Mi mejor amiga me retó a un juego que no supe parar
Renata llegó con dos cervezas en la mano y entró a mi cuarto sin avisar, como siempre. Nos conocíamos desde el primer año de la facultad y a esa altura ninguna de las dos pedía permiso para abrir la nevera ni para tirarse en la cama de la otra. Una playlist vieja sonaba bajito desde el parlante, las cortinas estaban a medio cerrar y el sol de la tarde dibujaba franjas anaranjadas sobre la pared.
Me tendió una lata fría y se acomodó a mi lado, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared. Conversamos de cualquier cosa durante una hora: el trabajo nuevo de ella, el chico con el que yo había salido un par de veces sin demasiado entusiasmo, lo aburrida que estaba la ciudad ese fin de semana. Las dos sabíamos, desde hacía mucho, que la otra era bisexual. Nunca habíamos hecho nada al respecto. Era uno de esos datos que estaban ahí, sobre la mesa, sin que ninguna se decidiera a levantarlo.
—Tengo una idea —dijo Renata, girando la lata entre las manos—. ¿Y si jugamos a verdad o reto?
La miré con cara de qué tenemos, dieciséis años. Ella sonrió de costado, con esa sonrisa torcida que le conocía desde siempre, y esa sonrisa fue lo que me hizo aceptar.
Las primeras rondas fueron tontas. Si se besaría con un actor cualquiera. Cuál había sido la última mentira que me había dicho. Reto de mandarle un mensaje cursi al ex. Reírnos de la cara que pondría él al recibirlo. Lo normal entre dos amigas que tenían demasiada confianza y muy pocos límites.
Y entonces ella dijo, como si nada:
—Hagamos que sea más interesante. La que pierda se quita una prenda.
Tardé tres segundos en responder. Tres segundos en los que sentí el aire de la habitación volverse más denso. Tres segundos en los que pensé que podía decir que no, terminar la cerveza, volver a la conversación neutral. No lo hice.
—Bueno —dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía.
Perdí la primera ronda. Olvidé responder una pregunta antes de que ella contara hasta cinco. Renata aplaudió con las puntas de los dedos, como si estuviera en el teatro.
—La blusa —dijo.
Me la saqué sin mirarla a la cara. Cuando volví a alzar los ojos, ella me estaba mirando a mí. No al techo, no a las manos. A mí. Sus ojos recorrieron mis hombros, bajaron hasta el corpiño y volvieron a subir, y por primera vez en años de amistad me sentí desnuda con la mitad de la ropa puesta todavía.
La siguiente perdió ella. No pude evitar elegir lo más obvio.
—El short.
Renata se levantó de la cama, se quedó de pie frente a mí y se bajó el short con una lentitud que no era casualidad. Llevaba debajo una bombacha negra, mínima, de encaje. Volvió a sentarse, cruzó las piernas y me sostuvo la mirada como si me estuviera retando a decir algo.
No dije nada.
Seguimos jugando, pero ya casi no había preguntas. Eran retos directos, cada uno un poco más cerca del borde. Ella se quedó sin la remera y me tocó verla con un corpiño rojo que no le había visto nunca. Yo perdí el sostén y sentí el aire fresco contra los pezones que ya estaban duros antes incluso de que la prenda cayera al piso.
Renata se mordía el labio. Yo respiraba por la boca.
—Verdad o reto —dijo, con la voz un tono más baja que la última vez.
—Reto.
—Besame el cuello.
Me acerqué de rodillas sobre la cama, despacio, como si el colchón fuera un equilibrio frágil que cualquier movimiento brusco podía romper. Le aparté el pelo con dos dedos. Cuando mis labios tocaron la piel de su cuello, escuché el ruido que hizo ella con la garganta: algo entre un suspiro y una palabra cortada en la mitad. Apoyé más la boca. Le besé el cuello con el labio inferior abierto, dejando que sintiera el calor de la respiración.
Ella ladeó la cabeza para darme más espacio.
Lo entendí como una autorización para todo.
Cuando volví a sentarme frente a ella, las dos sabíamos que el juego había terminado y que no íbamos a decirlo en voz alta. Renata se sacó el corpiño sola, sin esperar a perder otra ronda. Tenía los pechos medianos, firmes, con los pezones erizados. Yo me bajé la pollera. Quedamos cada una en una sola prenda, las dos en bombacha, mirándonos como si fuera la primera vez que nos veíamos.
—Verdad o reto —insistió, con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
—Reto.
—Tocate. Pero no me dejes de mirar.
