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Relatos Ardientes

La tarde que el novio de mi hija me miró así

Un domingo de finales de verano, Lorena preparaba el almuerzo con la cocina llena de sol y el olor a sofrito llenando el apartamento. Llevaba un top ajustado y unos pantalones cortos que, admitía, se había puesto sin pensar demasiado en ello. Tenía cuarenta y dos años, el cuerpo trabajado por años de gimnasio y una vida que no siempre había sido fácil, y en días como ese simplemente se le olvidaba que alguien podía estar mirando.

Tomás llevaba media hora sentado en el sillón del salón, esperando a que Lucía terminara de arreglarse. Tenía veintidós años y esa confianza particular de los chicos jóvenes que saben que son atractivos y aún no han aprendido a disimularlo. Lorena lo había notado desde la primera vez que su hija lo trajo a casa: sus ojos seguían a la gente de una manera que incomodaba, o quizás interesaba, dependiendo del día.

Fue cuando Lorena se agachó para sacar una bandeja del cajón inferior cuando sintió la mirada. No el tipo de mirada que uno lanza sin querer; era una mirada quieta, deliberada, la clase que te hace consciente de cada centímetro de tu propio cuerpo. Se incorporó despacio, y cuando giró la cabeza hacia el salón, Tomás no apartó los ojos. Se limitó a sonreír.

—Perdone que lo diga, señora Lorena —dijo desde el sillón, con una voz que no hacía ningún esfuerzo por sonar inocente—, pero tiene usted un cuerpo que no parece de madre.

Lorena se quedó con la bandeja en la mano. Hacía mucho que nadie le decía algo así. Su exmarido había dejado de mirarla de ese modo años antes de que se separaran, y desde entonces había vivido más con la idea de su propio cuerpo que con la experiencia real de que alguien lo deseara. Sintió calor en las mejillas.

—Gracias —respondió, y se volvió hacia los fogones antes de que él pudiera ver la expresión de su cara.

Pero ya no podía moverse igual en la cocina. Era consciente de cómo sus caderas se desplazaban al caminar de un extremo al otro de la encimera, de cómo el short se tensaba cuando se estiraba hacia la alacena de arriba. No lo estaba haciendo a propósito. O quizás sí, un poco.

Tomás se levantó del sillón. Lo oyó antes de verlo: el sonido de sus pasos en el suelo de parqué, luego el de sus pies en las baldosas de la cocina. Se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—¿Necesita ayuda con algo?

—No hace falta —dijo ella, sin mirarlo.

De todas formas, él entró. Se colocó a su lado, demasiado cerca para estar simplemente ayudando con la comida, y estiró el brazo para coger un vaso del armario. El brazo le rozó el hombro. Lorena no se movió.

—Lucía tarda mucho —dijo él, llenando el vaso en el fregadero.

—Siempre ha tardado —respondió Lorena—. Desde que era pequeña.

—Entonces tenemos tiempo.

Lorena soltó la cuchara de madera contra la encimera. No con fuerza, pero con suficiente peso como para que el sonido fuera claro.

—Tomás.

—Señora Lorena.

Lo dijo de la misma manera en que ella había pronunciado su nombre: como una advertencia que tampoco era del todo una advertencia.

Cuando se giró para enfrentarlo, él no se había movido. Estaba ahí, a menos de un palmo, con esa sonrisa tranquila que Lorena empezaba a entender que no era arrogancia sino certeza, la diferencia entre un chico que cree que puede conseguir algo y uno que sabe que ya lo tiene.

Es el novio de tu hija, se dijo. Tiene veintidós años. Está en tu cocina porque sale con Lucía y no tiene otro motivo para estar aquí.

No retrocedió.

Tomás apoyó una mano en la encimera, a su lado, sin tocarla todavía. Solo cerrando el espacio.

—¿Cuánto falta para que esté lista la comida?

—Media hora.

—Ah. —Hizo una pausa—. Y Lucía lleva más de cuarenta minutos arriba.

Lorena se volvió hacia los fogones. Oyó que él dejaba el vaso en la encimera. Y entonces sintió sus manos: dos puntos de calor en su cadera, quietas primero, sin presión, como si le estuviera dando tiempo para apartarlas.

No las apartó.

Las manos se deslizaron despacio hacia su cintura, y Lorena cerró los ojos un momento. Tomás tenía las manos grandes, cálidas, y apretaban con una seguridad que no esperaba en alguien tan joven. Notó cómo él acercaba el cuerpo al suyo desde atrás, sin prisa, sin empujar, simplemente cerrando la distancia que quedaba entre los dos.

—Debería subir a ver qué hace Lucía —dijo Lorena. No se movió.

—Lucía está bien —dijo él, junto a su oído—. Estará un rato más.

Cuando él apoyó sus caderas contra las de ella, Lorena soltó un sonido corto y se aferró al borde del fregadero. Podía notar lo que le estaba pasando a él a través de la ropa, y había algo en eso, en la claridad de ese detalle, que le impedía fingir que aquello era una situación ambigua.

