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Relatos Ardientes

La lección que la madura Renata les reservó esa noche

Renata tenía cincuenta y cuatro años y un coño que se negaba a comportarse. No era inocencia lo que la mantenía despierta esas noches, sino el recuerdo preciso de dos hombres que habían pasado por su cama en cuestión de semanas. Andrés, el repartidor de veinticinco años, moreno y callado, que la primera vez llegó temblando y se fue con la polla exprimida y la cara embadurnada de sus jugos. Y Tomás, el fisioterapeuta de treinta y cuatro, formal y de pocas palabras, que escondía bajo su seriedad una verga gruesa y una curiosidad sin fondo.

Cada uno le había dado algo distinto. Andrés, la sorpresa de descubrir que un chico tímido podía aprender rápido cuando alguien le enseñaba sin prisa a follar como Dios manda. Tomás, la satisfacción de desarmar a un hombre que creía tenerlo todo controlado hasta que ella le montaba encima y le apretaba la polla con el coño hasta hacerle suplicar. Los dos la habían dejado agotada, con el semen escurriéndole por los muslos, y sin embargo despierta a las tres de la mañana, pensando en lo único que le faltaba probar: juntarlos y tenerlos a los dos follándola a la vez.

No era una idea nueva. Llevaba días dándole vueltas, calculando, imaginando cómo sería tenerlos a los dos empalmados a su alrededor, una polla en la boca y otra en el coño, cambiando de agujero, compitiendo en silencio por quién la hacía correrse más veces. Ella dirigiendo cada embestida como una maestra frente a dos alumnos aplicados con la verga tiesa.

Era jueves. Renata se sirvió una copa de vino de Jerez y se acomodó en el sofá amplio de su piso de Ruzafa, en Valencia. El kimono de seda negra le caía abierto sobre los hombros, dejando ver un pecho lleno y el pezón ya endurecido de solo pensarlo. Sacó el móvil y, con una sonrisa de medio lado, creó un grupo nuevo. Lo tituló «Clases particulares». Añadió los dos números que había guardado con cuidado después de cada polvo.

Escribió despacio, midiendo cada palabra para que sonara a invitación y a desafío al mismo tiempo.

«Mis queridos alumnos. Os he echado de menos a los dos por separado, pero hay una lección que solo puedo daros juntos, con las dos pollas empalmadas y las ganas de portaros mal. El viernes que viene, a las ocho, en mi casa. Venid con ganas de follar hasta el amanecer. Nada de celos: aquí solo mandan mi coño y mi boca, y aquí mando yo.»

La respuesta de Andrés llegó casi de inmediato.

—Joder, Renata… ¿los dos? Nunca he follado con otro tío delante. Pero contigo, lo que sea. Se me ha puesto dura solo de leerlo. Allí estaré.

Tomás tardó un poco más, fiel a su costumbre de pensarlo todo.

—Suena a fantasía sucia. Cuenta conmigo. Tengo curiosidad por ver hasta dónde llega esa boca tuya con dos vergas para atender.

Renata bebió otro sorbo y dejó el móvil sobre la mesa. Se pasó dos dedos entre las piernas y se los llevó a la boca. Perfecto, pensó. Los tengo a los dos empalmados desde ya.

***

La semana se hizo larga. En el grupo, los mensajes subían de temperatura cada noche. Renata mandaba fotos sugerentes que no enseñaban demasiado pero prometían todo: un hombro desnudo, la curva de la espalda, la sombra de un escote donde asomaba un pezón, el reflejo en el espejo de una nalga rotunda. Andrés respondía con su entusiasmo torpe y sincero y una foto de su polla dura contra el vaquero; Tomás, con frases medidas y, una noche, una imagen en blanco y negro de su verga en la mano, gruesa y venosa, con la punta brillando. La anticipación se acumulaba como una tormenta a punto de romper.

El viernes, Renata preparó la casa con calma. Velas repartidas por el salón, música de jazz bajita, las sábanas de satén tendidas en la cama grande. Dejó en la mesilla aceite, una toalla, un tarro de lubricante y poco más; no necesitaba accesorios para lo que tenía en mente, dos pollas ya eran suficiente juguete. Se duchó sin prisa, se afeitó el coño hasta dejarlo liso, se perfumó con vainilla y eligió un camisón fino que se ajustaba a sus caderas anchas y dejaba adivinar el resto. Llevaba el pelo rojo corto, revuelto a propósito, y apenas una sombra de maquillaje para resaltar los ojos verdes. Debajo, nada.

