La madura española que me siguió hasta el café
Mi marido había salido temprano con los niños rumbo a Cuernavaca y, por primera vez en meses, tenía toda la tarde de sábado para mí sola. No quise quedarme dando vueltas en una casa vacía, así que me puse un short corto, una blusa entallada negra, mi chamarra de mezclilla y me fui a caminar a Plaza Universidad.
Compré un café de avellana y un helado de pistache, y me senté en una mesa del fondo del área de comida, una de esas que pegan a la pared y permiten mirar todo sin que nadie te mire a ti. Me gusta observar a la gente. Una pareja discutía en voz baja en la mesa de enfrente. Un señor con corbata leía el periódico. Dos adolescentes se reían demasiado fuerte.
Estaba en eso cuando ella se sentó frente a mí.
No la vi venir. Levanté los ojos del celular y de pronto ahí estaba, acomodándose en la silla con la naturalidad de quien lleva ahí toda la tarde. Una mujer de unos cincuenta, con el pelo rubio cortado en bob y la piel canela bien cuidada. Llevaba una blusa gris perla ajustada, una falda negra hasta la rodilla y unas medias oscuras sujetas con liguero. Cuando cruzó las piernas, alcancé a ver el broche.
—Hola, perdona el atrevimiento, ¿puedo quedarme un rato aquí? —dijo.
El acento la delataba antes que cualquier otra cosa. Madrileño, o por ahí. Las eses largas, las zetas marcadas.
—Eh… claro, supongo —respondí, todavía sin entender qué pasaba.
—Me llamo Carmen. Te he visto hace una hora, cuando entraba a la vinatería de allí abajo. Te seguí. No es que sea una psicópata, te lo prometo. Es solo que me ha parecido que tienes una cara muy bonita y no me apetecía perderme la oportunidad de saludarte.
Me reí sin querer. Hacía mucho que nadie me decía algo así con esa cara dura, como si fuera lo más natural del mundo.
—Renata —dije por fin—. Y no sé qué responderte.
—No te pido que respondas nada, hija. Solo déjame estar aquí un ratito. Si te aburro, me dices que me vaya y me voy.
No me aburrió. Carmen hablaba como si me conociera desde hacía años. Me contó que se había divorciado el año pasado, que su exmarido nunca había podido digerir que ella tuviera novias además de novios, que se había venido a México de vacaciones para estirar el cuerpo y la cabeza. Tenía dos hijos ya grandes, vivía en Madrid pero estaba pensando en mudarse a Valencia, le encantaba el mole pero odiaba el picante.
Yo escuchaba, asentía y la miraba. Carmen tenía una forma de moverse muy específica, como si supiera exactamente lo que hacían sus manos en cada momento. Cuando se reía, echaba la cabeza para atrás y se le marcaba el cuello. Cuando me miraba, no parpadeaba mucho.
—Oye, Renata —dijo en algún momento—, ya van dos horas. ¿No tienes prisa?
Miré el reloj y me di cuenta de que sí, era tarde, pero no era el tipo de tarde que importa. Mi marido y los niños no volvían hasta el domingo.
—No mucha, la verdad.
—Mira, te voy a proponer algo. Me he comprado un whisky escocés muy decente esta mañana. Estoy parando en el piso de un amigo, en la Roma. Él no está hasta la otra semana, así que tengo el sitio para mí. ¿Te apetece subir un rato y probarlo conmigo?
***
Sí me apetecía. Esa es la verdad. Aceptar fue una decisión que tomé entre el tercer y el cuarto sorbo de café, cuando ya llevaba un rato preguntándome cómo olería su cuello.
Subimos a mi coche y Carmen me fue guiando por Insurgentes hasta una calle pequeña de la Roma, una de esas con árboles altos y casas viejas convertidas en edificios de tres pisos. El departamento era amplio, con piso de duela y ventanas grandes. Olía a libros y a algo dulce que después identificaría como su perfume.
Sirvió el whisky en dos vasos cortos, sin hielo. Nos sentamos en un sillón de cuero verde frente a un balcón cerrado, y siguió hablando. Pero ahora hablaba más despacio, dejando pausas largas entre frase y frase.
—¿Tienes amante, Renata? —preguntó de pronto.
—¿Aquí, en México? Ay, no.
