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Relatos Ardientes

Volvió a mi puerta para que la rompiera otra vez

El taxi se detuvo frente al portal con un ronroneo apagado. Valencia nos recibió con el calor seco y blanco de la tarde, muy distinto a la lluvia gris que habíamos dejado en el norte. Mientras el conductor sacaba las maletas, observé la fachada del edificio. Ya no lo veía como el piso de Marta. Lo veía como mi cuartel general, mi territorio.

Marta se bajó del coche ajustándose las gafas de sol, ocultando el cansancio del viaje y la excitación residual que todavía le hacía vibrar las manos. Pagó al taxista —porque así eran nuestros papeles: yo decidía, ella tramitaba— y cogió su maleta. Esperé en la acera hasta que estuvo a mi lado, lista para seguirme.

—¿Tienes las llaves a mano?

—Aquí, Ama.

Me las entregó. El metal estaba caliente. Me gustaba ese detalle: yo abría la puerta, yo permitía el acceso. Subimos en silencio. El espejo del ascensor nos devolvió la imagen de dos mujeres impecables, cómplices de algo que nadie en ese edificio podía sospechar.

Al abrir la puerta del ático, el aire viciado del piso me recibió como una bienvenida. Marta hizo ademán de arrastrar su maleta hacia el dormitorio.

—Quiero ducharme.

—Deja eso ahí.

Mi voz fue una sola palabra y la maleta cayó en seco sobre el parqué.

—Todavía no te duchas. Primero saludas a la casa. Y a mí.

La empujé contra la pared del recibidor. No hubo preliminares románticos. Mis dedos desabrocharon su blusa botón a botón mientras ella respiraba con la cabeza echada hacia atrás, exponiendo el cuello. Le tironeé el sujetador hacia arriba sin desabrocharlo, dejando que sus tetas saltaran fuera de la copa con un rebote seco, los pezones ya duros contra el aire acondicionado. Le pellizqué uno con dos dedos, retorciéndolo hasta arrancarle un gemido ahogado, y con la otra mano le bajé la falda y las bragas de un solo tirón hasta las rodillas. En menos de un minuto la dejé desnuda sobre su propia ropa de viaje, mientras yo seguía vestida, blindada, con el traje de chaqueta impecable y los tacones marcando la diferencia de altura entre ama y perra.

—Arrodíllate.

Marta se hundió de rodillas sobre la madera y enredé mis dedos en su pelo, tirándole la cabeza hacia atrás para obligarla a mirarme. Me subí la falda de tubo hasta la cintura con la mano libre. No llevaba bragas —nunca las llevaba en casa— y le empujé la cara directamente contra mi coño.

—Ábreme con la lengua. Y despacio. Quiero sentir cada centímetro de esa boca respetuosa.

Marta obedeció. Sacó la lengua caliente y me lamió desde el perineo hasta el clítoris en una sola pasada larga, aplastando la punta contra la carne hinchada, respirando mi olor como si fuera oxígeno. Le apreté el pelo más fuerte.

—Otra vez. Y ahora abre bien la boca. Quiero tu lengua dentro. Quiero que me folles con la lengua como te enseñé.

Metió la cara entre mis muslos con esa hambre concentrada de quien ha estado veinticuatro horas sin comer. Sentí la punta de su lengua penetrarme, entrar y salir de mi coño con un ritmo obediente, mientras la nariz le chocaba contra el clítoris a cada empuje. Le dejé hacer un minuto entero, gozando de la vista: mi profesora de literatura de rodillas, con las tetas colgando, la boca embadurnada de mi flujo, los ojos cerrados en éxtasis servil.

—Ahora chúpame la almendra. Y usa los dientes suavemente. Sabes cómo me gusta.

