La abogada que me enseñó a desear a otra mujer
Nunca planeé que pasara. Esa noche fui a un cumpleaños con un par de amigas, vestida sin pensar en nada más que pasarla bien. Tenía novio, una relación estable, y mi vida seguía un rumbo bastante claro. No había en mi cabeza ni una grieta por donde pudiera colarse otra idea.
Renata, en cambio, era un caos hermoso.
Nunca habíamos coincidido tanto. Sabía de ella por terceras personas, esas historias que circulan en los grupos sin que nadie las confirme. Alta, de curvas generosas, piel clara y un cabello negro larguísimo, lacio, que le caía como una cortina cuando giraba la cabeza. Tenía ese aire de mujer segura que podía volverte loca sin proponérselo. Calculé que me llevaba tres o cuatro años, aunque los cargaba como si fueran un trofeo y no un peso.
Era abogada, de las que hablan despacio porque saben que siempre las van a escuchar. Tercera generación de una familia de abogados, me contaron, y se le notaba en la manera en que ocupaba una habitación.
Esa noche llevaba tacones de aguja, una falda de cuero y una blusa entallada que parecía pensada para incomodar a quien la mirara demasiado. Y me miraba. De lejos, sin disimulo, como si ya supiera algo que yo todavía ignoraba sobre mí misma.
Pasaron las horas, pasó el vino, y como pasa entre mujeres, terminamos yendo juntas al baño. Ahí, con la excusa más simple del mundo, me pidió mi número. No lo vi raro: hago amistades con facilidad, me cuesta más bien lo contrario. Pero ella no quería ser mi amiga, y eso lo entendí después.
Unos días más tarde me invitó a cenar. Solo nosotras. Me dijo, sin rodeos, que le atraían las mujeres, que yo la inquietaba desde hacía tiempo, y que su pareja —un hombre con quien llevaba más de diez años— lo sabía todo.
—Me dijo que me animara, si de verdad me atraías —confesó, dándole vueltas a la copa entre los dedos.
Su sinceridad me descolocó. Yo no soy lesbiana, pensé, y se lo dije casi como una disculpa. Me halagaba, claro. Me parecía guapísima, de esas mujeres que hacen girar la cabeza. Pero no era lo mío. Al menos eso creía esa noche.
Me contó que su novio, Andrés, era muy celoso, pero con las mujeres se mostraba más abierto. Quizás, supuse, porque pensaba que un hombre a la larga podía quitársela, y una mujer no.
Le respondí que esa conversación no era una que yo quisiera tener con mi pareja. Mi novio era posesivo, de los que cuentan los minutos. Aun así, le admití que me halagaba mucho que pensara en mí de esa manera.
Esa misma semana le conté a mi novio lo que había pasado y lo extraña que me parecía la relación entre Renata y Andrés. Él se rió y dijo que se notaba que Andrés tenía sus inseguridades por la belleza de ella, que por eso se permitía abrir la puerta a otra mujer pero jamás a otro hombre. Me pareció una teoría tan masculina que ni la discutí.
***
Pasó el tiempo. Renata y yo nos alejamos un poco, sin pelea, simplemente la vida. Pero una reunión volvió a juntar las piezas. Esta vez ella vino con Andrés.
Me trató con frialdad desde que crucé la puerta. Cortante, midiendo cada palabra, como si yo le hubiera hecho algo que ni siquiera había sucedido. No dejó que Renata se me acercara para hablar en toda la noche. La rondaba, le apoyaba la mano en la espalda, la reclamaba con gestos pequeños y constantes.
Y entonces me molesté.
Porque yo había hecho las cosas bien. Había sido clara, había puesto distancia, no había buscado nada. Y su actitud, esa vigilancia disfrazada de cariño, me fue irritando hora tras hora. Me enojó que me juzgara por algo que ni siquiera había ocurrido.
Así que lo decidí, casi por orgullo, casi por rebeldía.
La invité a mi casa.
Me inventé la excusa de una noche de spa entre nosotras: mascarillas, vino, una película. Algo inocente sobre el papel. Renata aceptó al instante, como si llevara meses esperando que yo diera el paso.
***
Llegó sola, con una pijama suave de tirantes que se le pegaba en los lugares justos. Yo también andaba ligera de ropa, un short y una camisa fina. Preparamos algo de cenar, pero apenas lo tocamos. Las palabras sobraban; el aire estaba lleno de otra cosa.
Pusimos una película que ninguna de las dos miró. A los pocos minutos ella se acercó en el sillón. Apoyó una mano en mi muslo, sin prisa, y me miró despacio, como si me estuviera leyendo por dentro.
