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Relatos Ardientes

La huésped de la habitación 14 me esperaba desnuda

Durante un par de temporadas, mientras estudiaba en la universidad, trabajé limpiando habitaciones en un motel de carretera a las afueras de mi pueblo. Me quedaba cerca de casa, ahorraba en gasolina y guardaba la paga para gastarla en el verano en cerveza y en cualquier tontería propia de la edad. Entraba por las mañanas los fines de semana, y como quería juntar más dinero, le pedí al encargado que me dejara cubrir también los días que tenía libres de clase.

El trabajo no tenía ningún misterio: ordenar las habitaciones, recoger las toallas, cambiar las sábanas, reponer el jabón. Al principio me pareció un curro de poca monta, pero el motel tenía cierto nombre en la zona y me había metido un primo que llevaba años ahí, así que cerré la boca y me limité a hacer lo mío sin rechistar demasiado.

Una mañana cualquiera salí de una habitación empujando el carrito de la ropa sucia por todo el pasillo. Cuando llegué cerca de recepción, vi a una pareja registrándose en el mostrador. Él era un tipo de unos cincuenta, grande, de cara colorada y gesto antipático. Ella, en cambio, era de esas mujeres que te hacen olvidar lo que estabas haciendo.

Tendría unos cuarenta y pocos. Rubia, de ojos verdes muy claros, con un vestido ceñido que marcaba unas caderas anchas y un trasero que se movía con vida propia a cada paso. No llevaba sostén, y bajo la tela se le adivinaba todo. Era el tipo de cuerpo que no necesita esforzarse para llamar la atención, simplemente la reclama.

Cuando terminaron de registrarse, pasaron justo a mi lado. El marido me miró con un desprecio que ni se molestó en disimular, pero ella me clavó los ojos de una forma muy distinta, golosa, y me regaló una sonrisa lenta que me invitaba a hacer lo mismo. Le sostuve la mirada hasta que me dejó atrás, y entonces giré la cabeza para verla alejarse. Me quedé embobado unos segundos, como un idiota, con la imagen de aquel andar grabada en la cabeza.

Esa noche, en casa, no pude pensar en otra cosa. Su cara, su piel blanca, el balanceo de sus caderas por el pasillo. Por primera vez en mucho tiempo, me fui a dormir deseando que llegara el turno del día siguiente.

***

A la mañana siguiente terminaba mi semana de trabajo, y no me tocaría volver al motel hasta la otra. Llegué como siempre, pasé la tarjeta y recogí el listado de habitaciones que me correspondían esa jornada. Limpié un par sin novedad, y al abrir la tercera me encontré con una sorpresa que me dejó parado en el umbral.

El marido de la rubia estaba tumbado en una de las camas, completamente vestido, durmiendo la mona con un brazo colgando fuera del colchón y una respiración pesada de borracho. Me pareció rarísimo que me asignaran una habitación todavía ocupada, y más raro aún el azar de cruzarme de nuevo con aquella mujer. La habitación estaba revuelta: sábanas a medio caer, productos de pelo y cosas personales por el suelo.

Las cortinas estaban casi del todo corridas, dejando la habitación en penumbra. La puerta del baño, en cambio, estaba entreabierta, y desde dentro llegaba el sonido inconfundible del agua de la ducha cayendo. Dejé el carrito junto a la entrada y, por pura curiosidad, me acerqué intentando no hacer ruido para no despertar al tipo.

Me asomé.

Lo que vi me dejó la garganta seca. Era ella, desnuda bajo la ducha, sin haberse molestado en cerrar la mampara. El agua le caía por todo el cuerpo, resbalando entre los pechos pesados, por los muslos generosos y por aquel trasero enorme que apenas le dejaba sitio para girarse dentro del plato. Se enjabonaba despacio, casi con pereza, restregándose la espuma entre los senos y bajando luego entre las piernas con una naturalidad que me hizo perder la noción de dónde estaba.

Empujé un poco más la puerta y metí la cabeza, con la respiración acelerada y el bulto del pantalón a punto de reventar la costura del uniforme. Comprobé de reojo que el marido seguía roncando. Volví a mirarla. Pero mi propia agitación me delató: el pie chocó contra la puerta y el golpe sonó más fuerte de lo que esperaba.

