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Relatos Ardientes

El trato que hice con mi profesor por un auto

El sol de la tarde se colaba por los ventanales del pasillo de la facultad, encendiendo el polvo que flotaba en el aire quieto. Daniela caminaba deprisa, con el eco de sus botas rebotando en el silencio del ala casi vacía. Tenía veintidós años, una melena negra y corta que enmarcaba unos ojos color ámbar, y esa tarde esos ojos estaban nublados por algo que ya conocía demasiado bien.

El problema era siempre el mismo: el dinero, o más bien la falta de él. Sus padres, al otro lado del país, peleaban contra sus propias deudas, y ella, sin trabajo, estaba condenada al transporte público hasta el final de la carrera. Soñar con un coche propio, con la libertad de ir y venir sin depender de horarios ni rutas, era un lujo tan lejano como las estrellas.

Fue entonces cuando, al doblar hacia el ala de humanidades, se cruzó con el profesor Aurelio. Con setenta y un años a cuestas, el tiempo le había tallado surcos profundos en el rostro, pero sus ojos, de un azul desgastado, conservaban una chispa que desarmaba. Era el docente de Historia del Arte más querido y, según los rumores, también el más excéntrico.

—Daniela, hija, parece que cargaras el mundo entero sobre esos hombros —dijo con su voz ronca y pausada.

Ella forzó una sonrisa.

—Solo el peso de la ciudad, profesor. Soñar con un auto es mi condena de cada día.

Aurelio la observó con una atención casi clínica, académica, pero con una intensidad que le erizó la piel. No era la mirada torpe de los chicos de su clase; era algo más profundo, más calculado. Los ojos del viejo se demoraron un segundo de más en la curva de sus tetas bajo la blusa, y bajaron después hasta la cadera. Daniela lo notó y sintió un cosquilleo raro, incómodo, como si de pronto estuviera desnuda en medio del pasillo.

—Un auto… —murmuró él, rascándose el mentón—. Tengo uno. Casi nuevo. Un coupé rojo, guardado en mi garaje juntando polvo. Un desperdicio.

Daniela sintió un vuelco en el pecho.

—¿En serio?

—Claro. Podría ser tuyo. —Hizo una pausa deliberada, dejando que las palabras flotaran en el aire cargado de tiza y libros viejos—. Bajo ciertas condiciones.

—¿Trabajar para usted? —preguntó ella, ingenua—. ¿Ayudarlo con sus investigaciones?

El profesor sonrió, una curva pequeña y llena de secretos.

—Algo más… íntimo. Más directo.

Daniela frunció el ceño, sin entender.

—Tres veces por semana —continuó él, bajando la voz a un tono confidencial que pareció absorber todo el sonido del pasillo—. Tres encuentros. Durante un año. Mi auto a cambio de tu compañía, en el sentido más amplio de la palabra. Quiero follarte tres veces por semana durante doce meses, Daniela. Sin rodeos: tu coño, tu boca y tu culo a mi disposición. Y a cambio, el coupé.

El aire se le atascó en los pulmones. ¿Había escuchado bien? ¿El viejo y respetado profesor le estaba proponiendo comprarla, así, con esas palabras, en pleno pasillo? Y, sin embargo, no fue la crudeza de la transacción lo que la golpeó, sino su naturaleza tentadora, casi novelesca. No era dinero sucio: era un coche. Libertad sobre ruedas. La cuenta era obscenamente clara.

—Es… es una locura —logró balbucear, sintiendo cómo un rubor ardiente le trepaba por el cuello y cómo, sin querer, apretaba los muslos.

Aurelio no se inmutó. Su sonrisa se suavizó, casi paternal.

—No tienes que responderme ahora. Piensa en dejar de esperar el autobús bajo la lluvia. Piénsalo.

Y con eso dio media vuelta y se alejó, su figura encorvada perdiéndose en la penumbra del pasillo.

***

La lluvia fina de aquella noche de viernes fue la gota que colmó el vaso. Empapada y tiritando bajo una parada desolada, Daniela vio las luces traseras del último autobús desaparecer en la neblina. Una maldición se le congeló en los labios. La humedad le calaba la ropa, el teléfono agonizaba en rojo y no le quedaba saldo para pedir un viaje. Sus padres no podrían enviarle nada hasta la semana siguiente. La impotencia era un nudo en la garganta, más frío que la lluvia misma.

