Lo que empezó como admiración entre mujeres
Cerré la puerta de mi oficina y me quedé inmóvil frente al ventanal. Buenos Aires brillaba veinte pisos más abajo, ajena a lo que yo sentía. Tenía los documentos del trimestre apilados sobre el escritorio, el teléfono en silencio, y una hora libre que no sabía cómo llenar. Bueno, sí sabía. Lo que no sabía era cómo dejar de pensar en Valentina.
Mi empresa me había enviado desde Madrid con un mandato claro: establecer la filial regional, organizar el equipo local, dejarlo funcionando en doce meses. Yo era buena en eso. Llevaba quince años resolviendo problemas que otros consideraban irresolubles, y había aprendido a moverme en cualquier entorno con la misma eficiencia que te da saber exactamente lo que quieres y cómo conseguirlo. Nunca había tenido conflicto en reconocer mis objetivos. Nunca había tenido problema en actuar en consecuencia.
Hasta ese año en Buenos Aires.
Valentina llegó recomendada por la central. Directora de operaciones, dos idiomas, diez años en el sector. En el papel era exactamente lo que necesitaba. En persona era algo más difícil de categorizar.
No podría decirte cuándo dejó de ser mi colaboradora y se convirtió en algo que no tenía nombre. No hay un momento exacto. Fue un proceso, como cuando el cielo antes de la tormenta cambia de azul a gris sin que puedas señalar el instante preciso en que ocurrió. Un día la miré entrar en la sala de reuniones y algo en mí se detuvo. No mucho tiempo. Apenas un segundo. Pero ese segundo no lo olvidé.
Valentina tenía una forma particular de ocupar los espacios. No era que fuera llamativa, aunque lo era. Era que cuando ella estaba en una habitación, la habitación parecía reorganizarse a su alrededor. Su voz nunca era demasiado alta, sus gestos eran medidos, su presencia era compacta y precisa. Y cuando se marchaba, dejaba en el aire algo que tardaba en disiparse. Yo me quedé varias veces mirando el hueco que dejaba en la puerta mucho después de que ya no estaba.
Me convencí de que era admiración profesional. Me convencí de que era porque hacía bien su trabajo, porque manejaba al equipo con una habilidad que yo respetaba, porque su criterio era casi siempre el correcto. Me convencí de muchas cosas durante semanas.
El problema con el autoengaño es que tiene fecha de vencimiento.
Una noche, en mi apartamento de alquiler frente al río, me quedé despierta con la imagen de sus manos sobre los papeles de una propuesta. Manos largas, de dedos finos, con las uñas siempre cortas y sin esmalte. Manos que se movían mientras hablaba, que subrayaban el aire cuando explicaba algo, que descansaban sobre la mesa como si supieran exactamente qué posición ocupar. Y me di cuenta de que llevaba días fijándome en sus manos, imaginándolas metidas hasta los nudillos en mi coño, imaginando esos dedos finos abriéndome, follándome despacio mientras me tapaba la boca con la otra mano. Me di cuenta de que llevaba noches durmiéndome con la mano entre las piernas pensando en ella, corriéndome en silencio contra la almohada como una adolescente.
Y me di cuenta de que tenía un problema.
Porque Valentina estaba casada. Porque yo llevaba años diciéndome que mi vida era exactamente como quería que fuera. Porque no sabía si ella sentía algo, ni la mitad, ni una fracción de lo que yo sentía cuando la miraba. Y porque en mi experiencia, actuar sin información es el error más costoso que puede cometer una ejecutiva.
Así que seguí trabajando. Seguí reuniéndome con ella todas las mañanas. Seguí mirando sus manos cuando creía que no me observaba. Y seguí sin saber nada.
***
El momento ocurrió un martes, al final de una reunión que se había extendido más de lo previsto. El equipo salió, las luces de la sala bajaron a la mitad, y nos quedamos las dos revisando los últimos puntos del informe. No era la primera vez que estábamos solas. Pero algo esa tarde era diferente. Quizás era el cansancio. Quizás era que ambas sabíamos que ya habíamos hecho lo importante y lo que quedaba era solo protocolo.
Valentina estiró los brazos sobre la mesa y suspiró. Luego me miró.
—Llevas tres días con cara de estar pensando en otra cosa —dijo.
—Estoy pensando en los números del tercer trimestre —respondí.
