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Relatos Ardientes

Lo que mi cocinera puso en mi comida durante cinco años

Mariela llevaba cinco años cocinando para mí. Cinco años de almuerzos solitarios en aquella mesa demasiado grande, cinco años de verla aparecer por la puerta de la cocina con un plato en cada mano y los ojos siempre bajos. Yo tenía treinta y ocho, ella veintiséis, y entre nosotras existía esa frontera invisible que separa a las patronas de las empleadas en una casa como la mía.

O al menos eso creía yo.

Mi marido se había ido tres años antes. No por otra mujer ni por una pelea grande, sino por un cansancio acumulado que termina por agotar a cualquiera. Me dejó la casa, el apellido, la fortuna y un vacío que aprendí a llenar con visitas pagas los viernes y con vino tinto el resto de la semana. Mariela me cocinaba, me planchaba, me preparaba el baño. Nunca me había sostenido la mirada más de tres segundos seguidos.

Esa tarde el guiso tenía un sabor distinto. No era especiado distinto ni más salado. Era otra cosa. Una nota baja, casi dulce, que se quedaba pegada al paladar después de cada bocado. Lo probé tres veces antes de admitirlo en voz alta.

—Mariela —la llamé con el tono suave que reservo para cuando no estoy enfadada pero quiero atención inmediata.

Apareció en el comedor secándose las manos en el delantal.

—¿Sí, señora?

—La comida hoy sabe diferente.

—¿Le ha gustado?

—Me ha encantado. Por eso te pregunto. ¿Usaste algún ingrediente nuevo?

Se acercó dos pasos. Vi cómo, sin disimular del todo, tiraba del escote de la blusa hacia abajo. La piel canela del pecho asomó un dedo más de lo habitual, y por primera vez en cinco años me permití mirarla sin apartar enseguida la vista.

—Uno muy especial, señora.

—¿Cuál?

—Una buena cocinera no revela sus secretos.

Me incorporé. La silla raspó el mármol con ese ruido que en mi casa siempre significa algo. Quedé frente a ella, apenas más alta, y el aire entre nuestros cuerpos se cargó de una electricidad que reconocí enseguida porque la había sentido otras veces, pero nunca con una mujer y nunca con alguien que cobraba un sueldo bajo mi techo.

—Te prometo que no se lo diré a nadie.

—Está bien. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. El ingrediente de hoy ha sido jugo de mi coño.

Levanté la mano para cruzarle la cara antes de que terminara la frase.

—¡Eres una insolente!

—No es la primera vez —dijo sin retroceder, mirándome a los ojos—. Llevo años haciéndolo. Metiéndome dos dedos en el coño mientras remuevo la olla, escurriéndomelos encima del plato antes de servírselo. Usted nunca se dio cuenta.

Cinco años. Cinco años de probar el cuerpo de aquella mujer sin saberlo. Cinco años de meterme algo suyo en la boca todos los días sin enterarme. La rabia que sentí fue intensa, pero por debajo había otra cosa, una vibración que reconocí como vergüenza y como algo más, algo que no me iba a permitir pronunciar.

—¿Cómo te atreves a alterar la comida de la señora de la casa? ¿Quién te crees que eres?

—Hago lo mismo que usted hace los viernes por la noche, señora. Cuando vienen sus visitas y yo me quedo en mi cuarto fingiendo que no escucho cómo la follan contra el cabezal.

Sentí el calor subirme al cuello.

—Lo que yo hago con mi dinero no es asunto tuyo.

—Claro que no, señora. —Sonrió por primera vez en la conversación—. Pero también la he visto las noches en que nadie viene. La he visto meterse tres dedos hasta el fondo, tocarse el clítoris con la otra mano y morder la almohada para que nadie la escuche correrse. Y he querido decirle tantas veces que no haría falta morder nada si me llamara a mí a chupárselo.

Di un paso hacia ella con la mano todavía en el aire. Iba a abofetearla. Iba a echarla. Iba a romper algo. Lo que hice fue agarrarle el delantal y tirar hacia abajo con tanta fuerza que un botón saltó y rebotó contra la pata de la mesa.

—Puede despedirme, señora —dijo ella sin pestañear—. O puede probarme y decirme si le gusto más en el plato o directo de la fuente.

***

La empujé contra la mesa.

