Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi amiga me ayudó a terminar lo que empecé sola

El calor de febrero pegaba contra el ventanal de la tienda como una mano abierta. Eran las tres de la tarde, la calle estaba muerta y yo había decidido bajar la persiana a medias, dejar entrar solo la luz justa y hacer cuenta de que el local me pertenecía a mí, no a las clientas.

Lucía me había escrito a la mañana avisando que tal vez se pasaba en algún momento. Le contesté que sí, que la esperaba, pero algo me decía que no aparecería. Mi marido estaba afuera hasta el domingo, mi hermana se había llevado al perro y mi vida cabía, esa semana entera, dentro de los cuarenta metros cuadrados del boutique.

Me preparé un tereré con menta y limón, prendí el aire en frío fuerte y dejé corriendo una serie en el celular apoyado contra la caja registradora. Adelanté trabajo: marqué precios, doblé remeras, ordené las perchas por talles. Cuando llegué al estante de los vestidos nuevos, agarré uno verde oliva que me había encantado desde que abrí la caja. Liviano, cruzado, con un escote que invitaba.

Me lo probé delante del espejo grande. Me quedaba mejor de lo que pensaba. Decidí dejármelo puesto el resto de la tarde, como un capricho privado.

Abrí el cajón del mostrador para buscar la tijera y entonces lo vi: mi vibrador, con su control remoto al lado, justo donde lo había dejado la noche anterior. Con razón no lo encontraba. Lo había guardado ahí entre clientas y se me había mezclado con las cosas del negocio.

Al verlo me dieron ganas de usarlo. Estaba sola, tenía el aire frío contra las piernas desnudas debajo del vestido y la tarde entera por delante. ¿Qué iba a pasar? Nada. Nadie venía a esta hora.

Me senté en el banquito de la trastienda, donde no se ve desde la entrada, y me lo coloqué con la calma de quien sabe que tiene tiempo. El control me lo guardé en el bolsillo del vestido. La primera vibración fue suave, apenas un cosquilleo. Me reí sola. Subí un poco más.

Cerré los ojos. El vestido me apretaba el pecho de un modo distinto cuando respiraba hondo. Pensé en estupideces, en cosas que no debía pensar, en una compañera del gimnasio que se cambiaba conmigo en el vestuario y que siempre se tomaba dos segundos de más antes de ponerse el corpiño. Mi cuerpo empezó a buscar el ritmo. Mi pelvis se movía sola, lento al principio, después con más urgencia.

Estaba ahí, con la boca entreabierta y la nuca apoyada contra el estante, cuando escuché la campanita de la puerta.

—¡Gorda, llegué! ¿Pusiste el tere?

Era Camila. Mi amiga de toda la vida, la única que entra al local sin pedir permiso. Apagué el control con el pulgar dentro del bolsillo en medio segundo, pero el vibrador seguía adentro mío, dormido pero presente. Salí al frente como pude, con el vestido tirado hacia abajo y la cara ardiendo.

—Sí, está atrás. Recién lo preparaba —dije, evitando mirarla a los ojos—. ¿Qué andabas necesitando?

Camila siempre fue una belleza desordenada. Piel blanca, pelo negro cortito por encima de las orejas, cuerpo de curvas que ella misma todavía no había decidido si llevar con orgullo o con vergüenza. Esa tarde llevaba una musculosa gris pegada al cuerpo y un short de jean. Las tetas se le marcaban sin sostén. Yo no era la primera que me daba cuenta de eso, pero era la primera vez que me lo registraba con detalle.

—Tengo que esperar a Mauro que me diga qué hacemos esta noche. ¿Puedo matar tiempo acá?

—Sí, dale. Quedate lo que quieras. Cebá vos, si querés.

Se metió detrás del mostrador, abrió la heladerita y sacó el termo del tereré. Yo me apoyé contra la pared, intentando que las piernas no me temblaran. Tenía el vibrador todavía adentro y el solo recuerdo de las vibraciones me había dejado el cuerpo a la mitad. Apretaba los muslos disimuladamente, fingiendo que miraba el celular.

—¿Este es el control del aire? —dijo de repente, levantando el control remoto de encima del mostrador. Lo había dejado ahí cuando salí corriendo a recibirla, sin pensar—. Vamos a ponerle unos números arriba, me estoy cocinando.

Apretó.

Sentí el zumbido entre las piernas como un latigazo. Se me escapó un sonido a medio camino entre un gemido y una tos. Camila me miró sin entender.

—¿Estás bien?

—Dejá ese control ahí, por favor —dije, ya con la voz quebrada—. No es del aire.

Me quedé congelada. Sentí cómo se me subía el color hasta la frente. Ella miró el control, después me miró a mí, después miró el control otra vez. Algo le hizo clic.

—¿Es lo que estoy pensando?

—Sí. Me da vergüenza, Cami. Dejalo, por favor.

Se rió. No fue una risa burlona, fue una risa de complicidad, como si acabara de descubrir un secreto que la divertía más de la cuenta.

—Pero gorda, ¿estabas sola tranquila y yo te corté?

—Más o menos.

—¿Querés que te ayude a terminar? —dijo, y el tono no era el de una broma. Lo dijo despacio, midiendo, esperando mi reacción—. Si te da vergüenza, no me mirés. Cerrá los ojos y disfrutá. Yo manejo el control.

