Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La criada de mi sumisa y el juego que inventamos

Me llamo Sofía, tengo cincuenta y ocho años y llevo toda mi vida haciendo lo que me da la gana. Estoy casada desde hace treinta años con un hombre que lo sabe y que, en su propio estilo, tampoco se queda quieto. Matrimonio abierto, de esos en los que nadie miente porque todo está sobre la mesa. No me arrepiento de ninguna de las decisiones que he tomado en ese sentido.

Esta historia ocurrió hace varios años. Carmen era una mujer de mi círculo, de las que van a misa los domingos y se escandalizan en voz alta por lo que hacen en privado sin problema. Cuando me enteré de que había estado con mi marido, no me enojé por el motivo que ella esperaba. Me enojé porque me lo había ocultado. La confronté, le dejé claro lo que sabía, y a partir de ese momento Carmen pasó a ser mi sumisa. No fue difícil convencerla: la alternativa era que yo contara lo suyo en cada reunión del barrio.

Ese martes llegué a su casa sabiendo que solo ella y su empleada estaban adentro. Su marido viajaba por trabajo y era el momento perfecto para una visita sin avisar.

Me abrió la puerta Mei, la empleada filipina. Tendría unos treinta y tantos años, pequeña y de movimientos silenciosos. Carmen y su marido siempre la exhibían en las reuniones como si fuera parte del decorado, y la verdad es que entendía el orgullo: tenía una figura compacta, con caderas marcadas, un culo firme que se le adivinaba bajo el uniforme y una forma de caminar que obligaba a seguirla con los ojos.

—Buenas tardes, señora Sofía —dijo con esa voz suave que tenía—. La señora Carmen la espera en el salón.

Mientras me conducía por el pasillo, me fijé en cómo se movía. Había algo en ese cuerpo pequeño y en esa tranquilidad que guardaba consigo que me despertó una curiosidad que, en ese momento, decidí guardar para más tarde.

Carmen estaba en el sofá cuando entré. Vestía una bata larga de color crema, ese tipo de prenda que usan las mujeres convencidas de que ser señora implica no tener deseos. Me senté a su lado y puse mi mano sobre su rodilla sin más preámbulos. Subí los dedos por el interior del muslo hasta rozarle el coño por encima de la tela y noté que ya estaba tibia.

—Hoy no puede ser, Sofía —dijo, bajando la voz—. Mei está en casa. Si nos ve, se lo cuenta a mi marido.

La miré un momento. Luego le di una bofetada, calculada, con intención.

—Tú haces lo que yo digo, Carmen. Aquí y ahora. Lo que sepa tu marido es problema tuyo, no mío. Ahora vas a llevarme a tu habitación y vas a mojarte la boca con mi coño, que para eso te tengo.

Ella apretó los labios. Hacía tiempo que había dejado de discutir.

—Como digas, ama —contestó, y se levantó.

***

La habitación matrimonial de Carmen era amplia y algo fría: muebles caros, cuadros neutros, el tipo de decoración que no dice nada de nadie. Le ordené que llamara a Mei y le pidiera que les subiera algo de beber. La empleada trajo la bandeja, la dejó sobre la mesita de noche y Carmen le dijo con toda naturalidad:

—Voy a estar un rato con mi amiga revisando ideas para redecorar el cuarto. Que nadie nos interrumpa, por favor.

—Entendido, señora —dijo Mei, y salió cerrando la puerta con cuidado.

En cuanto escuché el clic del pestillo, me acerqué a Carmen y le saqué la bata de los hombros.

—Quítatela toda. Esa ropa es un insulto.

Se quitó el sujetador y la braga con esa mezcla de vergüenza y obediencia que siempre la delataba. Debajo de toda esa pose de señora respetable había un cuerpo que no merecía estar escondido: caderas anchas, tetas grandes que se le vencían un poco por el peso, pezones oscuros ya endurecidos y un coño depilado casi al ras, con los labios internos más morenos asomando entre los externos. La braga tenía una mancha húmeda en el centro que ella intentó esconder torpemente al plegarla.

