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Relatos Ardientes

Mi nueva ginecóloga me revisó más de la cuenta

Mi vida sexual está documentada en otros relatos, así que no voy a repetir cómo terminé organizando los días alrededor de los encuentros y no al revés. Lo importante para esta historia es una consecuencia práctica de mi rutina: tengo que ir a control ginecológico más seguido que la mayoría.

Mi médico de toda la vida, el doctor Larraín, me anunció su jubilación a comienzos del año. Me había acompañado en los dos partos, en los anticonceptivos, en cada control durante más de una década. Cuando me dijo que me dejaba en manos de una colega de confianza, no dudé. Si él la recomendaba, yo iba.

La cita era a las cuatro de la tarde, en una consulta nueva de un edificio del barrio alto. Llegué cinco minutos antes y me senté en la sala vacía. A través del vidrio esmerilado vi una silueta moverse adentro, lenta, sin apuro. Cuando la puerta se abrió y la doctora salió a buscarme, lo primero que pensé fue que el doctor Larraín tenía un sentido del humor que yo no le conocía.

La doctora Mercedes Aguirre tenía unos cincuenta años, era bajita y llevaba unos kilos de más colocados con una generosidad que rozaba la caricatura. La bata blanca le quedaba ajustada en las caderas y el trasero se le marcaba en dos hemisferios que se movían por separado al caminar. Era casi imposible no quedarse mirando ese contoneo mientras volvíamos a su despacho.

—Pase, Camila. Su ficha la tengo abierta —dijo sin levantar la vista del computador.

Tenía la voz grave, neutra, profesional. Empezó por las preguntas de rutina: peso, ciclo, alergias, embarazos. Yo respondía con la misma cadencia mientras la miraba sin disimulo. Cuando llegó a la parte íntima del cuestionario, levantó por primera vez los ojos.

—Frecuencia de relaciones sexuales.

—Diaria —contesté—. Entre dos y tres veces al día, en general.

Apretó los labios y asintió, como si registrara un dato meteorológico.

—Pareja estable.

—No. Hombres y mujeres, ninguno fijo.

Esta vez se quedó quieta un segundo más de la cuenta antes de teclear.

—¿Alguna práctica que deba consignar? Pregunto por el chequeo, no por morbo.

—Tengo una sumisa en la oficina, una pasante. Cada vez que voy al baño me acompaña y le hago sexo oral. Anal con socios eventuales. Doble penetración alguna vez.

Mercedes me miró por encima de los anteojos y noté que la comisura de la boca se le había movido un par de milímetros hacia arriba.

—Aprovecha cada hueco del día, entonces —dijo con una neutralidad fingida.

—Cada hueco que se ofrezca, doctora.

La sonrisa se le escapó antes de que pudiera disimularla. Cerró la ficha, se levantó y me señaló el biombo.

—Pase, desnúdese, póngase la bata. La espero en la camilla.

Mientras me quitaba la ropa, la escuché preparar instrumental al otro lado del biombo. El metal contra la bandeja, el papel desechable que extendía sobre la camilla, el chasquido de los guantes. Cuando salí, ella estaba de espaldas, terminando de acomodar la lámpara. La bata se le había soltado por arriba y se le veía el nacimiento del escote, blanco, con dos lunares color café claro asomando por el borde del sostén.

Subí a la camilla y apoyé los pies en los estribos. Mercedes giró sobre los talones, se calzó los guantes con un golpe seco contra la muñeca y se sentó en el banquillo entre mis piernas.

—Relájese. Esto debería tomar diez minutos.

Empezó por la palpación externa. La diferencia con el doctor Larraín fue inmediata. Sus dedos eran más pequeños, más livianos, y se movían con una paciencia que rozaba la deliberación. No tardé en sentir que la humedad aparecía sin que yo hubiera hecho nada por convocarla.

—Tranquila, Camila —dijo, en el mismo tono con el que un kinesiólogo te indica que sueltes el hombro.

—Disculpe, doctora. Es involuntario.

—Lo sé. Y huele bien, no se preocupe.

Me reí, más por nervios que por gracia.

—Dicen que también sabe bien. Yo lo he comprobado.

Mercedes no contestó. Acercó la lámpara, separó los labios con dos dedos y se quedó observando un momento.

—Tiene el clítoris más grande de lo normal. Nada preocupante. Pero voy a hacer una palpación específica.

Sentí cómo retiraba con el pulgar el capuchón y dejaba el clítoris expuesto como una pequeña cabeza. El gemido se me escapó antes de que pudiera apretar los dientes.

—Doctora, perdón…

—No pida perdón —murmuró—. Estoy revisando que todo responda.

Y siguió revisando. Pasó del examen al masaje en menos de un minuto, sin que ningún gesto marcara la transición. Su dedo empezó a moverse arriba y abajo con un ritmo que solo podía describirse en una palabra: experto. Cerré los ojos. La camilla crujió cuando me acomodé para abrir un poco más las piernas. Mercedes lo notó y bajó la mano hasta la entrada, donde dos dedos se introdujeron despacio mientras el pulgar seguía con el clítoris.

—Sigue muy receptiva, Camila —dijo, sin abandonar el tono clínico.

—Es una de mis virtudes.

***

Pasó un minuto antes de que se detuviera. Se levantó del banquillo, se quitó los guantes con dos tirones rápidos y los tiró al cesto.

—Voy a cerrar con llave la puerta del despacho —anunció—. Si no quiere que siga, dígamelo antes de que vuelva.

Volvió treinta segundos después. No dije nada. Era todo lo que necesitaba.

