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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en casa de mi mejor amiga

El profesor Bermúdez explicaba composición arquitectónica con la pasión de quien habla de su amante. Yo tomaba notas con la espalda recta y la blusa abotonada hasta el cuello, como si esa disciplina pudiera disimular el par de tetas que llevaba cargando desde los trece años. A mi lado, Natalia masticaba la tapa de un bolígrafo y se reía sola.

—Idiota —murmuré sin mirarla.

—Buenos días a ti también, bebé.

Llevábamos así desde el colegio. Yo era el orden; ella era el desastre. Yo tenía los pechos enormes; ella tenía el culo más impresionante de la facultad. Cualquiera que nos viera juntas pensaba lo mismo, y todos en la carrera lo decían en voz baja: que Camila y Natalia eran algo más que mejores amigas. No era cierto. Ninguna de las dos había estado con nadie. A los veinte años, ambas seguíamos siendo vírgenes por razones diferentes y por la misma razón, también: nunca habíamos encontrado a alguien que nos importara lo suficiente.

—Trabajarán en parejas —anunció Bermúdez al final de la clase—. Tres meses, un proyecto serio. Elijan bien.

Natalia me miró con esos ojos castaños suyos.

—Supongo que somos equipo.

—Supongo que no tengo opción.

Aquella misma tarde fuimos a su casa. El cuarto de Natalia era el caos de siempre: ropa por el suelo, libros abiertos, tres tazas de café a medio terminar. Nos tiramos en la cama y, antes de que yo pudiera proponer un calendario de reuniones, su madre tocó la puerta.

—¿Se puede?

—Pasa, mamá.

Marisol asomó la cabeza con esa sonrisa que parecía no envejecer. A sus cuarenta y cinco años seguía siendo la mujer en la que se giraban los hombres en la calle: pelo recogido en un chongo despreocupado, pantalones de yoga, una camiseta holgada que de holgada no tenía nada. Marisol era la versión adulta de Natalia, con la misma curva ancha de caderas y el mismo brillo descarado en la mirada.

—¿Cómo están, niñas? —preguntó, apoyada en el marco.

—Bien. No tenías que tocar, es tu casa.

—Lo hago por respeto, cariño. Y para no interrumpir... nada.

Sentí el calor subiéndome al cuello. Marisol nos lo decía con cariño, casi con complicidad, pero a mí me ardía la cara igual. Natalia, en cambio, se incorporó, se acercó a mí y me plantó un beso sonoro y exageradamente húmedo en la mejilla.

—¡Imbécil! —la empujé.

Miré a Marisol con pánico. Ella levantó una mano antes de que pudiera disculparme.

—Tranquila, Camila. A veces yo también quisiera... —Sonrió—. Las dejo para que estudien.

Cuando la puerta se cerró, me cubrí la cara con una almohada.

—Dios mío. Tu mamá cree que somos lesbianas.

—¿Y qué si lo cree? Con que nosotras sepamos que es mentira, basta.

Sí. Mentira.

***

Conseguimos boletos para el concierto de Advertencia tres semanas después, en una ciudad a cuatro horas. Mi madre, que normalmente me prohibía respirar, aceptó solo cuando se enteró de que Damián, el hermano mayor de Natalia, manejaría el coche. Damián tenía veinticuatro años, un trabajo de ingeniero recién estrenado, y la sonrisa de quien sabe que su madre lo mira como si caminara sobre el agua. Era guapo el maldito, no podía negarlo, aunque también era un imbécil.

—Tengo que decirte algo —me dijo Natalia esa noche en su cuarto, agarrándome las manos como quien va a confesar un crimen—. Damián aceptó llevarnos. Pero quiere algo a cambio.

—¿Qué.

—Quiere que tú le muestres las tetas.

El silencio se estiró tanto que pude escuchar el zumbido del refrigerador del piso de abajo. Sentí asco, vergüenza, rabia, y algo más, algo turbio que tardé en identificar: un pequeño cosquilleo de saber que alguien me deseaba tanto como para pedir eso.

