Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Espiamos a la pareja desde detrás de la duna

La cala del Pino seguía vaciándose cuando el sol comenzó a hundirse detrás del cabo. Era esa hora en que la luz se volvía espesa, color naranja sucio, y los últimos turistas recogían toallas, calzaban sandalias y se marchaban hacia el paseo de tierra que subía al aparcamiento. Quedaban cuatro figuras en la arena. Dos en cada extremo de la cala.

Lina y Mateo eran de esa clase de pareja que aguantaba hasta el final de la jornada. Lo hacían a propósito. Sabían que en una playa nudista la última hora era la mejor: la luz favorecía la piel, el viento se calmaba y, sobre todo, las miradas ajenas todavía quedaban. No necesitaban tocar a nadie para encenderse. Les bastaba con saber que alguien podía estar mirándolos.

Lina tenía veintinueve años, el pelo largo y ondulado hasta media espalda, la piel muy clara que se enrojecía con facilidad. Llevaba todo el día expuesta y ahora tenía un tono rosado encendido en los hombros y en las tetas. Era curvilínea, de caderas anchas y cintura marcada, con un tatuaje de flor de loto que le subía por la cadera izquierda hasta rozar el pubis depilado. Cuando sonreía, los brackets plateados se le quedaban brillando dentro de la boca un segundo de más. Eso, a Mateo, le hacía algo difícil de explicar: se imaginaba esa boca metálica cerrándose sobre su polla y se le ponía dura de inmediato.

Él tenía veintiséis, era mulato, alto, atlético, con el pelo corto y rizado pegado al cráneo por el salitre. Llevaban juntos cuatro años. Habían descubierto pronto que el exhibicionismo discreto les ponía más que cualquier juguete, más que cualquier película. Hacían las cosas despacio, casi en cámara lenta, fingiendo no darse cuenta de que la persona dos toallas más allá había dejado el libro a un lado.

—Llevo desde el mediodía con el coño empapado —murmuró Lina, tumbada de costado frente a él, muslo contra muslo—. Solo de verte caminar con la verga colgando así.

—Aquí todavía hay gente —dijo él, con una sonrisa que no acompañaba a las palabras.

—Por eso.

La mano de ella bajó por el abdomen marcado de Mateo. Le rozó la polla sin agarrarla, despacio, un dedo trazando la vena gruesa que le subía por el tronco. La piel se llenó antes de que cerrara los dedos, y cuando por fin lo hizo, la agarró desde la base y tiró hacia arriba con una firmeza tranquila, sacándole el prepucio y dejándole el glande brillante al aire. Un hilo de líquido preseminal ya se le acumulaba en la punta. Lina lo recogió con el pulgar y se lo llevó a los labios, chupándoselo despacio, mirándolo a los ojos. Después giró la cabeza hacia el resto de la cala. A unos cinco metros, detrás de una duna baja con matas de barrón, dos chicas que llevaban toda la tarde fingiendo no mirarse demasiado tampoco se habían ido.

Eran Clara y Sofía. Pareja, evidentemente. Llevaban el día entero rozándose con la excusa de la crema solar, con esos besos en el cuello que duraban un segundo de más cada vez. Clara tenía veinticuatro, era pelirroja, alta y muy delgada, con la piel salpicada de pecas en los hombros y un triángulo de vello cobrizo bien recortado entre las piernas. Sofía tenía veinte recién cumplidos, bajita, morena, con un corte de pelo a lo garçon que le caía sobre los ojos cada vez que bajaba la cabeza. Y bajaba la cabeza muchas veces. Le costaba sostener la mirada.

Clara fue la primera en darse cuenta del movimiento. La mano de Lina cerrándose sobre la polla de Mateo, despacio, casi invisible para quien no estuviera buscándolo. El puño subiendo y bajando con una lentitud calculada.

—Sofi —susurró, tirándole del brazo—. Mira. Disimula.

