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Relatos Ardientes

El deseo oculto de mi amigo y su mujer madura

A Bruno y Nadia los conocí poco después de mudarme a Málaga, por ser amigos de unos amigos. Formaban la pareja perfecta, de esas que llevan juntas desde siempre y siguen mirándose como el primer día. Ninguno pasaba de los cuarenta y cinco, ella un poco más joven que él. Antes de que yo apareciera, la gente de su entorno ya tenía apodos para ambos: a ella la llamaban «la Ferrari», la de las curvas peligrosas; a él, «el consentidor», y no en mal sentido, sino por lo mucho que le aguantaba a su mujer y por su incapacidad para decirle que no. Y si alguna vez decía que no, ella lo engatusaba hasta que acababa diciendo que sí.

Ninguno de los dos bebía ni fumaba. Deportistas natos, de gimnasio diario. Nadia rozaba los cuarenta pero aparentaba treinta y cinco como mucho: melena ondulada castaña, ojos color avellana, alta, con un cuerpo que detenía conversaciones cuando entraba en una sala. Era tanta mujer que asustaba a los hombres; nadie se atrevía a acercarse demasiado. Yo siempre mantuve las distancias con ella, aunque con Bruno me llevé bien desde el principio y, cuando no andaba de viaje, solíamos jugar mucho al pádel.

Al volver de un largo viaje por el sudeste asiático, alguien me comentó de pasada que se rumoreaba una separación. Me costó creerlo. Decían que podía ser tema de cuernos, pero nadie aclaraba de quién hacia quién. No hice mucho caso —los rumores en ese grupo eran como el teléfono escacharrado—, hasta que supe que Bruno se había mudado a un piso que el matrimonio solía tener alquilado. Eso ya era más que un simple bache.

En cuanto se enteró de que había vuelto, Bruno me llamó. Iba de vacilón, como siempre, y quería que jugáramos un partido. Durante días me mandó audios con cacareos de gallina para picarme, porque era muy bueno con la pala y solía ganarme. Quedamos un miércoles. Quise sumar a dos más, pero él insistió en jugar a solas conmigo.

Estaba claro que venía a darme una paliza, así que me sorprendió ganarle de calle. Lo vi más delgado, ojeroso, con mala cara. Le gané con tanta facilidad que terminé preguntándole qué le pasaba. La conversación tomó unos derroteros que no esperaba.

—O me has dejado ganar, cosa que dudo, o estás muy jodido —le dije.

—Eres adivino. Muy jodido.

—Lo siento de veras. Si puedo ayudarte en algo, solo tienes que decírmelo.

—Es un problema gordo con Nadia. Nos estamos dando un tiempo.

—¿Y de quién fue la decisión? —pregunté.

—De ella. Por culpa de un vicio mío, llamémoslo así.

—No me imagino qué vicio. No bebes, no juegas, no te conozco adicciones.

—Es algo más… escabroso —dijo, y bajó la mirada.

No quiso hablar en un sitio público, así que fuimos a su piso. Allí me contó su «adicción», que para mí no lo era en absoluto. Llevaba tiempo metido en foros y páginas de relatos de cornudos. Se escribía con otros hombres en su misma situación y, con cuatro de ellos en concreto, se había ido de la lengua. Sin dar nombres ni datos que los identificaran, eso sí.

El problema estalló cuando a Nadia se le estropeó el ordenador y cogió el portátil de él para teletrabajar. Encontró una carpeta con su nombre, repleta de fotos suyas, algunas con permiso y muchas tomadas a escondidas. Pero lo que de verdad la enfureció fueron las conversaciones, donde Bruno compartía esas fotos y daba detalles íntimos. A uno de Bilbao le había escrito cosas como que, en la cama, a su mujer le gustaba absolutamente todo, que era una fanática del sexo anal y que nadie hacía las cosas como ella.

Recordé entonces una cena en la que Nadia había despotricado contra la manía de los hombres de quererlo hacer siempre por detrás, lo que me hizo suponer —erróneamente, por lo visto— que ella no lo practicaba. Salvo que Bruno se estuviera marcando un farol.

—Pues ahora entiendo lo que os pasa —le dije—. Pero seguro que tiene solución. Sois un matrimonio muy compenetrado.

