La noche que mi profesora de baile me dijo que sí
En mis años más jóvenes estuve enredado con una profesora de baile. Yo rondaba los veinticinco, ella andaba por los treinta y ocho, y tenía el mejor cuerpo que había visto hasta entonces. Daniela era bajita, de mandíbula marcada, labios gruesos, ojos enormes y una melena cobriza que le caía hasta la mitad de la espalda. No era la mujer más guapa del mundo, pero tenía un trasero redondo y firme que parecía esculpido, acompañado de unas piernas fuertes que, cada vez que se enfundaba un vestido corto y unos tacones, me provocaban un cosquilleo imposible de ignorar.
No exagero si digo que aquel cuerpo era una obra de arte. Cuando la veías de perfil, la curva era casi perfecta. Y cuando se tumbaba desnuda sobre la cama, yo me quedaba mirándola un buen rato, incapaz de dejar de acariciarla. Me tenía completamente loco.
Daniela era cariñosa, demasiado intensa a veces, al borde de lo agotador. Le gustaba el drama más que comer con las manos. Aun así, lo nuestro funcionaba en la cama como pocas cosas en mi vida han funcionado.
La había conocido en una fiesta de fin de curso de su academia. Esa misma noche la abordé, y desde entonces nos veíamos cada pocos días sin ningún tipo de etiqueta. Era una fantasía hecha realidad: le gustaba exactamente lo mismo que a mí. Le encantaba que le tirara del pelo, que le susurrara guarradas al oído, que le diera un buen azote en las nalgas, que la sujetara del cuello con firmeza. Lo pedía ella, con nombre y apellido, antes incluso de que yo me decidiera.
Pero había un territorio vedado. No había manera de entrar por detrás. Decía que no, que eso no se lo daba a cualquiera, que estaba cansada de que todos los hombres que pasaban por su cama se obsesionaran con lo mismo.
Normal, con ese culo es lo primero que le pide el cuerpo a cualquiera, pensaba yo.
Me contó que había tenido solo dos relaciones largas. El primer novio nunca le insistió con el tema, y a mí me costaba entenderlo. El segundo, en cambio, había sido un manipulador que la presionó hasta hartarla, y que terminó engañándola con la excusa de que «ella no le daba lo que él necesitaba». Después de eso, Daniela había levantado un muro. Y yo, por mucho que la deseara, no pensaba comportarme como ese imbécil.
—No te lo voy a pedir más —le dije una tarde—. Si algún día quieres, lo sabré. Y si no, también.
Ella me miró, sorprendida, y me besó largo.
***
Pasaron los meses. Disfruté de ella como un animal, pero el último límite seguía intacto. Hasta que un día Daniela me dijo que no podía seguir viéndome.
—Siento cosas por ti —me confesó—, y sé que tú no las sientes igual. No me hace bien seguir con esto.
Tenía razón, y yo lo sabía. Aun así, me dio rabia. Aquel festín se terminaba y me quedaba con la espina clavada de lo que nunca llegó a pasar.
Seguimos hablando de vez en cuando, pero ella ponía siempre un poco de distancia cuando notaba que yo me ponía tierno.
—Mateo, no seas cabrón —me escribía—. Sabes que me cuesta tenerte cerca.
—No pasa nada por que me pase una tarde por tu casa —contestaba yo.
—No insistas, por favor. Ya es bastante duro.
La muy testaruda resistía, y en el fondo eso me gustaba.
***
Una noche salí de fiesta con unos amigos. Sabía que Daniela había quedado con una antigua alumna suya, una tal Aitana que se había mudado a otra ciudad y volvía al pueblo a celebrar su cumpleaños. Aitana era de las que coleccionaban madrugadas y desconocidos, justo lo contrario de Daniela, que detestaba esos ambientes. Me extrañó que hubiera aceptado la invitación.
A eso de las cuatro de la mañana, cuando me despedí de mis amigos, decidí volver a casa por una ruta que, casualmente, pasaba por la zona donde sabía que podrían estar. No voy a mentir: tenía ganas de cruzármela.
Y me la crucé. A lo lejos vi una melena roja y un vestido azul que reconocería entre mil. Aceleré el paso hasta ponerme a su altura y los saludé. Aitana me recibió con un entusiasmo exagerado; me había tirado los tejos durante años. Daniela, en cambio, se soltó del brazo de un tipo alto y desgarbado que la acompañaba y se abalanzó sobre mí para abrazarme.
—¡Mateoooo! —rio contra mi cuello.
Olía a perfume y a un par de copas de más, pero estaba perfectamente lúcida. Me reconoció al instante, recordaba cada detalle de la noche, bromeaba con una agudeza que ninguna borrachera permite. Solo estaba contenta, suelta, sin el muro de siempre.
—Estás guapísima —le dije.
—Y tú estás como siempre, que es peor —contestó, mordiéndose el labio—. ¿Sabes lo difícil que es no pensar en ti?
El tipo desgarbado le propuso seguir la fiesta. Daniela ni lo miró.
—Creo que por hoy he tenido bastante —dijo—. Mateo me acompaña a casa.
—¿Seguro? —le pregunté en voz baja, buscando sus ojos—. Si quieres, te dejo en el portal y me voy.
Su mano se deslizó sin disimulo hasta mi cintura.
—No quiero que te vayas —murmuró—. Llevo meses portándome bien. Estoy cansada de portarme bien.
Aitana nos miraba alucinada.
—Bueno, pareja, cuidaos —dijo, resignada.
***
Paramos un taxi y le di la dirección de Daniela sin pensarlo.
