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Relatos Ardientes

La tarde que cerré la puerta del despacho con Renata

Llevo siete años como socia del estudio de arquitectura que abrimos con un par de compañeros de la facultad, y desde el primer día tuve secretaria propia. La última que entró se llama Renata, tiene veintiséis años y, desde que la vi cruzar la puerta con su carpeta y sus zapatos sin pulir, supe que el equilibrio del despacho se me iba a romper.

Tiene el pelo castaño oscuro, lacio, le cae justo a la altura de la mandíbula. La piel pálida, con esa especie de rubor permanente en los pómulos que parece que acabara de subir las escaleras. La boca llena, los ojos color miel oscura. Y un cuerpo que aprendí a esquivar con la mirada porque, si me detenía a mirarla, perdía el hilo de cualquier cosa que estuviera diciendo.

No es de tetas grandes. Las tiene chicas y firmes, marcadas debajo de las camisas de algodón que usa los lunes. La cadera, en cambio, es ancha, redonda, casi descarada. Lleva siempre faldas o vestidos por encima de la rodilla, y todas las mañanas paso por al lado de su escritorio fingiendo que voy a la cafetera cuando en realidad voy a mirarla de espaldas.

Esa mañana de viernes había llegado a la oficina antes que nadie. Necesitaba terminar la memoria descriptiva de un proyecto que entregábamos el lunes a primera hora, y sabía que durante el día no me iban a dejar trabajar. Eran las ocho y media cuando la oí abrir la puerta, dejar el bolso en el perchero y caminar despacio hasta su escritorio.

—Buenos días, arquitecta —dijo con esa voz suya, como si la acabara de despertar.

—Carolina —le respondí sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Cuántas veces te tengo que pedir que me llames Carolina?

Hubo un silencio breve.

—Buenos días, Carolina.

Levanté la cabeza y la encontré apoyada en el marco de mi puerta. Llevaba un vestido negro de punto, sin mangas, que le marcaba la cintura y terminaba justo donde empezaba el muslo. El pelo todavía húmedo. Sin maquillaje, salvo un brillo discreto en los labios.

—¿Cómo vas con los planos del proyecto Belgrano? —le pregunté.

—Los tengo acá —se acercó y me dejó una carpeta sobre el escritorio—. ¿Te traigo un café?

—Por favor. Dos. Uno para vos.

—¿Para mí?

—Hoy no tenemos a nadie hasta las diez. Quiero hablar tranquila con vos un momento.

Asintió y salió. La oí trastear con las tazas en la cocina pequeña que tenemos al final del pasillo. Cuando volvió traía las dos tazas en una bandejita, una servilleta debajo de cada una, como si fuese a servir a un cliente. Esa formalidad suya, que al principio me había encantado, ahora me ponía nerviosa. Quería que dejara de tratarme de usted, que dejara de pedir permiso para sentarse, que entendiera de una vez por todas que yo no era una jefa más.

—Sentate —le dije señalándole la silla frente al escritorio.

Se sentó. Cruzó las piernas. La falda del vestido se le subió dos dedos.

Tomamos el café al mismo tiempo, sin hablar, mirándonos por encima del borde de la taza. Ella sostuvo mi mirada más de lo que esperaba. Yo aguanté hasta que el silencio empezó a doler.

—Renata —dije, dejando la taza.

—¿Sí?

—Hace tres meses que estás acá. Hacés tu trabajo mejor que cualquiera que haya pasado por este puesto. Pero hay algo que no me dejás hacer.

—¿Qué cosa?

Me levanté. Rodeé el escritorio. Me apoyé contra el borde, frente a ella. Ella alzó la vista, y por primera vez me pareció que su seguridad de chica resuelta se quebraba un segundo.

—No me dejás tratarte como una mujer —le dije—. Cada vez que entrás a este despacho sos mi empleada. Y yo no quiero que seas solamente eso.

Se quedó callada. La oí tragar saliva.

—¿Y qué querés que sea? —me preguntó muy bajo.

Le tendí la mano. Ella la miró un segundo, como evaluando, y después la tomó. Se puso de pie. Quedamos a un palmo de distancia, y entonces le dije lo que había querido decirle desde la primera entrevista.

—Quiero que seas la mujer que me gusta. La que me distrae. La que me hace llegar tarde a las reuniones porque me quedo mirándole la nuca cuando se inclina sobre el escáner.