—Estás empapada, cerda —le dije, sin levantar la voz—. Y todavía te atreves a decirme que hoy no puede ser.

—Perdón, ama.

—Ahora a mí —le indiqué.

Se acercó. La dejé encontrar sola la cremallera de mi falda, bajarla despacio. Cuando se arrodilló para bajarme el tanga, sentí cómo le temblaban ligeramente los dedos. Ese temblor me gusta. Significa que está concentrada, que quiere hacerlo bien. Deslizó la prenda por mis muslos y se quedó un instante con la cara a un palmo de mi coño, respirándolo, como quien recibe una orden que ya se sabe de memoria.

—Abre la boca —le dije—. Y no la cierres hasta que yo te avise.

Le agarré la nuca con una mano y le acerqué la cara a mi sexo. Ella sacó la lengua y empezó por el clítoris con la punta, dando lametones cortos, calculados, esos que había aprendido a base de correcciones. Yo estaba de pie, con las piernas ligeramente abiertas, y separé los labios con dos dedos para dejarle todo a la vista.

—Más adentro. Métemela bien.

Introdujo la lengua con más destreza que la primera vez que lo hizo. Carmen había aprendido rápido. La curvaba dentro de mí, la sacaba, volvía a subir hasta el clítoris, chupaba, tiraba con los labios, se metía otra vez. Tenía una forma de moverse que iba ganando ritmo, explorando sin apresurarse. Yo le apretaba la nuca cada vez que quería que profundizara, y ella respondía sin quejarse, con la barbilla ya mojada de saliva y de mi flujo.

—Chúpame el clítoris, puta. Como si fuera una polla pequeña. Así.

Obedeció. Cerró los labios alrededor de esa parte de mí y empezó a succionar con un ritmo constante, mientras dos dedos se colaban dentro y me follaban desde abajo, tocando ese punto que ella ya sabía de memoria. Sentí el orgasmo subir por las piernas, tensarme los muslos, y cuando noté que ya no podía contenerme, me dejé ir. Me corrí en su cara, apretándole la boca contra mi coño, y ella lo recibió todo sin apartarse ni un centímetro, tragando lo que le entraba y dejando que el resto le cayera por la barbilla al cuello.

—Buena chica —le dije, soltándole el pelo—. Levántate.

Se levantó. La guié hacia mis pechos y ella empezó a chuparlos con esa avidez que reservaba solo para mí. Me mordió el pezón derecho con la fuerza justa, lo lamió, se lo metió entero en la boca, pasó al izquierdo. Le acaricié las tetas como recompensa, se las pellizqué los pezones hasta que gimió. Cuando le pedí que me quitara el sujetador, lo hizo sin palabras, y nos quedamos las dos desnudas sobre la cama.

—¿Puedo darte placer, ama? —preguntó.

—Adelante. Y esta vez córrete tú también, quiero verte.

Me tumbé. Ella se puso de pie a un lado de la cama, acercó un pezón a mi boca y yo lo tomé mientras deslizaba la mano hasta mi coño y empezaba a acariciarme. Cuando metió dos dedos y comenzó a moverlos, cerré los ojos. La santa de mentira había aprendido cosas que no enseñan en la iglesia. Los dedos entraban con un ruido húmedo que se escuchaba en toda la habitación, mojados de mí, y con el pulgar me apretaba el clítoris al mismo tiempo. Yo la mordía la teta, se la chupaba entera, y con mi mano libre le busqué el coño y le hundí tres dedos de golpe.

—Ahí, follame, más fuerte, más adentro —jadeó.

—Cállate. Sigue moviendo la mano.