La falda se le subió sola con el roce del borde. Le bajé la ropa interior de un tirón y aquel trasero redondo, de un color cobre que en cinco años yo había estudiado a hurtadillas desde la cocina hasta el pasillo, quedó al aire por fin. Le di la primera nalgada con la palma abierta y el sonido restalló contra los azulejos. Le quedó la marca roja de mis cinco dedos impresa en la carne cobre.

Mariela no se quejó. Movió las caderas con una lentitud calculada, como si me estuviera esperando. Le vi el coño desde atrás, hinchado, brillante, con los labios abiertos y un hilo espeso que le colgaba entre los muslos. Estaba empapada. Llevaba empapada, probablemente, desde antes de servirme el plato.

—Esto es por engañarme.

—Sí, señora.

—Y esto.

—Sí, señora.

—Y esto.

Cinco. Seis. Siete. Cada nalgada más fuerte que la anterior, hasta que las dos nalgas le quedaron encendidas y ella empezó a empujar el culo hacia atrás pidiendo la siguiente. Cuando empezó a contar conmigo, supe que la furia se me había transformado en otra cosa. Me arrodillé. No fue una decisión, fue un descenso. Le abrí las nalgas con los pulgares y le pasé la lengua por el surco con una violencia que no reconocí en mí. Le recorrí el ojo del culo primero, con la punta, y ella se estremeció entera. Después bajé, despacio, hasta la raja del coño y le clavé la lengua adentro tan hondo como pude. Mariela soltó un gemido largo, agudo, que me hizo cerrar los ojos.

La saliva, el sudor y aquel sabor que ahora sí identifiqué, el mismo que había probado en el plato, mezclados en mi boca. Chupé. Sorbí. Le enterré la nariz contra el perineo y le comí el coño con la misma hambre con la que ella había cocinado durante cinco años. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y se lo lamí en círculos hasta que le tembló todo el muslo contra mi mejilla.

—Llevas años metiéndome esto.

—Sí, señora.

—Y yo no me daba cuenta.

—Cada bocado, señora. Cada cucharada llevaba mi jugo.

Le metí dos dedos de golpe y ella se dobló sobre la mesa. Los saqué chorreando y me los llevé a la boca sin dejar de mirarle el culo abierto. Estaba caliente por dentro, apretada, viva. Volví a meterle los dedos, tres esta vez, y le busqué ese punto de arriba que hace gritar a las mujeres. Lo encontré. Mariela clavó las uñas en el mantel y soltó una palabrota que en cinco años nunca le había escuchado.

—Ay, la puta madre, señora, así, así.

Subí. Le mordí la nuca por encima del cuello del uniforme sin sacarle los dedos del coño. Le metí la otra mano por debajo y le encontré los pezones duros, dos puntos pequeños que apreté entre dos dedos hasta que arqueó la espalda y me empujó el culo contra la pelvis.

—Sube —le ordené—. A mi cuarto. Ahora.

***

Cerré la puerta con llave. Ella se quedó de pie en el centro del dormitorio, descalza, con el uniforme a medio abrir y los ojos todavía bajos pero ya no por costumbre sino por algo nuevo. Me senté en el borde de la cama y empecé a desnudarme sin dejar de mirarla.

—Quítate todo.

Obedeció. La piel cobre contrastó contra la pared blanca como una marca. Tenía un cuerpo más generoso que el mío, las caderas más anchas, las tetas más pesadas, con pezones oscuros y anchos que se le pusieron duros con solo el aire, una cicatriz pequeña a un costado del ombligo, y entre las piernas un triángulo negro y recortado que me hizo tragar saliva. Yo siempre la había visto con uniforme y me había imaginado las curvas sin atreverme a pensarlo demasiado tiempo. Ahora estaban ahí, a tres metros, esperándome.

Abrí el cajón de la mesa de noche y saqué dos pinzas de cuero, regalos viejos de una noche que prefiero no recordar. Se las puse en los pezones una por una, ajustando despacio hasta que abrió la boca sin emitir sonido. Los pezones se le hincharon en el borde del cuero, casi morados.

—Si te duele, dilo.

—Si me duele, señora, me gusta.

Saqué también un collar. Negro, con una correa corta de cuero trenzado. Se lo abroché al cuello con una calma que no había sentido en años. Tiré apenas, para probar la tensión. Ella se inclinó hacia mí con la docilidad de alguien que había estado esperando aquello durante mucho tiempo.