Ella sonrió. No con los labios, sino con los ojos. Esa sonrisa que yo ya había aprendido a distinguir de las otras.
—No. No es eso.
No contesté. Bajé la vista hacia el informe y fingí buscar algo que no estaba buscando. Tenía razón, claro que tenía razón. Entonces sentí su mano sobre la mía. No fue un gesto de consuelo ni de apoyo. Fue algo más lento que eso. Sus dedos envolvieron los míos con una presión deliberada, y por un momento ninguna de las dos se movió.
—Tienes manos que parecen no descansar nunca —dijo en voz baja—. Como si siempre estuvieran esperando algo.
Levanté la vista. Me estaba mirando con una expresión que no era ambigua. Y supe entonces que la información que me faltaba la tenía frente a mí desde hacía semanas. Simplemente no me había atrevido a leerla.
***
La primera vez fue en su oficina, dos días después. Era tarde, el edificio estaba casi vacío, y habíamos buscado sin decírnoslo la excusa de revisar unos contratos pendientes. Cuando cerró la puerta, el clic del pestillo fue la única señal que necesitaba. Me levanté de la silla antes de que ella cruzara la mitad de la sala. La detuve apoyando las manos en sus hombros, despacio, y la arrimé contra la pared con cuidado, como si fuera algo que podía romperse. Pero no quería tratarla con cuidado. Quería arrancarle la ropa ahí mismo.
Ella levantó la cabeza hacia mí, los ojos entreabiertos, sin decir nada. Le agarré la mandíbula con una mano y la besé con la boca abierta, metiéndole la lengua hasta el fondo. Ella gimió contra mis labios y el sonido me bajó directo al coño. Sentí que se me humedecía la ropa interior en dos segundos.
—Llevo semanas queriendo hacer esto —le susurré en la oreja, mordiéndosela—. Semanas pensando en cómo te sabría la boca.
—Cállate y sigue —contestó ella, con la voz ronca.
Le recorrí el cuello con los labios, chupándole la piel hasta dejarle marcas rojas justo donde el cuello de la blusa las taparía al día siguiente. Mis dedos encontraron los botones de su blusa y los fui abriendo uno a uno, sin apurarme, mientras ella me clavaba las uñas en la nuca. Cuando la blusa se abrió, le bajé las copas del sujetador sin desabrocharlo y sus tetas quedaron al aire, los pezones ya duros, oscuros, apuntándome. Me agaché y le metí una teta entera en la boca. Se la chupé fuerte, tirándole del pezón con los dientes hasta que ella soltó un gemido agudo y se llevó el puño a la boca para callarse.
—Shhh —le dije, sonriendo contra su piel—. Hay gente en el piso todavía.
—Me da igual —jadeó—. Sigue. Por favor sigue.
Le subí la falda hasta la cintura de un tirón. Llevaba unas medias hasta medio muslo y unas bragas de encaje negro que estaban empapadas. La toqué por encima de la tela y ella echó la cabeza hacia atrás contra la pared. Le aparté las bragas a un lado con dos dedos y la encontré chorreando. Le pasé el dedo medio por toda la raja, de abajo hacia arriba, y su clítoris estaba hinchado, palpitando bajo la yema.
—Mirá cómo estás —le murmuré—. Estás empapada. ¿Hace cuánto?
—Desde que cerraste la puerta. Antes. No sé. Semanas.
Le metí dos dedos de golpe. Ella abrió la boca y no le salió sonido. Solo un temblor. La empecé a follar con los dedos apoyándola contra la pared, curvándolos hacia adelante para tocarle ese punto que hace que las piernas les tiemblen a las mujeres. Mientras la penetraba con la mano derecha, con la izquierda le agarré una teta y le pellizqué el pezón. Ella se agarró de mis hombros clavándome las uñas y empezó a mover las caderas contra mis dedos, follándome la mano.
—Así —le dije al oído—. Así, cabalgame los dedos. Quiero sentir cómo te venís.
—Voy… voy a…
—No todavía.
Le saqué los dedos y ella soltó un gruñido de frustración que me hizo reír. La empujé contra el escritorio, le di la vuelta y la doblé sobre la superficie, con el culo en alto y la falda arremangada en la cintura. Le bajé las bragas hasta los tobillos y me arrodillé detrás. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua por todo el coño, de arriba abajo, chupándole el sabor entero. Sabía a sal, a algo dulce, a mujer excitada. Le hundí la lengua adentro y ella gimió tan fuerte que tuvo que morder el brazo apoyado sobre el escritorio.