—Tu hermano está enfermo —dije.

—Lo sé. Le dije que estaba enfermo. Pero si no aceptamos, no vamos al concierto. Y mi mamá no me deja ir sola contigo, ya lo sabes.

Pensé en los boletos, en el viaje, en la cara que pondría Natalia si me negaba. Pensé también, traicioneramente, en Damián mirándome con esa sonrisa ladeada que él le ponía a todo el mundo.

—Lo haré —dije.

Natalia se lanzó a mis brazos como si yo le hubiera salvado la vida. Sus pechos, libres bajo la camiseta vieja, se aplastaron contra los míos. Por primera vez ese contacto, que llevábamos repitiendo desde los doce años, me incomodó de una manera que no supe nombrar.

—Te adoro, Cami. Si quieres yo también le muestro las mías para que no estés sola.

—No hace falta.

Se quedó callada un segundo. Después agarró su teléfono y me lo pasó. Tenía abierto Instagram. Sebastián, ese compañero del último año que le gustaba a Natalia desde el semestre pasado, le había respondido un mensaje.

«Ven a la fiesta del viernes. Y trae a tu novia».

Natalia tiró el teléfono contra el colchón y se cubrió la cara.

—¿Es que toda la puta facultad piensa que somos lesbianas?

No supe qué contestar. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de que la respuesta correcta fuera «no».

***

Esa misma noche pasó.

Habíamos abierto la computadora para mirar proyectos de años anteriores. Natalia, como siempre que tenía que concentrarse, necesitaba algo en las manos. Me ofreció sentarme entre sus piernas, recostada contra su pecho, como hacíamos para ver películas. Acepté. Las dos llevábamos camisetas finas y bragas, nada más; en su cuarto siempre hacía calor.

Al principio fueron los antebrazos. Sus dedos trazaban círculos en mi piel, ese gesto distraído que repetía desde la adolescencia. Después subieron a mis hombros, masajeándolos. Y después, sin avisar, sus manos bajaron y se posaron sobre mis pechos por encima de la camiseta.

—¿Qué haces? —pregunté, más sorprendida que molesta.

—Ya sabes que si no tengo algo en las manos no me concentro.

Era una excusa ridícula. Las dos lo sabíamos. Pero ninguna la corrigió.

Sus dedos empezaron a apretar. Encontraron mis pezones a través de la tela y los pellizcaron suavemente. Un gemido pequeño escapó de mi garganta antes de que pudiera detenerlo. Natalia se quedó quieta un segundo, evaluando lo que acababa de oír, y entonces volvió a hacerlo, esta vez con intención.

Cuando sus manos se metieron por debajo de mi camiseta y encontraron mi piel directamente, dejé de pretender que estábamos viendo proyectos arquitectónicos. La computadora seguía abierta sobre mis muslos, mostrando edificios que ya nadie miraba.

—Tus tetas son muy bonitas —susurró contra mi oído. Su aliento me erizó la nuca.

Mordió mi cuello justo debajo de la oreja. El gemido que solté esta vez fue imposible de disimular. Su mano derecha bajó por mi vientre y se posó sobre mis bragas, presionando. Abrí las piernas sin pensarlo, dándole acceso. Nunca, en mis tímidas exploraciones a solas, había sentido nada parecido.

Entonces oímos los pasos de Damián en el pasillo.

Nos congelamos. Su mano quedó inmóvil entre mis muslos, mi respiración detenida en mitad de un suspiro. Los pasos pasaron de largo. Pero el hechizo se había roto. Natalia retiró la mano despacio y yo bajé la camiseta como si pudiera deshacer lo que acababa de pasar.

Ninguna habló del tema durante toda la semana siguiente.

***

El viernes siguiente volví a su casa. Marisol abrió la puerta con unos leggings negros que parecían pintados sobre su cuerpo y una camiseta caída por el hombro. Natalia había salido al supermercado.

—Pasa, cariño. ¿Quieres agua?