Nos masturbamos la una a la otra sin apartar los ojos. Ella se doblaba sobre mi cuerpo, los dedos entraban y salían al mismo tiempo, y noté cómo su coño se cerraba alrededor de los míos justo cuando yo estaba a punto. Me corrí primero, con un espasmo largo, y ella detrás, con un grito ahogado contra mi hombro. Le dejé los dedos dentro un momento para sentirle las contracciones y después se los saqué y se los puse en la boca.

—Chupa. Prueba lo que eres.

Los chupó sin protestar.

Esperé un momento antes de hablar.

—Bien. Ahora túmbate con las piernas abiertas.

Me coloqué encima de ella, apoyando mi coño contra el suyo, y empecé a moverme. Piel contra piel, clítoris contra clítoris, con mis manos apoyadas a los lados de su cabeza. Estaba tan mojada que resbalaba, y ella arqueaba las caderas para buscarme. Ella gimió casi de inmediato, con ese sonido que intenta contener y no puede.

—¿Quién te ha dado permiso? —le pregunté, sin dejar de restregarme.

Puso cara de quien espera un castigo. Ese día decidí dejarlo pasar. Le ordené que se pusiera a cuatro patas, me coloqué detrás de ella, y le miré el culo abierto, el coño hinchado y brillante entre las piernas. Le pasé la mano por la raja, de arriba abajo, recogiendo su humedad, y le metí dos dedos de golpe. Ella empujó hacia atrás.

—Zorra. Te gusta que te la meta así, ¿verdad?

—Sí, ama.

Le follé el coño con los dedos mientras con la otra mano le acariciaba las tetas, colgantes bajo su cuerpo. Pasé las manos por sus caderas hasta llegar a sus pezones, se los pellizqué, y la besé en la nuca mientras le preguntaba en voz baja:

—¿Soy la primera mujer contigo?

—Sí, ama —respondió.

—¿Y con Mei? ¿Nunca has pensado en ella?

—Claro que no, ama —dijo, con la indignación de siempre, esa que le dura exactamente lo que tarda en obedecer la siguiente orden.

—Pues yo sí he pensado —le dije, sacándole los dedos y limpiándomelos en su espalda—. Y vamos a llamarla ahora.

—Pero… —empezó ella.

—Nada de peros. Llámala.

Tocó la campanilla. Intentó taparse, pero se lo impedí. Quería que Mei la viera tal como era: a cuatro patas, con el coño mojado goteándole por los muslos y las tetas colgando.

***

Mei entró en la habitación y nos encontró a las dos sin ropa. No gritó. No retrocedió. Nos miró con esa calma que tienen las personas que ya han visto cosas. Se le fueron los ojos al culo de Carmen apenas un segundo y volvió a mí.

Le expliqué la situación con claridad: si se quedaba y participaba, Carmen se pondría el uniforme de empleada y haría las tareas de la casa mientras nosotras jugábamos. Y si después Carmen intentaba causarle algún problema, Mei podía contarlo todo.

—El señor nunca me dejaría ir —dijo Mei, con una tranquilidad que me sorprendió—. Me lo ha dicho él mismo. Viene a mi cuarto un par de veces por semana, me abre las piernas, mete lo suyo, se corre en un minuto y se va. La verdad sea dicha, lo hace muy mal. Nunca he acabado con él.

—Hoy sí vas a acabar —le dije—. Varias veces.

Se acercó al armario, sacó un uniforme negro con delantal blanco y lo dejó sobre la cama delante de Carmen.

—Hay que fregar la cocina y pasar el aspirador por el salón —dijo, mirando a su señora directamente a los ojos por primera vez en años.

Carmen tomó el uniforme en silencio. Se lo puso sobre el cuerpo todavía sudado, sin ropa interior debajo. Salió de la habitación.

Mei se quedó de pie y empezó a desvestirse con movimientos tranquilos, como quien no necesita que le digan lo que viene después. Se sacó el vestido negro por la cabeza, después el sujetador blanco de algodón, y por último las bragas, que dejó dobladas sobre la silla.