Me tomé mi tiempo comiéndoselo. Le chupé el clítoris con los labios, le metí la lengua, le puse dos dedos dentro mientras seguía lamiéndole el capullo. Ella empezó a temblar entera, con las piernas separadas y los tacones apenas sosteniéndola, y cuando le sentí las contracciones sobre los dedos, se corrió con un grito ahogado contra su propio brazo. Le seguí lamiendo mientras se corría, sintiendo cómo el orgasmo la sacudía en olas, cómo el líquido caliente le bajaba por el interior de los muslos.
Cuando por fin se calmó, la giré de nuevo hacia mí. Tenía el pelo revuelto, la boca abierta, los ojos húmedos. Me miró como si acabara de descubrir algo. Entonces se dejó caer de rodillas frente a mí, me subió la falda hasta la cintura y me arrancó las bragas de un tirón. No preguntó. No dudó. Me abrió las piernas y me metió la cara entera entre los muslos.
Me había dicho después que era su primera vez con una mujer, pero eso yo entonces no lo sabía y desde luego no lo parecía. Me lamió el coño con una hambre que no tenía nada de tímida. Me chupó el clítoris con los labios cerrados alrededor, moviendo la lengua en círculos, mientras me clavaba las uñas en el culo para pegarme a su boca. Yo apoyé una mano en la pared para no caerme y la otra la enredé en su pelo. La follaba con la cara. Le movía la cabeza contra mí, marcándole el ritmo, y ella se dejaba hacer, gimiendo contra mi coño, y las vibraciones de sus gemidos me llegaban hasta la espina dorsal.
—Metéme los dedos —le pedí con la voz rota—. Dos. Tres. Los que quieras. Metélos.
Me metió tres. Los curvó adentro y siguió chupándome el clítoris y me corrí en menos de un minuto, apretándole los dedos con el coño, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Sentí el orgasmo subir desde las plantas de los pies hasta la nuca. Me temblaron las rodillas. Ella me sostuvo con el brazo alrededor de las caderas para que no me cayera, y me siguió lamiendo despacio hasta que las últimas contracciones se apagaron.
Cuando por fin nos separamos, las dos teníamos la ropa hecha un desastre, el maquillaje corrido, y la misma expresión de no saber muy bien qué acababa de ocurrir.
—No sé qué es esto —dijo al fin.
—Yo tampoco —respondí. Y era verdad. Pero tampoco me importaba mucho saberlo.
***
Lo que vino después ocupó cuatro semanas. Cuatro semanas sin estructura ni plan, que eran solo impulso y presencia y la acumulación de pequeños instantes que no cabían en ninguna categoría que yo conociera. Una tarde en su coche, parada frente a un semáforo en rojo que duró lo suficiente. Una hora en mi apartamento un sábado mientras afuera llovía. Un café en una esquina lejos de la oficina donde nos sentamos muy juntas y hablamos de todo menos de lo que estábamos haciendo.
Una de esas tardes nos quedamos en el interior de su coche con el motor apagado y la lluvia golpeando el techo. Empezamos hablando y terminamos sin hablar. Ella me agarró la nuca y me besó como si llevara todo el día conteniéndose, y probablemente era exactamente así. Me metió la mano por debajo de la falda antes de que yo pudiera decir nada. Los vidrios se empañaron rápido. Le abrí la camisa y le mordí las tetas por encima del sujetador mientras ella me apartaba las bragas y me hundía dos dedos con una precisión que no podía ser accidental.
—Estás mojadísima —me susurró contra la boca—. ¿Ni siquiera esperaste a llegar a casa?
—Vine mojada desde la oficina. Desde que te miré en la reunión.
—Cochina.
Se rio contra mi cuello y empezó a follarme con los dedos, meneándolos adentro y afuera, buscándome ese punto con la yema. Yo abrí las piernas todo lo que el asiento me dejaba y me monté sobre su mano, moviendo las caderas. Le mordí el cuello para no hacer ruido, dejándole una marca justo debajo de la oreja que iba a tener que tapar con maquillaje al día siguiente. Ella soltó un suspiro largo, lento, que tardé semanas en olvidar, y con el pulgar empezó a rozarme el clítoris mientras seguía metiéndome los dedos. Me corrí sobre su mano, en silencio, apretando los dientes contra su hombro, con los vidrios completamente empañados y la lluvia tapándolo todo.
