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Relatos Ardientes

La madre de mi yerno tenía otros planes para mí

La invitación llegó tres semanas antes, escrita a mano sobre una cartulina dorada que mi hija había encargado a una papelería del centro. Aniversario de bodas, decía. Cinco años desde que se casó con Esteban, y yo todavía sentía un pellizco extraño cada vez que pensaba en el tiempo que se me había escapado por entre los dedos.

Mariana, mi hija, había organizado la fiesta en la casa de los padres de Esteban, una construcción enorme de tres pisos en un barrio que yo casi nunca pisaba. Hasta esa noche solo había visto a mis consuegros dos veces, ambas en circunstancias breves: el día del casamiento y un almuerzo apurado por el cumpleaños del nieto. No los conocía realmente.

Esa noche quise ir bonita. Elegí un vestido largo de gasa color borgoña, de los que se mueven con cualquier corriente de aire y se pegan a las piernas cuando una camina rápido. Debajo, una tanga negra de encaje fino y un par de medias con liguero que me había comprado en un viaje a Buenos Aires hacía dos años y que no había estrenado todavía. Me miré al espejo antes de salir y pensé que cuarenta y cuatro años no era tan poca cosa.

—¿No vas demasiado arreglada para una fiesta familiar? —me preguntó mi hermana cuando pasé a buscarla.

—Voy como tengo ganas de ir —contesté.

La casa de los consuegros era todavía más impresionante de lo que recordaba. Un jardín delantero con palmeras enanas, una entrada de mármol y un pasillo doble que se abría hacia un salón con techo altísimo. Había unas cuarenta personas cuando llegamos. Mariana me presentó a todo el mundo a una velocidad que apenas me dejaba registrar caras.

Mi consuegro, Aurelio, me saludó con un apretón seco y una sonrisa forzada. No le caí bien desde el primer minuto y no me importó disimularlo. Pero su mujer, Carmela, me tomó por el brazo con una calidez genuina que me desarmó.

—Por fin nos conocemos en serio —dijo—. Quiero que te sientes a mi lado en la mesa.

Tenía cuarenta y nueve años, según me contó Mariana después. No los aparentaba. Era una mujer de cuerpo lleno, con la piel del cuello todavía firme y unos ojos verdes que parecían fijarse en cosas que el resto no veía. Llevaba un vestido azul oscuro con un escote moderado y el pelo recogido en un rodete bajo.

Durante la cena habló conmigo de cosas neutras: del jardín, de los nietos, de un viaje a Italia que estaba planeando con sus hermanas. Pero cada tanto, cuando yo cruzaba las piernas o me inclinaba para alcanzar el salero, sentía su mirada bajar hasta el escote y volver a subir con una calma que ningún hombre se hubiera atrevido a mostrar tan abiertamente. En un momento, mientras alguien contaba un chiste, su mano se posó en mi rodilla debajo del mantel y me apretó despacio, midiéndome. La dejó ahí tres segundos, cuatro, hasta que me subió un cosquilleo caliente desde el vientre. Después la retiró como si nada.

Al principio quise convencerme de que eran imaginaciones mías. Después dejé de intentarlo. La verdad es que la atención me halagaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, y la humedad que empezaba a sentir entre las piernas era mucho más elocuente que cualquier duda.

—¿Conoces la casa entera? —me preguntó cuando ya servían el postre.

—Solo la planta baja.

—Entonces tienes que dejar que te la muestre. Es enorme y a mí me da pena que nadie suba al tercer piso. Esteban se fue de ahí hace cinco años y desde entonces todo eso quedó vacío.

Mariana, que hablaba con Aurelio del otro lado, ni siquiera nos escuchó. Le di un beso a mi hija en la mejilla y seguí a Carmela escaleras arriba.

***

El primer piso eran las habitaciones de servicio y un estudio donde Aurelio guardaba sus armas de caza. El segundo, los dormitorios principales y un cuarto de costura que olía a lavanda. En cada habitación Carmela encendía la luz, me explicaba algo y volvía a apagarla. Iba un paso por delante de mí, y yo no podía evitar mirarle la cintura, la línea de las caderas debajo del vestido, la forma en que el rodete dejaba ver una nuca larga y pálida.

—Te queda muy lindo ese vestido —dijo sin girarse, cuando subíamos al tercer piso—. Lo elegiste a propósito, ¿verdad?

—No sé a qué te refieres.

—Sí que sabes.

El tercer piso era distinto. Más silencioso, más oscuro, con un pasillo largo donde nuestros tacones sonaban como si caminaran sobre madera hueca. Carmela abrió la puerta del fondo y me invitó a entrar con un gesto.