Cerró los labios alrededor de mi clítoris y empezó a mamármelo con succión lenta, dejando salir la lengua entre chupada y chupada para hacer círculos precisos sobre el capuchón. Sentí el borde de sus dientes rozándome apenas, ese pellizco eléctrico que me hacía perder el equilibrio. Apoyé una mano contra la pared. Con la otra le guiaba la cabeza, marcándole el ritmo, follándole la cara despacio.

—Métete dos dedos en la boca. Mójalos bien. Y luego métemelos.

Marta separó la boca de mi coño el tiempo justo para chuparse los dedos índice y corazón, ensalivándolos con el escupitajo brillando en los nudillos. Los introdujo en mi coño de un solo empuje, hasta el fondo, y volvió a pegar la boca a mi clítoris sin perder el compás. Empezó a bombearme los dedos con firmeza, buscando el punto de dentro que ya tenía memorizado, mientras la lengua no dejaba de trabajarme la almendra.

—Así, puta. Así se saluda a la casa.

Le hablé con la voz grave, controlada, aunque ya sentía el orgasmo trepándome por la columna. La coloqué de manera que su cara quedara aplastada contra mi pubis, sin espacio para respirar salvo por la nariz metida entre mis pliegues. Le dejé follarme la almendra con la boca hasta que sentí que la presión estallaba. Me corrí sobre su lengua con un grunido gutural, apretándole la cabeza contra mí, obligándola a beberse hasta la última gota de flujo que le chorreó por la barbilla. Ella no paró de chupar ni de bombear los dedos, aguantando el temblor de mis caderas, tragándose todo lo que le daba como si fuera su primera comida del día.

Cuando terminé, la levanté del suelo. Tenía los labios rojos, hinchados, brillantes de mis jugos, los ojos vidriosos y la cara de quien acaba de comulgar. Le pasé el pulgar por la comisura, recogiéndole un hilo de saliva y flujo mezclados, y se lo metí en la boca. Lo chupó con devoción, sin apartar la mirada.

—Ahora sí. La casa ya sabe que hemos vuelto.

***

Los días siguientes se deslizaron con una suavidad narcótica. La rutina, lejos de apagar la llama que habíamos encendido en el norte, la concentró. Ya no era necesario verbalizar las órdenes. Marta se despertaba antes que yo, me preparaba el café exactamente como me gustaba —negro, fuerte, sin azúcar— y lo dejaba en mi mesilla. Esperaba sentada al borde de la cama a que yo abriera los ojos y le diera el permiso tácito para empezar el día.

Aquel martes la observé vestirse frente al espejo de cuerpo entero. Se preparaba para ir al instituto, donde daba clases de literatura.

—Esa blusa no —dije desde la cama, taza humeante en la mano.

Marta se detuvo a medio abrochar la camisa azul, sin cuestionar, esperando la corrección.

—La blanca. La entallada. La que te tira un poco del pecho.

—Esa me aprieta. Me hace estar consciente de mis pezones todo el día.

—Por eso.

Mientras se cambiaba, me acerqué a ajustarle el cuello con la frialdad de un propietario que revisa su activo más valioso antes de sacarlo al mercado.

—Y nada de ropa interior hoy.

Marta abrió los ojos como platos.

—Tengo cinco horas de clase. Y escaleras.

—Pues camina con cuidado. Quiero que pases todo el día sintiendo el roce de la costura en el coño. Es tu recordatorio secreto.

Tragó saliva, pero asintió. La excitación le subió a las mejillas. Me besó la mano —un gesto que había empezado a hacer espontáneamente— y cogió el maletín. La vi salir caminando con esa rigidez forzada de quien intenta ocultar que va desnuda bajo la ropa formal.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió al piso.

***

Y entonces empezaron los problemas. Tenía trabajo: informes, correos, gestión de cuentas. Cosas que requerían mi cerebro frío y analítico. Pero por primera vez en mucho tiempo, mi concentración era frágil.

Intentaba leer una cláusula contractual en la pantalla, pero las letras bailaban y se reordenaban para formar imágenes de hacía tres días. Un asiento de avión gris. Una mano temblorosa aferrada a una mochila de lona. Unos ojos empañados detrás de unas gafas torcidas.

