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Relatos Ardientes

Lo que pasó un domingo con mi madre y mi exmujer

Los domingos son sagrados para mí. Me gusta estirar la mañana en la cama hasta que el sol entra de lleno por la ventana y ya no hay excusa para seguir tumbado. Cuando me toca tener a mi hija, suele quedarse a dormir en casa de mis padres, que viven cerca y tienen más espacio, y paso a buscarla temprano para hacerme cargo de ella durante el día. Pero aquel fin de semana la niña no estaba conmigo.

Lo que sí estaba en casa, y eso lo cambiaba todo, era mi madre. Desde que mi padre se había marchado unas semanas antes, ella no quiso quedarse sola en el piso y se instaló conmigo. Iba y venía de su casa para recoger ropa, pero dormía aquí. Y dormía en la cama grande, conmigo. Mi exmujer, Nuria, ocupaba la otra habitación.

Conviene que lo aclare, porque suena raro contado así. Nuria y yo nos separamos hace años, pero seguimos viviendo bajo el mismo techo por la niña, y, mientras ninguno de los dos tenía pareja, compartíamos cama y teníamos sexo casi a diario. Con mi madre, Pilar, la cosa había empezado mucho antes, casi sin darnos cuenta, una noche que ninguno de los dos planeó y que ya no supimos cómo parar. Una familia distinta a la que cualquiera imaginaría, pero la mía.

El problema era que llevaba toda la semana en seco. Pilar estaba triste por lo de mi padre y no tenía la cabeza para esas cosas; lo poco que habíamos hecho había sido tibio y sin ganas, y yo entendía sus motivos y no insistía. Nuria, por su parte, venía reventada de hacer doble turno y caía dormida en cuanto tocaba la almohada. Así que me quedaba lo de siempre cuando no hay nada más: leer relatos en el móvil a oscuras y masturbarme en silencio antes de dormir.

Aquella mañana de domingo estaba justo así. Medio dormido, tocándome despacio, disfrutando del simple roce de la piel sin prisa por llegar a ningún lado. Entonces sentí una mano que no era la mía cerrarse sobre mi erección y empezar a moverla.

—Buenos días, dormilón —me susurró Nuria al oído, subiéndose encima de mí.

Llevaba solo la camiseta vieja con la que dormía. Nada debajo.

—¿Qué haces? Vas a despertar a mi madre —respondí también en voz baja.

—¿No me echas de menos? —murmuró, frotándose contra mí.

—Claro que sí. Estoy que reviento.

—La mami está triste, yo cansada y tú pobrecito, abandonado.

Sentí sus labios húmedos y calientes deslizarse sobre mi miembro sin llegar a meterlo. La erección se me puso dura como una piedra solo con el contacto.

—Qué gusto verla así de dura. Me la voy a meter entera —dijo, y se dejó caer de golpe, clavándosela hasta el fondo.

Cerré los ojos. Un pellizco en el pezón me los hizo abrir de nuevo.

—Mírame a mí. No quiero que pienses en la mami ahora. Está descansando —me dijo, y empezó a moverse.

Ahora era ella la que apretaba los párpados y se mordía el labio para no gemir mientras subía y bajaba con fuerza. Metí las manos bajo la camiseta y le sostuve los pechos, jugando con sus pezones entre los dedos. No sé cuánto tiempo pasó. Los dos lo necesitábamos demasiado para medir nada.

Entonces sentí otra mano acariciarme el pecho. Giré la cabeza y me encontré a mi madre despierta, mirándome con una sonrisa, llevándose un dedo a los labios para que callara. Se acercó uno de sus pechos a mi boca y yo lo recibí con ansia, chupando el pezón después de tantos días sin probarlos.

Nuria empezaba a tener uno de sus orgasmos encadenados —es multiorgásmica, siempre lo fue— y sus jadeos ya no salían tan callados. Pilar la miraba sonriendo, disfrutando del placer de la otra, y yo lo tenía todo a la vez: el sexo apretado de mi exmujer y el pecho de mi madre en la boca. Mis dos mujeres, para mí solo.