Fue entonces cuando un vehículo limpio y silencioso se detuvo a su lado. No el coupé rojo que había imaginado, sino una camioneta negra, alta, imponente. La ventanilla bajó y apareció el rostro sereno del profesor Aurelio. Dentro sonaba un jazz suave y se sentía el calor reconfortante de la calefacción.

—Daniela, suba. La llevo. —Su voz era calmada, sin un ápice de presión ni triunfo.

Ella lo miró. La estudiante orgullosa quería negarse, aguantar el frío, caminar. Pero la chica realista, la que estaba harta, mojada y sin un centavo, abrió la puerta y se deslizó en el asiento del copiloto. Un aroma a cuero nuevo y café caliente la envolvió. El contraste con el frío de afuera era abismal.

El trayecto fue silencioso. Aurelio condujo con atención, respetando el mutismo. Daniela miraba las calles brillantes y vacías, y cada kilómetro le hacía más nítida la realidad: esa comodidad, esa seguridad, podía ser suya. No como un favor, sino como un intercambio.

Cuando la camioneta se detuvo frente a su modesto edificio, el silencio se volvió elocuente. Daniela se desabrochó el cinturón con dedos temblorosos.

—Profesor —dijo, la voz un poco ronca, fijando la vista en sus manos entrelazadas sobre el regazo—. Esa oferta… la del auto. ¿Sigue en pie?

Él no sonrió. Asintió despacio, una sola vez.

—Sí, Daniela. Un año. Tres veces por semana. El coupé es tuyo.

Ella también asintió, un movimiento pequeño y nervioso.

—Necesito pensarlo un poco más. Pero… gracias. Por traerme.

—Tómese el tiempo que necesite —respondió él con suavidad—. La puerta está abierta.

Daniela bajó y lo vio alejarse, silencioso y poderoso, tragándose la oscuridad. Mientras subía la escalera hacia su apartamento helado, ya no pensaba solo en la libertad de un coche, sino en la solución tangible que flotaba en el aire, tan pesada y real como la llave de un automóvil.

***

El último día de aquella semana interminable, Daniela tomó la decisión de camino a su última clase. Ya no era la estudiante preocupada, sino una mujer que había sopesado su dignidad contra su libertad y le había puesto un precio. Un precio altísimo, pero concreto.

A la salida no fue a la parada. Caminó directa al estacionamiento de docentes, donde la camioneta negra esperaba con el motor encendido. Abrió la puerta y se subió sin decir palabra. El aroma a cuero la rodeó otra vez, pero esta vez no era un refugio temporal: era el preludio de un pacto.

—Profesor —dijo, mirando al frente, con la voz firme—. Acepto el trato.

Aurelio no mostró sorpresa. Asintió con esa serenidad que parecía ser su marca.

—Bien. Entonces fijemos las reglas, para que no haya malentendidos.

Mientras la camioneta se incorporaba al tráfico, él delineó el acuerdo con una claridad casi académica, despojada de la lascivia que Daniela tal vez había temido.

—Los sábados y domingos completos los pasas en mi casa. Desde el viernes por la noche hasta el lunes por la mañana, si hace falta. Un día más, entre semana, que yo te avisaré con tiempo. Trae ropa para cambiarte y lo necesario para tu aseo. Tendrás tu propio espacio. —Hizo una pausa; el motor llenó el silencio—. En cuanto a la intimidad, los encuentros serán completos. Sin ambigüedades. Es un requisito no negociable. Follaremos, Daniela. Con todo lo que la palabra implica. Vas a mamarme la polla, te voy a lamer el coño, te voy a montar en todas las posiciones que se me antojen, y si un día quiero tu culo, también lo voy a tener. Y quiero que cojas con ganas, no como un mueble. Si te quedan dudas, dilo ahora.

Las palabras, tan crudas y específicas, resonaron en el habitáculo. Daniela sintió un escalofrío, pero también una extraña calma, y algo más: una humedad tibia entre las piernas que no supo bien de dónde venía. Al menos no había sombras. Sabía exactamente a qué se enfrentaba.