—Maldita sea —murmuré, frotándome las sienes.

No era culpa. La culpa es una emoción inútil, propia de gente que no acepta sus deseos. Lo que sentía era hambre. Adrenalina residual que el orgasmo de Marta no había disipado.

Me levanté y caminé por el pasillo. En el norte habíamos cazado a una desconocida en pleno vuelo: una estudiante de Erasmus llamada Carla. La habíamos roto entre las dos mientras los pasajeros dormían a nuestro alrededor. Marta le había metido la mano dentro de las bragas mientras yo le tapaba la boca; le habíamos hecho correrse tres veces bajo la manta, con los dedos de Marta enterrados en su coño virgen de mujer y mi lengua repasándole la oreja mientras le susurraba obscenidades. Después la habíamos dejado tirada en la zona de equipajes con su maleta roja y los ojos vacíos, el semen ajeno inexistente y en su lugar el olor a coño de dos desconocidas impregnado en la ropa interior.

Recordé su piel. Era diferente a la de Marta. Marta era firme, entrenada, una mujer que sabía recibir dolor y placer. Carla era blanda, sin callos en el alma. Cuando la toqué en aquel asiento, no solo sentí su cuerpo: sentí su pánico, su vergüenza, su falta absoluta de defensas. Romper a alguien que no sabe que puede romperse era el vicio definitivo.

Me he vuelto adicta a la caza fácil.

Fui a la cocina y me serví un vaso de agua. Eran las once de la mañana. Faltaban horas para que Marta volviera. Volví al despacho, decidida a forzarme a trabajar.

No sabía que el universo, en su ironía infinita, estaba a punto de responder a mi llamada.

***

El timbre sonó a las doce y cuarto. En el silencio sepulcral del piso, resonó como una detonación.

Me levanté con un suspiro de irritación, alisándome la blusa de seda negra. Marta tenía llaves. No esperaba paquetería. Nadie tenía permiso para interrumpir mis horas de gestión sin previo aviso. Caminé hasta el telefonillo y pulsé el botón de la cámara del portal.

Me quedé helada.

No era el cartero. Allí abajo, encogida contra el marco de hierro, mirando a la cámara con ojos de animal atropellado, estaba ella.

Carla.

Llevaba la misma mochila desgastada del avión, colgada de un solo hombro como si le pesara una tonelada. Una sudadera con capucha demasiado grande, intentando ocultarse dentro. Se mordía el labio compulsivamente, mirando a la cámara, luego al suelo, luego a la calle. Sentí una descarga fría recorrerme la columna. La presa había seguido el rastro de sangre hasta la cueva del lobo.

Pulsé el interfono.

—¿Sí?

—S-soy... soy yo. Carla. La del vuelo.

Su voz era un hilo sobre el ruido del tráfico.

—Sé quién eres.

Dejé que el silencio se estirara, pesándole encima. Podía imaginar su corazón ahí abajo, expuesta en plena vía pública.

—Adriana... por favor. Necesito... ¿puedo subir? Solo un momento.

—¿Para qué?

—No puedo explicarlo desde aquí. Por favor.

Hubo un sollozo ahogado al final de la frase. No era teatro. Sonreí —una sonrisa lenta que nadie veía— y pulsé el botón de apertura.

Esperé en el recibidor. Oí el zumbido del ascensor, los pasos vacilantes, y abrí la puerta antes de que llamara. Carla se quedó allí con el puño levantado a medio camino, paralizada. Tenía ojeras moradas, la piel cerosa, el pelo en una coleta baja y grasienta. Pero lo más impactante eran sus ojos: rojos, hinchados, mirándome con una mezcla de terror absoluto y necesidad devoradora.

—¿Cómo has encontrado mi casa?

—La... la etiqueta de tu maleta. En la cinta de equipajes. Vi la dirección. Se me quedó grabada.