Se acercó a la camilla, se inclinó sobre mí y me besó. Tenía la boca pintada de un rojo discreto que dejó marca en mi labio. Mientras me besaba, mis manos buscaron los botones de la bata blanca y empezaron a soltarlos. Cuando la bata cayó al suelo, comprendí por qué llevaba esa figura con tanta seguridad. Los pechos eran enormes, dos esferas pesadas que se vencían ligeramente bajo su propio peso, con pezones grandes color café con leche. El vientre, redondo, blando, marcaba un surco profundo hasta unas caderas que parecían diseñadas para sostener a alguien encima.

—No me sorprendió nada, ¿sabes? —murmuró sobre mi boca—. Tu doctor me había advertido.

—¿Le advirtió qué?

—Que te gustaba todo. Y que probablemente terminaríamos así.

Me reí entre el beso. El doctor Larraín, con sus modales de abuelo cordial, había sido un alcahuete sin que yo lo supiera.

Mercedes subió a la camilla con una agilidad que no le habría imaginado. Se acomodó a horcajadas sobre mi cara y bajó las caderas. El olor llegó primero: limpio, ligeramente jabonoso, con una nota más densa por debajo. Sus muslos se cerraron a los lados de mi cabeza y mi lengua salió a recibirla por reflejo. Empezó moviéndose despacio, en círculos, mientras se sostenía con una mano en la pared.

Por encima del muslo derecho la vi inclinarse hacia adelante y sentí, casi al mismo tiempo, dos dedos suyos entrar en mí de nuevo. La doctora no perdía el hilo. Mientras ella se montaba, su mano libre seguía con el control externo. Yo era a la vez paciente y mueble.

Cuando terminó la primera ronda, bajó al suelo, me ayudó a sentarme y me dio vuelta sobre la camilla.

—Quiero ver una cosa —dijo.

Me arrodillé apoyándome en los codos y dejé el trasero al borde. Sus manos abrieron las nalgas con la misma delicadeza con la que antes había abierto los labios. Sentí cómo separaba, observaba, soplaba apenas para verificar algo. Después llegó la lengua. Lenta, plana, recorrió del ano al clítoris en un solo trayecto y volvió. Tuve que morderme el antebrazo para no gritar.

—Tiene el esfínter en muy buen estado —comentó, con una seriedad que me arrancó la risa.

—Ejercito a diario, doctora.

—Lo había deducido.

***

Antes de que pudiera devolverle algo de cortesía, ella se incorporó, fue al armario de instrumental y volvió con algo en la mano. No alcancé a ver qué era hasta que se acomodó de espaldas en la camilla y abrió las piernas. Eran dos esferas plateadas unidas por un cordel: bolas chinas. Tiró con cuidado y las sacó una a una. Estaban tibias, brillantes de su propia humedad, sin un rastro extraño.

—Las uso desde que llego a la consulta —explicó, sin pudor—. Algunos colegas pasan a sacármelas a media tarde. Hoy te tocaba a ti.

—¿Y si no hubiera pasado nada de esto?

—Me las hubiera sacado yo en el baño y me hubiera ido a casa. No siempre se cierra el círculo.

Me senté sobre sus caderas, le sostuve los muslos y bajé la boca. Esa mujer, con cincuenta años y unos kilos por encima de lo que cualquier revista habría aceptado, era la cosa más viva que había probado en meses. Trabajé con la lengua mientras ella, en lugar de gemir como una colegiala, daba indicaciones precisas.

—Más arriba. Ahí. Sin morder. Dos dedos. Despacio.

Era la primera vez en años que alguien me daba instrucciones durante el sexo y yo las obedecía sin discutir. Cuando se vino, lo hizo con un quejido grave, casi de alivio profesional. Como quien firma un alta.

Nos quedamos en silencio un par de minutos, ella respirando boca arriba, yo apoyando la mejilla en su muslo. La luz de la lámpara seguía encendida. El reloj sobre el escritorio marcaba las cinco y veinte.

—Voy a recetarte una crema vaginal por una pequeña irritación —dijo finalmente, sin levantarse—. La crema es real. La irritación, ya no estoy tan segura.

—¿Vuelvo en seis meses?

—Vuelve en tres. Y te paso la dirección de una reunión privada que organizamos un par de colegas. Hombres y mujeres, todos con la misma postura sobre la confidencialidad.

Bajé de la camilla, me vestí detrás del biombo escuchando cómo ella hacía lo mismo del otro lado. Cuando salí, ya tenía el computador encendido otra vez y la sonrisa profesional vuelta a su lugar. Me entregó la receta, me dio un beso seco en la mejilla y me acompañó hasta la puerta como a cualquier paciente.

En el ascensor me miré al espejo. Tenía las mejillas rojas, el labial corrido, el pelo todavía algo húmedo en la nuca. Me arreglé como pude. Cuando salí a la calle eran las cinco y media de la tarde, hora punta, gente cruzando entre la oficina y el metro. Mi sumisa de la oficina me había escrito tres veces preguntando si seguía con la doctora.

Le contesté con dos palabras: ya voy.

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Comentarios (5)

Susi_Norte

increible!!! una de las mejores que lei en mucho tiempo

Curioso_Noc

Por favor una segunda parte, necesito saber si volvio al consultorio jaja

Maru_BA

me recordo a cierta experiencia que tuve, aunque no tan picante jeje. bien narrado

Vale_lectora

Como se te ocurrio este relato? tiene mucho detalle, se siente muy real

CristalLectora

Que buen ritmo tiene la historia, te atrapa desde el principio y no podes parar de leer. Felicitaciones

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