Luego se inclinó y me besó. Un beso lento, casi inocente, y sin embargo el más sensual que me habían dado nunca.
—¿Estás segura? —preguntó, separándose apenas.
No respondí con palabras. Solo asentí.
Toda la situación era nueva para mí, y creo que ella lo sabía y por eso iba tan despacio. Su boca era cálida, carnosa, distinta a todo lo conocido. Me acariciaba el rostro, las piernas, la nuca. Yo me sentía pequeña a su lado, apenas un metro sesenta frente a su figura imponente. Pequeña y, a la vez, increíblemente excitada.
Me quitó el short con una facilidad que me dejó sin aire. Debajo llevaba una tanga blanca, muy fina, y la camisa que apenas me cubría. Ella fue abriendo los botones uno a uno, con una calma que me ponía los nervios de punta, hasta dejar mis pechos al descubierto. Entonces bajó la cabeza y empezó a besarme el cuello, después los hombros, después más abajo. Su lengua era paciente. Sus manos sabían exactamente lo que hacían.
Yo temblaba. Literalmente temblaba.
Sus labios jugaban con mis pezones, los rodeaban, los soltaban, volvían. Sus dedos trazaban líneas largas por mis muslos, acercándose y alejándose, hasta que la espera empezó a dolerme de ganas. Bajó por mi vientre sin dejar de mirarme y deslizó la tanga por mis piernas. Sentí su aliento caliente antes de sentir nada más.
Y entonces su lengua.
No sabía que se podía sentir así. Cada movimiento era un descubrimiento, cada caricia una pregunta a la que mi cuerpo respondía solo. Me acariciaba el clítoris con la punta de la lengua, despacio, y cuando creía que ya no aguantaba más, entraba en mí con un dedo, después con dos, marcando un ritmo que yo no controlaba.
Lamía a lo largo de mi sexo, que ya estaba empapado, y entre lametones me dejaba besos pequeños, casi tiernos, como si quisiera grabarse cada parte de mí.
Grité. Me corrí. No pude evitarlo. El orgasmo fue intenso, largo, como si el cuerpo me explotara desde dentro y tardara una eternidad en volver a juntarse.
***
Cuando recuperé el aliento, ella se desnudó frente a mí, sin pudor. Tenía unos pechos naturales preciosos, caderas anchas y la piel suave, con algunos tatuajes escondidos en lugares que solo se descubrían de cerca. Me tomó de las manos y me guió, paciente, como una maestra que disfruta enseñar.
—No tengas miedo —murmuró—. Hazme lo que te gustaría que te hicieran.
Y lo hice.
La besé en el vientre, bajé despacio, insegura y curiosa a la vez. No estaba del todo depilada, y lejos de incomodarme, me pareció natural, real, terriblemente sexy. La abrí con cuidado con los dedos y empecé a lamerla, suave, atenta a cada estremecimiento que provocaba en ella.
—Así, sí… justo así —susurraba con los ojos cerrados, una mano enredada en mi pelo.
Le metí un dedo, después dos, y su gemido fue mi recompensa. Seguí lamiendo su clítoris, descubriendo a qué ritmo respondía mejor, presionando con la lengua justo donde ella se quejaba más fuerte. Mis dedos entraban y salían al compás de su respiración, que se iba volviendo entrecortada.
Cuando se corrió, me atrajo hacia ella y me besó los labios, que aún brillaban de su sabor, y se rió bajito contra mi boca.
—¿Y tú decías que no te gustaban las mujeres? —preguntó.
No supe qué responder.
***
Esa noche lo hicimos una y otra vez. Con dedos, con la boca, con la respiración mezclada. En algún momento ella sacó de su bolso un juguete que traía guardado, como si lo hubiera planeado todo desde el principio. Me lo introdujo despacio y luego dejó de ser despacio, y yo me dejé llevar porque estábamos demasiado encendidas para frenar.
Después fui yo quien tomó el control, todavía temblando, y la hice terminar otra vez con mi lengua mientras ella me apretaba contra sí. Perdí la cuenta de cuántas veces nos quedamos sin aliento esa madrugada.
Nos bañamos juntas cuando el cielo ya empezaba a aclarar, riéndonos como si nos conociéramos de toda la vida. Dormimos desnudas, entre sábanas tibias, su olor en mi piel y su sabor todavía en mis labios.
No sé si fue amor. No sé si fue solo deseo, curiosidad o rebeldía contra la frialdad de Andrés. Quizás un poco de todo.
Lo único que sé con certeza es que fue una experiencia increíble, y que aquella noche descubrí que había una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.