El día que mis amigas me hicieron su sumisa
El verano nos tenía atrapadas en casa. Cuatro amigas, tres ventiladores que no daban abasto y una sola idea repetida por el chat desde el mediodía: salir de allí antes de que el aire acondicionado terminara fundido.
El plan no era nuevo. A dos horas de la ciudad, subiendo por una carretera de curvas, había un sendero que llevaba a unas pozas naturales escondidas en el bosque. Una hora de caminata, árboles altos y un silencio que sólo se rompía con el agua corriendo entre las piedras. No éramos las primeras en encontrarlo, pero casi nunca cruzábamos con nadie. Esta vez íbamos las cuatro solas.
—Paso por ustedes a las nueve —dijo Renata por teléfono—. No me hagan esperar.
Renata era la que siempre tenía coche, la que organizaba todo y la que llegaba más arreglada de lo que el plan exigía. Esa mañana se bajó de la camioneta con una falda deportiva corta y un top que le marcaba todo lo que tenía. Yo había elegido unos leggins ajustados y una blusa blanca; algo más discreto, supuestamente.
Subimos mis cosas y arrancamos hacia el departamento de Camila. Ella y Aitana llevaban un par de meses saliendo y todavía nos costaba acostumbrarnos. Camila era la que mandaba en el grupo desde la prepa; Aitana era la dulce, la callada, la que se sonrojaba con cualquier comentario subido de tono. Verlas juntas, de la mano, todavía nos parecía una broma del universo.
Camila bajó primero con un bolsito pequeño, leggins negros y un top que la hacía ver imponente. Detrás venía Aitana, cargando dos maletas medianas y vestida como nunca: una falda rosa que apenas le cubría medio muslo y una blusa gris de tirantes tan fina que se le marcaban los pezones a través de la tela.
—¿Por qué cargas tú todo? —pregunté.
—Camila no podía cerrar la suya —contestó Aitana demasiado rápido.
Camila sonrió sin mirarme. Hubo un cruce de miradas entre ellas, una de esas que se entienden sin palabras, y Renata cortó la escena diciendo que era hora de salir.
***
En la carretera me costaba dejar de mirar a Aitana por el retrovisor. Renata cantaba con la radio. Camila tenía la mano apoyada con naturalidad en el muslo de Aitana, justo debajo del borde de la falda.
—Desde que sales con Camila te ves distinta —le solté—. Esa ropa, esa actitud…
Aitana se encogió, roja hasta las orejas. Camila, sin girarse, dijo con un tono tranquilo y sin asomo de broma:
—Va a ser parte de tu castigo, Aitana.
El silencio dentro de la camioneta cambió de textura. Renata y yo nos miramos. Aitana enterró la cabeza entre los hombros.
—¿Castigo de qué? —pregunté.
—Tarde o temprano lo iban a saber —contestó Camila—. Aitana es mi sumisa. Lo es desde hace meses. Le gusta serlo.
Lo dijo igual que si me estuviera contando que había cambiado de carrera. Yo me quedé mirando a Aitana, esperando que se riera. No se rio. Asintió con un movimiento mínimo, sin levantar la vista, y por un instante me pareció que sonreía.
No estaba lista para esto.
Renata sí que lo había entendido todo desde el principio. Empezó a hacerle preguntas con una curiosidad que rayaba en la complicidad: cómo había empezado, qué hacían, qué reglas tenía. Aitana contestaba con la cara ardiendo, pero también con una sonrisa que no le había visto nunca antes. Hoy estaba en castigo, dijo Camila, porque ayer había corrido en la calle y eso estaba prohibido.
—¿Y en qué consiste el castigo? —preguntó Renata.
—Que la humillemos delante de sus amigas.
Renata se giró hacia mí con los ojos brillantes y una sonrisa que ya conocía demasiado bien.
—Tendrías que probar.
—¿Probar qué?
—Lo que sea que ellas decidan. Si te gusta, sigues. Si no, paramos.
Lo discutí. Dije que no. Dije que estaban locas. Pero las tres insistieron, y Aitana levantó la vista por primera vez y me pidió en voz baja, casi rogando, que no la dejara sola en aquello. Cuando llegamos al mirador donde se aparcaban los coches, ya había aceptado.
***
—Primera regla —dijo Camila apoyada en la portezuela—. Ustedes dos cargan todo. Segunda: no hay un «no» por respuesta. Tercera: si desobedecen, hay castigo.
Aitana ya se estaba bajando las bragas debajo de la falda con una soltura que no se aprendía en una tarde. Las dejó dobladas sobre el asiento. Camila me miró sin pestañear.