—No tengo dudas —contestó, y le sorprendió la firmeza de su propia voz.

—Al terminar el año —concluyó él—, el coupé es tuyo, con los papeles firmados. Mientras tanto puedes conducirlo. Pero recién al final será legalmente tuyo.

Era una concesión inteligente. Le daba el sabor de la libertad, pero no la propiedad hasta cumplir. Un incentivo más para no echarse atrás. Daniela respiró hondo y asintió.

—De acuerdo.

No hubo apretón de manos ni firma. Solo el silencio que sellaba el pacto. La camioneta se deslizó por las calles, ya no hacia su apartamento, sino hacia la casa de Aurelio. El primer fin de semana empezaba.

***

La casa del profesor era sorprendentemente modesta. Muebles de madera oscura, estanterías repletas de libros con los lomos gastados, y un silencio profundo que lo envolvía todo. No había lujos, solo una sensación de orden que contrastaba con el torbellino interno de Daniela.

Dejó su mochila en el cuarto que él le asignó y después la guio al garaje. Con un gesto casi ceremonioso, retiró la lona que cubría el coche. Quedó al descubierto el coupé rojo, moderno y deportivo, la pintura brillando incluso bajo la luz tenue. Era tangible. Era real. Él le tendió las llaves.

—Puedes sentarte.

Daniela se deslizó en el asiento del conductor. La envolvió el olor a cuero nuevo. Agarró el volante, firme y fresco bajo sus dedos, y cerró los ojos. Se imaginó el lunes, llegando a la facultad, la envidia de sus amigas, la libertad de no mirar más el reloj con desesperación. La imagen era tan dulce que, por un segundo, todo pareció valer la pena.

La ilusión se quebró con la voz serena de Aurelio desde la puerta.

—Bien, Dani. Voy a ducharme. Te espero en mi habitación. Desnuda.

La realidad, fría y concreta, volvió a caer sobre sus hombros. El trato no era solo recibir un auto. Era pagarlo con el coño.

Ella asintió en silencio y bajó del coche. Las llaves le pesaban en la mano como un ladrillo. Subió, se encerró en el baño y se duchó con agua tan caliente que empañó los espejos, frotándose la piel con fuerza como si pudiera limpiar no el sudor, sino la decisión que había tomado. Se pasó los dedos entre las piernas casi sin pensarlo, comprobando lo evidente: estaba mojada, y no era el agua. La rabia de que su cuerpo respondiera antes que su cabeza le trepó por la garganta. Se secó, se puso una bata fina, sin ropa interior debajo. No era una cita: era un intercambio.

Es hora de cumplir, pensó, mirando su reflejo borroso en el cristal. Solo había una resignación fría y un nudo de nervios en el estómago. Descalza, caminó hacia el cuarto de Aurelio. La puerta estaba entreabierta. La empujó con cuidado y entró.

***

La habitación era como el resto de la casa: ordenada, sobria, con una cama grande y una lámpara de luz tenue que creaba más sombras que claridad. Aurelio estaba sentado en el borde, ya duchado, con una bata de algodón entreabierta. Se le veía el pecho blanco, canoso, y más abajo un bulto que empujaba la tela. La miraba con esa calma que empezaba a inquietarla. No dijo nada. Solo la esperaba, con la mano derecha reposando sobre el muslo como quien tiene toda la noche por delante. Daniela contuvo la respiración y cerró la puerta a su espalda.

—Ven —dijo él, sin levantar la voz—. Y quítate eso.

Ella caminó hasta quedar a un paso de la cama. Con dedos torpes desató el nudo de la bata y dejó que resbalara por los hombros hasta el suelo. Quedó desnuda bajo la luz amarillenta, los pezones endurecidos por el aire fresco, las manos cruzándose por instinto delante del pubis. Aurelio, sin apuro, le apartó las manos con dos dedos, como si retirara un velo, y la miró de arriba abajo, largo, mudo, evaluándola. Ese silencio la humilló más que cualquier comentario.

—Dios, qué cuerpo tienes, niña —dijo por fin, con una calma que la hizo estremecer—. Y encima venías gratis en el autobús.