—Otra vez me dejas descolocado, Marcos. Creí que me llamarías depravado o salido. Y, en cambio, lo ves casi normal.

—Ni eres el primero ni serás el último al que le pasa. Cada cual vive su sexualidad como quiere. Si los dos estáis de acuerdo, nadie tiene por qué entrometerse.

—Pues, ya que lo ves tan natural… Nadia ha puesto una condición para arreglarlo. Dice que volvemos, pero que yo me la tengo que poner. Ya me entiendes.

—Le diría a ella y a ti que a mí no se me usa como venganza.

—No es una venganza. O, si lo es, no como tú lo entiendes. Me cuesta explicarlo. La idea de que alguien conocido se la… no me molesta. Al contrario. Me veo como cornudo. Lo deseo.

—Por curiosidad, ¿cómo te imaginas? ¿Qué clase de cornudo quieres ser? Veo que has leído mucho del tema.

—Como lo quiera ella. ¿Tú cómo me ves?

—Eso solo lo sabrás tú el día que te estrenes —respondí.

—¿Aceptas el reto, entonces? Reto, no venganza. Si te decides, quedamos los tres cuando quieras.

—Para el carro. Si lo acepto, que aún no lo sé, igual tú ni estás presente. Y, para comprobar cuánto hay de verdad en lo que me cuentas, este fin de semana os venís a mi casa del campo. El Málaga juega fuera; veis el partido allí.

***

El sábado se juntaron en mi casa seis parejas, dos hombres solos y yo. Todos hablaban de fútbol, también las mujeres. Cuando la discusión se calentaba, llegaron Bruno y Nadia y se sumaron enseguida. El debate iba sobre quién ponía más a parir a los dueños del club. Mi única aportación fue decir que, si tanto les disgustaban los propietarios, que les compraran las acciones y listo. Por lo visto eso lo decía siempre Nadia, y me acusaron de estar compinchado con ella.

La relación de Nadia con las otras mujeres era correcta, pero no la tragaban, y ese día menos. Iba tremendamente atractiva: un escote de vértigo y una falda que, sin ser corta, dejaba ver dos piernas espectaculares que terminaban en unos muslos firmes y tonificados. En cuanto arrancó el partido, le dije que quería enseñarle una radio antigua que había traído de Asia.

Le interesó, porque ella también coleccionaba. Era la pieza más grande de mi colección, con más de cien años. Subimos a la planta de arriba, donde tengo las radios en una sala amplia que se abre a la escalera. Desde la barandilla se ve buena parte del salón de abajo, justo la zona donde todos miraban el partido.

Después de hablar un rato de la radio, solté el primer dardo.

—Me hace gracia lo bien que disimulas con las de abajo.

—No les aguanto ese aire de superioridad —contestó, apoyándose en la barandilla.

Bruno, al ver cuánta gente había, me había aconsejado esperar a otro momento. Pero, con ella así, a mi lado, no quise aguardar.

—Ya me ha contado Bruno lo que queréis. Lo que tú quieres.

Nadia se sorprendió solo un segundo.

—No le hagas caso, es una locura suya. Le seguiremos el juego para darle celos, pero sin que pase nada, ya verás cómo se le pasa —dijo, sin el menor convencimiento.

Yo había leído la verdad en los ojos de Bruno; en los de ella, todavía más. Sin más preámbulo, pasé la mano por su trasero, que, apoyado en la barandilla, quedaba ofrecido.

—Marcos, por favor, esto no está bien —murmuró. Pero ni me apartó la mano ni se movió.

Las luces de arriba estaban más tenues que las de abajo; nos camuflaban bien. Mi mano bajó por sus piernas y descubrí que llevaba medias. Al notar la piel desnuda por encima del borde, se me aceleró el pulso. Ella separó un poco los muslos. Cuando llegué a la unión, encontré un tanga que me costó apartar.

—No sigas, para, que me daría mucha pena que nos vieran… no… —susurraba.

Pero aquel último «no», arrastrado, tenía una entonación que decía justo lo contrario. Su respiración se aceleraba a medida que mis dedos jugaban entre sus piernas. El tanga acabó en el suelo y ella movía las caderas al ritmo que yo marcaba.