Me senté en el sofá. Cuando volvió de la cocina, se sentó a mi lado, más cerca de lo que dictaba la cortesía. Me tomó la mano. La sentí cálida, firme, sin temblor.

—Camila, quiero que sepas algo. Esta casa siempre será un espacio seguro para ti. Pase lo que pase.

—Gracias, Marisol, pero no sé por qué...

—El otro día las vi —dijo, acariciándome el dorso de la mano con el pulgar—. En la habitación de Natalia.

El mundo se detuvo. Sentí que el sofá se hundía debajo de mí. Abrí la boca, pero no salió ningún sonido.

—Tranquila —siguió Marisol—. El secreto está a salvo. Solo quiero que sepas que entiendo. Y que me alegra que sea contigo.

—No somos... yo no soy... —tartamudeé—. Fue un accidente. No volverá a pasar.

—¿Por qué no?

La pregunta me golpeó como una puerta abriéndose en medio de la noche. ¿Por qué no? Era tan sencilla, tan brutal. Me quedé sin respuesta.

—Porque... porque a mí no me gustan las chicas.

Marisol asintió como quien escucha a una niña explicar por qué el cielo es azul. Me acarició la mejilla con la mano libre. Su contacto era tibio, sin juicio, casi como el de una madre, salvo por la forma en que sus dedos se demoraron un segundo de más sobre mi pómulo.

—No te pido que te pongas etiquetas, Cami. Solo te pido que no te niegues algo bueno por miedo. La vida es muy corta para eso. Y mi hija te adora.

La puerta principal se abrió de golpe. Natalia entró cargada de bolsas, ajena a la conversación que su madre acababa de tener conmigo. Marisol me soltó la mano con una lentitud que me dejó sin aliento.

—Mamá, ya volví. Cami, vamos arriba.

Mientras subíamos las escaleras detrás de Natalia, sentí los ojos de Marisol clavados en mi espalda. Y por primera vez en mi vida, en lugar de querer salir corriendo, deseé volverme y mirarla de frente.

***

Esa noche cenamos los cuatro. Damián, sentado frente a mí, fingía estar concentrado en su teléfono, pero sus ojos se desviaban hacia mi escote cada pocos minutos. Yo me enderezaba un poco más cada vez. Por primera vez en mi vida me sentía deseada, y eso, descubrí, también gustaba.

—¿Listas para el concierto? —preguntó Damián, dejando el teléfono boca abajo.

—Falta —contestó Natalia, mirándolo con odio.

—Es lo mínimo que puedo hacer por mi hermana y su novia.

El tenedor de Natalia golpeó el plato.

—Imbécil.

Marisol soltó una risa, le tocó el brazo a su hijo con suavidad y dijo, sin mirarme:

—Eso no tendría nada de malo, ¿cierto?

Sentí dos miradas sobre mí al mismo tiempo: la de Damián, descarada, y la de Marisol, cómplice. Comí en silencio el resto de la cena.

Cuando subimos al cuarto, Natalia se metió en la cama solo con una camiseta de tirantes y bragas. Yo me acosté a su lado con una playera larga. La lámpara de noche dibujaba sombras sobre las paredes. El silencio entre nosotras esta vez no era cómodo: era una invitación.

—Estuve pensando en lo del otro día —dije, sorprendiéndome a mí misma.

Natalia se quedó muy quieta.

—No hay que hablar de eso, ¿no? Son cosas que pasan entre amigas.

—¿Conoces a otras amigas que lo hagan?

Pausa larga. Sonrió en la oscuridad. Lo supe porque su voz cambió.

—Bueno... nadie tiene una amiga tan tetona como tú.

Y entonces, sin avisar, extendió la mano y me apretó un pecho por encima de la camiseta. Mi pezón se endureció al instante. Sin pensarlo, levanté yo también la mía y encontré el suyo. Lo apreté. Sentí su pezón duro a través de la tela.