—Mira que te la sabes de memoria, ¿eh? —rio ella, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Después de tanto tiempo, es lo mínimo.
En el portal me detuvo con una mano en el pecho.
—Si subes, ya sabes lo que va a pasar.
—Lo sé perfectamente. Por eso te lo pregunto: ¿quieres que pase?
Me miró un segundo largo, como midiendo cada palabra que iba a decir. Después sonrió.
—Sube de una vez.
Subimos en el ascensor comiéndonos la boca. Para cuando se abrió la puerta del rellano, yo ya tenía una erección imposible de disimular, y ella se rio mientras me la apretaba por encima del pantalón.
—Esto sí que lo echaba de menos —dijo.
Entramos, se quitó el vestido con dos movimientos y se quedó en tacones, sonriendo desde la puerta del dormitorio. Estaba espectacular.
Me abalancé sobre ella y la levanté en brazos hasta la cama. La penetré despacio, mirándola a los ojos, y Daniela gimió mucho más fuerte de lo habitual. Estaba excitadísima.
—Más fuerte —pidió, clavándome las uñas en la espalda—. No te contengas.
La sujeté del cuello con la firmeza que sabía que le gustaba y empecé a embestir con ganas. En menos de un minuto le sobrevino un orgasmo que le hizo cerrar las piernas alrededor de mi cuerpo.
—Joder, qué bien me conoces —jadeó.
—Toda tuya —respondí—. ¿Eres mía esta noche?
—Esta noche soy tuya.
***
La giré, le agarré el pelo y embestí de nuevo, más lento, más profundo. El sonido de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación como una melodía. Le di un par de azotes que ella respondió con un gemido cada vez más alto, hundiendo la cara en la almohada para gritar a gusto. Otro orgasmo la recorrió de arriba abajo.
Saqué la polla, empapada, y la deslicé despacio por la curva de su trasero, sin entrar. Ella se tensó un instante.
—Mateo… —dijo, girando la cabeza.
—Tranquila, no hago nada que no quieras —contesté, y me detuve de verdad—. Solo dímelo y paro.
Se quedó callada unos segundos, respirando agitada. Después, para mi sorpresa, alargó la mano hacia la mesilla y me tendió el lubricante.
—Despacio —susurró—. Hace muchísimo que no… y solo porque eres tú.
Se me cortó la respiración. Llevaba meses imaginando ese momento y, ahora que llegaba, lo último que quería era estropearlo.
—Si te duele, me dices y paro al instante —le prometí—. Lo digo en serio.
—Lo sé. Por eso lo hago contigo.
Antes de nada, agarré el pequeño vibrador que guardaba en la mesilla, lo unté bien y empecé a prepararla con una paciencia que no sabía que tenía. Mientras tanto, su propia mano bajó hacia el clítoris y su cadera empezó a buscarme, a abrirse poco a poco. La escuché relajarse, soltar un gemido distinto, más hondo.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sigue… —respondió—. No pares ahora.
Retiré el juguete, me unté con cuidado y empecé a entrar milímetro a milímetro. Su cuerpo me abrazaba apretado, caliente. Daniela protestaba entre dientes, pero no soltaba su clítoris, y cada vez que yo me detenía era ella la que empujaba hacia atrás buscándome.
—Por fin —murmuré, sin poder creérmelo—. Despacio, mi amor, tú marcas el ritmo.
—Me gusta… —jadeó, sorprendida de sí misma—. No me esperaba que me gustara.
Empecé a moverme lento, sin pausa, sin desviar la mirada de mi polla desapareciendo en aquella curva perfecta. No quería terminar todavía. Respiré hondo varias veces para aguantar, porque la sensación era demasiado intensa. Daniela movía la cadera al compás de la mía, gimiendo de una forma que no le había escuchado nunca.
—No aguanto mucho más —confesé.
—Córrete —dijo ella—. Quiero notarlo.
Aceleré poco a poco, atento siempre a sus gemidos, que subían sin pizca de dolor, solo placer. Cuando sentí que ya no podía contenerme, me hundí hasta el fondo, la sujeté de las caderas y terminé con un gruñido que se me escapó de lo más hondo. Daniela soltó un gemido largo y se dejó caer de lado sobre la cama, riéndose, agotada y satisfecha.
—Estás como una cabra —dijo entre risas, todavía recuperando el aliento—. No me puedo creer que lo hayamos hecho.
—Yo tampoco —admití, tumbándome a su lado—. Y no por lo que crees. Por cómo lo hemos hecho.
Me miró y, por una vez, no había muro detrás de sus ojos.
***
Aquella madrugada nos quedamos despiertos hablando hasta que la luz empezó a colarse por la persiana. Lo hicimos un par de veces más, sin prisa, y en uno de esos ratos, con apenas un movimiento tranquilo y sin tocarse, le sobrevino un orgasmo que la dejó temblando.
—¿Te has corrido así, sin más? —pregunté, incrédulo.
—No puedo evitarlo contigo —rio, tapándose la cara—. Y eso me da rabia.
Para cuando salí de su casa, a media mañana, los dos sabíamos que aquello había sido una despedida. Una despedida en condiciones, eso sí.
No volvimos a acostarnos. Unos meses después, Daniela empezó a salir con un chico, y con el tiempo formaron una familia. Me alegré por ella de verdad. Pero confieso que, cada vez que recuerdo aquella última madrugada —la forma en que dejó de resistirse, la confianza con la que me entregó lo único que nunca le había dado a nadie—, entiendo que tuve mucha más suerte de la que merecía.
Un cuerpo como aquel se cruza en la vida una sola vez. Y una noche así, también.





