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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquella celda la primera noche

La luz roja del neón del bar de enfrente pintaba la habitación del motel como una herida abierta. Entraba a oleadas, se quedaba un segundo en las sábanas revueltas y volvía a salir, dejando todo en sombras hasta el siguiente parpadeo. Encima de la mesa de noche, el maletín cerrado guardaba los ochenta mil dólares que les habían cambiado la vida esa misma tarde.

Sabrina estaba arrodillada en la cama, el rostro hundido entre los muslos de Renata. Tenía el pelo negro pegado a la nuca por el sudor y la espalda arqueada hacia atrás, recibiendo a Marcus. Lo habían recogido a la salida del puente, haciendo dedo bajo el sol, sin saber nada de él más que el nombre y el cuerpo. Tres horas después estaba detrás de Sabrina, sosteniéndola por las caderas, marcando el ritmo con embestidas largas y lentas que la obligaban a soltar el aliento contra el sexo de Renata.

—No pares —jadeó Renata, agarrándola del pelo—. No pares.

Sabrina no paró. Movió la lengua con la disciplina de quien sabe lo que hace, primero la base, después la punta, después un círculo lento alrededor del clítoris. Renata cerró los ojos y se mordió el labio. La cama crujía bajo el peso de los tres.

Marcus, sin avisar, le clavó las uñas en las nalgas y le marcó el ritmo más rápido. Sabrina sintió la primera oleada subir desde las rodillas, doblarle la cintura, anudarle la garganta. Apretó la boca contra Renata y dejó que el orgasmo se le escapara en un gemido sordo, ahogado.

—Te toca —susurró Renata, con la voz quebrada, y le sostuvo la cara entre las manos—. Te toca venirte para mí.

Y se vino. Las dos al mismo tiempo. Marcus las miró desde arriba, con esa sonrisa de quien no se cree la suerte que tiene, y siguió empujando hasta que su propio gemido se rompió en mitad de la habitación.

Fue justo entonces cuando se oyó el primer megáfono.

***

—Salgan con las manos en alto. Tienen el motel rodeado.

Marcus se quedó quieto, todavía dentro de Sabrina, como si el cuerpo no le respondiera. Después se apartó de un salto y corrió a la ventana sin molestarse en cubrirse. Apartó la cortina un dedo. Doce patrullas. Lámparas de luz blanca apuntando hacia la puerta. Una decena de policías de Saltillo agazapados detrás de las puertas abiertas, con los rifles cruzados sobre el techo de los autos.

—¿Qué chingados hicieron ustedes? —preguntó, sin volverse.

Renata ya había alcanzado su Walther de debajo de la almohada y le quitaba el seguro.

—Cállate y vístete —dijo.

—Yo no entré al banco —Marcus levantó las manos, todavía desnudo—. Yo iba haciendo autostop, ¿se acuerdan? Yo no firmé nada.

Sabrina lo miró con un asco que no se molestó en disimular.

—Lárgate antes de que cambie de idea.

Marcus se puso los pantalones a manotazos, las botas sin amarrar, la camisa abierta. Abrió la puerta de la habitación y siguió de largo hasta el zaguán del motel. Salió al patio iluminado con las manos arriba y la camisa flotando alrededor de un cuerpo que ya no le servía de nada.

—¿Y nosotras? —preguntó Renata.

Sabrina se sentó en el borde de la cama. Todavía tenía el sudor de Marcus en la espalda y el sabor de Renata en la lengua. Miró el maletín, lo abrió, contó los fajos con los dedos y volvió a cerrarlo. Ochenta mil dólares se convirtieron en una idea muy abstracta.

—¿Cuánto nos puede caer si nos entregamos?

—Si devolvemos el dinero, cinco años. Quizás cuatro, con suerte.

—¿Y si salimos disparando?

—Veinte cada una. Si no nos matan antes.

Sabrina pasó los dedos por el cañón de su pistola. El metal estaba frío.