Cuando terminé, me chupó los dedos limpios delante de mí, mirándome fijo, sin decir una palabra. Después me bajó la cabeza hasta su falda. Se la subí yo misma y le comí el coño ahí, doblada sobre el asiento del acompañante, con el volante clavándome en la espalda y ella agarrándose del techo del coche con las dos manos mientras se venía en mi boca.
Valentina tenía una manera de tocarte que empezaba siempre despacio. Como si estuviera recordando algo. Sus manos se movían con una atención que no daba por sentado nada, que te pedía permiso con cada gesto aunque ya se lo hubieras dado. Y cuando llegaba a un punto en que yo no podía contenerme, se detenía justo ahí, me miraba, y esperaba que fuera yo quien le suplicara que siguiera. Me hacía pedírselo. Me hacía decírselo con las palabras exactas.
—Decilo —me murmuraba con los dedos parados justo en la entrada del coño—. Decilo entero.
—Follame. Metélos. Metélos hasta el fondo, por favor.
Y solo entonces me los metía.
Un sábado por la tarde, en mi apartamento con la luz encendida, la tuve entera desnuda sobre mi cama y me tomé el tiempo que quise. Ella tenía una piel que guardaba el calor, que se erizaba en los sitios que yo menos esperaba, que respondía antes de que yo terminara de tocarla. Se dejó mirar sin cubrirse, con las piernas abiertas y una mano descansando sobre el vientre. Le pasé la lengua por dentro de los muslos, subiendo despacio, respirando sobre su coño sin tocárselo hasta que ella empezó a moverse buscando mi boca.
—Pedímelo —le dije, imitándola, mirándola desde entre sus piernas.
—Comémelo. Comémelo entero, por favor, Inés.
Se lo comí durante mucho tiempo. Le chupé el clítoris hasta que se le empezaron a mover las caderas solas, le metí la lengua, le puse los dedos y la hice correrse una vez con la boca. Después la giré boca abajo, le levanté las caderas y le comí el coño desde atrás, con la cara pegada a su culo, mientras ella se agarraba de las sábanas y gemía con la boca contra la almohada. Le pasé la lengua por el ojete y ella pegó un respingo, mirándome por encima del hombro con los ojos muy abiertos.
—¿Nunca? —le pregunté.
—Nunca.
—¿Puedo?
Asintió sin decir nada. Le volví a pasar la lengua ahí, despacio, con cuidado, y le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo. Se corrió así, con mi lengua en el culo y mis dedos follándola, mordiendo la almohada tan fuerte que después le dolía la mandíbula. Me subí sobre ella y la abracé desde atrás mientras temblaba, con la cara enterrada en su nuca sudada.
Más tarde me la monté encima. Me senté a horcajadas sobre su cara y ella me agarró de las caderas y me pegó el coño a la boca. Me quedé arriba, moviéndome sobre su lengua, mirándome en el espejo del armario mientras me corría por segunda vez esa tarde, viendo cómo se me contraía la espalda y cómo ella me chupaba sin dejar caer una gota. Todavía de noche, me dijo que nunca había estado con una mujer antes. Yo le dije que lo había sospechado, pero que no lo parecía. Ella se rio. Fue la única vez que nos reímos de verdad en esas cuatro semanas.
***
Lo más extraño no era lo que hacíamos cuando estábamos solas. Era lo que ocurría cuando no lo hacíamos.
En las reuniones de equipo, rodeadas de diez personas, Valentina podía cruzarme una mirada que duraba menos de dos segundos y yo sentía ese segundo en la nuca, en los brazos, entre las piernas. Como una corriente que no necesitaba contacto para transmitirse. Yo la miraba desde el otro extremo de la sala, sin moverme, y ella me contaba después que en ese momento sentía mi mirada recorrerla como algo físico. Que le cambiaba el ritmo de la respiración. Que se le ponían los pezones duros bajo la blusa. Que tenía que apretar los muslos por debajo de la mesa para aguantar.
Me lo decía en voz baja, durante los descansos, de pie junto a la máquina de café con nuestros vasos en la mano, como si fuera una conversación sobre los números del mes.
—Estoy empapada desde que empezó la reunión —me murmuraba sin mirarme, revolviendo el café—. Cuando volvamos a la sala voy a estar pensando en tu boca todo el rato.