—Pues qué desperdicio. Una mujer como tú debería tener al menos dos.
Me reí y le di un trago grande al whisky. Me ardió en el pecho.
—En una de tus bolsas vi el logo de una tienda de lencería —dije, porque tenía que decir algo y porque era verdad.
—Anda, qué observadora. Sí, me he comprado una cosa muy mona por si surgía la ocasión.
—¿Y va a surgir?
—Eso depende de ti, hija. ¿Quieres que te la enseñe?
Asentí antes de pensarlo.
Carmen se levantó, tomó la bolsa de papel y se metió al cuarto del fondo. Yo me quedé sentada con el vaso en la mano, mirando las ventanas, escuchando el ruido de la ciudad de fondo, y preguntándome qué carajo estaba haciendo. Pero la pregunta no llegaba a doler. Era una pregunta floja, sin convicción.
Cuando volvió, dejé el vaso en la mesa para no tirarlo.
Llevaba un baby doll negro de gasa transparente, una tanga diminuta y las mismas medias oscuras con liguero. El conjunto le quedaba como si se lo hubieran hecho a medida. Tenía las piernas de alguien que camina mucho, los hombros derechos, una cintura marcada. Caminó hacia mí descalza, sin prisa.
—¿Qué te parece? —preguntó, parándose entre mis rodillas.
—Te queda muy bien —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería.
—La tuya está mejor que la mía, eso seguro. Pero algo se puede defender aún, ¿no?
Se dio media vuelta para enseñarme la espalda y la parte de atrás. Cuando volvió a mirarme, su cara había cambiado. Seguía sonriendo, pero la sonrisa era distinta, más lenta, más segura.
Se inclinó y me besó.
No fue un beso de prueba. Fue un beso de alguien que ya había decidido. Su boca sabía a whisky y a algo floral. Sus manos se acomodaron en mis muslos sin ninguna duda, como si llevaran ahí toda la vida. Yo cerré los ojos y dejé que pasara.
—Sabía que no te ibas a echar para atrás —murmuró cuando se separó un milímetro—. Tienes cara de tía que no se echa para atrás.
***
Me llevó al cuarto sin dejar de besarme. La cama tenía sábanas blancas, almidonadas, frías. Me sentó al borde y me fue quitando la ropa con una calma rara, deteniéndose en cada prenda como si fuera la primera vez que la veía.
—Renata —dijo cuando me quitó la blusa—, qué piernas tienes.
—Las has visto todo el día.
—Por eso. Llevo horas pensando en ellas.
Cuando estuve desnuda, me empujó suavemente para que me recostara. Empezó por mi cuello y bajó. La lengua, los dientes, una mano firme en el costado de las costillas. En mis pezones se detuvo un rato largo, mordisqueando, succionando, soplándolos después con aire frío para verme estremecer. Yo gemía bajito, sin querer hacer ruido y sin poder evitarlo.
—¿Habías estado con una mujer madura antes? —me preguntó, hablándole a mi vientre.
—Nunca como tú.
—Bingo —dijo, y se rio contra mi piel—. Déjame.
Abrió mis piernas con las dos manos y se acomodó entre ellas como quien se sienta a comer un plato favorito. La primera lamida fue lenta, larga, exploratoria. La segunda ya tenía intención. Para la tercera yo estaba aferrada a las sábanas y mordiéndome el labio inferior.
Carmen lamía con una precisión que no había sentido antes. Sabía exactamente cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo concentrarse en el clítoris y cuándo bajar y meter la lengua. Una mano me sostenía la cadera para que no me moviera; la otra subía y bajaba por mi muslo, marcando un ritmo distinto al de su boca.
—Ponte boca abajo —dijo después de un rato—. Quiero verte de espaldas.
Le obedecí sin pensar. Carmen me abrió las nalgas con calma y me besó ahí, entre la espalda baja y el inicio del muslo. Luego más abajo. Luego más adentro. Su lengua jugó con mi ano hasta que dejé de respirar bien, y al mismo tiempo dos de sus dedos se hundieron en mi sexo y empezaron a moverse en círculos lentos.
—Joder —murmuró—, me encantas.
Yo no podía contestar. Tenía la cara hundida en la almohada y solo conseguía emitir un sonido grave, animal, que no me reconocía.
