La cena de empresa terminó con mi jefa en el baño
Bruno me dio un codazo en las costillas y aparté la mirada del vaso de cerveza. Yo escuchaba a medias a dos compañeros que discutían sobre fútbol, sin entrar en la conversación. Mi amigo señaló con la barbilla hacia la puerta del restaurante.
—¿Qué pasa? —murmuré.
—Mira quién acaba de entrar.
Recorrí con los ojos la mesa larga donde cenábamos los veintipico empleados de la empresa. A algunos los conocía bien; a otros no les había dicho ni dos palabras en los cinco meses que llevaba en el puesto. Pero la atención de Bruno no estaba puesta en la mesa, sino en la mujer que avanzaba con una sonrisa demasiado amplia.
—No me jodas... —murmuré para que solo él me oyera.
—El ogro vino a la fiesta —se rio bajito—. Te dije que no estuvo en la última, pero nada más.
—Cabrón. Pensaba que no aparecía.
Carolina, mi jefa, iba saludando a la gente del extremo opuesto de la mesa. Llevaba el pelo rubio cortado al ras de la mandíbula, perfectamente liso, con ese flequillo recto que Bruno y yo llamábamos «casco medieval». Botines altos, vaqueros ajustados y un jersey negro de botones que jamás había visto en la oficina. Allí siempre se ponía blusas anchas que disimulaban su figura.
—¡Pero mira a quién tenemos aquí! —exclamó plantándose detrás de mi silla con las manos en las caderas—. Mi empleado favorito.
Forcé una sonrisa y giré la cabeza para devolverle el saludo.
—¿Qué tal, Carolina? Tenía ganas de venir.
—Y a mí me decías que no apareces nunca a estas cosas —apuntilló Bruno, ganándose una patada por debajo de la mesa.
Me levanté para darle dos besos. El perfume era denso, a flores caras, y al separarme noté el maquillaje espeso y el carmín cargado en unos labios carnosos. Tenía cincuenta y dos años, según decían en la oficina, pero esa noche, sin la armadura de las blusas anchas, parecía otra persona.
—La silla de al lado, ¿libre? —preguntó.
Quise decir que la guardaba para alguien. No me salió.
—Toda tuya.
Arrastró la silla con un chirrido que cortó la conversación de medio restaurante y se sentó. Fue inevitable mirar de reojo cuando se acomodó. Tenía las caderas anchas, el trasero amplio que se desbordaba a los costados de la silla y, sin embargo, una cintura más estrecha de lo que la ropa de oficina dejaba intuir.
—Te ha caído el elefante encima —me susurró Bruno al oído.
—Calla, idiota.
—Lo digo en serio. Para la edad que tiene se conserva muy bien. Va al gimnasio. Tiene unas tetas que ni te cuento.
—Cállate, joder. Como nos oiga.
Carolina hablaba con una compañera del otro lado y no se enteraba de nada. Aproveché para mirarla mejor. La odiaba tanto en el día a día que nunca me había parado a observarla como mujer. Y esa noche, qué duro era reconocerlo, estaba.
—¿Viste el correo del viernes? —me preguntó de pronto, girándose hacia mí.
Casi me atraganto con la cerveza. ¿En serio iba a hablarme del trabajo en una cena de empresa, un sábado por la noche?
—Sí. El lunes a primera hora lo tienes terminado.
—Más te vale, chico —me dio una palmada en el hombro—. Dicen que los de tu generación sois unos vagos, pero tú no.
Sonreí con falsedad mientras pensaba que la zorra esa no se acordaba ni de mi nombre la mitad de las veces.
Cuando se levantó al baño, Bruno se inclinó hacia mí con cara de pícaro.
—Dicen que el marido pasa de ella. Que se vuelca en el trabajo porque en casa no la mira nadie.
—Pues vaya panorama.
—Yo me la follaba —soltó tan tranquilo. Lo miré con la boca abierta—. ¿Qué? Una noche flojita, sí. Las feas son agradecidas.
—Eres asqueroso. Me vas a hacer vomitar la cena.