—Me voy a correr. Qué gustazo —avisé, mirando a mi madre.

—Llénala bien —me dijo al oído.

—Córrete dentro. Quiero la leche calentita —pidió Nuria sin abrir los ojos.

No me hice de rogar. Le agarré las caderas con fuerza para entrar lo más adentro posible y le solté una descarga larga, sintiéndome vaciar por completo después de toda una semana guardándolo.

***

Nuria se quedó sentada sobre mí, todavía jadeando, exprimiendo los últimos espasmos. Mi madre seguía recostada a mi lado y yo no había soltado su pecho. Sentía mi propio semen resbalar tibio por la base del miembro mientras este perdía fuerza poco a poco.

Entonces Pilar se incorporó sobre un codo, se acercó a Nuria y le atrapó un pecho con la boca, chupando el pezón con ganas. Nuria, con los ojos aún cerrados, no reaccionó: pensaba que era yo quien la lamía. Yo aproveché para llevar la mano al pubis de mi madre, abrirle los labios con los dedos y buscarle el clítoris, empezando una caricia lenta mientras con la otra mano le sostenía el pecho que no dejaba de lamer.

—Qué bien me chupas hoy —dijo Nuria, con la voz pastosa de placer.

Mi madre me miraba sonriendo, sin soltar el pecho, cerrando ahora también los ojos por el juego de mis dedos. Y la escena me estaba volviendo a poner duro. Sin haber salido siquiera de Nuria, noté cómo recobraba fuerza dentro de ella, y cómo su sexo se contraía, empapado de la mezcla de los dos.

—Parece que quieres más —murmuró ella—. Madre mía, cómo me tienes.

Se inclinó hacia delante y, al hacerlo, su cabeza chocó con la de mi madre. Abrió los ojos y descubrió de golpe lo que pasaba.

—¡Pilar! —exclamó—. Pensaba que dormías.

—Ya ves que no. Estaba disfrutando de esta teta tan rica y de ver cómo mi hijo te hace correr.

—¿Y por qué no avisaste de que estabas despierta?

—Porque estaba disfrutando de mis dos mujeres —contesté yo en su lugar.

Mi mano no había dejado de trabajar entre las piernas de mi madre, que ahora respiraba más hondo, soltando suspiros cada vez más largos.

—Vaya, haciéndonos disfrutar a las dos al mismo tiempo. Qué cabrón —rio Nuria.

Se quedó un momento quieta, como pensando, y luego hizo algo que no esperaba: se inclinó sobre mi madre, que volvía a estar tumbada, y empezó a lamerle uno de los pezones.

—Qué gusto que me deis placer los dos —dijo Pilar, sorprendida.

—Nunca me había comido unas tetas —confesó Nuria—. Pero me gusta la sensación.

Mi madre la apretaba contra su pecho. Mi brazo había quedado atrapado entre las dos y me costaba seguir con la masturbación, pero ya no importaba: la propia Nuria ocupó mi lugar con su mano y continuó ella.

—¿Te gusta verme dar placer a tu mami a mí también? —me preguntó.

Asentí sin palabras. Empecé a moverme dentro de ella otra vez.

—No, no —me frenó—. Ahora le toca a tu mami, que también estaba necesitada. —Giró la cara hacia mi madre—. ¿Te gusta así, Pilar? Tu hijo está cachondo de verte disfrutar.

Mi madre apenas pudo soltar un «sí» entre jadeos, con las lamidas en el pecho y los dedos hábiles de Nuria torturándole el clítoris.

Entonces Nuria se salió de encima de mí y se tendió por completo sobre mi madre, sin sacar la mano de su entrepierna, y acercó la boca a la suya. Primero fueron besos tímidos, juegos de lengua, tanteo. Después un morreo profundo, sin freno. Vi cómo Nuria abría los ojos de golpe al notar que mi madre había colado la mano entre las dos y empezaba a masturbarla a ella también.