Su cuerpo era todo lo que había imaginado al verla caminar por el pasillo: pequeño y bien formado, con una piel de tono cálido y suave. Las tetas eran pequeñas pero perfectamente redondas, con los pezones marrones muy erectos. Las caderas tenían esa curva suave que hace difícil no querer tocar. Y en el centro, un coño con una fina línea de vello negro cuidadosamente recortado por encima, y los labios ya un poco separados, brillantes.

—Nunca he hecho esto con una mujer —dijo cuando terminó.

—Lo sé —respondí—. Por eso llevo yo el ritmo.

La besé. Besaba bien, con la boca entreabierta y sin apresurarse. Llevé mis manos a sus tetas y las acaricié despacio. Ella se tensó un momento y después se relajó. Le rocé los pezones con el pulgar y sentí cómo se le ponían todavía más duros. Cuando empecé a chuparle los pezones, me puso las manos en el pelo con una naturalidad que indicaba que, aunque fuera la primera vez, su cuerpo sabía perfectamente lo que quería. Le mordí uno con suavidad y ella soltó un gemido corto, sorprendida.

Le pasé la mano por el vientre, bajé hasta el pubis y le rocé el coño con la punta de los dedos. Estaba mojada. Muy mojada.

—Ya estás lista —le susurré—. Y ni siquiera te he tocado en serio todavía.

—Llevo mojada desde que abriste la puerta —dijo, muy tranquila.

Fue ella quien tomó la iniciativa después. Bajó la cabeza hacia mis pechos y los tomó en su boca con una torpeza que resultaba más excitante que la técnica perfecta de Carmen. Chupaba con hambre, sin saber si morder o lamer, y todo lo que hacía me gustaba precisamente porque no lo tenía ensayado. Me pasó la lengua desde el pezón hasta el cuello, me mordió el hombro, volvió abajo. Había algo en esa inexperiencia honesta, en ese deseo de hacerlo bien sin saber exactamente cómo, que me hacía querer enseñarle cada detalle.

—¿Quieres meterme los dedos? —le pregunté.

—Sí —dijo, sin más rodeos.

Me tumbé. Ella se colocó a un lado y deslizó la mano hasta mi coño con una delicadeza que fue cediendo paso a la presión cuando notó cómo reaccionaba yo. Dos dedos, movimiento circular. Aprendía mirándome la cara, ajustando cada gesto según lo que yo mostraba sin decirlo en voz alta. Cuando le pedí más fuerte, apretó. Cuando le pedí más adentro, dobló los dedos hacia arriba y encontró el punto sin que yo tuviera que explicárselo. Al mismo tiempo, con el pulgar me buscó el clítoris y me lo trabajó en pequeños círculos.

—No me llames señora —le dije cuando volvió a hacerlo—. Aquí somos iguales.

Sonrió por primera vez desde que había entrado en la habitación.

—Sofía, entonces —dijo, y me metió un tercer dedo.

El pecho me subía y bajaba. Le agarré la muñeca para marcarle el ritmo, ella lo cogió a la primera. Me senté encima de su boca. Ella sacó la lengua con un punto de duda que duró apenas un segundo. Cuando la tuvo dentro, se detuvo un momento para decirme algo que me hizo sonreír:

—Cariño, sabe muy bien.

—Eso está muy bien —le respondí—. Sigue. Y no pares hasta que te avise.

Le fui indicando el ritmo con la presión de mis caderas. Le agarré el pelo negro con las dos manos y me la senté encima con más peso, moviéndome adelante y atrás sobre su lengua. Ella la sacaba todo lo que podía y la clavaba dentro de mí, después subía al clítoris, chupaba, volvía a bajar. Mei era rápida entendiendo, y lo que le faltaba de práctica lo compensaba con atención. Empezó a mover la cabeza sola, buscándome, y yo la dejé hacer. Sentí cómo me subía otra vez, más rápido que con Carmen, y cuando llegué me corrí encima de su cara sin ningún reparo, apretándole la boca contra mí hasta que la sentí tragar. Me quedé quieta sobre ella unos segundos antes de moverme, todavía respirando fuerte.

