Cerré el aula con llave y busqué a mi alumno
Volví. Después de semanas en silencio, aparezco para contarles dónde estuve metida. Es época de exámenes finales y los cursos se vuelven un caos a medida que se acerca el cierre del año. Siempre pasa lo mismo: termino agotada, sin un minuto para mí. Aclarado eso, tengo que confesarles algo que para muchos de ustedes va a ser importante.
Ya no estoy con Diego. Lo dejé después de actitudes que no me gustaron y que no supo, o no quiso, remendar. Recordarán que se había acostado con mi hermana, en la academia de baile donde ella enseña. Me enteré en una cena a solas con Lucía, frente a frente, y me dolió como pocas cosas en la vida. Me vengué acostándome con su hermano y con otro de los alumnos adultos del instituto donde doy clases. No me arrepiento de nada. Ahora viene la separación.
—Mariana, necesito hablar con vos de algo importante —me dijo Lucía por teléfono.
—Obvio. Lo que quieras.
—¿Podemos ir a tu casa? Me siento más tranquila ahí.
Fuimos las dos a mi departamento para tener la conversación. La conocía lo suficiente como para saber que algo le pesaba.
—Contame y dejá de preocuparme. ¿Estás embarazada? —tiré, medio en broma.
—¡No, boluda! Creo que no. No es eso.
—¿Entonces?
—¿Te acordás de que me acosté con Diego? Tu alumno.
—Sí. Perfectamente.
—Unos días después me buscó, me provocó, y me comió la boca al salir de un ensayo. Volví a sentir la misma calentura que aquella primera vez.
—Un alzado, el pibe. ¿Y qué con eso? A él no lo puedo retar. A vos sí.
—Seguimos. Y otra vez. Y otra. Venimos viéndonos tres veces por semana, en promedio. No puedo parar, Mari. Me encanta cómo me trata, cómo me desea, cómo me hace sentir. Es increíble.
Me quedé mirándola a los ojos, furiosa por dentro, con ganas de soltarle toda mi verdad. Pero no podía. Tenía que mantenerme al margen. Así que me serví una copa de vino, respiré hondo y la dejé seguir hablando. Ese fue el punto final para mí. Diego me estaba engañando con mi propia hermana. No sé si por despecho, porque de verdad le gustaba, o por qué. Tampoco quise averiguarlo. Solo quise terminar todo de una vez.
Lo llamé esa misma noche y le pedí que nos viéramos al día siguiente. Lo cité en una plaza. No me interesaba ni siquiera compartir un café.
Nos juntamos y fui directo al grano.
—Diego, gracias por todo. Me mostraste algo de mí que no conocía. En serio, gracias.
—¿Me estás cortando?
—Sí.
—Mariana, vos me dijiste que estuviera con alguien de mi edad. Te hice caso. No estoy enamorado.
—Yo no te pedí eso. Dije que era lo más lógico. Entendiste lo que quisiste entender. Igual está bien, no me molesta. Necesito estar sola, ordenar mi vida y ver qué me espera el año que viene.
Le di un beso corto en la boca y me fui. Intentó pedirme que me quedara, pero la decisión ya estaba tomada. Desde entonces, nuestra relación de profesora y alumno en el instituto se volvió bastante incómoda. Yo no me podía sacar de la cabeza que se acostaba con Lucía desde hacía tiempo. El primer día le di la posibilidad de contarme si pasaba algo con otra persona, le dije que confiara en mí. No lo hizo. Me enteré por mi hermana, y eso fue lo que más me dolió. No se puede confiar en quien no toma la mejor oferta que una le puede hacer.
Con su hermano no volví a verme, al menos no para eso. Nos acostamos las veces que ya conté acá, después quedamos en buena y nada más. Con mi otro alumno sí tuve algún encuentro más, aunque también tomé distancia. Está todo bien entre nosotros y nos cruzamos cada tanto, sin dramas.
Ese sería el resumen de mi historia con Diego, de la que casi nadie sabía, así que no le debo explicaciones a nadie. Lo lamento, porque lo quise de verdad. Pero ya saben cómo es: donde una puerta se cierra, otra se abre. O algo así dice el dicho.
***
Estuve despechada varios días, justo en plena temporada de cierres de cursada y reuniones de fin de año. Entre esas cosas estaba el viaje de fin de cursada de mi camada al Sur, una semana en la montaña que mis estudiantes venían planeando hacía meses.
—Profe Mari —decía la nota que encontré sobre mi escritorio una mañana, al llegar al aula—, queremos pedirte de manera formal que nos acompañes como una de las adultas responsables del viaje. Sos nuestra mejor profesora y lo veníamos charlando todo el año. Así que no hagas planes para dentro de quince días, por favor.