De pronto se irguió, se dio la vuelta y, con los ojos encendidos, me desabrochó el cinturón y el pantalón con prisa. Cuando me tuvo en la mano, soltó un gemido ahogado. Se levantó la falda sin soltarme y se colocó mi miembro contra el clítoris, frotándose adelante y atrás. Estaba masturbándose conmigo, y en segundos se corrió mordiéndome el hombro para no gritar.

Se quedó con las piernas temblando. No quise desaprovechar el momento: la cogí en brazos y la senté en una mesa grande que hay en esa sala. Mientras resoplaba, recuperándose, hundí la cabeza entre sus muslos. Al sentir mi lengua, recuperó al instante esa respiración entrecortada.

Era increíble la facilidad con que se encendía. Las mujeres que se dejan llevar así por su cuerpo son las mejores, y ella lo hacía sin esfuerzo. Cuando la noté al límite, me aparté de su sexo y me dediqué a besar y lamer sus muslos solo para hacerla rabiar. Tiraba de mi pelo hacia arriba, diciéndome que tenía una lengua mágica, que no parara.

Después de torturarla un poco, volví a su clítoris. Lo atrapé entre los labios y lo acaricié con la punta de la lengua. Su cuerpo se sacudía como si lo recorrieran descargas. Sabía que se estaba conteniendo, pero el orgasmo le estalló de golpe y me apretó la cabeza con los muslos.

Me pidió que le follara la boca. Sin moverla de la mesa, lo hice. Bruno se había quedado corto: mamaba con verdadera maestría. Desde abajo se oía que el primer tiempo estaba por terminar. No aguanté más y le llené la boca. Nadia se lo guardó todo… o eso pensé, porque no despegó los labios. Supuse que iría al baño a escupir.

Le indiqué dónde había uno cerca, pero bajó corriendo en dirección contraria. Fue derecha hacia su marido, que ya estaba de pie, y le plantó un beso de película. Algunos se rieron diciendo que aquello sí era amor. Bruno, al que yo veía desde la barandilla, se quedó con cara de pasmo cuando entendió lo que su mujer le acababa de pasar de boca a boca. La miraba sin creérselo.

Terminó el partido. Su gesto raro lo achacaron a la derrota. A pesar de mi insistencia, los invitados se fueron marchando; solo se quedaron Bruno y Nadia, sobre todo por empeño de ella.

***

Bruno fue al baño y me pidió que le sirviera otra copa. Le pregunté a Nadia qué quería, pero no me dio tiempo: se me acercó y empezó a sobarme por encima del pantalón.

—Cómo me pone que te alegres tanto de verme —murmuró, sacándomela.

Retomó el juego de frotarse contra mí y, con la mano libre, se sacó los pechos del escote.

—Venga, son tuyos, que siempre se te van los ojos aunque lo disimules.

No iba a hacerme rogar. Me lancé sobre ellos y disfruté notando cómo se le endurecían los pezones bajo mis labios. Esta vez no contenía los gemidos. En eso nos dimos cuenta de que Bruno había vuelto y nos miraba.

No dijo nada. Se acercó y se puso a besar a su mujer, hasta que ella se apartó para soltarle:

—¿Esto es lo que querías, cornudo? ¿O vienes a por más?

Le dijo que iba a dejar que yo la llenara para que luego él lo limpiara. Bruno, sin embargo, insistió en que sin preservativo nada.

Nos fuimos hacia uno de los sillones y, por el camino, Nadia se desnudó del todo. Se arrodilló sobre el asiento y, sin cortarse, anunció:

—Mi culo lleva todo el día deseando probar eso.

Me agaché, le abrí las nalgas y recorrí con la lengua de arriba abajo, sin dejar un milímetro. Bruno por fin se sacó el miembro y empezó a acariciarse despacio, aunque no se desnudó como nosotros.

Le metí un par de dedos y comprobé lo que él me había advertido: ese terreno estaba más que trabajado, no hacía falta lubricante. Me puse el preservativo y coloqué la punta en su entrada. Bruno se acercó, mirando alternativamente lo que yo hacía y mi cara. Pese a no ser su primera vez, costaba un poco; sentir cómo se dilataba para recibirme era de lo más excitante. No tardé en estar dentro del todo, y ella empujaba hacia atrás para que no quedara nada fuera. Le gustaba sentirse llena, se notaba.