Levantó la mano y me apartó un mechón de pelo rubio que se me había soltado del rodete. Lo enrolló entre los dedos, despacio, sin dejar de mirarme.

—Pensé que no te ibas a animar nunca —murmuró.

—¿Lo sabías?

—Desde el día que me contrataste. Sólo que vos tardás demasiado en las cosas importantes, Carolina.

***

Le sostuve la cara con las dos manos y la besé. Sin prólogo. Sin pedir permiso esta vez. Tenía los labios tibios, todavía con sabor a café. Ella tardó un par de segundos en responder, y cuando lo hizo abrió la boca despacio y dejó que mi lengua entrara como si estuviera esperando esa instrucción desde hacía meses.

La empujé hacia atrás, con cuidado, hasta que su espalda chocó contra la pared del despacho. Le pasé las manos por la cintura, por las caderas, hasta las nalgas, y se las apreté con fuerza. Las tenía firmes, redondas, exactamente como me las había imaginado las mañanas en que la veía agacharse para sacar carpetas del archivo. Renata dejó escapar un sonido grave, ronco, que no le había escuchado nunca.

—Cerrá la puerta con llave —le dije al oído.

—Ya la cerré cuando entré con el café.

Me quedé un segundo mirándola. Ella sonrió, apenas, con una mezcla de timidez y descaro que me terminó de desarmar.

Esto no era casualidad. Lo tenía pensado.

Le bajé los breteles del vestido. La tela cedió fácil. Cuando el vestido le cayó hasta la cintura descubrí que no llevaba corpiño. Sus pechos eran pequeños, redondos, con los pezones rosados y duros. Me incliné y le mordí uno con la punta de los dientes. Ella arqueó la espalda y me agarró la nuca con una mano para que no me apartara.

Le levanté el vestido hasta dejárselo enrollado en la cintura. Tampoco llevaba bombacha. La piel del pubis estaba apenas marcada por una línea delgada de vello castaño. Le pasé la mano abierta por la entrepierna y la encontré húmeda, caliente, lista desde antes de que yo cruzara la puerta de mi despacho.

—¿Vos viniste así desde tu casa? —le pregunté.

Asintió.

—Y la idea era que yo me diera cuenta sola.

Volvió a asentir, mordiéndose el labio.

La empujé hasta el escritorio. Le barrí los papeles con el antebrazo y la senté ahí, sobre la madera, con las piernas abiertas. Ella se dejó hacer, mirándome con una calma que me ponía aún más. Me arrodillé entre sus muslos, le pasé las manos por la cara interna de las piernas, y le besé el pubis sin tocarla todavía con la lengua. Quería que pidiera. Quería oír su voz quebrada.

—Carolina, por favor.

Era todo lo que necesitaba.

Le abrí los labios con dos dedos y le pasé la lengua entera, despacio, de abajo hacia arriba. Renata soltó un gemido grave y se echó hacia atrás apoyada en los codos. Repetí el recorrido tres veces, cada vez más lento, y a la cuarta me detuve en el clítoris y me quedé ahí, dibujando círculos con la punta de la lengua, escuchando cómo la respiración se le volvía irregular.

Le metí dos dedos. No tuve que empujar. La sentí cerrarse alrededor, apretar y soltar, mientras yo seguía con la lengua arriba. Movía la mano despacio al principio, dando tiempo, y de a poco fui acelerando. Renata se aferraba al borde del escritorio con una mano y me hundía la otra en el pelo, sin guiarme, sólo para tenerme cerca.

—Más rápido —me pidió—. Por favor, más rápido.

Le hice caso. Aumenté la velocidad de los dedos y empecé a chuparle el clítoris en serio, sin pausa. La oí decir mi nombre dos veces, en voz baja la primera, en voz alta la segunda, y al tercer intento la voz se le quebró del todo. Se contrajo entera, las piernas cerradas alrededor de mi cabeza, la espalda arqueada, y se quedó así varios segundos antes de derrumbarse hacia atrás sobre el escritorio.

Le saqué los dedos despacio. Subí, le besé el ombligo, el esternón, el cuello, y por fin la boca. Ella todavía respiraba entrecortado.

—No me voy a poder volver a sentar en ese escritorio sin pensar en esto —murmuró.

—Esa es la idea.

Me reí contra su boca. Ella se rio también, y la risa terminó en otro beso largo, lento, distinto al primero. Ya no había prueba ni medida. Estábamos del otro lado.