Sofía giró la cabeza apenas. Se encontró con la escena en el instante exacto en que Lina se inclinaba sobre el regazo de Mateo y le pasaba la lengua por la punta de la polla. Un lametazo corto, casi un beso. Después otro más largo, recorriendo todo el tronco desde los huevos hasta el glande, dejando un rastro de saliva que brilló contra la piel oscura. El pelo le caía a un lado y dejaba ver el tatuaje de la cadera. Sofía tragó saliva.

—Madre mía —murmuró.

—Se la está mamando en la playa —dijo Clara, sin apartar los ojos—. Mírala cómo se la mete entera. A ti esto te pone cachonda.

—No te he dicho nada.

—No hace falta.

Clara llevó dos dedos al coño de Sofía como si fuera un gesto natural, una continuación de la conversación. Los abrió en tijera contra los labios mayores, sintió lo empapada que estaba, y hundió el corazón hasta los nudillos de un solo movimiento. Sofía se arqueó sin querer y le mordió el hombro para no gemir alto. Clara empezó a bombear, curvando el dedo hacia arriba, buscando ese punto por dentro que sabía de memoria.

—Mírala bien —le susurró Clara al oído—. Mira lo despacio que lo hace. Mira cómo ni se mueve, como si no estuviese pasando nada. Mira cómo abre la boca y se la traga hasta el fondo, se la mete entera esa cerda.

—Estoy mojada.

—Ya lo sé. Estás chorreando, Sofi. Tengo los dedos empapados. Podría meterte tres.

—Métemelos.

Clara sacó el corazón, añadió el anular, y los volvió a hundir juntos. Sofía apretó los dientes contra su hombro. El viento traía a ráfagas el rumor del mar y, por debajo, otros sonidos más pequeños: una respiración entrecortada, un susurro, el chapoteo húmedo de una boca trabajando una polla con paciencia, el chasquido de dos dedos entrando y saliendo de un coño que ya no podía disimular.

***

Lina notó las miradas antes de identificar de dónde venían. Era una sensación que conocía bien. Una presión cálida en la nuca, una densidad nueva en el aire. Levantó la cabeza un poco, dejó la polla de Mateo apoyada contra la mejilla, y barrió la cala con los ojos. Las dos chicas, detrás de la duna. La pelirroja con la mano hundida entre las piernas de la otra. La otra mordiéndose el labio para no hacer ruido.

Volvió a bajar, se tragó a Mateo hasta la garganta en un movimiento largo y sostenido, y le susurró sobre los huevos:

—Tenemos público.

—¿Dónde?

—La duna. Las dos chicas. Llevan rato. La pelirroja está follándose a la otra con los dedos.

Él bajó la mirada con disimulo. Tardó un segundo en localizarlas. Cuando lo hizo, soltó un suspiro largo que se confundió con el viento.

—Joder.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—A mí también. La pequeña tiene una cara de perdida que me está poniendo enferma.

Ella sonrió contra la piel del muslo y le dio un beso largo en la base de la polla. Era la sonrisa que él temía y esperaba a partes iguales. La conocía bien.

—Voy a acercarme —dijo Lina, sentándose despacio, con los pezones erectos apuntando al aire—. Solo yo. Tú te quedas aquí.

Mateo tardó en contestar. Tragó saliva. El pulso le iba en la garganta y en la polla, que le latía contra el vientre, brillante de saliva.

—Nunca hemos compartido.

—No vamos a compartir nada. Voy a mirar.

—Lina.

—Y a lo mejor las toco un poco. A lo mejor le como el coño a la pelirroja mientras la pequeña me mira.

—Lina.

—Tú miras desde aquí. Te la meneas si quieres, cariño. Si en algún momento me lo pides, vienes. Si no, te quedas y te corres solo. ¿Vale?

Él asintió. No podía hablar. Una parte muy concreta de él ya había contestado por todo lo demás. Lina se inclinó, le besó en la boca, y le dejó el sabor de él mismo en los labios.

—No tardo —dijo, y se incorporó.