Di un paso. La obligué a retroceder casi hasta la puerta del ascensor.

—Has memorizado mi dirección y has venido aquí sin invitación.

—No puedo dormir, Adriana. Cierro los ojos y siento tus manos, siento los dedos de Marta metidos hasta el fondo de mi coño, siento tu boca en mi oreja diciéndome esas cosas. Me siento... rota. Y tú eres la única que sabe por qué.

Levantó la vista. La súplica era desnuda. No había venido a denunciarnos. No había venido a pedir explicaciones. Había venido a por más. Había venido porque le habíamos abierto una puerta en la cabeza que no sabía cómo cerrar.

—¿Y qué quieres que haga yo, Carla? ¿Que te pida perdón? ¿Que te diga que fue un mal sueño?

Negó frenéticamente, las lágrimas rodando por sus mejillas sucias.

—Quiero entrar. Por favor. Haz que pare el ruido de mi cabeza. Haz lo que quieras, pero no me dejes fuera.

La miré, saboreando el momento.

—Entrar en esta casa tiene un precio. Y tú ya no tienes nada que ofrecer, salvo tu coño, tu culo, tu boca y tu obediencia absoluta. ¿Estás dispuesta a pagar con eso?

—Sí... con lo que sea. Solo déjame entrar.

Me aparté del marco.

—Pasa. Y cierra con llave. No vas a volver a salir hasta que yo lo diga.

Cruzó el umbral temblando, como quien entra en una catedral o en un matadero, sabiendo que su vida anterior terminaba en ese mismo segundo. El cerrojo giró dos vueltas bajo sus dedos. Clac, clac.

***

—Deja la mochila ahí. No te acerques más. Hueles a miedo y a sudor rancio.

Obedeció al instante. El bolso de lona cayó con un golpe sordo. Sonó a libros de texto, a ropa sin lavar y a una vida de estudiante que ya no le servía para nada.

—Quítate las zapatillas. ¿Piensas pisar mi suelo con esa inmundicia?

Se agachó torpemente y se descalzó. Sus calcetines de deporte tenían la planta oscurecida por el uso.

—Calcetines sucios. Patético —dije—. Camina por el pasillo hasta el salón. No toques las paredes. No roces los muebles. Si veo una sola huella tuya en mi pintura blanca, te haré limpiarla con la lengua.

Avanzó con la cabeza gacha, encogiendo los hombros para ocupar el menor espacio posible. En el salón, bajo la lámpara de diseño, le ordené quitarse todo. Sudadera. Vaqueros desgastados. Sujetador deportivo sin elasticidad. Calcetines. Bragas grises de algodón. Cada prenda cayó al suelo formando un montón de tela barata que crecía como un tumor a sus pies.

Me levanté de la butaca y la rodeé despacio, mis tacones marcando un ritmo sobre el parqué.

—Mírate. Estás en los huesos. Se te marcan las costillas.

Recorrí una de ellas con la punta del índice. Se le erizó la piel al instante.

—No es hambre de comida. Es hambre de esto. Te has consumido a ti misma esperando que alguien viniera a rematarte.

Seguí girando alrededor de su cuerpo. Sus pezones estaban duros por el aire acondicionado, pero el pecho subía y bajaba con un ritmo de pánico. Le pellizqué uno con dos dedos y se lo retorcí en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin previo aviso. Soltó un grito ahogado. Se lo solté y ella jadeó, pero yo no había terminado: le acerqué la boca a la clavícula y le clavé los dientes en el hombro, marcándola como se marca una res, chupando la piel entre los caninos hasta que supe que le iba a quedar el moratón durante días.

Bajé la vista hasta su pubis: sin depilar, oscuro, descuidado, en contraste con la suavidad cuidada de Marta. Metí la mano entre sus muslos sin pedir permiso y le abrí los labios del coño con dos dedos. Estaba mojada. Estaba empapada. Lo había estado desde antes de tocar el timbre.