Me abrí de piernas en el borde de la cama. Tenía el coño hinchado, mojado, palpitando de puro esperar. Tiré de la correa con más fuerza.

—Lo que te pusiste hoy a vos misma en la cocina, ahora me lo vas a probar a mí. Y me lo vas a chupar como sabes que se chupa.

Mariela bajó al suelo y se acomodó entre mis muslos. Antes de tocarme, sopló. Un aire cálido y lento sobre los labios del coño que me hizo apretar las sábanas con los dos puños. Después besó. Besó despacio, con los labios cerrados, la cara interna de cada muslo, subiendo, dejando marca de saliva. Cuando llegó al pubis, se detuvo. Levantó la cara para mirarme.

—Cinco años, señora.

—Cinco años qué.

—Cinco años imaginándome esto.

Y me clavó la lengua entre los labios de un lametón largo, de abajo hacia arriba, que terminó justo en el clítoris. Su lengua era ancha, cálida, y se movía con la misma seguridad con que cortaba una cebolla. Sabía dónde apretar. Sabía dónde quedarse quieta. Sabía cuándo subir y cuándo volver. Me chupó el clítoris atrapándolo entre los labios y succionándolo con un ritmo lento, ese ritmo que te obliga a levantar la cadera para pedir más. Me lo obtuvo. Metió la lengua adentro, la sacó, volvió al clítoris, y todo mientras yo la guiaba con tirones cortos del collar y me hundía contra su cara sin dejarla respirar.

Tantas veces te habrás imaginado esto mientras me servías el almuerzo.

Le tiré del pelo y le incliné la cabeza para forzar el ángulo. Ella obedeció sin protestar, sin levantar los ojos, sin alterar el ritmo. Era la mejor empleada que había tenido en mi vida. Me metió dos dedos mientras seguía comiéndome con la boca, y los curvó hacia arriba, y encontró de una lo que a mis visitas pagas les llevaba media hora encontrar.

—Más rápido.

Lo hizo más rápido. Los dedos entrando y saliendo, la lengua martillando el clítoris, un sonido húmedo, obsceno, que llenó el cuarto.

—Más lento.

Lo hizo más lento. Se detuvo casi. Me dejó al borde, temblando, con el coño contraído alrededor de sus dedos, y ahí se quedó, esperando, sin moverse, mientras yo le pedía por favor con la respiración.

—Mírame.

Levantó los ojos sin separar la boca. Y entonces empezó a temblarme todo, las rodillas, las manos, la espalda. Le agarré la cabeza con las dos manos y la sostuve contra mí, restregándole el coño en la cara, hasta que se me apagó la vista y sentí las contracciones subir en oleadas desde adentro. Me corrí en su boca. Me corrí gritando por primera vez en tres años, sin morder ninguna almohada, dejando que la casa entera me escuchara. Cuando volví a respirar, ella seguía ahí, con la boca brillante y una sonrisa pequeña que en cinco años nunca le había visto, con mi jugo escurriéndole por el mentón.

Se pasó el dedo por el mentón, lo recogió, y se lo llevó a la boca.

—Ahora sabemos las dos a qué sabe usted, señora.

***

Pensé que se acabaría ahí. No se acabó.

Bajé a la cocina envuelta en una bata. La traje detrás de mí, desnuda, con las pinzas todavía puestas y la correa floja en mi mano. La senté sobre la mesa donde durante años me había servido la comida.

—Acuéstate.

Se acostó boca arriba. Le quité las pinzas, una a una, y le besé los pezones marcados con una ternura que no le correspondía al momento. Tenía dos marcas circulares, rosadas y profundas, una a cada lado. Los chupé despacio para devolverles la sangre, mordiéndolos apenas, y ella gimió con una vulnerabilidad nueva. Las quise ver durante días debajo del uniforme, sabiendo que estaban ahí, sabiendo que cada vez que se inclinara para servirme el plato la tela rozaría aquellas marcas y se las recordaría a las dos.

Le abrí las piernas sobre la mesa. Le vi el coño rojo, hinchado, brillando entero. Bajé la cara y le devolví el favor con la misma dedicación con la que ella me lo había hecho arriba. Le chupé el clítoris, le metí la lengua hasta la garganta, le mordí los labios internos con los dientes envueltos en el labio para no lastimarla. Ella se retorcía sobre el mármol frío, con la espalda arqueada, apretándose las tetas con las dos manos.