Él se levantó con un movimiento fluido, sorprendentemente ágil para sus años, y se acercó. Su mano, grande y de venas marcadas, se posó primero en su hombro y luego descendió despacio por su costado, deliberada, posesiva. Le rodeó una teta, se la sopesó como si fuera fruta, y con el pulgar y el índice le apretó el pezón hasta que Daniela dejó escapar un jadeo. No era una caricia, sino un recordatorio tácito: esto ya le pertenecía.

—Los pezones se te ponen duros enseguida —murmuró, casi en tono clínico—. Buena señal.

Con una destreza que hablaba de experiencia le acabó de recorrer el cuerpo. Le pasó la palma abierta por el vientre, bajó hasta el pubis y le abrió los labios del coño con dos dedos, examinándola sin pudor. Cuando notó la humedad, sonrió apenas.

—Mírate. Estás chorreando y todavía no te he tocado bien. Ese cuerpo tuyo sabe lo que quiere, aunque la cabeza aún se resista.

Daniela apretó los dientes. La vergüenza le ardía en las mejillas. Aurelio deslizó un dedo entre sus pliegues, largo, sin prisa, y lo hundió hasta el nudillo. Ella se tensó de arriba abajo, subió una mano al hombro del viejo por puro reflejo para no caerse. El dedo salió brillante y él se lo llevó a los labios sin dejar de mirarla, y lo chupó con calma.

—Dulce —comentó—. Muy dulce.

Entonces él se arrodilló frente a ella. Daniela contuvo la respiración, aferrándose a sus propios muslos con los nudillos blancos, y clavó la vista en la pared, intentando desvincularse. Aurelio le pasó una mano por detrás, le agarró una nalga con fuerza, y con la otra le abrió las piernas separándole el muslo.

—Abre más. Quiero verte bien.

Ella obedeció, temblando. La primera lamida fue lenta, larga, de abajo hacia arriba, plana, arrastrando la lengua entera desde la entrada del coño hasta el clítoris. Daniela soltó un gemido corto y agudo, uno de esos que salen sin permiso. La segunda lamida fue igual, y la tercera. Después la punta de la lengua encontró el clítoris y empezó a moverse en círculos precisos, como quien lleva un mapa. La calma con que lo hacía era exasperante; no había ni una pizca de urgencia. Le exploraba el coño con la boca como si tuviera un examen que aprobar en cámara lenta.

Los gemidos que escaparon esta vez fueron distintos, menos controlados: una mezcla de vergüenza, de rabia por la traición de su propio cuerpo, y de un placer involuntario que se filtraba a través del muro mental que había intentado levantar. Aurelio le metió un dedo mientras seguía chupándole el clítoris, y después otro. Los curvó dentro, buscando ese punto que él sabía muy bien dónde estaba, y Daniela sintió que las piernas le fallaban de verdad.

—No… no… —susurró, sin saber si le pedía que parara o que siguiera.

—Sí —contestó él, sin sacar la boca. La vibración de su voz contra el clítoris la hizo pegar un salto.

Aumentó el ritmo de los dedos, entrando y saliendo con un chasquido húmedo que llenaba la habitación, y la lengua se le pegó al clítoris sin dejarlo respirar. Daniela sintió cómo el orgasmo se le formaba en el vientre, una bola caliente que crecía sin que ella pudiera detenerla. Trató de aguantar, de no darle el gusto, pero el viejo llevaba treinta años más de práctica que todos los chicos con los que se había acostado juntos. Se corrió con un gemido roto, apretándole la cabeza contra el coño sin darse cuenta, con las caderas moviéndose solas contra su boca. Un temblor le recorrió los muslos y estuvo a punto de caerse encima de él.

Aurelio la sostuvo por el culo con las dos manos, sin dejar de lamer, chupando hasta la última contracción, hasta que Daniela lo empujó por sensibilidad, incapaz de aguantar un segundo más.

Cuando él se recostó contra las almohadas y le pidió, con un gesto sereno, que devolviera la atención, las piernas de Daniela temblaban como gelatina. Se abrió la bata y quedó desnudo: el cuerpo delgado, la piel algo floja, pero la polla dura, gruesa, más grande de lo que Daniela hubiera esperado de un hombre de esa edad, apuntando al techo con la punta ya brillante.

