La noche que mi mejor amiga me abrazó distinto
Camila y Renata eran inseparables desde la facultad. Compartían el sueño de escribir y, sobre todo, la torpeza para tratar con la gente. Cuando terminaron los estudios decidieron mudarse juntas a una casa pequeña en las afueras, con fachada de ladrillo visto y techo de tejas oscuras. Adentro había dos habitaciones, un estudio para cada una y un patio diminuto lleno de plantas que perfumaban el aire en primavera. Pero el alma de la casa era la cocina: una mesa larga de madera, estantes con recetarios y novelas, frascos de vidrio llenos de especias.
Allí pasaban casi todo el día. Discutían capítulos, corregían poemas, probaban tartas. La vida era simple y tranquila. Camila trabajaba como correctora en una editorial chica del centro; Renata vivía de la renta de unos departamentos que sus padres le habían dejado. Las dos tenían veintisiete años y, sin haberlo planeado, una rutina de matrimonio sin sexo.
Camila era de estatura media, redonda en las caderas, de pechos grandes y muy blancos. Tenía el pelo casi anaranjado, lleno de bucles que nunca lograba domar. Vestía con discreción: faldas largas, vestidos con flores pequeñas, alguna camisa de lino. Solo usaba un accesorio, un colgante de plata en forma de pluma que le había regalado Renata en su cumpleaños número veinticinco.
Renata era más baja y de cuerpo proporcionado, salvo por unos pechos descomunales que la avergonzaban desde la adolescencia. Su piel era cobriza, casi acaramelada, y el pelo negro le caía lacio hasta los hombros. Vestía como Camila durante años, sobria, hasta que algo cambió. Empezó a comprarse blusas con escotes discretos, pantalones de colores y zapatos de tacón bajo. Estrenó perfumes florales que se ponía detrás de las orejas. No quería renunciar a la sobriedad, pero tampoco aguantaba más sus propios silencios.
Camila escribía poesía romántica. Se inspiraba en los románticos del siglo XIX y armaba sus poemas con rima cuidada y estrofas breves. Acababa de terminar un manuscrito y se había animado a enviarlo a una editorial pequeña. Escondido entre los demás había un poema que nunca le había mostrado a nadie, ni siquiera a Renata, aunque era para ella.
Las dos eran heterosexuales. O al menos eso creían. La educación conservadora de sus madres las había mantenido sin experiencia con hombres, sin experiencia con nadie. Renata, por su parte, escribía novelas de misterio que le servían de catarsis para enfrentarse a sus propios miedos. Estaba por terminar una sobre un asesinato en un pueblo de montaña.
Una noche de invierno, Renata se despertó de madrugada por unos sollozos que venían del cuarto de al lado. Golpeó la puerta y nadie respondió. La abrió despacio. Camila estaba hecha un ovillo en la cama, abrazada a las almohadas, llorando como si se le rompiera algo adentro. Renata se metió bajo las sábanas y la abrazó por la espalda sin preguntar nada. La dejó llorar hasta que el cuerpo se le quedó quieto y respiró parejo.
Al día siguiente desayunaron como si nada. Ninguna mencionó la madrugada.
Una semana después se repitió. Renata escuchó los sollozos y fue corriendo. Esta vez Camila temblaba.
—Camila, ¿qué te pasa? —preguntó sentada al borde de la cama.
—No lo sé. Tengo miedo y no sé de qué.
—¿Algo en concreto?
—Es como si algo malo estuviera por pasar. Pero no es nada. Solo lo siento.
Renata le tomó la mano y se quedó así media hora. Hablaron de cosas chicas hasta que el miedo se diluyó. Esa noche durmieron juntas por primera vez sin que mediara llanto. A la mañana, Renata le dio un beso en la frente antes de salir a hacer café.
A partir de ahí se acostumbraron. Renata cruzaba el pasillo después de cepillarse los dientes y se metía en la cama de Camila. Hablaban hasta que el sueño las vencía. A veces se despertaban abrazadas, con las piernas enredadas, y se separaban riendo en cuanto la conciencia volvía.