Ella se incorporó, se sacó la camiseta por la cabeza y la tiró al suelo. Yo hice lo mismo. Quedamos sentadas frente a frente, los torsos desnudos, las dos en bragas, la respiración ya pesada. Natalia volvió a poner las manos sobre mis pechos, ahora sin barrera. Sus pulgares trazaron círculos sobre mis pezones, y cuando se inclinó y me besó el cuello, supe que esta vez nadie pasaría por el pasillo. Esta vez no íbamos a detenernos.

Su mano bajó por mi vientre con calma deliberada, pidiendo permiso con cada centímetro. Yo no la detuve. Cuando sus dedos cruzaron el elástico de mis bragas y encontraron la humedad, contuvo el aliento.

—Estás muy mojada.

—Tú también —respondí, deslizando mi mano dentro de las suyas. Era cierto. La sentí caliente, empapada, vibrando bajo mi tacto.

Los primeros toques fueron torpes. Tocar a otra mujer no era como tocarse una misma. Los ángulos engañaban, la presión necesaria era distinta. Pero el cuerpo de ella respondía a mis dedos casi al mismo ritmo que el mío respondía a los suyos. Encontré su clítoris por accidente y la oí gemir.

—Ahí. Justo ahí.

Aprendí rápido. Ella también. Pronto nuestros dedos se movían en círculos paralelos, cada una guiándose por las reacciones de la otra: un suspiro, un temblor, una mano que de pronto apretaba el hombro. Mis piernas se enredaron con las suyas. Nuestras frentes se tocaron. La respiración se nos mezcló.

—Un poco más rápido —susurré.

Obedeció. Yo igualé el ritmo. Sentí que se me acumulaba la tensión en el bajo vientre como una ola que se levanta y no rompe.

—Estoy cerca.

—Yo también.

Caímos casi al mismo tiempo. Su cuerpo se sacudió bajo mis dedos al mismo segundo que el mío se rendía. Ella dejó escapar un gemido largo, gutural; yo me mordí el labio para no gritar. Por un instante eterno no existió nada más: ni los rumores de la facultad, ni el precio que su hermano me había pedido, ni la mirada cómplice de Marisol al darme el vaso de agua esa tarde. Solo dos cuerpos cayendo a la vez.

Después nos abrazamos. Sus pechos contra los míos, mi cabeza apoyada en su hombro, su brazo rodeándome la cintura. Nos quedamos dormidas así, desnudas, como tantas otras noches, pero ya no como las otras noches.

***

Despertamos cara a cara, enredadas, con la luz del sol golpeándonos los ojos. Hubo un instante de incomodidad. Yo miré a otro lado.

Fue Natalia quien rompió el silencio.

—Esto no tiene por qué cambiar nada, Cami. Si nos hace sentir bien, lo seguimos haciendo. Y ya.

La miré. Esperaba en ella la complicación de siempre, los nervios, los rodeos. En cambio había una calma nueva. Asentí despacio.

—De acuerdo.

Nos vestimos en silencio. Antes de bajar a desayunar, pensé en Marisol esperándonos en la cocina, en Damián cruzando el pasillo en bóxers, en mi propia madre en su sillón perfecto creyendo que su hija dormía en casa de una amiga inocente. Pensé en todo lo que ya no era cierto, y en lo poco que me importaba.

Bajamos.

Marisol nos sonrió desde la mesa, sirviendo café, como si supiera exactamente qué había pasado y nos diera permiso para volver a hacerlo esa misma noche.

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Comentarios (5)

DiegoFan22

tremendo relato!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

MarinaCba

Por favor seguí con una segunda parte, quedé con muchísimas ganas de saber qué pasó despues...

Rodrigo_mza

Muy bien escrito, se nota que sabés crear tension. Sigue así!!

SofiaGR

La sonrisa de la madre en ese momento... eso fue lo que mas me impacto. Increible detalle.

lectorsombra

Me pregunto si este tipo de situaciones pasan mas seguido de lo que uno cree jaja. Muy buen relato, gracias por compartirlo.

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