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Relatos Ardientes

La mujer madura que volvió con mi hijo en brazos

No escribo esto para justificarme. Lo que hice mal, estuvo mal, y no hay mucho más que decir al respecto. Pero llevo demasiado tiempo cargando con cosas que necesito soltar, aunque nadie me lo haya pedido, aunque a nadie le importe especialmente escucharlas. Lo que escribo aquí es para mí, aunque llegue a otros ojos.

No creo en la suerte. Ni en la buena ni en la mala. La vida, para mí, es el flujo inevitable de las cosas: un rompecabezas que no entiende de plazos y que te exige paciencia cuando menos tienes. Cada pieza encaja cuando le toca, aunque a veces eso tarde demasiado y el alma se gaste esperando. Lo sé porque lo he vivido.

Tuve un amor grande. Isabel. Una mujer honesta, fuerte, con una voluntad que parecía imposible de doblegar y una manera de querer que no hacía ruido pero que llenaba cualquier habitación en la que estuviera. Si la perfección existe, estuvo cerca de ella. Juntos tuvimos a nuestro hijo Mateo, al que llamábamos Nano desde el principio, sin ninguna razón que pueda explicar bien y con todas las razones que importan.

Nano era pura energía. Tenía la sonrisa de su madre y mi tendencia a meterme en líos. Iluminaba cualquier espacio, transformaba las tardes grises en algo que valía la pena recordar. Llenaba el silencio con una risa que todavía escucho cuando bajo la guardia. Era el centro de todo lo que importaba.

***

Todo parecía encajar. Y entonces apareció la pieza que nadie quiere sacar de la caja.

Nano empezó a cansarse. Lo atribuimos a un virus, al colegio, a que había dormido mal. Pero no era eso. Era una enfermedad que llegó sin avisar y se instaló con una crueldad para la que no tengo palabras suficientes. Luchamos con lo único que teníamos: amor y desesperación. No alcanzó.

Los últimos días fueron los más duros de mi vida. Isabel y yo nos mirábamos con sonrisas que ninguno de los dos sentía, porque el llanto lo guardábamos para la noche, cuando Nano dormía. Hasta que llegó el día en que ya no hubo más noches que esperar.

Perder a un hijo rompe algo que no vuelve a cerrarse del todo. Es un dolor que no desaparece: se convierte en parte de ti, te sigue en silencio, aparece sin aviso en los momentos más ordinarios. Solo quien lo ha vivido puede entenderlo de verdad, y ojalá nadie más tuviera que entenderlo.

Isabel no pudo con tanto. La mujer fuerte que yo conocí fue apagándose poco a poco, como si una parte de ella también se hubiera marchado con Nano. La veía hundirse y no sabía cómo sostenerla cuando yo apenas me sostenía a mí mismo. Al final, nos fuimos alejando sin dramatismos ni discusiones, simplemente como dos personas que ya no saben cómo estar juntas sin que todo les recuerde lo que han perdido.

***

Tardé meses en volver a sentirme vivo.

Empecé con el deporte extremo: rutas en moto por carreteras que no perdonan, surf en invierno, paredes que no debería haber escalado. Mis padres se desesperaban. Mis amigos no entendían. Pero yo necesitaba sentir algo, lo que fuera, aunque fuera el miedo o el dolor de una caída. Era una forma de probarme que todavía estaba aquí, que el corazón todavía latía por algún motivo.

Después vino el sexo. Y ahí sí que fui a fondo. No buscaba relaciones ni conversaciones largas. Sabía que lo que tuve con Isabel era irrepetible y no quería intentar reproducirlo. Buscaba coños calientes, bocas dispuestas, culos que se abrieran sin preguntar. Buscaba correrme dentro de mujeres cuyos nombres olvidaría al día siguiente, hundirme la polla hasta el fondo y salir por la mañana sin deber nada a nadie.