—Voy a extrañar tu boca —dijo Renata, mirándola.

—En la cárcel hay bocas.

—No como la tuya.

Salieron las dos juntas, despacio, las pistolas en alto, las manos abiertas como si fueran un escudo. Las cegaron veinte linternas a la vez. No hubo un solo disparo.

***

El juez fue rápido. Cinco años y un día por robo a mano armada. Las separaron en el furgón. Renata acabó en un penal del norte; Sabrina, en una cárcel de mujeres a las afueras de la ciudad, a tres horas de carretera de la última vez que se habían tocado.

Llegó pasada la medianoche. La ficharon, la fotografiaron, le tomaron las huellas, le dieron un uniforme naranja dos tallas grande y unas sábanas dobladas que olían a lejía. El guardia que la condujo por el pasillo era un hombre gordo, de movimientos lentos, que sonreía sin enseñar los dientes. Abrió la celda catorce, le indicó que entrara y cerró el cerrojo desde fuera. No se fue. Se quedó un segundo en el pasillo, esperando algo.

Sabrina dio dos pasos hacia el camastro de abajo y descubrió que el de arriba ya estaba ocupado.

—No es tu cama, gatita.

La mujer bajó del catre superior sin hacer ruido. Era alta, ancha de hombros, con el pelo cortado al ras y un tatuaje azul subiendo por el cuello hasta detrás de la oreja. Cassandra. Después se enteraría del nombre. Esa noche todavía no era más que una sombra muy grande avanzando hacia ella.

—Perdón —dijo Sabrina, retrocediendo—. No sabía.

Cassandra la empotró contra los barrotes con la naturalidad de quien acomoda un mueble. Una mano grande, abierta, le cubrió el cuello sin apretar, solo para recordarle dónde estaba. La otra mano bajó hasta la cinturilla del pantalón y se quedó ahí, esperando.

—¿Vas a ser mi puta? —preguntó, sin levantar la voz.

Sabrina no contestó enseguida. Sintió la respiración de Cassandra contra la sien, el olor a tabaco rancio mezclado con jabón barato, y la mano que seguía sin moverse pero que pesaba como una promesa.

—Sí —dijo al fin.

—¿Sí, qué?

—Sí, voy a ser tu puta.

Detrás del cerrojo, el guardia gordo dejó escapar una risa muy bajita y, esa sí, se alejó por el pasillo. Sabía que esa noche iba a haber fiesta y no quería perdérsela por la radio.

***

Cassandra la besó como si llevara meses esperándola. Le metió la lengua hasta el fondo, le mordió el labio inferior, le pasó la mano abierta por la espalda y le bajó la cremallera del uniforme en un solo movimiento. La parte de arriba cayó al suelo sin que ninguna de las dos hiciera el gesto de recogerla.

—Mírame.

Sabrina la miró. Cassandra tenía los ojos negros, los pómulos altos y una cicatriz fina cruzándole la ceja. Bajó la cabeza, le tomó un pezón entre los labios y empezó a chupar con la calma de quien tiene toda la noche por delante. Sabrina sintió las rodillas aflojarse. Llevaba muchas horas tensa: el atraco, el motel, el juez, el furgón. El cuerpo se le rindió antes que la cabeza.

—Me gusta que te guste —murmuró Cassandra, sin separar la boca de la piel.

De alguna de las celdas vecinas llegó una voz ronca.

—Háganla gritar, Cassandra. Quiero hacerme una buena.

—Más alto —pidió otra, más joven—. Que se oiga.

Cassandra sonrió contra el cuello de Sabrina.

—Las oyes, ¿no? Ellas también merecen su parte. Habla. Cada cosa que sientas, la dices. ¿Me entiendes?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, ama.

La palabra le salió sola, sin pensarla, y la sorprendió a ella misma. Cassandra la oyó y le clavó los dientes en el hombro con una sonrisa nueva.

