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Relatos Ardientes

La tarde que Elena descubrió que le gustaban las mujeres

Siempre he sabido lo que soy. Lesbiana, sin disculpas ni rodeos, de las que no pierden el tiempo fingiendo interés donde no lo hay. Me llamo Marta, tengo veintisiete años y vivo en Salamanca desde que terminé la formación profesional. No soy de las que van persiguiendo a cualquier mujer que pase por delante, eso no va conmigo. Tengo bastante buen olfato para saber dónde vale la pena invertir el tiempo, y aprendí pronto que la paciencia es la única estrategia que funciona de verdad.

Elena fue la excepción a todas mis reglas.

Nos conocimos en un almacén de distribución de ropa donde las dos empezamos el mismo otoño, con veinte años recién cumplidos. El trabajo era monótono: clasificar prendas, etiquetar cajas, mover bultos de un punto a otro en turnos que parecían estirarse sin fin. Los ratos libres eran escasos y el ambiente era ruidoso, con música de radio mala y el zumbido constante de las cintas transportadoras. Lo único que hacía tolerable aquel lugar era la hora del cambio de turno, cuando coincidíamos en los vestuarios.

Elena tenía una forma de moverse que resultaba casi obscena sin pretenderlo. Se desnudaba sin el menor pudor, con esa confianza natural que tienen las personas que nunca han tenido razones para avergonzarse de su cuerpo. Y no las tenía: su figura era perfecta de una manera que no era artificio ni esfuerzo, sino pura genética bien repartida. Caderas amplias, cintura marcada, pechos que desafiaban la gravedad incluso sin sujetador. Yo observaba de reojo con la discreción que da la práctica, y me prometía a mí misma que no iba a obsesionarme con ella.

Me obsesioné.

En ocasiones me ofrecía a ayudarle con las batas de trabajo, esas que se abrochaban por detrás con botones pequeños. Tenía excusas de sobra para acercarme: la cremallera que se atascaba, el botón que no cerraba bien. Mis dedos rozaban su piel sin que pudiera evitarlo, y el temblor que me recorría era difícil de disimular. Fui volviéndome más insistente, con esa energía característica de alguien que no quiere que la otra persona olvide que existe. Creo que Elena lo notó mucho antes de lo que yo pensaba.

El distanciamiento fue gradual pero inconfundible. Pequeños desvíos, conversaciones que terminaban antes de haber comenzado, un banco diferente en el comedor, miradas que se desviaban justo cuando estaban a punto de cruzarse. Yo entendí el mensaje sin necesidad de que nadie me lo tradujera. Lo encajé como pude, que no fue con especial elegancia.

Porque me había enamorado de ella. Cosa que no estaba en mis planes y que tampoco me servía de nada reconocer en voz alta.

Cuando anunció que se casaba, sentí algo parecido al alivio, aunque con un fondo oscuro que tardé meses en quitarme de encima. Si desaparecía de mi campo de visión, quizás podría seguir adelante. Y así ocurrió: se despidió del almacén, se casó con un tipo del que nunca supe más que el nombre —Rodrigo—, y desapareció de mi vida como si nunca hubiera estado del todo en ella.

Otras mujeres vinieron después. Ninguna fue Elena, pero tampoco era eso lo que buscaba entonces. Buscaba placer y algo de compañía, sin complicaciones excesivas. Lo conseguí, más o menos, durante varios años.

***

La vi cinco años después en el parque de la ribera del Tormes, una tarde gris de finales de septiembre.

Iba con una niña pequeña de la mano, una cría de cuatro años con trenzas y una mochila con orejas de conejo. Yo habría dado la vuelta y seguido mi camino, pero fue Elena quien me llamó por mi nombre antes de que pudiera esquivarla.

Se había cortado el pelo. Lo llevaba corto por la nuca, con ondas naturales que le enmarcaban la cara. Estaba más delgada que antes, con unas ojeras que no intentaba disimular. Seguía siendo hermosa, pero con esa belleza un poco gastada de quien ha dormido mal durante demasiado tiempo.