—Este era el cuarto de Carolina, mi hija mayor. Se casó y se mudó hace cuatro años. No hemos cambiado nada.

Era una habitación grande, con una cama doble vestida con una colcha blanca, un tocador antiguo y una ventana que daba al patio trasero. Di unos pasos hacia el centro. Detrás de mí, oí el clic del cerrojo.

Me giré despacio.

Carmela estaba apoyada contra la puerta, con los brazos cruzados y esa misma sonrisa de la mesa, pero más larga, más asentada. Como si llevara toda la noche conteniéndola.

—Quiero hablar contigo —dijo.

—¿De qué?

—De ti. De lo que sé de ti.

—No me conoces.

—Te conozco más de lo que crees. Mariana habla mucho con Esteban. Esteban habla mucho conmigo. Tú tienes una vida, Lucía. Una vida que no te avergüenza. Hombres, mujeres, fines de semana en hoteles sobre los que tu hija prefiere no preguntar.

Sentí el calor subirme al pecho. No de vergüenza, sino de algo más parecido a la rabia. Pero la rabia, en mi caso, nunca queda lejos del deseo.

—¿Y qué pretendes con esa información?

Dio dos pasos hacia mí. Yo no me moví.

—Pretendo cogerte esta noche. Aquí. Sola, conmigo, en una habitación donde nadie va a entrar. Pretendo abrirte de piernas sobre esa cama y no soltarte hasta que te olvides de tu nombre.

—Tu marido está abajo.

—Aurelio se duerme con el coñac. Lleva veinte años durmiéndose con el coñac. Nadie nos va a interrumpir.

Se acercó hasta quedar a un palmo de mí. El perfume era denso, dulce, con un fondo de tabaco que me hizo apretar los muslos sin querer. Me tomó por la cintura con las dos manos, despacio, como quien comprueba que el material aguanta.

—Y si meto las manos debajo de este vestido —me dijo al oído—, voy a encontrarte el coño empapado por encima de esa tanga que ya no te sirve para nada.

Ya estaba empapada.

—¿Y si no quiero? —pregunté, aunque la voz me salió temblando.

—Entonces me dices que no y bajamos a tomar café. Pero no vas a decirme que no. Tenés las tetas duras desde que subimos la escalera.

***

No le dije que no.

Su boca se acercó a la mía con una lentitud que parecía calculada para hacerme rogar. Cuando finalmente me besó, lo hizo con una autoridad que ningún hombre me había impuesto nunca. No era un beso de cortejo. Era un beso de propietaria, de alguien que ya había decidido por las dos. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio de abajo y lo estiró antes de soltarlo. Un hilo de saliva quedó colgando entre nosotras y ella lo lamió con el pulgar.

Me apoyé contra el tocador. Una de sus manos subió por mi nuca, me sujetó el pelo del rodete y tiró hasta obligarme a echar la cabeza hacia atrás. La otra bajó por mi costado, encontró la tela del vestido, la fue levantando con dos dedos, milímetro a milímetro, hasta que sentí el aire en los muslos por encima de las medias.

—Justo lo que imaginaba —murmuró cuando rozó el encaje.

Con el cuello ofrecido me lamió desde la clavícula hasta la oreja, y mientras tanto me bajó el escote del vestido de un tirón. Los pechos me saltaron afuera, pesados, con los pezones ya erguidos, oscuros. Se quedó mirándomelos un segundo largo, como quien tasa algo que ha estado esperando.

—Qué buenas tetas tenés —dijo, y no era un halago: era una comprobación.

Se agachó y se metió un pezón entero en la boca. Lo chupó hondo, tirando con los labios, después con los dientes, sin cuidado. Yo dejé escapar un gemido que no supe si venía de dolor o de placer. Pasó al otro y repitió, más lento, mordisqueando alrededor de la areola, dejándome la piel roja y brillante de saliva. Me pellizcó el que había soltado entre el índice y el pulgar y lo retorció apenas, midiéndome la cara.

—Aguantás bien —dijo—. Me gustan las que aguantan.

Su dedo trazó el borde de la tanga por encima del vestido levantado, lo siguió hasta el centro y se detuvo ahí. La tela ya estaba traicionándome: una mancha tibia que ella sintió de inmediato.

—Mirá lo mojada que estás —dijo en voz baja, casi con ternura—. Y todavía no empecé. Vas a chorrear en esa colcha blanca antes de que termine, te lo prometo.