El timbre sonó a las ocho en punto. Abrió la puerta y allí estaban los dos, uno al lado del otro, midiéndose con la mirada. Andrés, con vaqueros y camiseta blanca que marcaba su cuerpo de chico que trabajaba con el cuerpo y un bulto que ya se le notaba. Tomás, más formal, camisa oscura y porte de hombre acostumbrado a entrar despacio en todas partes, con el pantalón tenso a la altura de la bragueta. Por un segundo la tensión entre ellos fue evidente.

—Mis chicos —dijo Renata, rompiendo el hielo con una risa cálida—. Pasad. Aquí no hay sitio para la timidez. Esta noche sois mis alumnos, y los dos vais a acabar con las pelotas vacías.

Los llevó al salón, sirvió tres copas y se sentó entre ellos. Apoyó una mano en la rodilla de cada uno y, sin dejar de sonreír, las fue subiendo hasta cerrar los dedos sobre sus paquetes, apretando con firmeza. Los notó a los dos duros bajo la tela, marcando el territorio sin disimulo.

—Primera lección: aprender a compartir —dijo—. Quiero que cada uno me bese mientras el otro mira. Andrés, tú primero.

El chico se acercó despacio y la besó, con esa intensidad insegura que a ella le encantaba, metiéndole la lengua hasta el fondo. Su mano subió por el camisón y se cerró sobre uno de sus pechos, pellizcándole el pezón con una delicadeza que delataba lo nervioso que estaba. Renata gimió contra su boca y notó cómo se le empapaba el coño. Tomás los observaba sin moverse, la copa olvidada en la mano y una mano apretándose la verga sobre el pantalón.

—Ahora tú —dijo ella, girándose.

Tomás la besó distinto: más lento, más seguro, su barba recortada raspándole la mejilla mientras la mano bajaba sin pedir permiso, se colaba bajo el camisón y le abría los labios del coño con dos dedos. La encontró chorreando y sonrió contra su boca. No tenía la prisa de Andrés; tenía la paciencia del que sabe que va a follar de todos modos. Metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos despacio dentro de ella. Renata se arqueó y, por el rabillo del ojo, vio cómo el chico tragaba saliva y se agarraba la polla por encima del vaquero.

—Muy bien —murmuró, separándose con los dedos de Tomás todavía dentro—. Sois buenos alumnos. Pero esto era solo el calentamiento. Vamos a la habitación, que aquí ya se me ha mojado el sofá.

***

Se levantó y los guio hacia el dormitorio sin soltarles la mano, restregándose contra los dos por el pasillo. Una vez dentro, dejó caer el camisón al suelo y se quedó frente a ellos completamente desnuda, sin pudor, disfrutando del modo en que la miraban. Tetas pesadas y llenas, pezones oscuros y erectos, caderas anchas, el coño depilado brillando de humedad. Había aprendido hacía años que la edad no le quitaba poder, sino que se lo daba. Cada arruga, cada curva, era una prueba de todo lo que sabía hacer con una polla en la mano.

—Quitaos la ropa. Ya —ordenó, y se sentó en el borde de la cama a mirar, abriendo las piernas para que vieran lo mojada que estaba.

Obedecieron sin discutir. Andrés se desvistió rápido, con la torpeza del que todavía no se cree del todo lo que está pasando; cuando bajó los calzoncillos, la polla le saltó dura contra el vientre, larga y morena, con una gota transparente ya asomando por la punta. Tomás se tomó su tiempo, doblando la camisa como si quisiera demostrar que nada lo descomponía, aunque su verga decía lo contrario: cuando salió del bóxer, gruesa, venosa y con el capullo brillante, hasta a Renata se le escapó un suspiro.

—Joder, mis niños, qué bien equipados venís los dos —murmuró, lamiéndose los labios—. Acercaos. Los dos. A mi boca.

—Segunda lección —dijo Renata, arrodillándose en la alfombra entre los dos—. Atención repartida. Voy a chupároslas a la vez, y quiero que aprendáis a esperar vuestro turno sin quejaros.

Tomó una verga con cada mano y empezó despacio, alternando la boca entre ellas, mirándolos hacia arriba con esa expresión que los desarmaba. Se metió primero la de Andrés hasta la garganta, tragándosela entera hasta que el chico gimió y le tembló las piernas; con la otra mano seguía masturbando a Tomás, apretándole la base con firmeza. Después cambió: chupó a Tomás mientras pajeaba a Andrés, pasándole la lengua por las venas gruesas, deteniéndose en el capullo hinchado, escupiendo saliva sobre la polla para que el puño resbalara mejor.