—Ahora te toca a ti —le dije.

La tumbé de espaldas y le abrí las piernas. Le acaricié el coño con la mano primero, explorando despacio. Lo tenía muy húmedo y perfectamente depilado en los labios. Le pasé la lengua por la cara interna del muslo, subí, la roce con el aliento sin tocarla, y sólo cuando ella arqueó la cadera bajé la boca de verdad. Le lamí de abajo arriba, de un solo trazo, y sentí cómo temblaba entera.

—Ay… —dijo, y cerró las piernas alrededor de mi cabeza sin darse cuenta.

Le separé los muslos con las manos y seguí. Le chupé los labios uno a uno, le metí la lengua todo lo que pude, subí al clítoris y lo tomé entre los labios como había hecho Carmen conmigo. Ella jadeaba en filipino, o al menos algo que sonaba a filipino, palabras cortas que yo no entendía pero que me decían exactamente lo que necesitaba saber. Le metí dos dedos y la escuché respirar distinto, más hondo, con la boca entreabierta. Los curvé hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris.

—Con una mujer no sabía que era así —dijo entre dientes.

—¿Mejor o peor que con él? —pregunté, levantando la cabeza un momento, con la barbilla mojada.

—Diferente —respondió—. Mucho mejor diferente.

Volví a bajar. Le follé el coño con los dedos a un ritmo constante mientras la boca no dejaba el clítoris. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara. La besé mientras seguía moviéndome dentro de ella, subiendo hasta su boca sin sacar los dedos, y ella se probó a sí misma en mis labios sin apartarse. Arrimé mis labios a los suyos y la besé con intensidad mientras los dedos trabajaban sin pausa dentro de su coño. Cuando llegó al orgasmo, no lo contuvo: dejó escapar un sonido largo y franco que me gustó más que todos los gemidos estudiados de Carmen. Se le apretó el coño entero alrededor de mis dedos, un temblor detrás de otro, y con las piernas me atrapó las caderas para que no me moviera.

—Perdona —dijo después, como si hubiera hecho algo indebido.

—Nunca te disculpes por eso —le respondí, sacándole los dedos despacio y llevándomelos a la boca—. Y menos por correrte así.

***

Llamamos a Carmen con la campanilla. Entró vestida de empleada, con el delantal torcido y la expresión de quien ha estado fregando suelos intentando no pensar demasiado. Se notaba que el uniforme le rozaba los pezones desde dentro y que tenía el coño mojado bajo la falda: había una marca húmeda muy tenue en la tela, a la altura del pubis.

—¿Terminaste las tareas? —le pregunté.

—No del todo, ama. Me falta la cocina.

Le di una bofetada sin levantarme de la cama.

—No importa por ahora. Tienes una tarea más urgente. Arrodíllate delante de Mei y pregúntale si desea que le des placer.

Carmen miró a su empleada. Mei la miraba desde la cama con las piernas cruzadas y sin ninguna prisa, todavía desnuda, todavía brillando de sudor.

—Señorita Mei —dijo Carmen, con la voz de alguien que acaba de tragarse algo amargo—, ¿desea que le dé placer?

—Sí —dijo Mei—. Me parece bien. Con la lengua. Y no pares hasta que yo te lo diga.

Se abrió de piernas al borde de la cama. Carmen se arrodilló delante de ella con el uniforme puesto, se subió el delantal para no mancharlo, y acercó la boca al coño de la filipina. Empezó lamiendo despacio, con esa técnica precisa que había aprendido conmigo. Yo me quedé sentada en el borde de la cama observando. Había algo en esa imagen —la señora de la casa de rodillas ante su empleada, vestida como servicio, con la lengua metida en un coño más joven que el suyo— que valía más que cualquier otra cosa que hubiera podido planear para esa tarde.