Le agarré los pechos y acompasé las embestidas con el apretón de mis dedos en sus pezones. Al primer gemido, sonoro y sin freno, todo se desató. Fue una liberación para los dos, empezando por Bruno, que se quitó la careta de una forma que ni yo ni, estoy seguro, su mujer esperábamos.

—¡Mírala! —escupió él—. La esposa íntegra, la que decía que jamás sería capaz, y ahora dejándose follar el culo por un amigo. Menuda…

—No molestes, Bruno —jadeó ella—. Mira lo que quieras, pero no molestes… ¡aaah!

—¿Cómo te atreves a hablarme así? —empezó él, pero al oírme se cortó.

—¿Quieres más? —le pregunté a ella.

—¡Sí! ¡Hasta el fondo! —gritó, y empecé a embestirla con fuerza.

—¡Rómpeme, que lo vea bien el cornudo de mi marido! ¡Así se hace, no como tú! —añadió.

—Tú a callar —le dije a Bruno— y sé un buen chico.

Él se quedó mirando, en silencio, mientras Nadia se corría con una sacudida brutal. Cambié de sillón y de preservativo, y ella se montó encima para hacerle a su marido una exhibición de cómo era cabalgar otra cosa que no fuera él. Lo tenía embobado. En un momento se levantó, arrancó el preservativo de un tirón y volvió a bajar sin él. Bruno protestó, y cuanto más protestaba, más se movía ella y más se encendía con sus quejas. Hasta llegó a hacerle los cuernos con los dedos.

Nadia ya llevaba dos orgasmos buenos cuando noté que el mío llegaba. Me aguanté hasta sentir que ella estaba otra vez al borde.

—Vamos, córrete ya, que me voy contigo —le dije.

Nos corrimos a la vez, en una descarga doble que nos dejó sin aire. Lo que hizo después me dejó sin habla. Se sentó en el sillón, abierta de piernas, con parte de mi corrida resbalándole por dentro de los muslos. Se quitó la alianza, se la introdujo allí mismo y le dijo a su marido:

—Vamos, consentido, es hora de que recuerdes cuál es tu sitio.

Y vi a Bruno, muy serio, agacharse a limpiarla con la boca y rescatar el anillo con los labios. Después se lo colocó de nuevo en el dedo y se besaron como recién casados.

***

Los dejé solos. La relación con Bruno y Nadia había dado un giro de ciento ochenta grados; nos habíamos convertido en cómplices para lo que quedara de vida. Me estaba preparando un batido en la cocina cuando aparecieron los dos, desnudos, pidiéndome que les hiciera otro. La conversación que siguió fue de las más sinceras y divertidas que recuerdo.

—Ahora que hay confianza —dijo ella, riéndose—, ¿esos potingues que tomas son los que te ponen tan a tono?

—Ni idea. Los tomo desde siempre —respondí entre risas.

—¿Y qué piensas de todo esto? —preguntó Bruno.

—Si ella lo ha pasado bien, si tú lo has pasado bien, y yo desde luego lo he pasado muy bien… lo demás no importa.

Nadia confesó que, durante años, había creído que la idea de Bruno era una locura, y que aquella tarde había resultado ser una auténtica pasada. Cuando él quiso saber por qué me había elegido a mí, ella contestó con una franqueza que no admitía dudas: porque era alegre, simpático y, sobre todo, porque la fama me precedía. Lo demás, dijo entre carcajadas, lo había comprobado de sobra esa misma tarde.

Al día siguiente, desayunando, los dos ya arreglados, empezaron a hablar del fin de año que un grupo de amigos íbamos a pasar en Canarias. Ellos habían sido los primeros en decir que no rotundo, pero ahora la cosa había cambiado: querían venirse. Les dije que tendría que mirar si quedaba sitio. Por el modo en que se miraron, supe que ese viaje iba a ser cualquier cosa menos aburrido.

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Comentarios(5)

confesiones_fan

que relatazo!!! quede con ganas de saber como termino todo entre ellos

Tomas_Noche

La tension que se arma desde el principio es muy buena, se siente real. De lo mejor que lei en este sitio en mucho tiempo.

Felipe

increible!!! segui asi por favor

LolitaRosario

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi... me quedo dando vueltas en la cabeza todo el dia jaja

MiguelCordoba_22

el amigo tiene mas valor que yo, eso es seguro jajaja. Muy bueno

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