La tarde que dejé de fantasear con mi amiga Lucía
Llevaba meses dándole vueltas a la cabeza. Lucía y yo coincidíamos en cuatro asignaturas y nos habíamos hecho inseparables desde octubre, pero había algo en la manera en que me miraba cuando creía que yo no la veía que me sacaba del aula con el estómago revuelto.
Un viernes por la tarde mi madre me avisó de que se iba a tomar algo con sus amigas. Aproveché el momento sin pensarlo dos veces.
—Mamá, Lucía viene esta tarde, tenemos que terminar el trabajo de Sociología.
—Vale, hija, no os matéis estudiando. Vuelvo tarde.
En cuanto cerró la puerta, cogí el móvil y le mandé un audio.
—Mi madre ya se fue. Podemos trabajar tranquilas, sin nadie metiendo las narices.
—Genial —contestó ella—. Salgo ahora.
Me quedé mirando la pantalla más rato del que debía. Sabía que Lucía era bisexual; lo había soltado una noche, en una cervecería de la facultad, entre risas y medio borracha. Lo que no sabía era si yo le gustaba a ella tanto como ella me gustaba a mí. Tampoco si esa tarde iba a tener el valor de averiguarlo. Lo único claro era que no quería pasar otra semana imaginándomela en la cama y sin hacer nada al respecto.
Fui al armario y empecé a probarme cosas frente al espejo. Descarté tres camisetas, dos pantalones y un vestido. Al final me quedé con un short vaquero corto y una camiseta blanca, fina, sin sujetador debajo. Cuando giraba el cuerpo podía verme la curva del pecho por debajo, y los pezones se marcaban si tomaba aire profundo. Una invitación poco sutil. No me importó.
El timbre sonó veinte minutos después.
Lucía llevaba unos leggings negros que se le ajustaban a las caderas como una segunda piel y un top deportivo que apenas contenía sus pechos. Olía a algo cítrico, a champú recién lavado.
—Hola, guapa —dijo, dándome dos besos que duraron una décima más de lo habitual.
—Hola. Pasa.
La llevé a mi habitación. Pusimos los apuntes en el escritorio y abrimos el Drive compartido. Durante una hora estuvimos en serio, redactando, buscando fuentes, ajustando el formato. Lucía tecleaba rápido y se mordía el labio cuando pensaba. Yo intentaba no mirarla cada dos minutos y fracasaba siempre.
—Creo que esto ya está casi —dijo, apartándose el flequillo de la cara—. ¿Descansamos un poco?
—Por favor.
Nos tumbamos en mi cama, una al lado de la otra, con los móviles en la mano. Empezamos a enseñarnos vídeos sin sentido, riéndonos. En algún momento ella se giró hacia mí, apoyada en el codo, y se quedó mirando.
—Se te ve un pecho.
Bajé la vista. Era verdad.
—¿Sí?
—Vas muy mona hoy. Demasiado.
—Tú vas mejor que yo.
—Imposible.
—Tus tetas son enormes, Lucía.
—Las tuyas tienen la forma perfecta —dijo, y antes de que pudiera contestar, levantó la mano y me rozó el pezón a través de la camiseta.
El aire de la habitación cambió de golpe.
—¿Te gusta? —pregunté en voz muy baja.
—Mucho.
Le acerqué la mano a la cara, le rocé el pómulo con el pulgar y la besé. Despacio al principio, casi probando. Ella respondió y se acercó más. Nos separamos un segundo, lo justo para mirarnos, y volvimos a besarnos con menos paciencia que la primera vez.
Me coloqué encima de ella, a horcajadas. Le quité el top de un tirón y ella me sacó la camiseta por la cabeza. Su piel estaba caliente. Tenía los pechos pesados y firmes, los pezones grandes y oscuros. Le bajé la cabeza y se los besé uno a uno, sin prisa, escuchándole la respiración.
—Llevo meses pensando en esto —le confesé contra su cuello.
—Yo también. ¿Por qué crees que vine?
Le bajé los leggings empujándolos con los pulgares. Debajo llevaba una tanga negra que apenas le cubría nada.
—¿En tanga viniste? —le pregunté, riéndome.
—Esperaba que la vieras.
—Eres una sinvergüenza.
—Me lo dices como si fuera malo.
Le aparté la tanga con dos dedos. Estaba mojada antes de que yo la tocara. La besé despacio, primero por encima de los labios, después abriéndolos con la lengua. Lucía tenía un sabor limpio y un poco salado, y cuando se lo dije se rió y se le movió todo el cuerpo. Le pasé la lengua por el clítoris en círculos, y al cabo de un minuto se lo metí entero en la boca y empecé a chuparlo. Le metí dos dedos a la vez y los curvé hacia arriba, buscando ese punto que ella misma me había descrito una vez, en una conversación que entonces me pareció hipotética.
—Ahí —dijo—. Ahí justo.
Encontré el ritmo y no lo solté. Lucía empezó a temblar a los pocos minutos. Tenía la espalda arqueada y las manos enredadas en mi pelo, tirándome del cuero cabelludo cada vez que aceleraba. Cuando se corrió, se mordió el dorso de la mano para no gritar. Sentí su coño cerrarse alrededor de mis dedos, una y otra vez, y un líquido tibio que se me derramó por la palma.
Subí a besarla. Le metí los mismos dedos en la boca y los lamió uno a uno sin apartarme la mirada.
—Te toca —dijo.
***
Me quité el short y la ropa interior y me arrodillé sobre su cara, agarrándome al cabecero de la cama. Ella me sujetó las caderas con las dos manos y tiró de mí hacia abajo sin avisar. La primera lengüetada me sacó un gemido tonto, demasiado alto para el silencio del piso. Empecé a moverme contra su boca despacio, dejándome llevar por el ritmo que ella marcaba.