Metió los dedos por debajo del encaje sin sacar la tanga, y me abrió el coño con dos dedos, uno a cada lado, como quien separa los pétalos de una flor para mirar adentro. Me acarició despacio, de arriba abajo, arrastrando la humedad, y cuando llegó al clítoris se quedó ahí, dándole vueltas con la yema del pulgar, midiendo la presión, subiendo y bajando según cómo yo respiraba.

—¿Alguna vez te cogió una mujer, Lucía?

—No —admití, y me sorprendió que la palabra saliera.

—Entonces prestá atención. Un hombre te toca donde él quiere. Yo te toco donde vos necesitás. Y no me voy a apurar.

Me empujó suavemente hacia atrás hasta sentarme sobre el borde del tocador. Apartó el frasco de perfume con el codo y me separó las rodillas con un movimiento firme, como si lo hubiera hecho mil veces. Se arrodilló entre mis piernas, levantó el vestido del todo y se quedó mirándome el coño hinchado por encima del encaje mojado.

—Llevás años usando esto para que alguien te lo arranque, ¿verdad? —preguntó.

No contesté. No podía.

Enganchó la tanga con los dos dedos, la tiró hacia un lado sin sacarla del todo, y bajó la boca sobre mí. La primera lamida fue larga, plana, de abajo hacia arriba, recogiendo todo lo que yo estaba largando. Cerró los ojos y tragó, y me miró desde abajo con una satisfacción que me hizo temblar la pelvis.

—Sabés riquísimo —dijo—. Vas a durarme toda la noche.

Volvió a hundir la cara entre mis muslos. Su lengua era paciente, metódica, distinta a cualquier hombre. No buscaba un punto y empujaba. Buscaba el ritmo de mi respiración y se acoplaba a él. Me chupaba el clítoris entero, con labios cerrados, y después lo soltaba y le pasaba la punta de la lengua en círculos, cada vez más rápidos, hasta que yo empezaba a arquearme, y ahí paraba. Cuando aceleraba, era porque yo aceleraba. Cuando se detenía, era exactamente cuando yo no podía soportar la idea de que se detuviera.

Me metió un dedo despacio. Después dos. Los curvó adentro hasta encontrar un punto que me hizo abrir la boca sin sonido. Ahí se quedó, apretando desde adentro, mientras arriba la lengua no dejaba en paz al clítoris. Los frascos temblaban a mi lado. Un perfume cayó y ninguna de las dos lo levantó.

—Corréte —me ordenó, sacando la boca un segundo—. Corréte en mi cara, quiero sentirlo.

Me agarré del borde del tocador con las dos manos. En algún momento dejé de oír la música de abajo. En algún momento dejé de oír mi propia voz. Llegué al primer orgasmo con los ojos cerrados y los muslos cerrándose alrededor de su cara. Ella ni se inmutó. Se quedó adentro, con los dedos moviéndose despacio, mientras yo temblaba, y me chupó todo lo que me salió sin desperdiciar una gota. Esperó a que pasara la sacudida, me dio un beso en la cara interna del muslo y volvió a empezar.

—Tenemos toda la noche —dijo.

***

No tuvimos toda la noche, pero sí tuvimos casi dos horas. Carmela me llevó hasta la cama, me dio vuelta sobre la colcha blanca y me arrancó la tanga con los dientes, sin prisa, mordiendo el encaje hasta que cedió. Me dejó boca abajo, con las medias todavía puestas y el vestido arremangado hasta la cintura, y me abrió las nalgas con las dos manos.

—Qué culo hermoso tenés —dijo, y me lamió desde el coño hasta el ojete, larga, sucia, sin ningún reparo.

Me estremecí entera. Nadie me había hecho eso nunca. Ella se rió bajito contra mi piel y lo repitió, más despacio, deteniéndose en cada milímetro. Después volvió al coño por atrás, me metió la lengua adentro y me la clavó todo lo que pudo, agarrada de mis caderas para que no me escapara. Yo mordía la colcha para no gritar. Sentía la saliva escurriéndose entre mis muslos, empapando las medias.

Se subió a la cama, se puso a horcajadas encima de mi espalda y se agachó a mi oído.

—Ahora te vas a levantar y me vas a desvestir vos —dijo—. Quiero ver esa boca fina tuya trabajando.

Me giré. Le bajé el cierre del vestido azul y la ayudé a sacarlo por los hombros. Debajo no llevaba corpiño. Los pechos eran grandes, con areolas oscuras y anchas, y los pezones se le pararon apenas les pasé el pulgar por encima. La empujé contra los almohadones y me lancé sobre ellos como si tuviera hambre. Le chupé un pezón hasta dejarlo brillante y le pellizqué el otro con la mano libre, mientras ella me hundía los dedos en el pelo y me sostenía la cabeza contra su pecho.