—Ven. De rodillas. Y mírame mientras me la mamas.

Se arrodilló entre sus piernas y lo que hasta entonces había sido una idea abstracta se volvió intensamente real. Cerró los ojos un segundo, buscó la imagen del coupé rojo, del viento en su pelo corto, y esa imagen le dio la frialdad necesaria para inclinarse. Le rodeó la base con la mano derecha y le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, dos veces. Aurelio soltó un suspiro grave y le puso una mano en la nuca, sin empujar todavía, solo marcando presencia.

—Así, buena chica. Toda entera.

Ella abrió la boca y lo metió despacio. Al principio hasta la mitad, luego un poco más, hasta que la punta le rozó el fondo de la garganta y le arrancó una arcada. Se retiró, tragó saliva, y volvió. Cumplió con un ritmo mecánico, la mente desconectada, observando la escena como desde arriba: ella arrodillada, la boca llena de polla vieja, la mano moviéndose en la base al ritmo de sus labios, la otra mano sujeta contra su propio muslo. Era el primer servicio prestado en un año de servicios, y en la fría contabilidad de su cabeza ya había descontado uno de los muchos encuentros que vendrían.

—Los dientes, cuidado —murmuró él, y le apartó un mechón de pelo negro de la cara con una ternura que no encajaba con el resto—. Y mírame, Dani. Ábreme los ojos.

Ella alzó la mirada. Él la contemplaba con una intensidad tranquila, como si le estuviera dando una clase. Le puso los dos pulgares en las mejillas y con las yemas le marcó el ritmo, adentro, afuera, adentro, afuera. La empujó un poco más al fondo, y Daniela sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y la saliva le chorreaba por la barbilla. No la soltó. La mantuvo ahí unos segundos y después la dejó respirar.

—Buena. Muy buena. Tienes una boca hecha para esto, niña.

El pacto se sellaba no con un apretón de manos, sino con esta intimidad forzada y contradictoria, donde su cuerpo empezaba a responder a un juego cuyas reglas solo él parecía entender del todo. Aurelio la sacó de su polla, se la puso en la mejilla, se la restregó por los labios, y después la hizo lamerle los huevos uno por uno, despacio, mientras él respiraba hondo. Cuando estuvo cerca, la levantó por los codos.

—Arriba. Boca abajo. Culo en alto.

Daniela obedeció. Se puso en cuatro sobre la cama, la mejilla apoyada en la sábana, las nalgas alzadas. Escuchó el ruido del envoltorio del preservativo, el látex ajustándose. Sintió las manos de él abriéndole las nalgas, un dedo pulgar rozándole el ojete y hundiéndose apenas para hacerle un aviso, y después la punta de la polla en la entrada del coño.

La primera embestida fue de una sola vez, hasta el fondo. Daniela soltó un grito ahogado contra la sábana. Estaba tan mojada de la corrida anterior que él entró sin resistencia, pero la sintió llenarla entera, empujando contra un lugar que le mandaba un latigazo de placer hasta el estómago. Aurelio la agarró por las caderas con las dos manos y empezó a moverse a un ritmo pausado, firme, midiéndola con cada golpe.

—Este coño estaba pidiendo esto —gruñó él, sin acelerar—. Todo este tiempo. Y tú sin saberlo.

La empujó más adentro, marcándole el ritmo, y Daniela empezó a arquear la espalda sin poder evitarlo. Las tetas le colgaban rebotando con cada estocada, y el sonido de piel contra piel llenaba la habitación como un metrónomo. Aurelio le dio un cachetazo seco en la nalga derecha, no muy fuerte pero suficiente para que ella soltara un gemido más agudo, y luego otro en la izquierda.

—Muévete tú también. Cógeme, no seas floja. Ganáte el coche.

La humillación de la frase la incendió por dentro. Y sin embargo empezó a moverse, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con él, marcando su propio ritmo. Aurelio soltó una risita corta, satisfecha.

—Eso es. Así se hace, niña.

La montó así un rato, en cuatro patas, y después la giró boca arriba de un empujón. Le levantó las piernas, se las apoyó en los hombros, y volvió a entrar. En esta posición Daniela lo tenía todo encima; podía ver la cara del viejo, la mandíbula apretada, los ojos azules clavados en los suyos como si quisiera meterle también la mirada dentro. Le apretó las tetas con las dos manos, le pellizcó los pezones, le pasó el pulgar por los labios y le metió los dos dedos hasta la lengua.