—Vamos, hija —insistió—. Córrete para mí.
Me corrí. Tan fuerte que sentí cómo le mojaba la mano, cómo se me escapaba un grito largo contra la almohada, cómo se me sacudían las piernas sin que yo pudiera hacer nada para detenerlas. Carmen no paró de moverse hasta que dejé de temblar, y todavía me dio un par de besos más sobre la espalda antes de subir a tumbarse a mi lado.
—Eres preciosa cuando te corres —dijo, acariciándome el pelo.
—Te toca.
—No tengas prisa.
—Sí tengo. Ven.
***
La giré de espaldas y me coloqué encima de ella. Carmen sonreía como una gata que sabe que ya ganó. Le quité el baby doll por la cabeza, dejándole solo las medias y el liguero, y empecé a recorrerle el cuerpo despacio, devolviéndole en lo posible lo que ella me había hecho a mí.
Sus pechos eran más pesados de lo que había imaginado, con los pezones grandes y oscuros. Los chupé sin prisa, escuchando cómo respiraba más fuerte. Bajé por sus costillas, por su vientre, por la cara interna de los muslos. Le besé la piel justo encima de las medias, ese trozo descubierto que la luz del cuarto convertía en algo casi obsceno.
Cuando la lamí, abrió las piernas y me sujetó el pelo con las dos manos. No me empujaba, solo me marcaba el ritmo. Carmen estaba completamente depilada, y su sexo tenía un sabor limpio, ligeramente salado. Hundí dos dedos mientras seguía con la boca, y noté cómo se le tensaban los muslos contra mis hombros.
—Ostras, Renata, sigue, no pares —jadeaba—, así, no pares, no pares.
Le di vuelta, igual que ella me había dado vuelta a mí, y la besé entre las nalgas con la misma intensidad. Carmen aullaba bajito contra la almohada, una palabrota suelta cada tantos segundos. Sus caderas se levantaban buscando más.
Volvimos a girarla y nos quedamos arrodilladas en la cama, frente a frente, besándonos como adolescentes. Ella metió la mano entre mis piernas, yo metí la mía entre las suyas. Nos masturbábamos a la vez, sin dejar de besarnos, sintiendo cómo la otra se ponía cada vez más mojada.
—Acuéstate —dijo de pronto—, abre las piernas, voy a montarte.
Me tendí y ella se acomodó encima, abierta sobre mi muslo, encajando su sexo contra el mío. Empezó a moverse con la cadera, lento al principio, después rápido. Yo subía la pelvis para encontrarla. Nuestros vientres chocaban, sudor contra sudor, y cada roce me mandaba una descarga distinta.
—Me voy —dijo en algún momento, con los ojos cerrados—, me voy, hija, joder, me voy.
—Yo también, ven, ven, ven.
Nos vinimos casi al mismo tiempo. Ella se dejó caer sobre mí, jadeando contra mi cuello, y se quedó ahí un rato largo, con todo el peso encima, sin hablar. Yo le acaricié la espalda mientras nuestras respiraciones se iban acomodando.
***
Después, ya con las luces bajas, nos sentamos en la cama con los vasos de whisky de nuevo entre las manos. Carmen me puso una camiseta gigante de su amigo y se quedó solo con las medias puestas, sin pudor ninguno.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy mejor que bien.
—¿Te vas a sentir culpable mañana?
Lo pensé. La culpa estaba ahí, agazapada, como un perro esperando a que apagara la luz. Pero también estaba esa otra cosa, esa sensación de estar viva por primera vez en mucho tiempo, y entre las dos cosas no había realmente comparación.
—No mucho —dije.
—Pues entonces vuelve mañana.
Me reí.
—No puedo. Tengo que estar en casa antes de que vuelvan.
—Vale, pues otro día. Estoy aquí dos semanas más. Tienes mi número.
Me lo dio. Lo guardé bajo un nombre falso, por si acaso.
Carmen se fue a España un mes y medio después. Me escribió cada tantas semanas durante el primer año, fotos del Mediterráneo, recomendaciones de libros, alguna foto suya con menos ropa que paciencia. Después se fue separando, como suele pasar entre la gente que se cruza una sola vez en la vida.
Pero ahora me ha avisado que vuelve en septiembre.
Y yo, otra vez, no sé qué hacer con la tarde del sábado.