***

El tatuaje de la flor de loto reflejó los últimos rayos cuando Lina cruzó la arena con los pies descalzos, las tetas moviéndose al ritmo de sus pasos, el coño depilado brillándole entre los muslos. La pelirroja la vio venir antes que Sofía. Clara sacó los dedos despacio del cuerpo de su novia y los dejó visibles, chorreando, brillantes hasta los nudillos. No hizo ningún esfuerzo por disimular. Se los llevó a la boca y se los chupó uno a uno, mirando a Lina. Lina sonrió. Le gustó esa franqueza.

—Hola —dijo, plantada al borde de la duna—. Os hemos visto.

Sofía se puso de un color difícil de describir. Clara, en cambio, se incorporó sobre los codos, con las piernas todavía abiertas y el coño pelirrojo empapado a la vista.

—Nosotras también os hemos visto —contestó—. Cómo se la chupabas. No es justo no ofrecerse, ¿no?

—¿Puedo sentarme un momento?

—Siéntate.

Lina se dejó caer sobre la arena, cruzada de piernas, frente a ellas. De cerca, el olor a coco de la crema de Sofía se mezclaba con el olor más vegetal de Clara, vainilla y sudor de día entero, y con el olor inconfundible de dos coños calientes al aire libre. La punta del pelo le caía a Lina sobre una teta. No se lo retiró.

—Soy Lina. Soy bisexual y me ponéis muchísimo. Las dos.

—Clara. Y esta, que está a punto de explotar, es Sofía.

—Hola, Sofía.

—Hola —contestó la otra, sin levantar mucho la voz, con el flequillo casi tapándole un ojo.

—¿Puedo? —preguntó Lina, mirando a Clara.

Clara abrió las piernas más aún en respuesta. El triángulo cobrizo, empapado, brilló contra la piel pálida. Los labios internos, hinchados y rosados, asomaban abiertos entre el vello. Lina se inclinó sin más preámbulos. Pasó la lengua, plana y ancha, desde la entrada del coño hasta el clítoris, apretando fuerte al final. Clara echó la cabeza atrás y soltó un sonido que el viento se llevó casi entero.

Lina no tenía prisa. Le separó los labios con los pulgares, dejó el clítoris al descubierto —hinchado, brillante— y empezó a lamerlo en círculos apretados, la punta de la lengua trabajando sin descanso. Clara empezó a jadear con la boca abierta. Lina bajó, hundió la lengua entera dentro del coño, la sacó y la volvió a meter, follándosela con la lengua como si fuera una polla pequeña. Después subió otra vez al clítoris y le chupó fuerte, con succión, atrapándoselo entre los labios.

—Joder, joder, joder —gimió Clara—. No pares. Sigue así.

Sofía miraba sin pestañear. Se mordía el labio. La mano se le había quedado quieta en mitad de un movimiento, un dedo apenas dentro de sí misma. Lina le tendió la suya libre.

—Ven aquí.

—¿Yo?

—Tú. Tócame. Donde quieras. Métemela.

Sofía se acercó, todavía un poco encorvada, como si quisiera ocupar menos espacio en el mundo. Apoyó la mano en el muslo de Lina y la subió temblando hasta donde la otra estaba abierta y empapada. Cuando metió el primer dedo, soltó un suspiro ella misma, como si se sorprendiera de poder. El dedo se le hundió sin resistencia, tragado por un coño mucho más caliente y mojado de lo que había imaginado.

—Mete otro —dijo Lina, con la voz amortiguada contra Clara—. No tengas miedo. No me vas a romper. Estoy hecha para follar, cariño.

—Vale.

—Y muévelos. Curva la punta hacia arriba. Ahí. Ahí, joder.

—Vale.

Sofía empezó a bombear. Al principio con timidez, después con más confianza, sacándolos hasta la yema y volviéndolos a hundir hasta los nudillos. Cada embestida hacía un chasquido húmedo que se oía por encima del oleaje. Lina abrió las piernas más, apoyada sobre los codos entre los muslos de Clara, ofreciéndose entera. Con la mano libre buscó una teta pequeña de Sofía y le pellizcó el pezón, girándoselo despacio.

—Métete tres —dijo Lina—. Ábreme.