Me emocioné un poco. Lo sentí como un premio. Ellos sabían que amo el Sur y armaron todo pensando en eso. Acepté, obviamente. Me abracé con cada uno. Durante esos quince días, hasta la fecha del viaje, estuve como una chica de veinte otra vez, ansiosa y liviana. Y en medio de esa euforia, me acerqué todavía más a Tomás, aquel alumno de mi venganza.
Una tarde, terminando la clase, pasé junto a su banco y le apoyé una nota sin que nadie lo viera. Cerré el módulo, junté mis cosas y caminé hasta el patio a fumar. Encendí un cigarrillo con los dedos un poco temblorosos. Estaba ansiosa, expectante, sintiéndome ridícula y excitada al mismo tiempo.
Unos minutos después escuché unos golpes en la puerta del aula que daba al patio. Se abrió y apareció él. Apenas cruzó el umbral y cerró a su espalda, me colgué de su cuello y empecé a besarlo. Le acaricié el pelo, le mordí los labios, lo besé con una urgencia que no me conocía. Él no entendía nada, pero me rodeó la cintura con los brazos y me apretó contra su cuerpo durante todo el beso.
—¿Qué hacés, Mari? ¿Qué pasa? —alcanzó a preguntar cuando le solté la boca.
—¿Cerraste con llave la otra puerta?
—Sí.
Sin decir una palabra más, me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón, se lo bajé junto con el bóxer y lo tomé con la mano. Ya estaba duro, grande y caliente, palpitándome cerca de la cara. Me lo llevé a la boca y empecé despacio, mirándolo desde abajo, tragándome la cabeza entera hasta donde podía, sintiendo el gusto salado de su piel. Lo chupé con lengua abierta, deslizándome por la verga de arriba abajo, mojándolo a conciencia, y enseguida aceleré. La cabeza me iba y volvía, de la punta a la base, sin parar, apretando los labios, metiéndomelo y sacándolo con hambre. Le lamía el frenillo, le daba vueltas alrededor de la corona, y él se quebraba en respiraciones cortas que me calentaban todavía más.
Mientras seguía, me desabroché el cinturón y el botón del pantalón con una mano. Después de un rato me puse de pie con la boca húmeda y el labial corrido. Nos besamos otra vez, hondo, lento, con la lengua chocando y los dientes rozándose. Me saqué las zapatillas, me bajé el jean y lo dejé tirado en el piso. Tomás estaba tan perdido como yo. Me besaba el cuello, me mordía apenas la oreja, me acariciaba los muslos, la cintura, la espalda, como si quisiera agarrarme toda entera.
Me saqué la remera y el corpiño, y volví a buscarlo con la mano. Él me miraba con los ojos oscuros, respirando fuerte, ya completamente metido en la escena.
—Quiero que estés conmigo ahora —le dije al oído—. No me importa nada más hoy.
Se sacó la remera y me dio vuelta contra la pared. Sentí su pecho caliente en mi espalda y el grosor de su cuerpo pegado al mío. Me besó la nuca, los hombros, fue bajando por la espalda con una avidez que me hizo cerrar los ojos. Se arrodilló detrás de mí, me acarició los glúteos, separó mis nalgas con las dos manos y hundió la cara. Sentí su lengua recorriéndome, lenta y firme, abriéndome bien, chupando, lamiendo con insistencia, y me temblaron las piernas. Tuve que apoyar las dos manos en la pared para no perder el equilibrio. Cada pasada me arrancaba un gemido más sucio que el anterior.
—Así, Mari... qué rica estás —murmuró, sin dejar de meterme la lengua—. Te la vas a pasar bien conmigo.
Me estremecí entera. Él siguió, alternando la lengua con pequeños mordiscos y besos húmedos, mientras una mano me sujetaba la cadera y la otra me abría mejor. Yo estaba empapada, resbalosa, con el culo pegado a su boca y la respiración rota. Cada vez que se detenía un segundo para tomar aire, volvía a mí con más hambre, más lengua, más presión, como si quisiera sacarme gemidos hasta del pecho.
—¿Querés que sigamos acá o nos vamos a otro lado? —me preguntó, parándose, apretándose contra mí.
—Mi curso está de excursión toda la tarde —le contesté, mirándolo por encima del hombro—. Quedate conmigo o volvé a tu clase. Vos decidís.
—Ni loco me voy.
Nos volvimos a besar. Me acarició los pechos, los apretó con ganas, se prendió a un pezón y lo succionó con fuerza, primero uno y después el otro, dejando la piel sensible y ardida. Me pasaba la lengua, me mordía suave, y yo jadeaba en su oído sin ningún pudor. Después se sentó en el suelo, contra la pared, y me acomodé encima suyo, de frente, con las piernas cruzadas detrás de su espalda y los brazos colgados de sus hombros. Sentí su erección dura contra mí, buscándome, y me acomodé despacio, guiándola con la mano hasta mi entrada.