Me follé a mujeres en baños de bares, con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo, mientras alguien golpeaba la puerta pidiendo entrar. Me follé a una en el asiento trasero de mi coche en un aparcamiento vacío, con las tetas apretadas contra el cristal empañado y sus gemidos ahogándose contra mi mano. Me follé a otra de pie contra la puerta de su piso, sin haber llegado a apagar la luz del rellano, con la polla clavada hasta la raíz y ella mordiéndome el cuello para no gritar. Nada de caricias largas, nada de promesas. Solo el ruido de la carne golpeando carne, el olor a sudor y a coño mojado, y esa sensación breve pero real de estar vivo cuando me corría.

Era honesto con las mujeres que conocía: nada de promesas, nada de expectativas, nada que ninguno de los dos fuera a lamentar por la mañana. Follar por follar. Correrse, dormir, marcharse.

Entonces empecé a escribir. Publicaba relatos en un foro, cosas que había vivido o imaginado, y en ese espacio encontré una manera de procesar lo que no podía decir en voz alta. Rodrigo, uno de los lectores habituales, me escribió un día. Me pareció buena gente. A través de él conocí a Adriana.

Con Adriana compartíamos algo que no esperaba encontrar: el peso de haber perdido a alguien importante, la cicatriz específica que deja ese tipo de ausencia. Nuestras conversaciones eran largas y honestas, llenas de silencios que los dos entendíamos sin necesidad de explicarlos. Pero éramos amigos, solo eso. El tipo de amigos que se reconocen porque cargan con cosas parecidas.

***

Sonia fue distinta desde el principio.

La conocí por azar, en una de esas situaciones que no planeas y que después no puedes explicar bien. Era varios años mayor que yo: una mujer madura con esa clase de seguridad que solo da la experiencia vivida, que sabe exactamente lo que quiere y no pierde el tiempo en rodeos. Tenía una elegancia tranquila, sin esfuerzo, de esas que no se aprenden en ningún sitio porque vienen de haber habitado el propio cuerpo durante mucho tiempo y haber llegado a un acuerdo con él.

La atracción fue inmediata y un poco desconcertante. No era solo física, aunque eso también estaba ahí con una fuerza que me sorprendió. Era algo más difícil de nombrar: la sensación de que esa persona ya te conoce aunque acabes de conocerla.

La primera vez que me la llevé a casa, no perdimos tiempo con preámbulos. Me la encontré mirándome con esa media sonrisa suya, ya sin la chaqueta, y me dijo, con una tranquilidad que me puso la polla dura al instante:

—Enséñame el dormitorio.

Cuando cerré la puerta detrás de nosotros, ella ya se estaba desabrochando la blusa botón por botón, sin apuro, mirándome como quien está evaluando exactamente lo que va a hacer conmigo. Debajo llevaba un sujetador negro que le sostenía unas tetas grandes, firmes para su edad, con los pezones marcados a través del encaje. Se lo quitó sin ceremonia, se bajó la falda, y se quedó de pie con solo un tanga oscuro que apenas le cubría el coño.

—Desnúdate —me ordenó, y no era una petición.

Lo hice torpemente, más rápido de lo que quería, con la polla ya empalmada golpeándome el vientre en cuanto me bajé los calzoncillos. Ella me miró la verga durante un momento largo, sin disimular que le gustaba lo que veía, y se acercó despacio. Me la agarró con una mano segura, midiéndome el peso y el grosor, y con la otra me apretó los cojones.

—Tienes una polla preciosa —me dijo, así, a la cara, con la naturalidad con la que alguien te comenta el tiempo—. Y creo que vas a saber usarla.

Me empujó suavemente hasta que quedé sentado al borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas, me separó los muslos con las manos, y sin dejar de mirarme se metió mi polla entera en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta abrazándome la punta. Solté un gemido que no supe controlar. Ella subió lentamente, con la lengua apretada contra la parte de abajo, y volvió a bajar. Otra vez. Y otra. Sin prisas, sin tregua, mamándome como si fuera lo único que le importaba en el mundo, con hilos de saliva cayéndole por la barbilla y una mano trabajándome los cojones al mismo ritmo.