Sofía obedeció. Sumó el índice, apretó, y los tres dedos entraron con un ruido obsceno. Lina gimió alto contra el coño de Clara. La vibración le llegó a Clara directa al clítoris y la hizo temblar entera.

Clara se sostenía sobre los codos para no perderse nada. Veía la lengua de Lina entre sus piernas trabajando su coño, veía a su novia, esa que en casa apagaba la luz antes de desnudarse, con tres dedos metidos hasta el fondo en una desconocida y la otra mano ya en su propio coño frotándose el clítoris a toda velocidad. Era demasiado. Empezó a hablar sin filtro.

—Sofi, no pares. Sigue follándotela. Mírala. Mírala bien, mira cómo se traga los dedos esa guarra.

Sofía la miró. Tenía los ojos llenos de algo nuevo. Vergüenza, deseo, miedo, todo a la vez.

—Clara, está… está chorreando. Me está mojando la muñeca entera.

—Ya lo sé. Y tú también, mi amor. Mírate el coño, cómo brilla.

***

A unos metros, Mateo se había quedado quieto sobre la toalla. Tenía la polla en el puño, dura como una piedra, pero apenas se movía. No hacía falta. Veía a Lina con la cara metida entre las piernas de la pelirroja, veía cómo la lengua le trabajaba el clítoris sin descanso. Veía a la chica bajita con tres dedos metidos en el coño de su novia, bombeando con un ritmo que iba subiendo. Veía cómo la luz, ya casi rojiza, dibujaba el contorno del tatuaje de la flor en la cadera de Lina cada vez que ella se balanceaba, con el culo respingón hacia arriba, ofrecido al aire.

Sintió los celos primero. Una punzada concreta, en algún sitio entre el pecho y el estómago. Luego algo más raro: una especie de orgullo. Era él quien había salido de la playa con ella. Era con él con quien Lina volvería al apartamento. Era su polla la que iba a hundirse esa noche en el coño que ahora estaban tocando dos desconocidas. Esto, lo que estuviera pasando ahora, era otra cosa. Lo de él iba a ser después.

Cerró los dedos despacio sobre el glande, se untó el líquido preseminal por toda la punta y empezó a masajearse con lentitud, sin querer correrse todavía. Sin prisa.

El viento empujó arena fina contra su tobillo. Una gaviota pasó volando bajo y soltó un grito hacia el mar. Mateo no apartó los ojos.

***

Clara fue la primera en venirse. Lo hizo agarrando a Lina del pelo con las dos manos, sin pedir permiso, apretándole la cara contra el coño, arqueándose hasta levantar la cintura de la arena. Lina aguantó, aspirando el olor a coño empapado, con la lengua clavada en el clítoris, mientras la pelirroja se corría en oleadas y le empapaba la barbilla. Un chorro cálido le mojó el cuello. Clara temblaba con las piernas cerradas alrededor de la cabeza de Lina, gimiendo palabrotas en voz baja, aguantando el último temblor antes de soltarla. Cuando Lina levantó la cara, tenía el mentón brillante y los brackets también, con hilos de flujo colgando entre los dientes. Sonrió y se pasó el dorso de la mano por la boca.

—Rica —dijo.

—Sofi —dijo Clara, con la respiración rota—. Ven aquí. Túmbate. Ábrete de piernas para ella.

—¿Yo?

—Tú.

Sofía obedeció. Lina sacó los tres dedos de ella con cuidado, chorreantes, y se los llevó a la boca. Los chupó uno a uno, mirándola fijamente, dejando que Sofía viera cómo la lengua le rodeaba cada dedo hasta la base. Sofía cerró los ojos un instante, mareada. Clara se inclinó sobre su novia y empezó a besarla en la boca con una intensidad nueva, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras con una mano le apretaba las tetas pequeñas y con la otra le abría los muslos. Lina, abajo, se acomodó boca abajo entre las piernas pequeñas de Sofía y respiró hondo sobre el coño moreno, apenas cubierto por una franja de vello oscuro.

—¿Puedo? —preguntó Lina, ya muy cerca.

—Sí —dijo Clara, contestando por las dos, sin dejar de besarla—. Sí, joder, sí. Cómele el coño. Que se corra en tu boca.