—Y ustedes dos también —añadió—. Se quitan la ropa interior. Aquí, ahora. Y no se van a poner nada hasta el domingo.
Sentí el calor subirme a las mejillas antes de poder moverme. Renata se acercó, me agarró el centro del sujetador por encima de la blusa y tiró hacia abajo con dos dedos.
—¿Te acuerdas de que tienes que obedecer? —me dijo con la cara a un palmo de la mía.
Tuve que quitarme la blusa para sacarme el sujetador deportivo, taparme con la tela mientras lo escondía en el coche, y ponerme la blusa otra vez con los pezones marcándose contra el algodón blanco. Para los leggins fue peor. Me tropecé al bajarlos, caí sentada sobre la tierra y las hojas secas, y terminé de quitármelos en el suelo, con la cara ardiendo y las otras tres mirándome en silencio. Camila chasqueó la lengua, divertida. Aitana no me miró.
***
El sendero subía suave entre helechos y troncos cubiertos de musgo. Renata y Camila se adelantaron sin maletas, riendo bajo. Aitana y yo arrastrábamos las cuatro mochilas, sudando, en silencio durante varios minutos.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó al fin.
—Humillada. Pero, no sé… curiosa.
—Yo estoy muerta de excitación —contestó sin mirarme—. Llevaba meses queriendo que alguien me viera así y no me atrevía.
La miré de reojo. Iba caminando con la falda subiéndosele a cada paso y los pezones marcados por el roce de la blusa. Y, sin embargo, parecía la más tranquila de las cuatro.
Cuando llegamos al primer claro, las otras dos ya estaban descansando sobre una piedra plana, bebiendo agua. Solté las mochilas en cuanto las vi y me senté en el suelo, agotada.
—¡¿Qué crees que haces?!
La voz de Camila me cruzó como un latigazo. Se levantó en dos pasos y se plantó delante de mí, tan cerca que sentí su aliento en la frente.
—¿Estás cansada? —preguntó, ahora con suavidad.
—No.
—¿No qué?
—No estoy cansada.
La bofetada me giró la cara. No fue fuerte, pero sonó. Me tambaleé contra una mochila y volví a ponerme de pie con los ojos llenos de lágrimas.
—Para ti somos tus amas. Y nos vas a llamar así. Última vez: ¿estás cansada?
—No estoy cansada, ama —dije mirando el suelo.
—¿Y por qué las maletas están tiradas?
Las recogí todas de una vez. Camila se agachó hasta una mochila, sacó un botiquín y de ahí unas tijeras pequeñas. Me quedé sin respirar.
—Tienes calor y la ropa no ayuda. Quieta.
Cortó la blusa por debajo de los pechos, dejándola a la altura de las costillas, y abrió el cuello redondo en una uve profunda. Después se arrodilló delante de mí y pasó las tijeras frías entre mis muslos antes de empezar a cortar la pernera del legging. Cortó hasta el inicio de las nalgas, dejó la tela como una braga ridícula y la subió tirando de los costados para que se me marcara todo el sexo contra el algodón.
—Ahora ya no vas a tener calor. Adelántense ustedes dos. Si nos hacen esperar, hay castigo.
***
Caminamos los últimos quince minutos casi corriendo, con el top resbalándome sobre los pechos hasta dejarlos al aire. Lo intenté volver a colocar tres veces.
—Resígnate —me dijo Aitana en voz baja—. Es mejor.
Inhalé, asentí, y terminé el sendero con la blusa enrollada bajo las clavículas y las nalgas a la vista. Cuando llegamos a las pozas, Aitana y yo estábamos brillantes de sudor y temblando de cansancio.
Las aguas eran frescas y tan transparentes que se veían los guijarros del fondo. El sonido de las cascadas era casi un masaje. Camila y Renata sacaron dos sillas plegables, se sirvieron agua y nos dejaron montar las carpas. Después, Camila levantó la mirada de la botella.
—Ustedes dos, desnudas, al agua. Nosotras nos ponemos traje.
***
Aitana se quitó la falda y la blusa con la misma calma con la que se habría quitado un abrigo. La seguí, intentando no pensar. Nos sentamos en el borde natural de la primera poza, sumergidas hasta los hombros, riendo en voz baja como si todo fuera normal. Por un momento casi lo era.
Hasta que Camila se metió en el agua y le ordenó a Aitana ponerse de pie con las piernas separadas y las manos detrás de la espalda. Aitana obedeció al instante.
Camila empezó a tocarla despacio, recorriéndole los pechos, pellizcándole los pezones, deslizando una mano hasta su sexo y abriéndola con dos dedos. Aitana soltó un gemido contenido. Después otro más largo. Yo no podía dejar de mirarlas.