***

Fue ella la que se inclinó hacia adelante. Una pequeña cosa, un ajuste leve de postura, pero que lo cambió todo. Tomás lo entendió al instante. Sus manos bajaron por sus caderas hasta el borde del short, y ella no hizo nada para impedírselo.

—Espera —dijo Lorena, y él se detuvo de inmediato. Eso también le sorprendió, esa obediencia instantánea—. La puerta de la cocina.

Tomás cruzó la cocina en cuatro pasos y corrió el pestillo. Luego volvió.

Lorena había soltado el borde del fregadero y se había apoyado contra la encimera del desayunador, con las manos detrás apoyadas en la superficie fría. Tomás se acercó. Esta vez la miró a la cara antes de tocarla, y en sus ojos no había la urgencia torpe que Lorena había esperado encontrar, sino algo más sereno, más paciente. Le apartó un mechón de la cara. Luego la besó.

Era un chico que sabía besar, eso no lo podía negar. Sin prisa, con las dos manos en su mandíbula, sin intentar ir a más de golpe. Lorena sintió algo aflojarse en su pecho, algo que llevaba tiempo tenso, y cuando abrió los ojos él seguía mirándola.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No hables —dijo ella.

Se bajó el short ella misma. Tomás no necesitó instrucciones para lo demás. Lo fue despojando despacio, sin el nerviosismo ansioso que ella había esperado, y Lorena tuvo que recordarse que no era un adolescente. Tenía veintidós años. Había tenido otras relaciones antes.

Aunque ninguna como esta, probablemente.

—Dios —murmuró él, con las manos en su cintura, mirándola—. ¿Cómo es posible que...?

—No termines esa frase —dijo Lorena, aunque en algún lugar secreto deseó que la terminara.

Cuando la penetró, apoyada contra la encimera de la cocina con el sonido del televisor filtrándose desde el salón, Lorena apretó los labios para no hacer ruido. No era miedo al dolor, sino al placer, que llegó con una inmediatez que no se esperaba. Se aferró a sus hombros con los dedos clavados en la piel.

Tomás era deliberado. Esa era la palabra. No rápido, no torpe; deliberado, como si estuviera prestando atención a cada pequeña señal que recibía. Cuando Lorena arqueó la espalda, él lo notó y ajustó el ángulo. Cuando dejó escapar un sonido sin querer, lo repitió. Era una manera de aprender que Lorena no había esperado encontrar en alguien de su edad.

El calor fue acumulándose de una manera lenta y continua. Lorena enterró la cara en su cuello para ahogar los sonidos, sintiéndolo moverse dentro de ella con ese ritmo constante, su respiración agitada en su oído, sus manos firmes en sus caderas. Sentía la encimera fría en las palmas, el contraste con el calor del cuerpo de él pegado al suyo.

—No tengo protección —dijo él, con la voz ronca, apretando los dientes—. Y no quiero parar.

—Sácala antes —dijo Lorena.

—Sí.

Ella sabía que no debería confiar en eso. Pero también sabía que no iba a pedirle que parara.

No la sacó. Lo que había entre ellos en ese momento era demasiado intenso, demasiado concentrado, y cuando llegó al límite se quedó quieto con un sonido grave que salió de lo más profundo de su pecho. Lorena sintió el calor y cerró los ojos.

Ya está. No cambia nada, pensó.

Sabía que era mentira.

***

Se separaron en silencio. Lorena fue al baño, Tomás recogió su ropa del suelo. Cuando ella salió, él ya estaba en el salón, sentado en el sillón con el móvil en la mano, exactamente como antes. Solo que la mano le temblaba levemente.

Lucía bajó cinco minutos después, con el pelo recién secado y una chaqueta vaquera que a Lorena le quedaba un poco grande pero a ella le favorecía. Se acercó a Tomás y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Lista. ¿Llevamos mucho esperando?

—No —dijo él—. El tiempo ha pasado rápido.

Comieron juntos los tres. Lorena puso la mesa sin mirar a Tomás más de lo necesario, sirvió la comida, respondió a las preguntas de Lucía sobre el trabajo y los planes de la semana. Tomás la miraba, de vez en cuando, con esa tranquilidad de quien guarda algo.

Lucía no notó nada. O eso quiso pensar Lorena.

Después del café, los dos se fueron al cine. Lorena los despidió en la puerta, con los platos todavía en el fregadero y la cocina oliendo a almuerzo y a algo más que no se podía nombrar tan fácilmente. Cerró la puerta. Apoyó la espalda contra la madera.

Eso no puede volver a pasar, pensó. Era el pensamiento correcto, el razonable, el único que tenía sentido. Lo pensó con convicción.

Y mientras lo pensaba, recordó cómo él había dicho su nombre al entrar por primera vez a su cocina aquella tarde: «Señora Lorena», con esa sonrisa que no hacía ningún esfuerzo por ser otra cosa.

Volvió a la cocina. Fregó los platos, puso la música que le gustaba los domingos, hizo que la tarde fuera otra vez normal. Pero cada vez que sus manos tocaban la encimera del desayunador, tardaba un segundo de más en apartarlas.

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Comentarios (1)

Sandra_BS

excelente relato, de los mejores que lei aca!!

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