Yo, a un lado, me la tocaba despacio, abandonado pero sin perder detalle, disfrutando del morbo de ver a mis dos mujeres entregadas la una a la otra. Y lo curioso es que ninguna de las dos se sentía lesbiana. Nuria, de hecho, jamás estaría con otra mujer que no fuera mi madre. Pero entre ellas se entendían como si llevaran toda la vida haciéndolo: los jadeos, las bocas que bajaban al cuello y a los pechos, las manos buscándose el sexo.

Escuché a mi madre susurrarle algo al oído. No entendí las palabras enteras, solo retazos: «¿Qué te parece si…? Es algo que nunca he… ¿Tú, conmigo?». Nuria, que acababa de tocar techo unos segundos antes, la miró sin saber qué decir. Luego sonrió, se mordió el labio, la besó suave y asintió con la cabeza.

***

Poco me imaginaba lo que venía. Nuria se levantó y volvió a colocarse sobre mi madre, esta vez en sentido inverso, en un sesenta y nueve, apoyando con cuidado su sexo sobre la cara de Pilar. Mi madre buscó un cojín para levantar la cabeza y hundirse entre sus muslos.

Los sonidos de las lenguas no tardaron en llenar la habitación. Pilar empezó a moverse y a gemir con fuerza, mientras Nuria le apretaba la cabeza contra ella. Yo sé por experiencia que Nuria se corre en abundancia, y vi cómo sus flujos resbalaban por las mejillas de mi madre sin que esta dejara de lamer.

La escena era de las que no se olvidan. Disfrutaba como nunca solo de mirar. Y, por suerte, no sería la última vez: las dos le cogieron el gusto y repetirían muchas veces más, conmigo y sin mí, aunque Nuria nunca buscaría a ninguna otra mujer.

—¿Has visto cómo yo también me como a la mami? —me dijo Nuria, levantando la cabeza con los pómulos brillantes de flujo—. Ahora sí está bien calentita para su niño.

Se incorporó y se quedó sentada sobre la boca de mi madre, que no dejaba de lamer. Yo me senté en la cama y nos dimos un beso largo, compartiendo el sabor de mi madre en su boca.

—El otro día os vi —confesó—. Vi cómo ella te la comía, pero me quedé con ganas de verte follártela. Quiero verlo. Que se la metas y te corras dentro del coño caliente de tu mami.

La tenía dura como el acero y no pensaba decepcionarla.

Me coloqué entre las piernas de mi madre, doblándoselas un poco para abrirlas y meter las rodillas debajo. Estaba a punto de entrar cuando Nuria me frenó con un gesto.

—Primero hay que prepararla —dijo, e inclinándose hacia delante se metió mi miembro en la boca casi entero, lamiendo con ansia, moviendo la cabeza adelante y atrás.

Siguió así unos minutos eternos. Con una mano apoyada en la cama y dos dedos de la otra entrando y saliendo del sexo de mi madre, mientras me la tragaba. Pilar gemía sin parar, lamiendo a su vez a Nuria por el sonido que llegaba.

—Métesela ya, que la necesita. Está más que cachonda, y tú también —dijo Nuria, apartándose por fin para quedar de rodillas junto a mí—. Llénala de lechita caliente. Quiero ver cómo follas a tu mamá.

—Venga, hijo, dámela —pidió Pilar, fuera de sí.

Nuria me agarró el miembro y lo acercó al sexo que me vio nacer.

—Clávasela entera. Entra en ella como te gusta.

No aguanté más. Entré de una sola estocada y empecé a bombear rápido. Mi madre estaba empapada por todo el trabajo de lengua y la saliva de Nuria, y la sentía deslizarse sin la menor resistencia.

—Mira qué bien entra entera —murmuraba Nuria, tocándose el clítoris a un lado—. Me encanta verte cuidar así de tu mami.

Pilar se retorcía a cada embestida, pidiendo más. Yo me agarraba a sus caderas para llegar lo más hondo posible. Nuria se acercó y me dio otro beso largo.