***

Renata se incorporó y, con un movimiento más decidido del que le había visto en todo el día, me empujó a mí. Quedé sentada en la silla giratoria del despacho, la misma desde donde firmo certificados y reviso facturas. Ella se arrodilló entre mis piernas, me desabotonó la camisa blanca, me bajó el corpiño hasta que mis pechos quedaron al aire. Los tengo más grandes que ella, más caídos. Ella los miró un segundo y después se inclinó y me chupó un pezón mientras la otra mano me subía la falda de tubo hasta la cintura.

Le facilité el trabajo. Levanté las caderas para que me bajara la bombacha de encaje negro. Ella la deslizó por las piernas y la dejó tirada al lado de la silla. Después me separó las rodillas, sin apuro, y me miró un segundo entera antes de bajar la cabeza.

—Me imaginé esto muchas veces —dijo, mirándome desde abajo.

—Yo también.

Lo que vino fue una clase. No sé de dónde había sacado lo que sabía, pero esa boca conocía el oficio. Empezó suave, con besos largos y húmedos en la cara interna del muslo, subiendo despacio, hasta que la primera vez que su lengua me tocó donde tenía que tocarme, levanté la cadera sin querer y se me escapó un gemido que en otro contexto me habría dado vergüenza.

Me agarré con las dos manos del apoyabrazos. Renata se tomaba su tiempo. Alternaba la lengua plana con la punta, los labios cerrados con los abiertos, dos dedos adentro con la mano completamente quieta. Cuando notaba que estaba por terminar, bajaba el ritmo, retrocedía, me dejaba respirar, y volvía a empezar. Era una crueldad deliciosa.

—No me hagas esto —le pedí.

—¿Qué cosa?

—Esperar.

Levantó la cabeza, me sonrió con la boca brillante, y volvió a bajar. Esta vez no se detuvo. Aceleró los dedos, succionó con fuerza, y yo me dejé ir contra su cara sin medir nada. Tardé en abrir los ojos. Cuando lo hice, ella seguía ahí, descansando la mejilla contra mi muslo, esperándome.

La subí. La senté encima de mí, a horcajadas, y nos quedamos así un rato largo, abrazadas, respirando contra el cuello de la otra. Mi camisa colgaba a medio salir. Su vestido enrollado en la cintura. El despacho olía a café frío, a perfume mezclado, a otra cosa que prefiero no nombrar.

—Tengo una reunión a las diez —dije al final.

—Lo sé. Yo la agendé.

Nos reímos.

—¿Y ahora qué? —me preguntó, apoyada en mi hombro.

No le contesté enseguida. Le acaricié la espalda desnuda, los huesos de los omóplatos, la cintura. Pensé en todas las semanas que nos quedaban por delante, en los lunes a primera hora, en los viernes a última, en los viajes de obra a los que ahora la iba a llevar conmigo. Pensé en lo poco que iba a costarme inventar excusas.

—Ahora —le dije— te vas a vestir, vas a recibir al cliente, le vas a sonreír como si nada, y vas a esperar a las siete de la tarde.

—¿Y a las siete?

—A las siete cerramos el despacho y te llevo a comer.

Se separó de mí, me miró a los ojos, y por primera vez en tres meses me pareció que sonreía sin formalismos, sin guardar las distancias, sin pensar en jerarquías.

—Trato hecho, Carolina.

Recogió el vestido, se lo acomodó, se pasó las manos por el pelo, y caminó hasta la puerta del despacho. Antes de salir, se dio vuelta.

—Por cierto —dijo—. La bombacha la dejé en mi escritorio, en el cajón de arriba. Por si me querés ir a buscar algo durante la mañana.

Cerró la puerta detrás de ella y la oí sentarse en su silla, encender la computadora, y empezar a contestar correos como si nada hubiera pasado.

Yo me quedé sentada, mirando el desorden del escritorio, los papeles tirados, la taza vacía, el rastro de su perfume, y pensé que iba a ser una mañana muy larga.

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Comentarios (4)

LucianaOK

Increible!! me encantó cada detalle

Sofi_Noche

Necesito una segunda parte ya, no puede quedarse ahi. Excelente relato!!

Valentina_rdp

Me recordó a algo que viví hace tiempo jaja, estas cosas pasan mas de lo que la gente imagina

ElenaConti

La tension entre las dos antes de que todo explote es lo mejor. Muy bien narrado, sigue publicando!

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