—Mírate. Chorreando como una perra en celo. Vienes con las bragas mojadas de solo pensar en que te use.

Retiré los dedos brillantes y se los pasé por los labios de la boca. Le pinté las comisuras con su propio flujo.

—Chúpalos. Aprende a qué sabes.

Abrió la boca y me chupó los dedos con una devoción vergonzosa, cerrando los ojos, mientras sus caderas se movían buscando fricción contra el aire.

—Eres mediocre, Carla. No tienes las curvas de Marta. No tienes su elegancia. Eres común. Vulgar. Entonces, dime, ¿qué valor tienes para mí?

Buscó la respuesta en el vacío de su cabeza.

—Soy un lienzo en blanco... y tú puedes pintar lo que quieras encima.

Sonreí. Patética, pero correcta. Le agarré la barbilla con fuerza y la obligué a levantar la cara.

—Exacto. Eres carne. Materia prima barata. No estás aquí para ser admirada, estás aquí para ser follada. Eres un mueble que respira, un objeto que se corre cuando yo se lo permito.

***

—Al suelo. A cuatro patas.

Dudó una fracción de segundo. Luego sus rodillas impactaron contra la alfombra persa y apoyó las manos delante de mí, ofreciéndome la curva de su espalda huesuda.

—Gatea hasta mí.

La vi avanzar. Era una visión patética y excitante a la vez: una universitaria reducida a un animal doméstico arrastrándose por mi salón, los pechos colgando, las nalgas moviéndose con una cadencia torpe. Le veía el coño desde atrás, brillante entre los muslos, los labios internos asomando hinchados, marcados por la excitación reciente. Se colocó transversal frente a mi butaca, convirtiendo su cuerpo en una barrera, en un obstáculo, en una utilidad.

Levanté el pie derecho. Llevaba unos salones negros, de tacón fino y suela dura. Sin ninguna delicadeza, dejé caer la suela entre sus omóplatos.

Soltó un jadeo, pero no se apartó. Subí el otro pie y lo crucé sobre sus riñones. Todo el peso de mis piernas descansó sobre ella. Sus brazos temblaron por el esfuerzo de sostener la postura.

—Estaba buscando una posición cómoda para leer. El reposapiés de cuero es demasiado rígido. Tú, en cambio, eres cálida. Eres blanda.

Bebí un sorbo de vino tinto, recostada, mientras movía los pies sobre su espalda como si me estuviera limpiando las suelas en ella. La sensación era afrodisíaca. Tenerla allí abajo, literalmente bajo mis pies, anulada como persona y convertida en una extensión de mi comodidad. Bajé la punta del tacón derecho, lo deslicé por el canal de su columna hasta el nacimiento del culo y lo pasé por la raja, apoyando la punta en la entrada del ano. Carla se estremeció entera, apretando los muslos, pero no protestó.

—Ni se te ocurra apretar. Un mueble no aprieta. Un mueble aguanta.

Dejé la punta ahí, presionando lo justo para que sintiera la amenaza sin herirla, y separé las piernas. La falda se me subió por los muslos. Con la mano libre me abrí los pliegues del coño encima de su nuca. No la penetré: dejé caer una gota de mi flujo caliente sobre su piel, sabiendo que ella la sentiría rodar y que no podría limpiarse.

—Dilo. «Soy tu mueble, Ama».

—Soy tu mueble, Ama.

—Más alto. Que te oiga la casa.

—¡Soy tu mueble, Ama!

—Shhh. Los muebles son silenciosos.

***

Me terminé la copa y retiré los pies de su espalda. Las articulaciones le crujieron al levantarse. Las marcas rojas de mis tacones le habían quedado grabadas en la piel pálida como un mapa de mi paso por su vida.

Me acerqué a una estantería baja y abrí un cajón discreto. De su interior saqué una fusta de montar: cuero trenzado, corta, flexible, con una lengua ancha en la punta diseñada para hacer más ruido que daño profundo… si se usaba con suavidad. Yo no tenía intención de ser suave.