—Chúpalos. Como me chupabas la polla.

Ella obedeció, con los dedos hasta el fondo de la boca, mientras él la penetraba con embestidas más largas y más lentas. Le sacó los dedos, se los llevó al clítoris de Daniela y empezó a masajearlo en círculos mientras seguía cogiéndola. Daniela sintió cómo la segunda ola le crecía, otra vez, sin poder frenarla. Trató de morderse el labio para no gemir en voz alta, pero cuando él le agarró la garganta con la mano libre —sin apretar, solo posándola como un collar— algo dentro de ella se rindió.

—Córrete. Córrete otra vez. Quiero sentirlo.

Y se corrió. Un temblor largo, sostenido, que la hizo cerrar los muslos alrededor de la cintura del viejo y clavarle las uñas en los antebrazos. Aurelio no paró; siguió cogiéndola durante todo el orgasmo, alargándolo, hasta que ella empezó a moverse por sensibilidad y él, por fin, aceleró.

El final de Aurelio llegó como un estallido sordo, un temblor que se transmitió a través de sus manos hacia el interior de Daniela, que terminó suspendida en una agonía de sensaciones sin resolver. A través del preservativo sintió la oleada de calor, íntima y a la vez grotescamente impersonal, la polla latiéndole por dentro mientras él soltaba un gruñido largo entre dientes y le clavaba los dedos en los muslos.

Sin una palabra, se desprendió de él con un movimiento brusco y cayó de lado sobre la cama. Jadeaba, pero no de placer, sino por la náusea que le subía por la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas de rabia y alivio. Se había corrido dos veces con el viejo. Dos. La primera vez que se abría de piernas por dinero, y su cuerpo había respondido como el de una puta consentida. A su lado, Aurelio se quitaba el condón con calma, lo anudaba, lo dejaba en un pañuelo sobre la mesa de noche, y en segundos su respiración se volvió regular; dormía, como si lo ocurrido fuera un mero trámite, un apunte más en su libreta de acuerdos.

Daniela se levantó con un esfuerzo sobrehumano y salió en silencio hacia el baño. Bajo el chorro de agua caliente se frotó otra vez con fuerza, como si pudiera lavar el eco de los gemidos y de la corrida que aún le goteaba entre las piernas. Después se metió en la cama de invitados y se enrolló en las sábanas como un animal herido buscando refugio. El primer día había terminado. Y la imagen del coupé rojo, por primera vez, parecía desdibujarse, empequeñecida por la cruda realidad de la moneda de cambio.

***

La mañana llegó con una luz pálida. El desayuno transcurrió en un silencio incómodo, roto solo por el tintineo de los cubiertos. Daniela, envuelta en una bata que él le había prestado, sentía cada mirada del profesor como un punto de calor en la piel. Bajo la bata no llevaba nada, y Aurelio lo sabía. Cada vez que se estiraba para alcanzar el azúcar o la cafetera, la tela se le abría un poco y dejaba ver la curva de un pecho, y el viejo lo registraba con esa media sonrisa suya.

Mientras lavaba los platos, sintiendo la rutina doméstica como un contraste surrealista con la noche anterior, Aurelio se apoyó en el mesón, a su lado.

—Cuando termines —dijo con su calma de siempre—, podemos bañarnos juntos. Y te la meto ahí mismo, contra los azulejos.

Ella lo miró de reojo, el corazón acelerado. Intentó fruncir el ceño, fingir la molestia que creía que debía sentir. Un «no» rotundo se formó en su mente, la respuesta que cualquier versión anterior de ella habría dado. Pero ese «no» nunca llegó a sus labios. En su lugar, una corriente extraña de anticipación le recorrió el vientre, y notó cómo se le humedecía el coño solo con la frase. La idea, en su crudeza, la encendía. Asintió apenas y volvió a enfocarse en el plato, notando cómo se sonrojaba bajo la bata.