Cuando notó que estaba a punto de correrme, se paró en seco. Me sacó la polla de la boca con un beso húmedo en la punta y sonrió.

—Todavía no. Quiero que me la metas primero.

Se levantó, se quitó el tanga, y se subió a la cama a cuatro patas, ofreciéndome el culo. Le vi el coño desde atrás: rosado, abierto, brillando de lo empapada que estaba. Me puse detrás de ella, le pasé la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, embarrándomela con sus jugos, y entré de golpe.

—Ah, joder —soltó ella, arqueando la espalda—. Así. Fóllame así.

La agarré por las caderas y empecé a metérsela con fuerza, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta los cojones. El sonido de mis muslos golpeando su culo llenaba la habitación. Ella empujaba hacia atrás a cada embestida, buscándome, gimiendo palabras sueltas —más, dame más, más fuerte— y yo obedecía. Le agarré el pelo con una mano, le eché la cabeza hacia atrás, y le clavé la polla con toda la fuerza que tenía.

Después me pidió que me tumbara boca arriba. Se me montó encima, se colocó mi polla en la entrada del coño, y se dejó caer de golpe, empalándose entera. Cerró los ojos, echó la cabeza atrás, y empezó a moverse encima de mí con un ritmo lento y profundo, casi obsceno, apretándome la polla con las paredes del coño a cada bajada. Le agarré las tetas, se las estrujé, le retorcí los pezones entre los dedos, y ella soltó un gemido largo que me hizo temblar.

—Chúpamelas —me pidió, inclinándose hacia adelante.

Le atrapé un pezón con la boca y se lo mordí suavemente, luego el otro. Ella seguía cabalgándome, cada vez más rápido, hasta que sentí que se le tensaba todo el cuerpo. Se corrió encima de mí con un grito ronco, apretándome la polla con espasmos que me hicieron soltar un juramento. Yo aguanté como pude, y cuando ella se dejó caer sobre mi pecho, todavía temblando, me la giré, la puse debajo, le abrí las piernas de par en par, y le rematé el polvo a base de embestidas duras y profundas hasta que me corrí dentro con un gemido que salió del fondo del pecho.

Cuando saqué la polla, la vio salir chorreando de mi corrida mezclada con sus jugos. Se metió dos dedos en el coño, se recogió parte del semen, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme, chupándoselos despacio.

—Vas a servir —me dijo, con una sonrisa medio ladeada.

Y a partir de ahí, la cama con Sonia fue una revelación constante. Me enseñó cosas que yo creía saber y que no sabía. Me hizo comerle el coño durante horas hasta aprender a leer cada uno de sus temblores, cada respiración cortada, cada apretón de sus muslos contra mi cabeza. Me enseñó a follársela lento, a aguantar cuando lo que yo quería era correrme, a esperar a que ella estuviera al borde antes de dejarme ir. Me sentaba a horcajadas sobre mi cara y se follaba mi boca hasta correrse encima de mi lengua. Me la chupaba mirándome a los ojos hasta que yo suplicaba. Me pidió el culo un domingo por la mañana, y me guio con una calma que solo tiene alguien que sabe exactamente lo que hace, mientras me empujaba dentro de ella milímetro a milímetro hasta que la tuve entera y ella se retorcía diciendo mi nombre.

Me decía lo que quería sin rodeos. Lo que le gustaba y lo que no. Lo que esperaba y lo que le sobraba. En otra persona eso podría haber resultado frío; en ella sonaba natural, casi como una forma de respeto mutuo. Sus instrucciones no eran órdenes, eran invitaciones. Y yo aprendía deprisa.

Nunca me había dejado llevar tan completamente por alguien sin tener la sensación de estar perdiéndome a mí mismo. Con Sonia era al contrario: cuanto más me dejaba ir, más claramente me encontraba. No sé explicarlo mejor que eso.