Nos reímos como dos críos hasta que vimos a Carolina volver desde el fondo del local. Esta vez, sin proponérmelo, la miré entera. Y por primera vez en cinco meses la cabeza me hizo una pregunta incómoda. Bruno no estaba tan equivocado.
***
Sobre las doce salimos del restaurante hacia los bares del pueblo. Hacía un frío seco y la noche era cerrada, sin estrellas, sin luna. La cuadrilla se desperdigó por la calle y yo me pegué a Bruno. Quería poner distancia con Carolina al menos hasta que el alcohol me limpiase la cabeza.
El primer bar al que entramos era un sitio que jamás habría pisado por mi cuenta. La media de edad rondaba los cuarenta y la música era de los noventa. El dueño de la empresa pagó la primera ronda; nadie le iba a decir que no.
A las dos de la mañana ya estaba con el tercer cubata en la mano y la gente empezaba a marcharse. Me acerqué a la barra para pedir el siguiente y, justo cuando levantaba la mano para llamar al camarero, alguien me apretó el costado.
—¿Pides para mí también, chico? —era ella, con los ojos brillantes detrás de las gafas y la lengua un poco trabada.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo que tú.
El bar estaba a reventar. Detrás de nosotros se metió una pandilla de mujeres y nos dejaron atrapados contra la barra. Carolina intentó hacerse hueco a mi lado y, en un empujón, su pecho se aplastó contra mi brazo. No exagero si digo que sentí más carne que tela.
—Échate, anda —me dijo, casi riéndose—. Ponte de lado o vamos a estar así toda la noche.
Le hice caso. Y al ponerme de lado, lo que rozó mi pecho ya no fue un brazo. Sus manos quedaron sueltas; las mías, no tanto. Sin pensarlo, dejé los dedos apoyados en su cintura. Era firme y mucho más estrecha de lo que había imaginado.
Carolina no apartó mi mano. Al revés, se acercó un poco más, y noté el aliento caliente, espeso de alcohol, junto a mi oreja.
—¿Te gusta trabajar conmigo, Iván?
Me había llamado por mi nombre. Dos veces en una sola noche, todo un récord.
—Pues... sí.
—Ya sabía yo.
El camarero llegó en ese momento. Pedimos las copas y dos chupitos que ella añadió por su cuenta. Brindamos con los vasos pequeños, los apuramos de un trago y volví a la mesa con Bruno antes de que la cabeza me hiciera otra pregunta rara.
***
Salí a la calle a fumar con un par de compañeros. El aire me sentó bien después del calor del bar. Justo cuando íbamos a volver, la puerta se abrió y apareció Carolina con un cigarrillo entre los dedos.
—¿Esta es la zona de fumadores, caballeros? —se tambaleó un poco al pisar la acera—. ¡Uy, esta baldosa está suelta!
Bruno se rio con esa risa exagerada de quien sabe llevar a una jefa borracha. Me guiñó un ojo y, al rato, los demás se metieron dentro. Yo me quedé fuera por pura cortesía. No me parecía bien dejarla sola, aunque me apeteciera escapar.
—Cuando entremos te invito a otra —me dijo, soltando el humo hacia arriba.
—Lo último que necesitas es otra copa, Carolina.
—Tengo sed. Y la noche es muy joven. Tan joven como tú —me miró de arriba abajo—. ¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco.
—Madre mía... podrías ser hijo mío. Yo ya estoy en los cincuenta y dos —giró sobre sí misma con sus botines—. Pero me veo bien, ¿verdad?
—Te ves muy bien.
No debí decirlo. O sí. Ya no lo sé.
De vuelta dentro, Carolina pidió otra ronda y se pegó a mi cadera mientras pagaba. Me tendió una copa y, en lugar de soltarme, se quedó allí, hablando con la voz pastosa.
—¿Sabes, Iván? Eres el único de esta panda al que aguanto. Los demás son unos imbéciles. Sé que hablan de mí a mis espaldas.
La confesión me dejó parado. Si la inaguantable era ella.
—Hay gente maja —dije por decir algo.
—Mi marido no me toca desde hace tres años —siguió, como si yo no hubiera hablado—. Tres años, fíjate. El único que me presta atención es mi hijo mayor. La pequeña, ni eso.