Al girarme, las pupilas de Carla se dilataron hasta comerse el iris. Sabía perfectamente para qué la había sacado.

—Has rastreado mi dirección. Has invadido mi privacidad. Has acechado mi puerta como una depredadora barata.

Le acaricié la mejilla con la punta fría de la fusta y luego bajé la lengua de cuero por su cuello, entre los pechos, por el vientre, hasta apoyarla en el pubis. Se la deslicé entre los labios del coño, arriba y abajo, ensuciando el cuero con su flujo.

—Mira lo mojada que estás. Estás chorreando en mi fusta. Cuando termine, vas a lamer este cuero limpio antes de que lo guarde.

—Sí, Ama.

—En esta casa, las faltas de respeto se pagan con dolor. Inclínate. Apoya el pecho en el brazo del sofá. Saca el culo. Ofrécete.

Carla se dobló por la cintura sobre el cuero blanco. Sus nalgas pálidas y blandas quedaron expuestas y elevadas, vulnerables. Un lienzo perfecto. Le separé las piernas con la punta del pie hasta que las tuvo bien abiertas, dejando el coño y el ano completamente visibles. Le pasé la palma de la mano por el culo, calentándole la piel, y le metí dos dedos en el coño de una embestida seca. Estaba tan mojada que se los tragó sin resistencia.

—Mira esto. Ni siquiera te he pegado y ya estás lista para ser follada.

Le follé el coño con los dedos unos segundos, retorciendo la muñeca, dejando que el ruido húmedo llenara el salón. Luego los saqué, brillantes, y le embadurné el ano con su propio flujo, presionando la punta del corazón contra el fruncido apretado hasta que se lo colé hasta el nudillo.

—Este culo también será mío. Pero eso viene después. Ahora tocan los azotes.

Saqué los dedos y levanté la fusta. No hubo cuenta atrás.

¡Zas!

El primer golpe cayó en la parte alta del muslo derecho, justo donde se une con la nalga. Carla soltó un alarido agudo que murió contra el cojín. Su cuerpo se sacudió violentamente.

—Uno. Esto es por seguirme.

¡Zas!

—Dos. Por buscar mi dirección en la maleta.

¡Zas!

—Tres. Por presentarte aquí sin invitación.

Encontré el ritmo. Golpe, sollozo, pausa. La habitación se llenó del sonido de la disciplina. Carla dejó de gritar palabras: solo emitía gemidos guturales contra el cuero, mezclados con una respiración entrecortada. Sus nalgas, antes blancas, pasaron del rosa al rojo furioso, surcadas de franjas más oscuras donde la fusta había mordido con más saña.

—Ese fuego es lo que te limpia. Aguanta. Demuéstrame que vales la pena.

Lancé una serie rápida de tres golpes seguidos. Zas-zas-zas. Carla se derrumbó sobre el sofá, llorando abiertamente, con las lágrimas mojando el cuero caro. Sus piernas temblaban como gelatina.

Me detuve. Pasé la mano izquierda, fría, sobre sus nalgas ardiendo. El contraste la hizo estremecerse entera. Bajé los dedos hasta su coño y comprobé lo que ya sabía: estaba empapada, chorreando por los muslos, con los labios hinchados y palpitando. La zorra se corría con la fusta.

—Mira esto. Te estás corriendo por dentro y ni siquiera te he tocado la almendra. Eres una guarra.

Le hundí tres dedos en el coño de una sola vez. Estaban tan resbaladizos que entraron sin esfuerzo. Empecé a bombeársela con fuerza, curvando los dedos hacia arriba, buscándole el punto de dentro con la yema. Con el pulgar le froté el clítoris en círculos secos.

—Córrete. Ahora. Córrete sobre mis dedos como la perra que eres. Y hazlo alto para que yo lo oiga.