—Abrid las piernas —les ordenó entre lametones—. Quiero mamaros los huevos también.

Los obedecieron, y Renata les fue chupando los testículos uno a uno, mientras seguía masturbándolos. Andrés gemía sin contenerse, las manos perdidas en su pelo rojo, empujándole la cabeza contra su polla. Tomás aguantaba en silencio, la mandíbula apretada, hasta que también él se rindió a un gruñido ronco y le agarró la nuca para follarle la boca a un ritmo lento y profundo. Ninguno tocaba al otro; todo el foco estaba en ella, y ella lo sabía. Juntó las dos vergas y se las metió en la boca a la vez, con los capullos rozándose, sacando la lengua entre ellas.

—Eres increíble, Renata —dijo Andrés con la voz quebrada—. Se me va a salir.

—Ni se te ocurra correrte todavía —contestó ella, apartándose y dándole una palmada en el muslo—. Lo sé. Por eso estáis aquí. Y no habéis empezado ni a follarme.

***

La tercera lección la dio tumbada en la cama, con las piernas bien abiertas y los dos hombres atendiéndola a la vez, uno con la cabeza entre sus muslos y el otro a su lado chupándole las tetas. Tomás fue el que se puso abajo: le abrió los labios del coño con los dedos y empezó a comérselo con calma, con lametones largos que iban del culo al clítoris, chupando y succionando, metiendo la lengua todo lo que podía. Andrés, mientras tanto, le mordisqueaba los pezones y le apretaba las tetas con las dos manos, empujándoselas contra la cara.

Renata dirigía con voz ronca, indicando dónde, cómo, cuánto. Cerró los ojos y se dejó llevar por la doble sensación, una mano agarrada a las sábanas y la otra a la cabeza de Tomás, empujándole la cara contra su coño.

—Más despacio… así… métemela más adentro… no paréis, joder —pedía, y ellos obedecían como si en eso les fuera la vida.

Tomás le clavó dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Andrés se subió a horcajadas sobre su pecho y le metió la polla dura entre las dos tetas, apretándolas con las manos para hacerse una paja rusa mientras ella sacaba la lengua para lamerle el capullo cada vez que se lo acercaba a la cara.

El primer orgasmo le llegó en una ola larga que la dejó temblando, con el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Tomás y las caderas embistiéndole la cara. Gritó y les mordió los labios a los dos. No la dejaron descansar. Cambiaron de posición, intercambiaron lugares: ahora Andrés se metió entre sus piernas y, sin previo aviso, la penetró de una embestida hasta el fondo. Renata soltó un gemido gutural mientras Tomás le arrimaba la verga a la boca y ella se la tragaba entera, gimiendo con la polla del chico martillándole el coño.

—Así, follármelo bien, chaval —ronroneaba con la boca llena—. Rómpeme el coño.

Andrés la embestía rápido, con la torpeza inicial ya olvidada, agarrándole las caderas y hundiéndose hasta las pelotas cada vez. Tomás le follaba la boca al mismo tiempo, tirándole del pelo, hasta que la hizo correrse por segunda vez, gritando los dos nombres mezclados con la verga todavía en los labios.

—Buenos alumnos —jadeó, incorporándose con una sonrisa exhausta y un hilo de saliva en la barbilla—. Pero la lección más difícil viene ahora. Vais a follarme los dos a la vez.

Los colocó con la misma seguridad con la que daría una clase: a Tomás tumbado bocarriba, a ella misma encima de él, empalándose despacio sobre esa verga gruesa hasta que la sintió entera dentro. Se agachó, ofreciendo la espalda, el culo en pompa. A Andrés le pasó el tarro de lubricante.

—Prepárame el culo, cariño. Con dos dedos primero. Ya sabes que a mí no me da miedo.

El chico obedeció temblando de excitación. Se echó lubricante en los dedos y le fue abriendo el ojete despacio, primero uno, luego dos, mientras ella seguía moviéndose sobre la polla de Tomás. Cuando lo tuvo listo, se colocó detrás y le apoyó el capullo contra el culo.

—Métemela toda. Sin cortarte —le ordenó ella, mirándolo por encima del hombro.