Me quedé sin aire. Pensé en negarme. Pensé en reírme y cambiar de tema. Pensé en muchas cosas en los dos segundos que tardé en contestar.

—Bueno. Igual me da vergüenza, pero te lo acepto. Quedé a la mitad.

***

Camila bajó la cortina del local hasta el piso. Echó la traba. Apagó la luz del frente y dejó solo el spot del probador. Después volvió hasta donde yo estaba, todavía apoyada contra la pared, y agarró el control con dos dedos, como si fuera un trofeo chiquito.

—Cerrá los ojos —me ordenó.

Los cerré.

Empezó suave. Una vibración baja, apenas perceptible, que me obligó a respirar hondo. Después subió un escalón. Después otro. Yo apretaba el vestido con los puños a los costados del cuerpo, como si así pudiera mantener el control. Mi pelvis empezó a moverse sin pedirme permiso.

—Así, gorda. Soltate.

Subió otro escalón. Sentí un espasmo recorrerme las piernas. Estaba mojada, lo sabía, y por más que no la viera, sabía que ella también lo sabía. El tejido del vestido se me había pegado entre los muslos.

Y entonces sentí su mano.

Fue una caricia primero, casi tímida, sobre mi muslo desnudo. Después subió por la cadera, me agarró de la cintura y me dio vuelta despacio, hasta dejarme de cara contra la pared. Me levantó el ruedo del vestido hasta arriba de la cola. Sus dedos me recorrieron los glúteos, los muslos por atrás, y se metieron entre mis piernas.

—Estás empapada —murmuró contra mi oreja.

Sacó el vibrador con cuidado. Lo apoyó sobre el mostrador, todavía vibrando bajito. Y con los dedos limpios empezó a masajearme el clítoris en círculos lentos.

Gemí. Me salió de adentro, sin filtro. Estaba pasando rico. Mi cuerpo le pedía más, más, más. El autocontrol se había ido a la mierda hacía rato. Mi pelvis perseguía sus dedos, los buscaba, y cuanto más mojada estaba, más se escuchaba ese sonido húmedo en el silencio del local.

—Date vuelta —me dijo.

Me di vuelta. Le clavé la mirada. Tenía las pupilas dilatadas, el labio inferior mordido, la respiración entrecortada. Era hermosa así, despeinada y al borde.

Le metí las manos por debajo de la musculosa. Se la subí hasta los hombros. Sus tetas saltaron afuera, llenas, blancas, con los pezones ya duros. Le tomé uno con los dedos y se lo apreté despacio. Con la otra mano le pasé la lengua sobre el otro, lo rocé entero, y después se lo metí en la boca.

Camila gimió bajito. Se le escapó un «la puta madre» que en cualquier otro contexto me habría dado risa. Ahora me dio fuego.

Bajé la mano hasta el short. Le metí los dedos por arriba del jean, después por adentro de la bombacha. Estaba empapada también. Cuando la toqué, sus labios me apretaron los dedos como si no quisieran soltarlos. Empecé a masturbarla, primero despacio, encontrando el ritmo, y después más rápido. Las dos jadeábamos contra el cuello de la otra.

Apoyó la frente contra la mía. Estábamos a centímetros, sin besarnos todavía, mirándonos los ojos mientras nos masturbábamos al mismo tiempo. Era algo que no había sentido nunca. Más íntimo que el sexo. Una confesión silenciosa.

Cuando me besó por fin, lo hizo despacio. Me mordió el labio. Después me hundió la lengua. Yo le devolví el beso con todo el aire que me quedaba.

Vinimos casi al mismo tiempo. Yo me arqueé contra la pared, ella se aferró a mi nuca, las dos gimiendo bajito como si todavía hubiera alguien escuchando. El olor a sudor y a piel mojada se quedó flotando en el aire acondicionado.

***

—Necesito agua —dijo, después de un rato largo.

—Necesito una ducha.

El local tenía un bañito al fondo, con una ducha chiquita que casi nunca usaba. La agarré de la mano y la llevé hasta ahí. Abrí la canilla, dejé que el agua se templara, me saqué el vestido por la cabeza y lo tiré sobre el inodoro. Ella se desvistió mirándome, sin apuro, dejando que viera cada centímetro de piel que iba apareciendo.

Nos metimos juntas. El espacio era tan chico que estábamos pegadas sin querer. Y queriéndolo. Camila me arrinconó contra la pared azulejada, las dos manos a los lados de mi cabeza, y dejó que el agua me cayera entre las tetas. Después se inclinó. Me pasó la lengua desde el ombligo hasta el pezón. Después al otro. Después subió hasta la clavícula y me mordió ahí, fuerte, marca incluida.

—Esto no se termina hoy —me dijo al oído.

—No tenía pensado que se terminara.

El agua caía. Sus manos volvían a buscarme. La mía ya estaba bajando otra vez. Afuera, en el local, mi celular sonó. Probablemente era Lucía avisando que se pasaba. Que ya no podía. Que mañana.

Ninguna de las dos hizo el ademán de salir a contestar.

Valora este relato

Comentarios (3)

NinaSolitaria

Dios mio que bueno estaba esto... lo lei de un tiron y quede sin palabras

Valentina_86

por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber que pasó despues!!!

MarisolBA

Me encanto como manejaste la tension antes de que todo cambiara. Se nota que sabes escribir, no es un relato forzado para nada

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.