—Más abajo —me pidió.

Le lamí el vientre, el ombligo, el pliegue del muslo. Le saqué la bombacha de un tirón. Tenía el coño de mujer madura, con vello prolijamente recortado, los labios más oscuros, la humedad ya corriendo. Me acerqué con miedo la primera vez, y con la primera lamida me olvidé del miedo. Sabía a algo denso, salado, adulto. Le hundí la lengua adentro como ella me había hecho a mí. Le busqué el clítoris y lo chupé fuerte, y cuando ella arqueó la espalda y me apretó la cabeza con los muslos entendí que estaba haciendo bien.

—Así, así —jadeaba—, no pares, aprendés rápido, puta, no pares.

Se corrió apretándome la cara contra su coño, sin dejarme respirar durante unos segundos larguísimos. Cuando me soltó, me sonrió con los ojos entrecerrados y me dijo:

—Ven acá arriba.

Me hizo subir hasta que mis piernas quedaron abiertas sobre las suyas, coño contra coño, y empezó a moverse. Fue la cosa más obscena que había hecho en mi vida. Los clítoris se rozaban, resbalaban uno contra el otro, y las dos gemíamos sincronizadas, mirándonos. Me agarró de las caderas y me marcó el ritmo, más duro, más rápido, hasta que las dos nos vinimos casi al mismo tiempo, con la colcha blanca ya arruinada de flujo y saliva.

Y todavía no había terminado. Me pidió que no me callara nada y le obedecí. Por primera vez en mucho tiempo le obedecí a alguien. Me hizo ponerme en cuatro y me metió tres dedos hasta el nudillo, cogiéndome desde atrás con una fuerza de hombre, mientras con la otra mano me daba palmadas en el culo. Me hizo correrme dos veces más, una con los dedos adentro y otra con la boca pegada al clítoris, hasta que yo le pedí basta con la voz rota.

—Todavía no —me contestó, y me dio vuelta otra vez.

***

Cuando finalmente bajamos al salón, la fiesta estaba terminando. Aurelio dormía en un sillón, exactamente como Carmela había anunciado. Mariana me miró con cierta curiosidad —yo tenía el pelo apenas desordenado y los labios más oscuros de lo normal—, pero no preguntó.

—Tu consuegra es encantadora —le dije, y la abracé.

—Me alegra que se lleven bien, mamá. Pensé que ibas a sentirte fuera de lugar.

Carmela apareció detrás de nosotras con dos copas vacías y una calma absoluta. Me tendió la mano para despedirse, formal, como si no acabara de pasar lo que había pasado.

—Espero que vuelvas pronto. Hay muchas habitaciones que no te alcancé a mostrar.

Sentí el guiño debajo de la frase como un golpe bajo.

En el taxi de vuelta, mi hermana se durmió enseguida. Yo apoyé la cabeza contra la ventana y dejé que las luces de la avenida me pasaran por encima. Mi tanga estaba rota en el bolso. El coño me latía todavía, sensible, y las medias se me pegaban por dentro de los muslos. Mi cuerpo todavía recordaba el peso de las manos de Carmela, la forma en que me había sostenido la nuca, el silencio del tercer piso, el sabor a mujer madura que me había quedado en la boca y que no pensaba lavarme hasta llegar a mi cama.

Saqué el teléfono y le mandé un mensaje al número que ella había anotado en una servilleta y me había deslizado en el bolsillo antes de bajar.

—El jueves —escribí—. Mi casa. Solas.

Tardó dos minutos en contestar.

—Ahí estaré. Y trae las medias.

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Comentarios(8)

LectoraFurtiva

buenisimo!!! quede boquiabierta con el giro del final

Martina_91

me gusto muchisimo, es de los que te dejan pensando un rato despues de terminar

Maru_ok

Me encanto como lo contaste, se siente real y bien construido. Segui escribiendo!

Vale_cba

increible, de los mejores que lei en este sitio

NocheLibre88

jajaja algo me decia que la consuegra tenia sus planes desde el principio. Muy bien llevado el personaje

Sofi_MR

Por favor una segunda parte, no puede terminar asi, quede con ganas de mas

PatriMar

La tension que se arma desde el principio es increible, te atrapa y no podes parar de leer

RoqueFernandez

Muy buen relato, la introduccion ya te engancha y no te suelta. Se nota que hay trabajo atras. Espero mas de este estilo, saludos

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