***

La sentó en el camastro de abajo y se arrodilló entre sus piernas. Le bajó el pantalón naranja y la ropa interior de un tirón y se quedó mirándole el sexo durante un par de segundos, como quien estudia el terreno. Después acercó la boca y le pasó la lengua despacio, plano, de abajo arriba, una sola vez.

Sabrina se mordió el dorso de la mano.

—Las manos quietas —ordenó Cassandra—. Tú no te tocas. Tú me sientes. Y si te vas a venir, lo dices fuerte para que se enteren.

—Sí, ama.

Cassandra empezó a comerle el clítoris con un ritmo lento, casi cruel. Le metía la lengua entera y la sacaba despacio, le rodeaba el botón con la punta, le mordisqueaba los labios mayores con cuidado calculado. Sabrina sentía cada movimiento como un golpe seco en el vientre. Quería pedirle que fuera más rápido y no se atrevía. Cassandra lo sabía.

En la celda de enfrente, alguien se masturbaba sin disimulo. Se oía la respiración acompasada, el roce de la mano contra la sábana, el suspiro contenido. Más allá, Beatriz —setenta años, abuela de un nieto que no la visitaba nunca— se hacía un dedito con los ojos cerrados, escuchando.

—Me voy a venir —susurró Sabrina.

—Más alto.

—Me voy a venir, ama.

—Otra vez.

—¡Me voy a venir, ama!

Cassandra aceleró. La lengua se le volvió un latigazo corto y constante. Sabrina sintió el orgasmo subir desde los talones, recorrerle los muslos, abrirle el pecho. Cuando se vino, gritó con la garganta entera y el grito rebotó en los barrotes y se multiplicó por todo el módulo. Detrás llegaron, una tras otra, las respuestas: siete u ocho voces ahogadas, cada una en su propia celda, viniéndose con ella.

***

Cassandra no le dio tregua. Se tendió a lo largo del camastro y la atrajo hacia su cara con una mano.

—Siéntate.

—¿Aquí?

—Encima de mi boca. No me hagas repetirlo.

Sabrina obedeció. Le pasó las rodillas por los costados de la cabeza y bajó las caderas hasta sentir la lengua justo donde había estado un minuto antes. Cassandra le agarró la cintura con las dos manos y empezó a comerla de abajo, con un hambre que no se molestaba en esconder.

Sabrina se apoyó en el muro de cemento y se dejó llevar. Movía la pelvis al ritmo que la boca de Cassandra marcaba, despacio al principio, después con desesperación. Se acariciaba los pezones con las puntas de los dedos. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, el pelo pegado a la frente.

—Me voy a venir otra vez, ama.

—Más alto. Que te oigan todas.

—¡Me voy a venir, ama!

—¡Otra vez!

—¡¡Me vengoooo, amaaa!!

El módulo entero se le vino encima en un coro de gemidos contenidos. Se oyó claro el suspiro final de Beatriz desde la celda del fondo, agudo y agradecido. Sabrina cayó hacia adelante con las piernas temblando, y Cassandra la sostuvo con un brazo, la acomodó contra su pecho y le pasó la mano por el pelo, despacio, como si llevaran años durmiendo juntas.

—Bienvenida —dijo, en voz muy baja.

Sabrina no contestó. Tenía los cinco años por delante y, por primera vez en toda la noche, no le parecieron tantos.

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Comentarios (6)

RubenL_78

Increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo. Seguí escribiendo!!

Lucía_RdP

Me quedé con ganas de mas, la historia se corta justo cuando se ponia buena. Por favor continuacion!!!

MatiCba

La manera en que describe el ambiente de la celda da escalofrios. Muy bien logrado.

SoledadB_lectora

Que relato tan distinto a los demas. El contexto lo hace todo, te juro que se me aceleró el corazon leyendo el principio.

ConfesionBA

corto pero intenso!! quiero saber que paso despues

NicolasRD

Muy bueno!! Tiene ese toque realista que hace que te imagines ahi. Espero que haya segunda parte porque quedó muy abierto el final.

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