Sofía se tapó la boca con el antebrazo cuando la lengua de Lina la tocó por primera vez. No quería gritar. Llevaba toda la vida intentando no llamar la atención. Esta vez, sin embargo, no le iba a resultar fácil. Lina la lamió desde el perineo hasta el clítoris de un lengüetazo largo, se detuvo arriba, y empezó a chupárselo con succiones cortas y rápidas. Después bajó, le abrió el coño con los pulgares y le metió la lengua dentro, girándosela, follándosela por dentro. Sofía apretaba el antebrazo contra los dientes tan fuerte que le dejaba marca.

Clara le retiró el brazo de la cara.

—No te tapes. Quiero oírte, mi amor. Que te oiga la playa entera.

—Clara… no puedo… me voy a correr…

—Córrete. En su boca. En su cara. Móntale la boca a Lina, córrete.

Lina metió dos dedos y siguió chupándole el clítoris al mismo tiempo, curvando los dedos hacia arriba, apretando ese punto que hacía a Sofía apretar los muslos alrededor de su cabeza. La pequeña se arqueó, dejó escapar un gemido agudo que se quebró en el aire, y se corrió con todo el cuerpo en tensión, temblando desde los pies hasta el cuello, mojándole a Lina la cara entera.

No sabía que se podía sentir esto en mitad de una playa, pensó, todavía temblando, con la lengua de una desconocida lamiéndole el coño despacio, calmándola.

***

El sol se hundió del todo. La cala quedó en penumbra azul, y de pronto todos los sonidos parecían más cercanos: el oleaje, las respiraciones, una risa baja, otra. En la lengua de tierra que separaba la playa del aparcamiento empezaba a notarse el frío del aire de mayo contra los cuerpos desnudos y sudados.

Lina levantó la cabeza un momento y giró la cara hacia donde estaba Mateo. Lo vio recortado contra el cielo todavía rojo, sentado, con la polla dura en la mano, quieta, mirándolas. Le hizo un gesto pequeño con la barbilla. Una pregunta sin palabras: ¿vienes?

Mateo no se movió. Negó despacio. Todavía no.

—Esta noche —murmuró Lina contra el muslo interno de Sofía, dándole un último beso largo cerca del coño—. En el apartamento. Si queréis. Os follo a las dos como es debido, con tiempo, con cama, con lo que haga falta.

Clara la miró. Tenía la respiración alta y los ojos brillantes.

—¿En el apartamento?

—El nuestro. Está en el pueblo.

—¿Y él?

—Él vendrá si se anima. Tiene una polla muy rica, os lo prometo. Y si no, mira, se queda en el sofá tocándose mientras nos folla con la mirada. Hace muy bien las dos cosas.

Sofía no decía nada. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y el pecho subiendo deprisa, todavía con el coño abierto y latiendo. Clara le pasó un dedo por la mandíbula con una ternura inesperada.

—¿Tú qué dices, mi amor? ¿Vamos esta noche?

Sofía abrió los ojos. Buscó los de Clara. Después los de Lina, todavía con la cara brillante entre sus muslos. Después, por encima de la duna, los de Mateo, que la miraba sin sonreír, con la polla en el puño.

—Sí —dijo, en voz tan baja que casi se la lleva el viento—. Vamos.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(8)

LaObservadora

excelente!!! uno de los mejores del genero que lei aca

Santi_BA

por favor que haya continuacion, quede enganchado justo en lo mejor... tremendo corte

Maxi_verano

me recordo a unas vacaciones en la costa que tuve hace unos años, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

DiegoNqn

lo del final me dejo con la mandibula en el piso. No me lo esperaba para nada, muy buen giro

MaiteR_03

y como termino eso?? necesito saber que paso cuando se acerco!!! jajaj

Coquito_lee

la morena de los brackets se robo todo el relato, que personaje jaja

CharlasNocturnas

Me encanta como lo contás, se siente real sin ser exagerado. Sigue subiendo relatos asi!

PabloGba

de lo mejor que encontre en esta pagina, sin dudas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.