—Señora, así no aguanto.

—No tenés que aguantar.

Le metí tres dedos y le busqué el punto de nuevo. Con la otra mano le froté el clítoris en círculos, rápido, sin parar. Mariela empezó a agitar la cabeza de un lado al otro, con la boca abierta, sin sonido, y de pronto un chorro tibio me mojó la muñeca y le corrió por los muslos hasta el borde de la mesa. Se había venido con tanta fuerza que salpicó el mármol.

Yo me quedé mirándola, con los dedos todavía adentro, hasta que dejó de temblar.

—Todavía no —le dije—. Todavía no terminamos.

Le subí encima los muslos. Le crucé una pierna sobre la mía y la otra por debajo, y nuestros sexos se encontraron en la posición que algunas mujeres llaman tijera y que yo nunca había practicado con nadie. Los dos coños chocaron, calientes, resbalando uno contra el otro con un sonido líquido que me erizó la piel.

—Sienta lo rico que es esto, señora.

Le tapé la boca con dos dedos.

—De ahora en adelante, en la cama, no me llamas señora.

—¿Cómo le digo?

—Por mi nombre.

—Renata.

La empujé con las caderas. Las dos resbalamos contra la madera, el roce húmedo, lento, insistente. Yo le sostenía los muslos abiertos y ella se aferraba con las dos manos al borde de la mesa para no escaparse. Nuestros clítoris se rozaban en cada empuje, y el coño de ella me chorreaba encima el suyo, y el mío el de ella, y ya no se sabía qué jugo era de quién. Iba a venirme otra vez, lo notaba en una zona del vientre que se contraía sola, pero quería que ella se viniera primero. Bajé una mano y le acaricié donde le faltaba un dedo más. Le froté el clítoris con el pulgar mientras seguía moviendo las caderas contra ella, cada vez más rápido, la mesa crujiendo debajo de nuestros cuerpos. Mariela apretó los ojos y soltó un gemido roto, y enseguida otro, y al tercero se le llenaron los ojos de lágrimas y supe que se había venido. Sentí el pulso de su coño contra el mío, esos latidos apretados que son inconfundibles, y me dejé caer atrás, y me vine yo también, restregándome contra ella hasta la última contracción.

Yo me dejé caer después, con la frente contra su pecho. Olía a especias y a algo más mío que no quise nombrar.

***

Comimos al rato, sentadas las dos a la mesa por primera vez en cinco años. Ella había preparado otra cosa, algo rápido, una tortilla. Estaba buena pero le faltaba sabor.

—Esta no le pusiste nada.

—Ya no me hace falta —dijo—. Ahora sabe el sabor sin tener que comerlo a escondidas.

Le tomé la mano por encima de la mesa.

—Esta noche te quedas.

—¿En el cuarto del fondo?

—En mi cama.

—¿Todas las noches?

—Todas las que quieras.

Mariela bajó los ojos como hacía siempre, pero esta vez vi cómo le subía una sonrisa por debajo. Cinco años de comer su sabor sin saberlo. Iba a tardar otros cinco en perdonarle el engaño. Pero algo me decía, mientras le acariciaba los nudillos con el pulgar, que esta vez no iba a tener que cocinar a escondidas para hacerse notar. El próximo plato lo iba a probar de su mano, no de su receta. Y por primera vez en años, esperé la noche con hambre.

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Comentarios(10)

Cata_cba

Tremendo!!! me quede sin palabras

Valentina_Sur

Necesito una segunda parte, me dejaste con demasiadas ganas de saber como sigue. Por favor!

LuciaRosario

Que manera de crear tension desde el principio. Se siente real, no forzado para nada. Muy buen relato

CharlasNocturnas

jajaja me imagino la situacion, tremendo momento ese. Muy bien narrado

romi_78

excelente!!

Sandra_noche

El ritmo esta muy bien logrado, se lee solito y el final te deja pensando. Me gustó mucho

Estefania_M

No me lo esperaba para nada, me dejó helada. De los mejores que leí acá, de verdad

FloTucuman

Me recordó a algo que me pasó con alguien cercano, aunque mucho menos intenso jaja. Muy bien escrito

MarisolQ

La tension que se genera es increible. Sigue escribiendo por favor, tenes talento

Meliton8

Corto pero muy intenso, quiero mas :)

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