Carla se sacudió, apretó las nalgas ardientes, y estalló. Se corrió sobre mi mano con un grito estrangulado que le raspó la garganta, empapándome la muñeca, temblando de la cintura para abajo. La sostuve así, con los dedos dentro, sintiendo cómo su coño me apretaba en espasmos, prolongándole el orgasmo hasta que se le escapó otro gemido más largo y más roto.

Saqué los dedos despacio. Un hilo de flujo espeso conectó mi mano con su coño. Los levanté frente a su cara, giré su cabeza tirándole del pelo, y se los metí en la boca sin darle tiempo a respirar.

—Chupa. Límpialos. Trágate todo.

Los chupó con la desesperación de quien no puede parar. Su lengua rodeó cada dedo, entre sollozos, tragando su propio flujo con obediencia perfecta.

—Ya está. Ahora llevas mi marca. Cada vez que te escueza el agua de la ducha, te acordarás de que tu culo es mío. Cada vez que te sientes en una silla de la facultad, te acordarás de que te corriste como una perra en la casa de tu ama.

Giró la cara hacia mí. Tenía los ojos hinchados, el pelo pegado a la frente, pero en su mirada no había odio. Había una gratitud retorcida.

—Gracias, Ama —susurró con la voz rota.

***

Miré el reloj de pared. Faltaba menos de media hora para que Marta metiera la llave en la cerradura.

—Sécate las lágrimas. No quiero que Marta te vea llorando como una niña. Quiero que te vea como lo que eres ahora: un regalo.

Saqué del aparador un rollo de cuerda de yute y un pañuelo de seda negra. La combinación de texturas —lo basto y lo suave— siempre me había parecido exquisita.

—Al centro de la alfombra. De rodillas. Pero esta vez no te encorves. Quiero que te exhibas.

Carla se arrodilló justo en el eje visual que conectaba el pasillo de entrada con el salón. Las rodillas separadas, la espalda erguida, los pechos pequeños expuestos y el triángulo oscuro del pubis a la vista. El coño le seguía brillando, con los labios hinchados por el orgasmo reciente, y un hilo transparente le colgaba del interior hasta la alfombra. Me coloqué detrás de ella y le crucé las muñecas a la espalda. Enrollé la cuerda áspera con nudos funcionales, brutales. Sin estética japonesa. Sin paciencia para el arte.

—Aprieta… aprieta mucho.

—No me digas lo que tengo que hacer.

Tiré del último nudo con fuerza. Carla gimió bajo, arqueando la espalda, lo que proyectó sus pechos hacia delante. Le pasé la cuerda sobrante alrededor del torso, por debajo de los pechos y por encima, apretándoselos hasta que quedaron abultados, morados en las puntas, con los pezones sobresaliendo de un modo obsceno.

—Así te va a ver Marta. Con las tetas ofrecidas en bandeja.

Levanté el pañuelo de seda.

—Abre la boca.

—¿Me vas a amordazar?

—Las ofrendas no hablan, Carla. No quiero que saludes a Marta. Quiero que seas un objeto mudo que ella encuentre en su salón. La sorpresa será visual, no auditiva.

Cerró los ojos y abrió la boca. Le metí la seda doblada entre los dientes y até el nudo detrás de la nuca, atrapando algunos mechones de pelo. Apreté lo suficiente para estirar las comisuras de sus labios en una sonrisa forzada y extrañamente estética.

Me aparté unos pasos para admirar mi obra. La luz de la tarde entraba en franjas doradas por las rendijas de la persiana, creando un claroscuro dramático sobre su piel pálida y marcada. Ya no parecía la estudiante de la mochila grande. Parecía una estatua pagana, una víctima propiciatoria esperando el cuchillo… o la caricia.

Me agaché frente a ella y la miré a los ojos, abiertos por la presión de la mordaza. Bajé la mano y le pellizqué el pezón izquierdo, retorciéndoselo despacio hasta que las lágrimas le volvieron a asomar. Sin soltarlo, le hablé pegada a la oreja.