Pasamos semanas así. Nos veíamos cuando podíamos, sin estructura, sin compromisos de futuro. Era lo que los dos queríamos, o al menos eso creía yo. El problema con creer que sabes lo que quieres es que a veces lo que quieres y lo que necesitas no son la misma cosa.

Pero el ego tiene una forma particular de arruinar las cosas buenas. Cometí errores que prefiero no detallar. Me distancié cuando debí haberme acercado. Me callé cuando debí haber hablado. En ese desajuste también jugó su papel la inseguridad, esa sensación que no esperaba sentir y que me hizo torpe en los momentos que menos podía permitírmelo. Un día, sin demasiado drama, Sonia me dijo que había terminado. Lo dijo con la calma de alguien que ya ha tomado la decisión antes de pronunciarla en voz alta. Respeté eso. Siempre respeto cuando alguien dice adiós.

***

Habían pasado trece meses.

Estaba organizando una tarde con Marta y Verónica, con sus parejas, cuando el teléfono vibró sobre la mesa. Vi el nombre en la pantalla y me quedé quieto un momento antes de abrir el mensaje.

Sonia.

Solo sabía de ella lo que me contaba su hermano de vez en cuando: que le había ido bien en el trabajo, que había pasado por un período complicado pero que lo había superado. Le había ofrecido ayuda en algún mensaje. Ella, escueta como siempre, me había dado las gracias pero dicho que no hacía falta.

El mensaje decía: «Tengo un momento libre esta mañana. ¿Te apetece tomar un café?»

Me lo quedé mirando más tiempo del necesario. No estaba en el mejor momento, pero acepté. Propuso un bar tranquilo que yo conocía bien, de esos donde la gente va a leer o a quedarse callada sin que nadie la moleste. Cogí el casco, dejé todo lo que estaba haciendo y fui en la moto.

***

Llegué antes que ella.

Pedí un café y me senté cerca de la entrada. El local olía a madera húmeda y a pan tostado. Fuera, la mañana era gris pero sin lluvia. Al rato, un coche oscuro se detuvo frente al local. Reconocí a Sonia bajando por la puerta trasera, ese modo particular que tiene de moverse, sin prisas.

La observé sin entender del todo lo que estaba viendo. Sacó del maletero un carrito de bebé, lo desplegó con movimientos precisos que daban a entender que lo había hecho cientos de veces, y colocó el cuco encima con cuidado. Lo empujó hacia la entrada.

Mi cabeza empezó a trabajar deprisa. ¿Había sido madre? ¿En estos trece meses? Su hermano no me había dicho nada. Recordé que en diciembre me había cruzado con su prima, que me había mencionado algo sobre una ahijada, una niña pequeña...

Pero no. Aquello no encajaba.

Sonia entró al bar empujando el carrito, me vio y sonrió de esa manera que tenía, la que nunca había cambiado. Se acercó. Miré al bebé dormido en el cuco: una carita redonda, los puños cerrados, ese modo particular que tienen los recién nacidos de parecer completamente ajenos al mundo que los rodea.

—¿Niña? —pregunté, sin saber muy bien qué otra cosa decir.

—Niño —respondió ella, sin dejar de mirarme.

El silencio duró dos segundos. Luego algo dentro del pecho se me apretó con una fuerza que no esperaba.

No tuve que preguntar mucho más. Había ciertos rasgos en ese pequeño que no necesitaban análisis. Los reconocí con la misma inmediatez con la que reconoces tu propio reflejo en un espejo que no esperabas encontrar.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le pregunté, y mi voz sonó más rota de lo que pretendía.

Sonia tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, fue con esa honestidad directa que siempre la había caracterizado.

—No quería que nadie supiera todavía. No quería presiones, ni tuyas ni de nadie. No quería que sintieras que te lo estaba reclamando.

La miré durante un rato.

