos y comiéndole el coño hasta que se corriera en mi boca. Llegué a tocarme el clítoris tantas noches pensando en ella, con dos dedos dentro y la palma restregándome el capullo, que su imagen se me quedó grabada para siempre. Muchas madrugadas me dormí con la mano todavía metida entre las piernas y el olor de mi propia corrida pegado a los dedos.
Cuando Antonio y Ricardo se jubilaron, los cuatro volvieron a España, al pueblo. Y allí, ya jubilados, fueron muriendo los maridos con pocos años de diferencia.
Una vez puestos en situación sobre quiénes son mi tía Pilar y su amiga Carmen, voy a contar lo que pasó no hace mucho.
***
Yo sabía que Carmen, al enviudar, no se había quedado del todo sola. Con ella vive su hija pequeña, Sandra, una lesbiana abierta que en el pueblo conocen todos. De Sandra solo sé que nunca ha tenido una pareja estable: muchas, sí, pero ninguna le ha durado. Se dice que se folla a media comarca y que ninguna mujer le dura más de dos meses en la cama. En cualquier caso, Carmen la tiene a su lado, y sobreponerse a la muerte de Ricardo le resultó un poco menos cruel.
Mi tía, en cambio, se quedó completamente sola en aquella casa enorme. Por lo que sé, lo ha pasado fatal: siempre deprimida, siempre llorando. Pilar solo ha conocido a un hombre en su vida, convivió cuarenta años con él, y Antonio era sus pies y sus manos. Tiene dos hijos, pero viven en el extranjero, casados con extranjeros, y visitan a su madre una vez al año y por pocos días.
De vez en cuando me llamaba por teléfono pidiéndome algún consejo, porque sabe que yo también pasé por un pozo parecido y supe salir. Carmen, mientras tanto, se pasaba casi todos los días en casa de mi tía, intentando consolarla, repitiéndole que no podía encerrarse en sí misma, que todavía eran jóvenes, que la vida tenía cosas buenas si una se dejaba.
Pilar le daba la razón, le decía que sí, que tenía que hacerle caso, pero no reaccionaba. Y de ese callejón sin salida nació todo lo que vino después.
***
Una noche, mientras Nuria y yo veíamos la televisión en el sofá, sonó mi móvil. Número desconocido. Lo cogí casi sin mirar.
—Buenas noches, ¿dígame? —contesté.
—Buenas noches. ¿Eres tú, verdad? —dijo una voz de mujer, algo dudosa.
—Sí, soy yo. ¿Quién eres?
—Soy Carmen. La viuda de Ricardo, la amiga de tu tía Pilar, la mujer de tu tío Antonio.
Se me encogió algo en el estómago al oír su nombre. Y más abajo también, entre las piernas, sentí un tirón húmedo que me tomó por sorpresa. Hacía años que no hablaba con ella.
—Ah, sí, Carmen, claro que sé quién eres —respondí—. Dime, ¿qué pasa? Es tarde y te noto tensa.
—La verdad es que no sé ni cómo empezar —titubeó—. Es por tu tía. Está muy mal de ánimo, no para de llorar, desde que murió Antonio no levanta cabeza. Se ha metido en un bucle y no sale.
Hizo una pausa larga, como tomando aire.
—Perdona que sea tan directa, pero creo que tú eres la única que puede ayudarla a salir de ahí, si se deja. Sé que confía muchísimo en ti, por la relación que tenías con tu tío.
—Sí, mi tío y yo teníamos una conexión especial —admití—. A pesar de lo bruto que era, nunca me dijo una palabra sobre mi condición, aunque sé de sobra que no le gustaba. No le quedó otra que aceptarlo, después de todo lo que pasé.
—Por eso mismo te lo pido —insistió—. A ver si entre las dos conseguimos sacarla del pozo. Si quieres, puedo ir a Valencia, a tu casa, y lo hablamos en persona. Prefiero sincerarme contigo cara a cara, no por teléfono.
Mientras hablaba, yo la imaginaba al otro lado. Más mayor, claro, pero con aquel pelo negro y aquella voz grave que de joven me ponía la piel de gallina y me empapaba las bragas. Treinta años después, esa misma voz volvía a encenderme una brasa que creía apagada. Sentí cómo se me endurecían los pezones bajo el pijama, cómo el coño me palpitaba lento, obsceno, sin permiso.
Será posible que todavía me haga esto.
—Carmen, mi mujer está aquí conmigo, escuchando, pero no se entera de la mitad —dije, mirando de reojo a Nuria, que seguía pendiente de la pantalla—. Ahora se lo explico. Seguro que le encanta que vengas y lo hablemos las tres. ¿Te parece?
—Gracias —suspiró, aliviada—. Pues quedamos en eso. Voy a Valencia el sábado, ¿vale?
—Vale. El sábado te esperamos. Te mando la dirección por mensaje y te vienes a comer.
Nos despedimos hasta el sábado y colgué.
***
Le expliqué a Nuria el motivo de la llamada. Ella, que es la mujer más paciente del mundo, solo dijo que por supuesto, que Carmen era bienvenida, que ya pensaríamos juntas cómo ayudar a Pilar. Después se acurrucó contra mí y siguió con la película. Yo me quedé con el móvil apagado en la mano, mirando el techo, incapaz de concentrarme en nada.
Me preocupaba mi tía de verdad. La entendía mejor que nadie, porque yo también había estado en ese agujero. Cuando creía que ya no había salida, fue Nuria la que me tendió la mano y me sacó. Le debía esa misma mano a Pilar.