—Escúchame bien. En unos minutos se abrirá la puerta. Entrará Marta. No la mires a los ojos a menos que ella te lo ordene. Deja que te descubra. Deja que decida qué hacer contigo. Si te mueves, si intentas hablar a través de la mordaza, si arruinas mi presentación, te juro que dormirás desnuda en el rellano de la escalera con la marca de mi fusta en el culo para que la vean los vecinos.

Asintió levemente, con el terror y la devoción mezclados en su mirada vidriosa. Había entendido su papel. Ya no era protagonista de su propia historia: era atrezzo en la nuestra.

***

Me serví una segunda copa —un Rioja gran reserva que había abierto para la ocasión— y me apoyé en el marco de la cocina. Desde allí tenía una vista panorámica perfecta del salón. Carla, arrodillada en el centro de la alfombra persa, atada y amordazada, ya no parecía una persona. Había perdido esa cualidad vibrante y molesta de la individualidad. Ahora era una composición de carne pálida, cuerda áspera y silencio forzado.

Bebí despacio, recorriéndole la espalda con la mirada.

—Marta lleva todo el día fingiendo ser una profesora respetable. Lleva todo el día con el coño al aire bajo la falda, sintiendo cómo la costura le roza los labios cada vez que se sienta o cruza las piernas. Va a llegar cachonda, cansada, con ganas de descargar tensión. Y tú, Carla, eres el pararrayos perfecto.

Vi cómo la piel de gallina le recorría los brazos. La anticipación era otra forma de tortura.

—Yo soy fría. Yo te rompo con precisión. Pero Marta es pasional. Marta tiene hambre. Y cuando vea que te he dejado atada e indefensa para ella, va a hacerte de todo. Te va a montar la cara. Te va a follar el coño con los dedos hasta que no puedas correrte más. Te va a meter la lengua en el culo hasta que le supliques con la mordaza puesta. No va a tener piedad.

Carla cerró los ojos con fuerza. Dos lágrimas escaparon por las comisuras y rodaron sobre la seda negra de la mordaza. Estaba aterrorizada, pero también vi cómo sus caderas se movían imperceptiblemente contra sus talones, buscando fricción contra el pubis. Su cuerpo, traicionero y básico, reaccionaba a la promesa de ser usada.

De repente, el zumbido del ascensor rompió la burbuja. El mecanismo se detuvo en nuestra planta. Las puertas metálicas se abrieron y se cerraron. Pasos de tacón en el rellano. El tintineo inconfundible del llavero buscando la llave correcta.

Carla se tensó como un arco, irguiéndose un poco más, presentando el pecho y la mordaza a la puerta.

Yo no me moví del marco. Copa en la mano, esperando.

La llave giró en la cerradura. Clac, clac. La puerta empezó a abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire del pasillo y el sonido de la vida normal.

El escenario estaba listo. La función iba a comenzar.

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Comentarios(8)

Melu_bsas

increible, me dejo sin palabras!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

LauraR_BA

Por favor necesito una segunda parte, esto no puede quedar ahi. Me quede con ganas de saber que paso despues.

SusanaZ_84

La tension del comienzo es tremenda. Eso de ver la cara en la camara y tener que decidir... me resulto muy real, casi se te mete en la cabeza mientras lees. Muy bien escrito.

CaminanteNoc

Excelente!!!

Lupita_cba

Como hacen para escribir con tanta tension y que uno no pueda parar? Saludos desde cordoba

NinaRiver_ar

Me recordo a una situacion que vivi hace un tiempo, esa sensacion de saber que alguien vuelve y vos tenes el poder de decidir. Se siente real sin ser burdo, eso es lo que mas me gusto.

RodriMdz

Se hizo cortisimo, queria mas jaja. Espero que haya continuacion.

Pili_Nocturna

La descripcion del momento en la puerta me atrapo desde el principio. Muy bueno!!

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