Andrés empujó, y Renata soltó un gemido ronco cuando sintió las dos vergas dentro a la vez, una en el coño y otra en el culo, apenas separadas por una fina pared de carne. La sensación de estar completamente ocupada, de tenerlos a ambos empalándola a la vez, la hizo perder por un momento el control que tanto le gustaba ejercer. Pero solo un momento.

—Así, los dos a la vez —ordenó entre jadeos—. Despacio al principio. Aprended a llevar el mismo ritmo. Cuando uno saca, el otro entra. Eso es… así, joder, así.

Tardaron en coordinarse. Andrés se adelantaba por nervios, Tomás se contenía por orgullo, y entre los dos fueron encontrando un compás que los sorprendió a ellos mismos. Renata los guiaba con la voz, con las caderas, con esa autoridad que no admitía réplica. Sudaban los tres, la habitación olía a vainilla, a sudor, a coño mojado y a piel caliente, y el jazz seguía sonando de fondo, indiferente al chapoteo obsceno de las dos pollas entrando y saliendo de ella.

Cambiaron de postura varias veces. La pusieron a cuatro patas, se turnaron el coño y el culo, la doblaron sobre el borde de la cama y la follaron de pie. Ella prolongaba cada una, exprimiendo hasta la última gota de sensación, chupándole la verga a uno recién sacada del coño mientras el otro le seguía embistiendo por detrás, hasta que se corrió de nuevo, contrayéndose con tanta fuerza que casi les exprime las pollas, arrancándoles un gemido a los dos al mismo tiempo.

***

—Última lección —anunció Renata, al borde del agotamiento pero todavía al mando, con el coño chorreando lubricante y saliva por los muslos—. Quiero veros correros a la vez. En mi cara y en mis tetas. Os he enseñado a esperar. Ahora os doy permiso. Vaciádmelo todo encima.

Se arrodilló en el suelo, frente a los dos, con la barbilla en alto, la boca abierta y los ojos brillantes. Les agarró las vergas, una en cada mano, y empezó a masturbarlos rápido, apretando la base y sacudiéndolas al mismo tiempo, sacando la lengua para lamer los capullos alternadamente.

—Vamos, mis niños, dádmelo. Correros bien, quiero probaros a los dos.

Andrés fue el primero en rendirse, dejándose ir con un gemido largo que llevaba acumulando toda la noche. El primer chorro le salpicó la mejilla y el labio, el segundo le cayó sobre los pechos, el tercero le llenó la boca cuando ella se la metió a tiempo, tragando lo que pudo. Tomás aguantó unos segundos más, el cuerpo tenso, la mandíbula apretada, antes de seguirlo con un gruñido que le salió desde el fondo y descargarle en la lengua y la barbilla, un chorro grueso que le resbaló hasta el cuello y le goteó entre las tetas. Renata los recibió sin apartar la mirada, mezclando el semen de los dos en la boca, mostrándoselo antes de tragar, disfrutando del poder de haberlos llevado a los dos hasta ese punto exacto.

Se pasó dos dedos por la cara, recogiendo lo que le había quedado, y se los llevó a la boca sin dejar de sonreírles.

Luego se dejó caer sobre la cama, entre los dos cuerpos sudorosos, y los atrajo hacia ella. La lujuria se había vuelto, de pronto, una ternura cansada. Andrés apoyó la cabeza en su hombro; Tomás, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad y le pasó un dedo por el cuello, limpiándole un resto de semen.

—Habéis aprobado los dos —dijo Renata, acariciándoles el pelo—. Vuestro primer trío, y me habéis dejado el coño y el culo temblando. Así se folla a esta profesora.

—¿Habrá más clases? —preguntó Andrés, casi sin aliento, con la polla todavía a medio bajar contra su muslo.

Ella se rió, esa risa grave que los había conquistado a los dos por separado y que ahora los tenía a los dos a la vez, agotados y ya pensando en la próxima.

—Mientras tengáis ganas de aprender y las pelotas llenas —respondió, apretándoles las vergas blandas con cariño—, yo siempre tendré algo sucio que enseñaros.

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Comentarios(4)

Charly_Cba

excelente, una de las mejores que lei en mucho tiempo!!!

Beatriz_Cba

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. El final me dejo pensando jaja

MiguelDV

Me recordo algo que me paso hace años y lo revivi leyendo esto. Muy bien narrado.

LecturaNocturna_r

Esto es ficcion o es real? Porque se siente muy autentico y los personajes son creibles.

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