Nos sentamos en un banco mientras la niña corría detrás de las palomas. Elena me contó su vida sin que yo tuviera que hacer demasiadas preguntas. El matrimonio había ido bien durante los primeros tiempos, hasta que el embarazo complicó todo. El parto fue largo y difícil. Los meses de abstinencia del posparto pesaron más de lo que ninguno de los dos había anticipado, y Rodrigo había tomado sus decisiones al respecto por cuenta propia, sin decírselo. Cuando Elena lo descubrió, ya no había nada que salvar.

—Me siento muy sola —dijo, en un momento en que su hija estaba demasiado lejos para escuchar—. No sé si es que soy yo, o que elegí mal, o las dos cosas a la vez.

—No eres tú —le dije.

Me miró un segundo con una expresión que no era del todo de agradecimiento. Era algo más complicado que eso.

Yo la escuché, le hice las preguntas que correspondían, le di mi número de teléfono cuando me lo pidió. Y cuando nos despedimos, me fui a casa con la certeza tranquila de que aquella tarde no era el cierre de nada.

***

Elena me escribió tres semanas después, a las once de la noche.

«¿Sigues en el mismo piso?»

Le respondí que sí.

«¿Puedo pasarme mañana por la tarde?»

«Claro», escribí. Y dejé el móvil en la mesilla sin darle más vueltas.

Llegó a las seis con una botella de vino tinto y la excusa de que quería ponerse al día. Las dos sabíamos que no era solo eso. Lo supe en el momento en que cruzó el umbral y me miró de esa manera, como si estuviera valorando algo que llevaba tiempo decidiendo en silencio.

Abrimos el vino. Hablamos de su trabajo, de la niña, de cosas sin importancia. En algún momento, en mitad de una frase que ya no recuerdo, el silencio entre las dos se volvió demasiado denso para llenarlo con palabras.

—Marta —dijo.

—Ya lo sé —respondí.

No hizo falta más.

***

Se levantó del sofá y vino hacia mí. Sus manos me encontraron antes que su boca: los brazos primero, después los hombros, el borde de la mandíbula. Cuando yo besé el hueco de su cuello, soltó el aire de golpe, como si lo hubiera tenido contenido demasiado tiempo.

La llevé al dormitorio sin prisa. Las prisas son un desperdicio cuando algo ha tardado años en llegar.

Nos desnudamos despacio, sin urgencia. El cuerpo de Elena era diferente al que yo recordaba de los vestuarios, más suave en algunos sitios, más pleno en otros. Tenía las marcas que deja el tiempo y la maternidad. Me pareció más hermoso así, con toda esa historia escrita en la piel sin que nadie le hubiera pedido permiso.

La tumbé sobre la cama y la observé un momento antes de seguir. Estaba un poco tensa, con los hombros levemente encogidos, pero sus ojos no me pedían que me detuviera. Decían exactamente lo contrario.

Empecé por el cuello, bajé por la clavícula, llegué a sus pechos. Me detuve en cada pezón el tiempo que me apetecía, sin apuro ninguno, hasta que escuché el primer sonido involuntario que salió de su garganta. Pequeño, contenido, casi sorprendido de sí mismo. Era exactamente lo que yo estaba esperando.

Su piel respondía a cada movimiento con una precisión que me sorprendió. Llevaba mucho tiempo sin que nadie le prestara atención de verdad, y el cuerpo lo recordaba de inmediato, como quien vuelve a un idioma que creía haber olvidado.

Bajé más. Le besé el vientre, la curva de las caderas, el interior del muslo izquierdo y luego el derecho. Elena abrió las piernas sin que yo tuviera que pedírselo, con un gesto que no tenía nada de calculado.

La lamí despacio al principio, aprendiendo por la respuesta de su cuerpo lo que le gustaba y lo que la hacía perder el hilo. Tenía el clítoris muy sensible; en cuanto lo encontré con la punta de la lengua, hundió los dedos entre mis cabellos y apretó sin darse cuenta. Esa fuerza involuntaria que ya no controla nadie cuando está en ese punto.