Y yo escuchaba cada palabra y sentía algo que no tenía nombre pero que se parecía bastante a la felicidad, y una humedad urgente entre las piernas que me duraba hasta la noche.
Hubo una tarde en que nos cruzamos en el pasillo y los dedos de su mano rozaron los míos al pasar. Nada más. Un roce que cualquiera habría tomado por accidental. Pero cinco minutos después ella estaba en el baño de mujeres del piso, encerrada en el último cubículo, con la falda subida y las bragas en los tobillos, y yo estaba de rodillas frente a ella comiéndole el coño mientras se tapaba la boca con las dos manos para no gritar. Se corrió sobre mi lengua en menos de tres minutos, temblando entera, y después me hizo levantarme, me dio la vuelta contra la puerta y me metió la mano por debajo del pantalón hasta hacerme correr a mí también, susurrándome cosas al oído que después ninguna de las dos repetiría en voz alta.
Ese tipo de tensión te cambia. Te hace ver el mundo de otra manera. Todo se vuelve más nítido, más presente. Empecé a notar el color exacto de la luz a las cinco de la tarde en Buenos Aires. El olor del café de las diez de la mañana. El peso del silencio antes de que alguien hablara en una reunión. Estaba más despierta de lo que había estado en años.
***
No hablamos de lo que sería cuando yo me marchara. Era un acuerdo tácito. Ella tenía su vida, su marido, su rutina, su ciudad. Yo tenía Madrid, un contrato que vencía y demasiadas preguntas que no sabía si quería responder todavía. Lo que teníamos era eso: cuatro semanas con sus límites ya puestos desde el principio, sin que nadie tuviera que decirlo.
Quizás por eso funcionó tan bien. Porque cuando dos personas saben que el tiempo tiene un final, dejan de guardarse las cosas para después. No hay después. Solo hay ahora.
La última tarde juntas, en mi apartamento ya a medio vaciar, Valentina se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y yo me senté a su lado. Estuvimos un rato en silencio. Afuera el atardecer lo hacía todo de naranja. Después, sin decir nada, ella se puso de rodillas entre mis piernas y me bajó los pantalones. Me la chupó despacio, con los ojos cerrados, como si estuviera memorizándome. Yo me corrí sobre su boca con la mano en su pelo y las lágrimas empezando a subirme sin que pudiera hacer nada por evitarlas. Después la subí sobre mí y me la senté encima en el sofá. Nos quedamos ahí, coño contra coño, moviéndonos despacio, tocándonos las tetas y besándonos, hasta que las dos nos corrimos otra vez casi al mismo tiempo, mirándonos a los ojos sin parpadear.
—¿Cuándo tomas el vuelo? —preguntó después, con la cabeza apoyada sobre mi hombro.
—Mañana a las once.
Asintió. Sus dedos buscaron los míos en el suelo sin mirar, como de memoria. Nos quedamos así hasta que oscureció. No hubo más palabras. No hacían falta.
***
En el aeropuerto, al día siguiente, nos tomamos un café en la terminal. Hablamos de trabajo, de los proyectos que quedaban pendientes, de quién se haría cargo de qué en los próximos meses. Hablamos de todo lo que no era lo que queríamos hablar. Y cuando llegó el momento de pasar los controles, nos dimos un abrazo que duró un segundo más de lo profesionalmente razonable.
Mientras me alejaba por el pasillo, escuché su voz detrás de mí.
—Inés.
Me giré.
—Creo que me volviste loca —dijo. Sonreía, pero no era una sonrisa de broma.
Me quedé mirándola un momento. Luego sacudí la cabeza, despacio.
—No fui yo. Eras tú desde el principio. Yo solo lo vi antes que tú.
Me giré y seguí caminando hacia la puerta de embarque. No miré atrás. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía me costaría más de un segundo seguir adelante. Y tenía un avión que tomar.
Pero mientras esperaba en la sala de embarque, con los auriculares puestos y la vista en la pista, pensé en sus manos, en su boca, en el sabor de su coño, en la luz de las cinco de la tarde, en la lluvia sobre el techo del coche. Y pensé que hay cosas que no duran para siempre precisamente para que puedas llevarlas enteras, sin que el tiempo las desgaste.
Cuatro semanas. No me arrepiento de ninguna.