Poco después estaban en el baño, el aire llenándose de vapor. Bajo el agua caliente la bata cayó al suelo y los cuerpos se encontraron de nuevo, pero la dinámica era distinta: no la posesión de la noche anterior, sino una exploración más táctil, más juguetona. Aurelio la pegó contra los azulejos y su boca encontró uno de sus pechos con una toma firme que le arrancó un gemido largo. Le chupó el pezón, tirando de él con los labios, mientras la otra mano descendía con una familiaridad que la hizo estremecer, se le colaba entre las piernas y le abría el coño de dos dedos bajo el chorro.

—Estás mojada por dentro y por fuera —murmuró contra su pecho—. Ya sabes lo que viene, ¿verdad?

Daniela, en respuesta, buscó algo a lo que aferrarse, una sensación de control aunque fuera ilusoria. Su mano bajó y lo encontró: la polla del viejo estaba dura otra vez, medio erecta bajo el chorro, y empezó a recorrerla con una curiosidad que ya no era del todo fingida. Le apretó los huevos con cuidado, le pasó el pulgar por la punta ya resbaladiza, y una parte de ella encontró una satisfacción retorcida en provocarle el gemido bajo que le arrancó.

—Puta —susurró él, en voz baja, y la palabra, en vez de ofenderla, la hizo apretar el coño en un espasmo.

Le dio la vuelta con un empujón suave, la puso de cara a los azulejos, y le abrió las piernas con la rodilla. Ella se agarró al toallero, sacando el culo por instinto. Aurelio se pegó a su espalda, le mordió el hombro, y sin más aviso le encajó la polla desde atrás, de una sola embestida. Sin preservativo esta vez, y Daniela lo notó de inmediato: el calor, la piel contra la piel dentro de ella. No dijo nada. Ni pensó en decirlo.

—Así, contra la pared —gruñó él, moviéndose con embestidas cortas y profundas—. Como te dije en la cocina.

Ella arqueó la espalda, apoyó la frente en el azulejo frío, y se dejó follar. El agua les caía encima, el vapor lo cubría todo, y los gemidos rebotaban contra las paredes del baño. Aurelio le pasó una mano por delante y le empezó a masajear el clítoris con dos dedos, mientras la penetraba con un ritmo firme. Daniela se corrió por tercera vez en menos de doce horas, esta vez con un grito abierto, sin cuidarse siquiera de que se oyera.

Entonces Aurelio le sacó la polla, le dio vuelta, y la besó. No fue un beso tierno: fue profundo, invasivo, con la misma autoridad con la que había poseído el resto de su cuerpo. La lengua del viejo dentro de su boca todavía tenía el sabor del café del desayuno. Y Daniela, por primera vez, no se resistió. Sus manos lo atraían hacia ella, su boca respondía bajo la cascada de agua. La bajó por los hombros y la hizo arrodillarse otra vez, ahí mismo, bajo el chorro. Se sacó el condón imaginario —no llevaba— y le apuntó la cara.

—Termina de sacármela con la boca. Y no te muevas.

Ella obedeció. Le metió la polla hasta donde pudo y la trabajó con la lengua, mientras él se agarraba de su propia base y se acababa de bombear. Cuando se corrió, lo hizo sobre su lengua y sobre sus tetas mojadas, con una serie de chorros gruesos que la salpicaron hasta el cuello. Daniela se quedó ahí, arrodillada, con la corrida del viejo escurriéndole por la piel bajo el agua caliente, y algo dentro de ella —algo que la aterraba— disfrutó de la imagen.

En ese momento, la línea entre la transacción y el placer, entre la obligación y el deseo, se volvió peligrosa y excitantemente borrosa.

***

Las semanas pasaron. El coupé rojo brillaba bajo el sol del campus, una mancha de libertad escarlata que todos asociaban ya con Daniela: una imagen de éxito, de independencia recién estrenada. Lo que nadie veía era el precio que se pagaba los fines de semana, cuando el deportivo descansaba en un garaje modesto y su dueña se convertía en otra persona.

Esa misma tarde, Sofía, una de sus amigas más cercanas, la abordó entusiasmada.

—¡Dani, hay una fiesta en casa de Lautaro este sábado! Tienes que ir; con ese coche nuevo vas a ser la reina.

Daniela forzó una sonrisa y negó con la mano.