Lucía sabía exactamente qué hacer. Me lamía, me chupaba, me clavaba la punta de la lengua justo donde yo necesitaba que la clavara. Me apretaba las nalgas hasta que dolían un poco, y ese dolor mínimo, casi de broma, me ponía todavía más.
Me corrí así, encima de su cara, con las piernas temblándome y las manos blancas de tanto apretar la madera del cabecero.
—Espera —le dije cuando recuperé el aliento—. Tengo una cosa.
Abrí el cajón de la mesilla. Hacía meses que tenía allí un dildo guardado bajo llave, escondido para que mi madre no lo encontrara durante uno de sus arrebatos de orden. Lo saqué y se lo enseñé.
—¿Has usado alguno?
—Alguno.
—Bien.
Volví a la cama. Lucía se incorporó hasta sentarse y me pidió el juguete con un gesto. Lo cogió, se lo acercó a la boca y empezó a chuparlo despacio, mirándome a los ojos. Yo le agarré un pecho con una mano y con la otra le acaricié la mandíbula. Se metió todo el dildo hasta el fondo de la garganta sin esfuerzo, y cuando se lo retiré tenía la barbilla brillando de saliva.
La empujé suavemente para que volviera a tumbarse. Le abrí las piernas y le pasé el glande del dildo por encima del clítoris. Ella levantó las caderas, buscándolo. Se lo metí entero de una sola vez.
—Joder —dijo, en un susurro largo.
Empecé a moverme, primero despacio, después más rápido. Con la otra mano le seguía masajeando el clítoris en círculos pequeños. Lucía estaba empapada. Tenía la cara roja, el pelo pegado a la frente, los ojos a medio cerrar. Sus pechos rebotaban con cada empujón y yo no podía dejar de mirarlos. Le decía cosas que no me había escuchado decir nunca, palabras que en otra situación me habrían dado vergüenza.
—Mírame —le pedí—. Mírame mientras te corres.
Me miró. Y se corrió. Esta vez sin morderse la mano, sin taparse, gimiendo como si no le importara que el vecino del rellano la oyera. Un chorro le salió disparado, mojó las sábanas y parte del suelo. Estaba temblando entera.
Me incliné y la besé en la frente, en los labios, en el cuello, con calma. Esperé a que la respiración se le calmara.
—Te toca de verdad —dijo, después.
***
Me puse a cuatro patas sobre la cama. Lucía se colocó detrás de mí y me hizo cosas que no esperaba. Me pasó la lengua por todas partes, sin pedir permiso ni preguntarme si me importaba. Me metió un dedo y luego otro mientras me deslizaba el dildo por delante. Empezó a follarme por los dos lados a la vez, con un ritmo que no parecía humano. Yo metí la mano debajo de mi propio cuerpo y empecé a tocarme el clítoris. Tres focos de placer a la vez, todos coordinados, todos llevándome al mismo sitio.
—¿Te gusta así? —me preguntó, sin parar.
—Sí.
—Dilo más fuerte.
—¡Sí!
Me corrí gritando, sin pudor, con la cara hundida en la almohada. Sentí cómo se me caía el cuerpo encima del colchón cuando ella me soltó. Me quedé un rato bocabajo, intentando respirar.
Lucía se tumbó encima de mí, con los pechos aplastados contra mi espalda. Me mordió el lóbulo de la oreja y se rió bajito.
—¿Te ha gustado?
—Me has destrozado, Lucía.
—Bien.
Estuvimos así un rato, sin hablar, recuperando el aliento. Cuando pude pensar otra vez, abrí el cajón de nuevo y saqué un vibrador pequeño en forma de huevo.
—Una cosa más —le dije—. Si aguantas.
—Aguanto.
Nos colocamos en tijera, una pierna por encima y otra por debajo, los coños pegados. Coloqué el vibrador entre las dos, apoyado contra los dos clítoris al mismo tiempo, y lo encendí.
La sensación era distinta. Más eléctrica, más concentrada. Empezamos a movernos despacio, frotándonos contra el juguete y entre nosotras. Lucía me miraba sin pestañear. Yo le devolvía la mirada y me mordía el labio. Una especie de competición silenciosa por ver quién se rendía primero.
Me rendí yo. El orgasmo me pilló casi por sorpresa, como una ola que no había visto venir. Aparté el coño un segundo y volví a presionarlo contra el suyo, subiendo la intensidad del vibrador al máximo. Lucía cerró los ojos. Tardó menos de un minuto en correrse otra vez, y esta vez sí gritó. Otro chorro me cayó encima del muslo y le bajó por dentro de la pierna.
Tiré el vibrador a un lado. Me arrastré por la cama hasta tenerla de frente, pegué mi coño al suyo y empecé a frotar despacio, agarrándola del muslo. Suspirábamos a la vez. Los pechos nos botaban. Lucía se llevó los dedos a su propio clítoris y se lo masajeó hasta soltar otro chorro corto que me empapó la barriga. Yo seguí frotando hasta correrme una última vez, sin fuerzas casi, con el cuerpo deshecho.
Nos quedamos abrazadas, riéndonos por lo bajo, con las sábanas hechas un asco y el flequillo pegado a la frente.
—¿El trabajo de Sociología…? —empezó ella, con sorna.
—Lo terminamos mañana.
—¿Y esto?
—¿Esto qué?
—¿Lo repetimos?
—Por favor.
Me besó muy despacio, casi como si fuera la primera vez otra vez, y se quedó dormida cinco minutos después con la cabeza apoyada en mi pecho. Yo me quedé despierta un rato más, mirando el techo, pensando que si los meses anteriores había merecido la pena fantasear tanto era precisamente para que esta tarde se sintiera así.