Me dejé caer despacio sobre él y empecé a moverme hacia adelante y hacia atrás, sin apuro, tragándolo de a poco, sintiendo cómo me abría y me llenaba hasta el fondo. Nuestros cuerpos chocaban húmedos, pegados por el sudor y la excitación. No dejé de besarlo mientras me deslizaba sobre esa verga caliente, marcando el ritmo con la cadera. Fueron besos largos, mojados, más labio que lengua, mordidas que arrancaban suspiros. Yo no soltaba ese vaivén lento y profundo. Mis pechos aplastados contra los suyos, sus manos abiertas sobre mi espalda, apretándome cada vez que bajaba del todo.
—Sos hermosa, Mari —murmuró entre jadeos—. Esto parece un sueño. No pares, por favor, seguí así.
—No voy a parar —le contesté contra la boca—. Me encanta cómo me hacés sentir. No pienso parar hasta el final.
Estiré un poco los brazos, separándome para que me viera entera, y aceleré apenas. Lo deseaba con una intensidad que no sentía hacía años. Movía la cadera como si bailara, despacio y firme, y le sonreía cada vez que él cerraba los ojos. Sus manos en mi cintura me sostenían mientras yo me hundía y me levantaba sobre él, escuchando el sonido húmedo de nuestros cuerpos. Cada tanto se acercaba a besarme el cuello, los labios, el pecho, y me dejaba marcas que después iba a sentir todo el resto del día.
—Dame más, Mari —me pidió, con la voz rota—. Así, así mismo. Qué hija de puta que sos cuando querés.
—Callate y aguantame —le dije, riéndome contra su boca, más excitada todavía por cómo me hablaba.
Después de varios minutos terminé recostada en el piso, con él encima. Me abracé a su espalda, abrí las piernas, las apoyé en sus caderas y lo recibí embestida tras embestida. Entraba y salía con fuerza, hundiéndose en mí hasta hacerme chocar la cabeza contra el suelo cada tanto, y yo le marcaba el ritmo con los talones en su cintura. Gemía bajo, suspiraba, me llevaba al límite con cada empuje, y yo lo recibía gustosa, abierta, mojada, sin guardar nada. Lo hizo durante un buen rato, con movimientos de cintura sorprendentemente sensuales, subiendo la intensidad de a poco, leyendo lo que mi cuerpo le pedía.
En un momento aflojó el ritmo, lo hizo más suave, casi tierno, pero sin salirse de mí. Me besó el cuello, me atrapó el labio inferior con los dientes, y supe que estaba por terminar. Yo también estaba a punto de venirme, con las piernas temblando y el vientre ardiendo.
—Gracias, Mari —dijo, agitado, contra mi oído—. Te haría el amor las veces que quieras. Gracias.
Con esas palabras, entre jadeos y besos, llegó al final. Yo llegué casi al mismo tiempo, apretándome contra él, sintiendo cómo me temblaba todo el cuerpo y cómo el placer me subía desde la pelvis hasta la garganta. Lo abracé fuerte y le di besos en el cuello mientras los dos volvíamos a respirar normal. Después se puso de pie y me ayudó a levantarme. Nos quedamos un rato así, abrazados, acariciándonos sin decir nada, todavía con el calor pegado a la piel.
—Gracias, y perdón por abordarte de esta manera —le dije—. Pero hacía días que quería estar con vos. Creo que es la mayor locura que hice en este lugar. Y la repetiría sin pensarlo.
Me acerqué a su oído y le susurré:
—Me encantó cómo me hiciste sentir.
Nos miramos, sonreímos, nos besamos otra vez y empezamos a vestirnos despacio.
—Mari, estoy para vos cuando quieras y para lo que quieras —dijo mientras se acomodaba la ropa—. No me pidas perdón por nada. Quiero verte las veces que sean.
—Estás más que anotado, bombón —le contesté, riéndome—. Dejame salir primero a mí, y después volvé tranquilo a clase, que si no te van a matar. Yo te cubro: decí que estabas conmigo, si te preguntan algo.
Pasé por el espejo, me acomodé el pelo y me retoqué el labial. Salí al pasillo, comprobé que estuviera despejado y le hice una seña desde la puerta para avisarle que podía salir sin que nadie lo viera. Caminé hacia la sala de profesores con una sonrisa que no podía borrarme, pensando que tal vez ese año que se terminaba no había sido tan malo después de todo.