Por dentro me dio una pena rara. Levanté la mano y le acaricié la espalda, justo encima del enganche del sujetador, que era enorme. Era un gesto tonto, pero pareció funcionar. Cerró los ojos un instante y se mordió el labio.
—Ven —me cogió de la muñeca con una fuerza inesperada.
—¿Adónde?
—Ven y calla.
Tiró de mí entre la gente, dejando atrás a Bruno y a los demás, y me arrastró por el pasillo hasta los baños. Empujó la puerta del de mujeres y, antes de que pudiera frenarla, me metió de un empujón en uno de los cubículos individuales.
—Carolina, ¿qué haces?
—Cállate. He visto cómo me has mirado toda la noche.
—Yo no...
—El toque en la cintura, la mano en la espalda. No te hagas el tonto.
Me cogió las manos y me las puso sobre su trasero. Era duro, redondo, mucho más firme de lo que cualquiera habría imaginado bajo aquellas blusas de oficina. Sus dedos volaron a los botones del jersey. Uno, dos, tres, y aparecieron unos pechos enormes embutidos en un sujetador negro.
—¿Quieres esto o no? —dijo en un susurro ronco.
—Estás borracha.
—Y tú también. Y los dos sabemos que vamos a hacerlo.
Subió una pierna a la tapa del retrete y se desabrochó el cinturón. Los vaqueros bajaron junto con la braga, y se inclinó hacia delante apoyando las manos en el depósito. El culo, alzado, era una pieza imposible de ignorar.
—Vamos, joder. Que llevo tres años esperando esto.
Mi cabeza decía no. El resto del cuerpo iba muy por delante. Me bajé los pantalones, le sujeté la cintura con una mano y la penetré de una sola embestida. Estaba empapada. Carolina soltó un gemido grave que se confundió con la música del bar.
—Más fuerte... fóllame fuerte.
La embestí una y otra vez sin pensar en nada. Sus pechos se balanceaban hacia delante, su pelo rubio le tapaba media cara y, cuando llevaba apenas un par de minutos, se puso rígida y se corrió temblando contra mí. Fue rápido, brutal, casi irreal.
Cuando salí de ella, antes de que pudiera ofrecerle un papel o un comentario, Carolina se desplomó hacia el inodoro. Le dio una arcada y echó toda la cena por la boca. Me subí los pantalones lo más rápido que pude.
—Te espero fuera.
No me contestó. Solo el ruido del agua y el rugido de su estómago.
***
Carolina volvió al grupo cinco minutos después, blanca como el papel. Bruno me miró extrañado y me preguntó si todo iba bien. Le dije que la última copa la había sentado mal.
—¿La acompañas a casa? —me pidió—. Yo he quedado con Sofía y voy con el tiempo justo.
Después de lo del baño, no podía decir que no.
Salimos a la calle y Carolina se enganchó a mi brazo en silencio. Iba indicándome los giros con monosílabos. Quince minutos más tarde llegamos a un portal viejo del centro.
—Ya estás. Buenas noches.
—Sube un momento. Necesito ayuda.
Subí. El piso era pequeño, con muebles antiguos y olor a cerrado. Me senté en una silla de la cocina mientras ella bebía un vaso de agua de pie.
—¿Y la familia? —pregunté por decir algo.
—Esta no es mi casa —respondió seca—. Era de mis padres.
Salió de la cocina sin más explicación. Volvió un minuto después, descalza, con una braga negra y los pechos al aire. Solo eso. El sujetador y el jersey habían desaparecido por el camino.
—¿De qué? —me preguntó al ver mi cara.
—Pensaba que íbamos a dormir.
—Vamos a seguir con lo del baño. Sácatela.
Era inútil discutir. Y, para qué mentir, tampoco quería discutir. Me bajó los pantalones ella misma y se sentó a horcajadas sobre mí. Empezó a moverse con un ritmo que no parecía propio de una mujer que media hora antes estaba vomitando.
—Dame el cariño que necesito, Iván —me susurró al oído.