—Tenía derecho a saberlo —dije al final—. No importa cómo estuviéramos tú y yo. Eso no cambia nada.

Ella asintió. No se excusó más de lo necesario, que era otra de las cosas que siempre me habían gustado de ella.

***

Hablamos durante horas.

Planificamos sin grandes dramatismos cómo podría funcionar aquello: dos personas que no están juntas pero que comparten algo que ningún distanciamiento puede borrar. Sonia era clara en lo que quería y en lo que no quería. No buscaba una relación. Tampoco quería cargar con todo sola. Propuso que viviéramos en espacios separados pero con la suficiente presencia para que el niño creciera sabiendo quién era su padre.

Me comprometí a tener una vida ordenada. No sé si soy capaz de todo lo que eso implica, pero sé que voy a intentarlo con más convicción que cualquier otra cosa que haya intentado antes. Es la primera vez en mucho tiempo que quiero algo así.

Antes de que nos fuéramos, Sonia puso al niño en mis brazos. No sé si lo hizo conscientemente o si simplemente pasó. Pero ahí estaba ese pequeño, ese peso diminuto y absoluto, mirando hacia arriba con los ojos todavía sin enfocar del todo, ajeno a todo lo que le rodeaba.

No pensé en nada concreto. No pude.

Solo supe que era el momento más real que había vivido en mucho tiempo. Más real que cualquier caída en la moto. Más real que cualquier polvo con una desconocida. Más real que cualquier cosa que hubiera buscado en estos trece meses para sentir que todavía seguía aquí.

***

Hay cosas que te cambian sin pedirte permiso. Y hay cosas que solo llegas a entender cuando ya han ocurrido y no puedes deshacerlas aunque quisieras, aunque en el fondo no quieras.

Perder a Nano me hizo creer que no habría manera de volver a sentir algo parecido a esperanza. No digo que este niño lo reemplace, porque eso no es posible y tampoco lo quiero. Digo que la vida tiene su propia manera de seguir adelante, con o sin tu permiso, y que a veces lo que aparece no es lo que esperabas sino algo que nunca habrías podido imaginar.

Sonia es una mujer que sabe lo que quiere. Que ha vivido lo suficiente para no perder el tiempo en lo que no importa, que tiene la seguridad de quien ya ha pasado por bastante y ha aprendido a elegir sin disculparse por ello. Y ese niño que puso esta mañana en mis brazos me devolvió algo que llevaba mucho tiempo sin tener: una razón que no dependía de mí mismo.

No sé cómo va a salir esto. No tengo todas las respuestas y creo que tampoco las necesito ahora mismo. La certeza no es lo que me mueve esta vez.

Solo sé que cuando lo sostuve por primera vez, decidí que iba a estar presente. En cada día, en cada momento que le importe. Que iba a dejar que fuera él la adrenalina que me faltaba, la única que de verdad merece el riesgo.

Se acabaron las rutas imposibles. Se acabaron las noches que no recuerdo y los cuerpos sin nombre.

Ha llegado algo que, por primera vez en mucho tiempo, merece la pena no olvidar.

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Comentarios(10)

PatoMdz

buenisimo!!!

SilviaMdp

Que historia mas intensa, me enganche desde el primer parrafo. Sigue asi!

tomas_sur

Me recordó algo que me pasó hace tiempo. Tremendo relato, gracias por compartirlo

MarcosRio

Muy bien narrado, se siente real. Espero que sigas escribiendo!

Damian77

genial la trama, no me lo esperaba para nada. muy bueno

Rosa_pampa

Se hizo cortisimo! quiero saber que pasa despues con todo eso

NachoBsAs

como describis los sentimientos del personaje... muy logrado la verdad

CarlosDMX

Gracias por compartir, se nota que escribis con ganas. Un abrazo

VeroNk

Que final tan inesperado... me dejo pensando un buen rato

RolandoMza

sigue subiendo por favor, muy entretenido y bien escrito. de lo mejor que lei ultimamente

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