—Mira qué bien, Carmen —dije—. Al final resulta que sabes exactamente para qué sirves. Chúpale ese coño como si te fuera la vida en ello.

Ella no contestó. Estaba ocupada. Le pasaba la lengua a Mei desde abajo hasta el clítoris, se lo succionaba, volvía a bajar, le metía la lengua todo lo que podía. Mei le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverle la cara a su ritmo, restregándose contra su boca. Yo, mientras tanto, me acerqué por detrás de Carmen, le levanté la falda del uniforme y le encontré el coño empapado. Le metí tres dedos de golpe. Ella soltó un gemido contra el sexo de Mei y no paró de chupar.

—Así, con la boca ocupada —le dije, follándola desde atrás—. Que se sepa para qué estás.

Mei la miraba desde arriba con esa misma calma con la que había entrado en el cuarto, aunque ahora con los ojos algo más cerrados y la respiración más agitada. Yo aceleraba la mano dentro de Carmen, con la palma golpeándole las nalgas a cada empujón, y ella temblaba entera intentando seguir chupando. Cuando Mei llegó al orgasmo, puso la mano sobre la cabeza de Carmen para mantenerla donde estaba, con un gesto que no era de señora ni de empleada, sino de quien sabe con precisión lo que necesita. Se corrió contra su cara con un jadeo largo, y le tiró del pelo hasta el último temblor.

Yo seguí follando a Carmen a cuatro dedos hasta que se corrió también, sin permiso, temblando de rodillas sobre la alfombra, con la cara todavía apretada contra el coño de su empleada.

—Esta te la cobro después —le dije, sacándole los dedos.

Carmen se levantó después, con el uniforme arrugado, los muslos brillantes por dentro y la expresión de alguien que acaba de entender algo nuevo sobre sí misma.

—¿Puedo quitarme esto, ama? —preguntó.

—Todavía no —dije—. Primero termina la cocina. Y no te limpies. Quiero que sigas notándolo mientras friegas.

***

Me fui antes de que llegara el marido de Carmen. Mei me acompañó hasta la puerta, ya con su uniforme de empleada puesto otra vez, como si nada hubiera pasado, y en el último escalón me detuvo poniéndome la mano en el brazo. Me dio un beso corto y directo, sin ceremonia, pero después me metió la lengua un segundo entre los labios, como recordándome a qué sabía.

—Espero que vuelvas —dijo.

—Puedes contar con eso —le respondí—. Y la próxima vez traigo un arnés. Quiero follarte como es debido.

Sonrió sin contestar y cerró la puerta.

Bajé a la calle. El barrio estaba tranquilo, las mismas fachadas de siempre, las mismas macetas en los balcones. Nada indicaba que en ese tercer piso acababa de reordenarse el mundo de aquella casa. Carmen lo sabía. Mei también. Y las tres sabíamos que lo de esa tarde no había sido el final de nada, sino exactamente el principio.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(9)

RomiLibre22

increible, de verdad que este relato me atrapo desde el primer parrafo. Bravo!!!

Nati_viajera

La tension desde el principio es perfecta. Por favor continua con una segunda parte, me quedé con muchisimas ganas de saber como sigue

Melina_sur

Ay, ese giro con la criada... no me lo vi venir para nada. Excelente

MatiasC

buenisimo!! me encanto

LunaCba

que morbo tan bien llevado jajaja. Definitivamente uno de mis favoritos de la categoria

Carmencita78

Me encanto como manejaste la dinamica entre los personajes, se siente muy real sin ser forzado. Espero mas relatos así de bien escritos

Vanina_SF

Cuantos capitulos mas podemos esperar? quede con ganas de saber como termina todo esto

NocturnoLector

Lei todo de una sola vez, imposible parar. Muy bien contado, de verdad

Caro_7

el titulo ya me intrigó y el relato cumple con creces. Sigan asi!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.