—Dios —murmuró.

No respondí. Seguí.

La llevé al borde dos veces, y en ambas me detuve justo antes de que llegara. No por crueldad, sino porque quería que cuando ocurriera, ocurriera de verdad, con todo el peso encima. Lo que más me excita no es el orgasmo en sí: es el segundo exacto antes, cuando el cuerpo de la otra persona ya no puede fingir que tiene el control de nada.

La tercera vez no paré.

Elena arqueó la espalda y dejó escapar un sonido que fue creciendo hasta volverse largo y urgente, hasta que su cadera pulsó contra mi boca en sacudidas cortas y repetidas. La sujeté por los muslos para que no se alejara y seguí hasta que sus piernas temblaron y me pidió que parara con una voz que no parecía la suya.

Me incorporé y la miré. Tenía los ojos cerrados y el pecho agitado. Tardó unos segundos en volver.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó al fin.

Me reí sin responder.

***

Después me tocó a mí.

Elena me exploró con una mezcla de curiosidad y determinación que no esperaba de alguien que hacía aquello por primera vez. No tenía experiencia, pero tenía ganas reales de aprender, y eso vale más que la técnica cuando va acompañado de atención verdadera.

Me preguntó qué me gustaba. Prestó atención a lo que le mostraba. Corrigió sin necesidad de que yo repitiera nada. Cuando por fin bajó la cabeza entre mis piernas, lo hizo con una seguridad que me pilló desprevenida.

No tardé mucho. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento concreto para poder fingir indiferencia.

Después nos quedamos una frente a la otra en la cama, con la luz de la tarde entrando por la ventana en franjas largas y oblicuas. Durante un rato ninguna de las dos habló.

—Quiero aprender más —dijo Elena al fin.

—Ya estás aprendiendo.

—No es suficiente. Tú sabes cosas que yo no sé todavía, y las quiero saber.

—¿Para qué?

—Para hacerte lo mismo a ti. Lo mismo que tú me hiciste a mí.

Lo dijo con una sencillez que no tenía nada de pretencioso. Luego añadió, más despacio:

—Con Rodrigo nunca fue así. No sé si era él o si era yo, pero llegara o no llegara le daba igual. Tu lengua es algo diferente. No sabía que esto existía así.

—Ahora lo sabes —dije.

—Ahora lo sé —repitió.

***

Eso fue hace ocho meses.

Nos vemos dos o tres veces por semana, cuando su madre cuida a la niña. Elena ha aprendido más deprisa de lo que yo esperaba, y tiene esa clase de inteligencia sensorial que no se puede enseñar del todo: o está o no está. En ella, está en abundancia.

Una tarde, mientras descansábamos sin prisa, me preguntó si pensaba que era lesbiana.

Le dije que no tenía por qué ponerse una etiqueta, que esas cosas no funcionan como los interruptores.

—Entonces, ¿qué soy? —preguntó.

—Una mujer que sabe lo que le gusta —respondí.

Se quedó en silencio un momento, mirando el techo.

—Sí —dijo—. Eso es exactamente lo que soy.

No sé en qué se convertirá esto con el tiempo. Las dos hemos aprendido a no hacer planes demasiado ambiciosos. Pero lo que sí sé, con una certeza que no me genera ninguna duda, es que la lengua de Elena es ahora mismo mi cosa favorita en el mundo. Cada vez que la siento es como si estuviera descubriendo algo nuevo en un idioma que pensaba conocer bien.

Ella llegó tarde, con un rodeo de cinco años y un matrimonio fallido por el medio. Pero llegó.

Y a veces eso es todo lo que importa.

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Comentarios (5)

LuciaBA77

Me encantoooo!!! Qué historia tan bien narrada, se siente muy real

Valentina_ok

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de saber qué pasa con las dos después

Pelusa_92

tremendo relato!!!

SolMarinaB

Se me hizo cortísimo, lo leí de un tirón sin darme cuenta. Esperando más!

Miriam_2k

Me recordó a algo que me pasó hace unos años, jaja, que tiempos. Muy bueno

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