No me considero lesbiana. No estoy segura de qué soy. Pero metí una mano debajo del agua y empecé a tocarme casi sin darme cuenta.
—Creí que eras una santa.
Renata me lo dijo al oído, con un tono burlón, suave. Yo encogí los hombros y traté de cubrirme con las manos.
Se colocó detrás de mí en el agua, una pierna a cada lado de mis caderas.
—Las manos atrás —ordenó.
No me moví. Me las puso ella, sujetándomelas con una sola mano, y con la otra empezó a recorrerme el pecho. Cerré los ojos. Sentí sus dedos bajándome por el vientre, abriéndome las piernas con las suyas, masturbándome muy despacio.
—¿Te gusta?
Asentí.
—No quiero que asientas. Quiero oírte.
—Sí —dije con un hilo de voz.
—Sí, ¿qué?
—Sí, ama.
Subió la intensidad poco a poco. Me mordía el lóbulo, me pellizcaba un pezón, me apretaba las piernas con las suyas. Cuando llegó el orgasmo, grité contra el sonido del agua y se me cayó la cabeza hacia atrás sobre su hombro. Fue uno de los más fuertes que recuerdo.
Cuando abrí los ojos, Camila estaba sentada en la orilla con el teléfono levantado, grabando.
—Vas a querer recordarlo —dijo, riéndose.
—Borra eso.
—Tranquila. Es sólo para nosotras.
No insistí. Algo en mí, además, no quería que lo borrara.
***
La comida fue otro examen. Servimos primero a las amas, y luego Aitana y yo tuvimos que ponernos nuestros platos en el suelo y comer de rodillas, con las manos cruzadas a la espalda. Era casi imposible mantener el equilibrio. A mitad del plato, Camila se agachó frente a mí.
—Te queda mucho. ¿No te gusta?
Tomó un trozo de carne y lo paseó entre mis muslos. Después se levantó, se acercó a Aitana, lo metió un instante entre sus labios y me lo acercó a la boca. Cerré los labios con fuerza. Recibí una cachetada que me dejó tumbada de medio lado. Volví a abrir la boca cuando me lo ofreció otra vez. La carne tenía un sabor extraño, ácido, salado. Tardé unos segundos en entender de dónde venía aquel sabor.
—Está bueno, ¿verdad? —dijo Camila—. Ahora el arroz.
Le indicó a Aitana que se tumbara boca arriba y juntara las piernas. Camila vació mi plato sobre su sexo y me ordenó comer sin manos. Cada vez que mi lengua rozaba su piel, Aitana soltaba un gemido que intentaba ahogar.
***
Después dijeron que les daba sueño. Sacaron cuerdas y dos huevos vibradores del fondo de la maleta de Aitana. Me ataron las manos a la espalda, los pies entre sí, y unieron las muñecas a los tobillos con un nudo tenso. Antes me introdujeron el huevo y lo aseguraron con una cuerda fina que me pasaron entre las piernas.
—Para que no se aburran —dijo Renata, encendiendo el control al mínimo.
Una hora, calculo, o algo más. La cuerda me rozaba el clítoris a cada respiración. El vibrador no paraba. No podía dormir. Aitana, a mi lado, jadeaba mirando la lona de la carpa.
Cuando salieron, descansadas, fui yo la que rogué.
—Por favor, necesito correrme. Lo que sea.
Camila se acercó, sonriendo, y apagó el vibrador.
—¿Lo que sea?
—Sí.
—Quiero que seas nuestra sumisa. Como Aitana.
—Sí.
—Dilo entero. Di quiénes son tus amas.
—Seré una buena sumisa para mis amas. Para ama Camila y ama Renata.
Encendió el vibrador al máximo. No tardé ni un minuto en romperme. Lloré mientras me corría.
***
Bajamos a oscuras, con las cuerdas todavía puestas y los vibradores apagados. Aitana y yo regresamos desnudas en el asiento de atrás. Cuando dejamos a Camila y a Aitana en su edificio, le pasaron a Aitana una camiseta larga que apenas le tapaba el culo.
Renata me dejó en la puerta de mi edificio con una sudadera oversize hasta los muslos y, en el último segundo, encendió el control desde el bolsillo.
—Sólo te lo puedes quitar cuando llegues a tu cuarto —me guiñó el ojo y arrancó.
Subí las escaleras temblando, con la mano pegada a la pared. Cerré la puerta del departamento, me deslicé hasta la cama y, en vez de quitarme el vibrador, lo puse al máximo y empecé a tocarme pensando en todo lo que había pasado ese día.
Tardé en correrme. Cuando lo hice, ya sabía que el lunes les iba a escribir para preguntar cuándo era la próxima.