Metí la mano dentro de la bombacha. Mis dedos encontraron mi propia humedad antes de que yo registrara lo mojada que estaba. Me acaricié despacio, con dos dedos, sin dejar de mirarla. Renata no se movía. Tenía los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando rápido. Vi cómo su mano izquierda se cerraba sobre la sábana, agarrándola fuerte, como si necesitara aferrarse a algo para no acercarse antes de tiempo.
Duró poco. A los pocos segundos se levantó, gateó por la cama hasta mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso suave. Fue un beso que llevaba demasiado tiempo guardado en la garganta de las dos.
***
Después de eso no hubo más reglas. Su mano reemplazó a la mía dentro de mi bombacha. Mis dedos buscaron los de ella debajo del encaje negro y la encontré tan mojada como yo. Nos sacamos las últimas prendas tirando de la tela, sin gracia, riéndonos a medias entre los besos. Las cervezas quedaron olvidadas en la mesa de noche.
La acosté de espaldas y la miré desnuda por primera vez. La piel clara, las pecas en los hombros que yo nunca había notado, la línea suave de la cintura hasta la cadera. Le besé el medio del pecho. Le bajé por el esternón con la boca abierta. Ella me hundió los dedos en el pelo y no soltó.
Cuando llegué entre sus piernas, levanté la vista un segundo para mirarla a la cara. Tenía los ojos cerrados y la boca apretada, conteniendo algo. La besé ahí con la misma calma con la que había empezado a besarle el cuello, como si el tiempo no importara y todo el resto del mundo se hubiera apagado.
El primer sonido que hizo fue largo y bajo. Le agarré las caderas para que no se moviera demasiado y seguí. Mi lengua aprendía un cuerpo nuevo, un mapa que nunca había recorrido. Aprendí rápido. Cuando descubrí el ángulo en el que ella respiraba distinto, me quedé ahí. Su mano me empujaba la cabeza, más suave que firme, pidiendo sin pedir.
—No pares —dijo, y la voz le salió rota.
No paré.
Renata se vino con un temblor que le empezó en los muslos y le subió por toda la espalda. Sentí cómo el cuerpo entero se le tensaba y se le aflojaba en cuestión de segundos. Cuando levanté la cara, me sonreía con los ojos todavía cerrados.
—Vení —murmuró, y me tiró del brazo.
Me arrastró sobre ella. Después me dio vuelta. Quedé yo de espaldas, con el pelo de ella cayéndome sobre la cara, sus pechos rozando los míos. Empezó a besarme bajando: la clavícula, el medio del pecho, un pezón, el otro, el ombligo. Sentí su lengua dibujar una línea recta hacia abajo y no pude evitar arquear la espalda antes incluso de que llegara al lugar al que iba.
Cuando llegó, me agarré de la sábana como ella se había agarrado antes. Sus dedos entraron primero, despacio, mientras su boca trabajaba más arriba. La combinación me dejó sin pensar. Estaba ahí, en mi propia cama, con mi mejor amiga entre las piernas, y todo lo que podía hacer era respirar mal.
—Mirame —pidió, levantando un segundo los ojos.
La miré. Ella me sostuvo la mirada sin dejar de moverse, y eso —saber que me estaba mirando mientras hacía lo que hacía— fue lo que me terminó de empujar al borde.
Me vine fuerte. Con un grito que no logré tapar a tiempo y que probablemente escuchó la vecina de abajo. No me importó.
***
Después quedamos las dos boca arriba, sudadas, mirando el techo. Renata tenía una pierna cruzada sobre la mía. Buscó mi mano sin mirar y la apretó.
—Te debo una verdad —dijo, después de un rato.
—¿Qué?
—Hace tres años que quería hacer esto.
Me reí. Ella también. Las dos seguimos riéndonos un rato, de esa risa nerviosa que aparece cuando no se sabe qué decir y todo lo que se dice se siente poco. Después nos quedamos en silencio, escuchando los ruidos de la calle entrar por la ventana entreabierta.
Ella se durmió primero. Me quedé mirándole la espalda subir y bajar, la luz de la tarde ya transformada en penumbra de noche temprana. Pensé que al día siguiente íbamos a tener que hablar. Pensé que tal vez no. Pensé que nada de lo que pasara después iba a cambiar lo que ya había pasado entre las dos esa tarde.
Estiré el brazo, apagué la lámpara y me acomodé contra ella. Renata se dio vuelta dormida y me abrazó por la cintura como si lo hubiera hecho toda la vida.
Quizá lo habíamos hecho toda la vida sin darnos cuenta.