—No puedo, Sofía. Estoy agotada. El estudio me está matando. —La mentira salía con una fluidez que la alarmaba. Ya no era la chica que corría para alcanzar el último autobús; ahora era la que rechazaba planes porque su mente estaba programada para otro tipo de encuentro. Ni ella misma quería reconocer que llevaba tres días con el coño palpitante esperando el viernes.

Esa noche se vistió no con vaqueros y camiseta, sino con la ropa que sabía que él apreciaba: una falda corta sin ropa interior debajo, medias hasta el muslo, una camisa negra sin sostén, los pezones marcándose bajo la tela. No era una armadura: era un uniforme para el ritual. Al entrar en la habitación del profesor no hubo titubeos. Sus labios buscaron los de él con una urgencia que ya no podía ocultar, ni siquiera a sí misma. La resistencia se había esfumado semanas atrás, reemplazada por una necesidad que la avergonzaba y la encendía por igual.

Ya no podía engañarse. Le gustaba. Odiaba admitirlo, lo combatía en sus pensamientos durante la semana, pero los fines de semana la verdad salía a la luz. Se subió a horcajadas sobre él antes incluso de que él pudiera decirle nada, le abrió la bata y le agarró la polla, ya dura, para restregársela contra el coño empapado por encima de la falda.

—Perdona por no verte el miércoles, Dani —murmuró Aurelio desde abajo, la voz un poco ronca, con las manos apoderándose de sus caderas—. Tuve una reunión familiar.

Ella se separó un momento, jadeando.

—Está bien —susurró, y era verdad. Su cuerpo había notado la ausencia, la había echado de menos. Se levantó apenas la falda, se apartó las bragas —esa noche sí llevaba, un tanga fino que solo servía de adorno—, y se ensartó ella sola sobre la polla del viejo, hasta el fondo, de golpe. Los dos gimieron a la vez.

—Pero veo que estás ansiosa —continuó él, con una sonrisa en la voz, mientras le agarraba las tetas por debajo de la camisa—. No te preocupes. Yo también lo estoy.

Y con esa frase, que era a la vez una disculpa y una reafirmación de su poder, la guio con las manos en las caderas. Daniela empezó a montarlo despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo la polla le llenaba el coño y se retiraba casi entera. Aurelio le mordía los pezones a través de la camisa, le lamía el cuello, le hablaba al oído.

—¿Ves cómo tu coño ya me conoce? Ya no le hace falta nada más. Solo esto. Tres veces por semana, como acordamos. Y cuando acabe el año, ¿qué? ¿Vas a poder pasar sin esta polla, Dani?

Ella no contestó. No podía. Se aferró a los hombros del viejo, aceleró el ritmo, se dejó caer con más fuerza en cada bajada. La falda apretada arriba, la camisa abierta, las tetas rebotando frente a la cara de él. Se corrió así, cabalgándolo, con los muslos temblando, mordiéndose los labios para no gritar demasiado. Aurelio la agarró de la cintura, le dio la vuelta sin sacársela, la puso boca arriba, le levantó las piernas y siguió, y siguió, hasta que la hizo correrse otra vez, y otra, hasta que él mismo terminó dentro de ella —dentro, sin nada de por medio, con una calma que se había vuelto costumbre— con un gruñido bajo y satisfecho.

Daniela no se resistió. Se quedó ahí debajo, con las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo la corrida del viejo se le escurría por el coño hasta las sábanas, y se abandonó a la humillante verdad de que su libertad sobre ruedas durante la semana estaba inextricablemente ligada a su sumisión los fines de semana. El auto era suyo, pero en esos momentos sentía que ella era de él. Y lo más aterrador era que una parte de sí misma, cada vez más grande, ya no quería que fuera de otra manera.

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Comentarios(4)

SilviaMar77

Que bueno!!! me encanto de principio a fin

CarlitosBaires

Por favor continua, quede con ganas de saber como termina todo esto. Muy bueno el relato

Luciana_BA

Me recordo a una situacion que vivi hace años, jaja. Bien escrito, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

NicoReads

Lo que mas me gusto es como construye la tension desde el comienzo. Sin ser explicito logra ser muy excitante, eso es saber escribir.

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