Pero sería deshonesta si dijera que solo pensaba en mi tía. Esa noche, en la cama, con Nuria dormida a mi lado, volví a tener veinte años. Volví a aquel cuarto del pueblo, al verano, al calor pegajoso de las sábanas, a la imagen de Carmen agachándose en el patio mientras yo la espiaba desde la ventana. Cerré los ojos y la vi otra vez, con su blusa entreabierta, con aquellas dos tetas morenas que tantas noches me habían acompañado en silencio, con el sujetador blanco marcándose bajo la tela y el sudor bajándole por el canalillo.
Me sorprendí a mí misma deslizando la mano por debajo del camisón, despacio, conteniendo la respiración para no despertar a mi mujer. No me lo había propuesto. Pasó solo, como pasaba antes, como si el cuerpo recordase mejor que la cabeza. Los dedos me encontraron los pezones ya duros y me los pellizqué uno a uno, imaginando que era la boca de Carmen la que los chupaba. Bajé la mano por el vientre, muy despacio, y al llegar al monte me encontré la braga empapada, calada de arriba abajo, como si llevara horas mojándose sola en la oscuridad.
Aparté la tela con dos dedos y me abrí los labios del coño. Estaba hinchado, caliente, resbaladizo. Me pasé el corazón por el clítoris y tuve que morderme el labio para no gemir. Pensé en su voz al teléfono, en cómo había dicho mi nombre, y la brasa se convirtió en fuego. Me metí un dedo, luego dos, hasta el fondo, y empecé a follarme despacio, curvando las yemas contra el punto que me hacía perder la cabeza. Con la otra mano me apretaba una teta por encima del camisón, imaginando que era la mano morena de Carmen la que me la amasaba, la que me arrancaba el pezón con los dientes.
La imaginé sobre mí, sesenta y cuatro años y todavía con esas tetazas colgándole pesadas, restregándomelas por la cara, obligándome a chupárselas una por una. La imaginé bajando por mi vientre, abriéndome las piernas de par en par, hundiendo la nariz en mi coño empapado y lamiéndome de abajo arriba con la lengua plana. La imaginé diciéndome al oído, con esa voz grave: «Come, hija, cómeme el coño como llevas treinta años queriendo hacerlo, córrete en mi boca».
Se me escapó un jadeo. Me quedé quieta un segundo, aterrada, mirando a Nuria de reojo. Seguía dormida, dándome la espalda. Volví a lo mío, más despacio, más callada, con los dos dedos moviéndose dentro y el pulgar dando vueltas apretadas al clítoris. Los ruidos de mi propio coño en la oscuridad me sonaban obscenos, como una confesión.
Tengo cincuenta años y sigo siendo aquella chica escondida.
Me mordí el labio hasta hacerme sangre y dejé que el recuerdo hiciera el resto. Me imaginé a Carmen sentándose sobre mi cara, bajándose las bragas ya usadas, poniéndome su coño maduro encima de la boca, y a mí abriendo los labios y sacando la lengua para chupárselo todo. Me imaginé su corrida cayéndome por la barbilla mientras me hundía dos dedos gordos y morenos en mi coño. Con esa imagen se me disparó todo. Se me contrajeron las piernas, se me tensó el vientre, y me corrí en silencio, con la boca abierta contra la almohada, apretando los muslos contra la mano para no chillar. Las sacudidas me duraron una eternidad; noté el líquido resbalándome hasta el ojete y empapándome el camisón.
Cuando terminé, me quedé quieta en la oscuridad, con el corazón acelerado, los dedos brillantes de flujo pegados al muslo y una mezcla rara de culpa y excitación, escuchando la respiración tranquila de Nuria. Me llevé los dedos a la nariz sin pensarlo, olí mi propia corrida y volví a sentir el latido entre las piernas.
No estaba bien fantasear con la mejor amiga de mi tía. Una mujer que venía a pedirme ayuda, que confiaba en mí, que cargaba con su propio duelo. Me lo repetí varias veces, como si bastara con repetirlo. Pero el cuerpo no entiende de razones, y el mío llevaba treinta años guardando ese deseo en un cajón cerrado, con la llave escondida bajo la lengua.
El resto de la semana lo pasé inquieta, contando los días. Cada vez que sonaba un mensaje pensaba que era ella confirmando, cambiando el plan, arrepintiéndose. No se arrepintió. Me toqué otras dos noches más, siempre pensando en ella, siempre con la mano rápida bajo las sábanas y Nuria respirando a mi lado sin sospechar nada. El viernes por la noche me escribió una sola línea: «Mañana a mediodía estoy ahí. Gracias por todo, Ángela». Leí mi nombre escrito por ella varias veces antes de dormir, y volví a metérmela los dedos hasta el fondo, corriéndome otra vez con su nombre en los labios.
Estaba ansiosa por que llegara el sábado. Por escuchar de su boca lo que de verdad le pasaba a mi tía. Por entender por qué me había elegido a mí entre todos. Y, aunque me costara admitirlo, por volver a tenerla delante después de tantos años, por comprobar si la mujer real seguía pareciéndose a la que yo había inventado tantas noches con dos dedos dentro.
Faltaban tres días para el sábado. Tres días que se me hicieron eternos, con el coño mojado a todas horas y la cabeza llena de imágenes suyas.
Continuará…