Le saqué un pecho del sujetador y se lo metí en la boca. El pezón era grande, oscuro, y se endurecía contra mi lengua. Carolina jadeaba como si llevara años aguantándose. Cayó a plomo, se metió hasta el fondo y volvió a temblar contra mi cuerpo.
—Otro más —pidió levantándose.
La giré contra la mesa de la cocina y la incliné. El golpe seco de mis caderas contra su trasero hizo eco entre las paredes vacías. Le di una palmada en una nalga y otra en la otra, y Carolina se rio como nunca le había oído reírse en la oficina. Una risa de gusto, sucia, sin filtro.
—¿Te gusta así? —le pregunté tirándole del pelo.
—¡Sí, perro, sí!
La llevé al dormitorio cuando vi que ya no podía sostenerse. Una habitación con muebles viejos, un tocador con un espejo manchado, una cama de matrimonio cubierta con una colcha de flores que parecía heredada. Allí la tumbé boca arriba y la cabalgué un poco más, hasta que sentí que los testículos me estallaban.
—Te voy a dar la leche —avisé.
Saqué la polla justo a tiempo y me corrí entre sus pechos, sobre el cuello, en la barbilla. Cuando abrí los ojos para mirar el desastre, Carolina tenía las gafas torcidas y... estaba dormida. Profundamente dormida. La boca medio abierta, la respiración pesada.
Me quedé un segundo así, de rodillas sobre ella, sin saber si reír o salir corriendo. Decidí lo segundo. La tapé con la colcha hasta el cuello, sin limpiarle nada de la cara, y me marché. Que se ocupara ella el lunes.
***
El lunes me costó horrores levantar la cabeza del ordenador. Tenía la sensación de que toda la oficina sabía lo que había pasado, aunque nadie pudiera saberlo. Pasó una hora antes de oír los botines de Carolina por el pasillo enmoquetado.
—Buenos días, Iván.
El tono era distinto. Suave, casi cariñoso. Me sonrió y siguió hacia su despacho como si nada. Por el rabillo del ojo la vi saludar a un par de compañeros, algo que tampoco solía hacer. Antes de cerrar la puerta de su cuartel, se giró.
—Pásate en una hora a mi despacho. Hablamos del informe.
—Claro.
Ni un minuto más, ni un minuto menos. A las once en punto llamé a la puerta y entré. Carolina estaba terminando de teclear algo. Cerró el portátil, se levantó y se apoyó en el borde de la mesa, justo enfrente de la silla en la que ella misma me indicó que me sentase. La suya, no la de los clientes.
—Antes del informe quería hablar del sábado —dijo.
Se me cerró el estómago. No por miedo a una bronca, exactamente. Por miedo a no saber qué quería oír.
—Me encantó el polvo —añadió sin esperar.
—A mí también.
—Bien. Vamos a repetirlo.
Bajó las manos por mi muslo con las uñas pintadas de rojo. Me desabrochó el cinturón con la misma facilidad con la que firmaba un albarán. La verga ya estaba dura cuando salió a saludar.
—Iremos hablando para organizarnos —siguió como si nada—. Necesito a un chico joven que me folle como tú lo haces. ¿Vas a ser tú ese chico, Iván?
—Cómemela y luego te contesto.
Se rio con los labios sobre el glande y se metió toda la polla en la boca. La técnica era la de quien lleva años sin practicar y compensa con ganas. Su lengua trabajaba, su mano subía y bajaba, y antes de un minuto la avisé con un gesto.
—A la boca —ordenó separándose un instante—. Ahí es donde tienes que dármela.
—Eres una guarra, Carolina.
—Tu jefa, querrás decir.
Sacó la lengua y abrió la boca. Le solté tres chorros largos, espesos, que tragó sin protestar. Cogió la botella de agua de la mesa, dio un sorbo y se levantó tan tranquila, alisándose la falda.
—Bonita forma de empezar la semana —dijo—. Vuelta al trabajo.
—Sí, Carolina.
—No. Sí, señora.
—Sí... señora.
Salí con las piernas temblando y el pomo se me resbalaba de la mano. Antes de cruzar el umbral, me llamó otra vez.
—Iván... una cosa más. Antes de irte a casa, pásate y déjame tu número de teléfono. Igual te pido horas extras.