—Bésala —me pidió—. Túmbate sobre ella y cómele la boca, que sabe a mi coño y a tu leche.

Le hice caso. Me tumbé encima con cuidado de no aplastarla y le comí la boca, que efectivamente sabía a Nuria y a los restos de mi propio semen, un sabor que también me pone. Mi madre no decía nada; solo me agarraba la cabeza para devorarme los labios.

—Mamá, voy a darte toda la lechita. Quiero correrme en este coñito que tanto me calienta. Eres la mejor —dije, más para calentarlas a las dos que otra cosa.

Intentaba aguantar lo máximo posible, entrando y saliendo, sintiéndolo como nunca. A mi lado, Nuria parecía correrse otra vez sin dejar de mirar.

—Dámelo ya. Dámelo —jadeó mi madre, llegando a su orgasmo.

Sentí su sexo apretarse y empaparse más todavía, y entonces sí me dejé ir, vaciándome dentro de ella mientras la besaba.

—Sí, sí. Qué gustazo —dije casi a gritos.

***

Me quedé encima de ella un rato, dejando que el miembro perdiera fuerza en su interior, sintiendo los restos de mi semen tratando de escapar. La besaba con piquitos cortos cuando noté otra boca acercarse: Nuria, que se sumó al beso. De pronto los besos eran a tres, pasando de una boca a otra sin orden, las manos recorriendo los tres cuerpos sin distinguir de quién era cada una.

Acabé tendido entre las dos, con una pierna entre las de mi madre y otra entre las de Nuria, alternando besos y lamidas de un pecho a otro durante un buen rato. Había sido una sesión memorable.

—Gracias a mis dos hijos —dijo mi madre cuando recuperamos el aliento—, porque para mí los dos lo sois, por darle tanto placer a una vieja que ya había olvidado lo que era el sexo. Y por abrirme la mente a cosas que ni soñaba.

—Yo tampoco lo había hecho nunca con una mujer —respondió Nuria—, pero me ha encantado contigo, Pilar. De verdad que entiendo que le gustes a tu hijo. Tienes un cuerpo todavía precioso.

—Y a mí me ha encantado tener a mis dos amores cerca y disfrutar tanto con vosotras —dije—, dándoos placer y viendo cómo os lo dabais. Me alegra teneros a las dos más de lo que os imagináis.

Besé otra vez a las dos y me hice un hueco en medio, estirado, con una a cada lado y las manos sobre sus vientres, acariciando despacio. Nos quedamos dormidos un buen rato, agotados.

Al mediodía las llevé a comer a un sitio bonito. Se arreglaron las dos, con unos escotes que traían de cabeza a los camareros jóvenes, y comentamos entre risas lo que habíamos sentido por la mañana. Por la tarde vimos una película en casa con palomitas, entre besos y caricias, ya sin ningún tabú entre nosotros.

Esa noche les pedí que durmiéramos los tres juntos, que la cama era grande de sobra, y que lo hiciéramos desnudos para sentirnos. Y así fue desde entonces, siempre que podíamos. Unas veces los tres, otras por parejas; a veces mi madre y yo solos, a veces Nuria y yo, y a veces ellas dos —que acabaron comprándose un dildo doble y aprendiendo a hacer la tijera con un gusto que daba envidia mirarlas.

Ahora éramos una familia distinta. Y nuestra historia todavía guardaba capítulos nuevos por escribir.

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Comentarios (5)

NikoBaires

Tremendo!!!! no me esperaba ese giro para nada, increible de verdad

curioza85

Cuando empece a leerlo pense que iba en una direccion totalmente distinta. Me sorprendio mucho, muy buen relato

AndresCba

Dios mio. Lo lei de una sentada y quede sin aliento. Mas asi por favor

LectorNocturno99

De los mejores que encontre en mucho tiempo. La tension que construye al principio te engancha desde el primer parrafo y no te suelta. Esperando con ansias una continuacion.

Meli_BSAS

Me hizo acordar a un domingo raro que tuve hace años jaja, aunque muy diferente. Muy bueno el relato

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