Renata tenía un camisón rosa pastel de algodón, con mangas largas y un detalle de encaje en la espalda. A Camila le gustaba ese camisón, y más todavía le gustaba el perfume floral que Renata usaba antes de meterse en la cama. Era suave pero perduraba. Se mezclaba bien con la fragancia acuática de Camila, la misma que usaba desde adolescente y que las dos asociaban a la cabaña que el abuelo de Camila había tenido en la costa.
***
Una noche en que Camila estaba más triste de lo habitual, le pidió a Renata que se acercara, que quería olerla. Renata estiró el cuello con timidez. Camila apoyó la nariz justo debajo del lóbulo y aspiró. Lo hizo de nuevo, más profundo. Renata empezó a acariciarle el pelo, lento, mientras Camila respiraba contra su piel. Se durmieron así.
A la mañana las dos sabían que algo había cambiado de categoría. Lo hablaron en el desayuno, con el café enfriándose entre las manos.
—Tenemos que hablar —empezó Camila.
—Sí, lo sé.
—Lo de anoche…
—Lo sé.
—¿Qué sabes?
—Que fue raro. Que no fue de amigas.
—Somos amigas. Nos queremos.
—Sí, pero a las dos nos gustan los hombres. En teoría.
—En teoría.
Se rieron. Era la primera vez en meses que Camila se reía con todos los dientes.
—Propongo que no nos preocupemos —dijo Renata—. Que veamos qué sentimos.
—Está bien.
A la noche siguiente, Renata se duchó largo. Se pasó jabón por todos los rincones, se afeitó las piernas con una atención que no se conocía. Se puso un perfume más intenso, uno que tenía guardado en el cajón sin estrenar. El camisón que eligió era más corto y tenía un escote más abierto. Cuando entró al cuarto, encontró todo apagado salvo una vela aromática que titilaba en la mesa de luz.
Camila tenía la camisa del pijama abierta y nada debajo, pero en la oscuridad Renata no llegó a verlo. Charlaron de la novela, del manuscrito, de un editor que había contestado un mail. Después Camila dijo que tenía sueño.
—Acércate, así descansas mejor.
Renata se pegó a su lado. Camila enseguida apoyó la nariz contra su cuello y empezó a respirar. Ya no era ternura: era hambre. Renata empezó a suspirar. Camila se animó a pasar la lengua, una vez, muy despacio.
—¿Puedo seguir? —murmuró.
—Por favor.
Camila se subió encima de ella sin preguntar más, apoyó la cabeza en su hombro y dejó caer todo su peso. Renata sintió los pechos de su amiga contra la tela del camisón. No dijo nada. Los corazones les latían fuera de tiempo al principio y después en la misma cadencia. Se quedaron dormidas así.
A la madrugada Renata se despertó con la boca de Camila a centímetros de su pezón. La sábana se había caído. Vio los pechos enormes y blancos de la pelirroja, los pezones rosados y redondos, casi rozándole la mejilla. Se levantó como si la cama estuviera caliente. Se metió en la ducha. No se tocó, aunque le costó no hacerlo.
Cuando salió, pasó por la puerta entreabierta de Camila y la vio boca abajo. Movía la cadera con círculos pequeños contra el colchón, las manos abajo, la cara hundida en la almohada. Renata se quedó en el pasillo un segundo, después dos, después se obligó a moverse. Le dio pena no estar ahí con ella. También vergüenza. Sobre todo deseo.
***
En el almuerzo Camila habló primero.
—¿Te molestó lo de anoche? Lo de la camisa abierta.
—No me molestó. ¿Por qué dormiste así?
—Estaba oscuro. Quería estar cómoda.
—¿Te parece bien si esta noche pruebo algo?
—Prueba.
A la noche, Renata entró al cuarto, se paró frente a Camila y se sacó el camisón sin ceremonia. Quedó en ropa interior blanca, de algodón, sencilla. La vela seguía encendida y la luz amarilla le caía sobre los pechos. Eran enormes, firmes, de pezones grandes y oscuros. El centro de la habitación. Camila sintió un mareo distinto al miedo. Le encantaron y le dieron vergüenza al mismo tiempo.
Renata se metió en la cama y empezó a hablar de cualquier cosa. Del editor. Del libro. Del clima.
—Nunca estuve desnuda con nadie en una cama —dijo después—. Siempre pensé que iba a ser con un hombre.
—Yo pensé lo mismo.
—¿Te gustan?
—Me encantan. Me duele que estén tapados y al mismo tiempo me da pudor mirarlos.
—Entiendo.
Renata se bajó el corpiño de a poco. Quedó desnuda de la cintura para arriba. Camila la miró sin pestañear y, sin saber por qué, empezó a llorar.
—Camila, ¿qué pasa?
—No sé.
—¿Lloras porque me quieres?
—Tal vez.
—¿Porque no me quieres?
—No es eso.
—¿Por mí?
—No es por ti. Es algo de antes. No sé de cuándo. Pero no es contra ti.
Renata la abrazó. Se quedaron así, una contra el pecho desnudo de la otra, hasta que se durmieron sin darse cuenta.
A la mañana, Renata se despertó con la boca de Camila prendida de su pezón. Lo chupaba con una ternura entre lactante y hambrienta. La miraba desde abajo, los ojos muy abiertos, sin pedir permiso ni perdón.
—Camila —susurró Renata—. Me encanta esto.
—¿Así? —Camila dio una vuelta con la lengua alrededor del pezón.
—Sí. Así.
Renata bajó la mano y le agarró un pecho. Cabía apenas en la palma.
—¿Quieres probar los míos?
—Sí. Por favor.
Renata se dio vuelta y le ofreció el pecho. Camila tardó un buen rato en soltarlo. Cuando lo hizo, las dos sabían que ya era hora de besarse. Renata se acercó primero. Sacó la lengua y Camila la recibió con la suya. Fue un beso largo, sin la torpeza de un primer beso, sin la prisa de uno robado. La brisa de la mañana entraba por la rendija de la ventana y les acariciaba los hombros.
Renata era la más combativa. Le buscaba la lengua por toda la boca y le lamía la cara entera entre beso y beso, como si supiera que tal vez esa mañana fuera única. Camila se dejaba hacer. Llevó una mano a su propia entrepierna y empezó a tocarse por encima de la ropa. Renata se la corrió. Le bajó la bombacha. Le abrió las piernas sin pedir permiso y le pasó la lengua por la concha depilada, perfumada por la ducha de la noche anterior.
—No te detengas —pidió Camila—. No cambies nada.
Renata le abrió los labios con dos dedos y se quedó en el clítoris, dando vueltas chicas, ascendentes. Camila la miraba hacer, las manos hundidas en los rizos negros, la respiración cortada. Cuando se vino le tembló todo, las piernas se le estiraron hasta el final del colchón y el cuerpo se le sacudió en una ola larga. Renata le dio dos besos más, suaves, y subió a su lado.
Después fue el turno de Camila. Bajó por el cuello, por los pechos, se demoró ahí, entre las dos montañas tibias de su amiga. Siguió hacia abajo. Antes de llegar, Renata le pidió algo nuevo, algo que nunca se habían dicho.
—Dime que eres mi puta.
Camila levantó la cabeza. Hasta ese momento todo había sido «amor», «princesa», «corazón».
—Soy tu puta —dijo despacio—. Tu puta para siempre.
—Mi putita.
—Tu putita.
Camila siguió bajando. Le lamió primero la parte de adentro de los muslos, después la concha entera, después el clítoris con la punta de la lengua. Le metió un dedo y enseguida el segundo. Cuando rozó un punto un poco más rugoso adentro, Renata le clavó las uñas en el hombro.
—Ahí. Justo ahí. No te muevas.
Camila no se movió. Frotó con el dedo y siguió con la lengua afuera. Renata se vino casi enseguida, con un grito ahogado en la almohada. Cuando terminó, Camila subió y la abrazó.
Eran las seis y media de la mañana del sábado. Durmieron hasta las once. Desayunaron en silencio, los dos camisones colgados en el respaldo de las sillas. Todo había cambiado y nada había cambiado.
—¿Lo repetimos cuando queramos? —preguntó Renata.
—Cuando queramos.
***
La tarde se les fue lenta. Renata decidió no volver a usar corpiño dentro de la casa. Camila decidió que iba a tomar de los pechos de su amiga cada vez que quisiera, sin pedir turno. Cuando Renata se sentó en el sillón a leer, Camila se acomodó en su falda y le acercó la boca al pezón. Renata le acarició los rizos rojos y la dejó sorber, sin decir nada, mientras el sol bajaba por el patio chico y las plantas largaban su perfume de tarde.