Ella se sobresaltó. Por instinto se cubrió el pecho con un brazo y el sexo con la otra mano. Me miró con la culpa pintada en la cara, sin saber qué decir.

—Perdón, perdón, de verdad, perdóneme —balbuceé, retrocediendo medio paso.

Pero al ver de quién se trataba, su expresión cambió. La tensión se le aflojó en una sonrisa de alivio. Despacio, retiró las manos y volvió a mostrarse entera, sin pudor, y con un gesto de cabeza me invitó a entrar.

No me lo pensé dos veces. Cerré la puerta del baño con cuidado, me quité la camisa y los pantalones y dejé el resto del uniforme hecho un ovillo en el suelo. Entré con ella en el plato de la ducha, y el agua caliente nos cubrió a los dos mientras nos buscábamos la boca. Su lengua jugaba con la mía, lenta y ansiosa al mismo tiempo, y yo le pasaba las manos por la espalda mojada hasta llegar a esas nalgas que llevaba todo el día imaginando.

Le amasé el culo a mi gusto, abriéndolo con los dedos, frotándome contra sus muslos resbaladizos. Notaba cómo se le entrecortaba la respiración con cada caricia, y cómo me empujaba la cadera contra ella para que no parara. La giré con suavidad y la apoyé contra la pared de azulejos, le separé las nalgas y me agaché a saborear lo que con la mirada me había prometido el día anterior. Le pasé la lengua despacio, sintiendo el calor de su piel cerrándose contra mi cara, hundiéndome en aquel cuerpo que olía a jabón y a deseo.

Cuando me incorporé, empapado y con la boca llena de ella, no perdí el tiempo. Le hundí la verga de una sola embestida, y con la otra mano le tapé la boca para que el ruido no llegara hasta la cama. Ella me mordió la palma, me babeó los dedos, mientras yo la castigaba contra los azulejos con un ritmo que le marcaba la piel de las nalgas. Le agarré el pelo mojado y la poseí con más fuerza, sintiendo cómo se le doblaban las piernas.

No quería que aguantara más por mi culpa, así que le bajé la mano de la boca al sexo y le acaricié el clítoris a la vez que la embestía. Soltó un gemido ahogado, apenas el instante en que tuvo la boca libre, y se corrió temblando contra mí, mordiéndose el dorso de su propia mano para no gritar.

***

Le di un respiro, pero no demasiado. Le pasé la mano húmeda por el sexo y la subí despacio hasta su otra entrada, jugando con ella, abriéndome paso con paciencia. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose, y yo me deslicé poco a poco hasta llenarla por completo. El agua seguía cayendo sobre los dos, y entre el vapor y el sonido viscoso de cada embestida, sentí que aquella mujer era la cosa más obscena y más hermosa que había tenido jamás.

La tenía sin vergüenza ninguna, empujando hacia atrás para recibirme mejor, y al poco rato un segundo orgasmo la atravesó de arriba abajo. Se mordió el labio para no delatarse, pero el cuerpo la traicionaba con cada espasmo.

Cerré el agua para no inundar el baño y la llevé en silencio fuera de la ducha. La puse a cuatro patas sobre la alfombrilla, con el culo en pompa y los pechos aplastados contra el suelo, y la tomé desde atrás como un animal, sujetándole los brazos hacia la espalda. La sensación de dominio, el poder de tenerla así, sometida y muda, me hizo perder la cabeza. Se la metía rápido, gruñendo bajito, mirándole la cara enrojecida mientras intentaba contener los jadeos. Era el cielo en la tierra.

Cuando estaba a punto, no me molesté en salir. Lo hice a propósito, vaciándome dentro de ella en varias oleadas, pensando con una sonrisa de cabrón que el borracho de la cama de al lado nunca sabría lo que había pasado en su propia habitación.

Me retiré despacio y le di una palmada en una nalga que resonó por todo el baño, y juraría que también por el pasillo. Me vestí de nuevo con el uniforme, recogí un par de toallas para disimular y, antes de salir, la miré una última vez. Seguía en el suelo, con el culo en alto, la cara colorada y una sonrisa de satisfacción que no se molestaba en ocultar. No es por presumir, pero me fui orgulloso del resultado.

Salí de la habitación, cargué las toallas en el carrito y eché un vistazo final al marido, que seguía roncando ajeno a todo. La semana siguiente, cuando volví, ya no estaban. Unos meses después dejé el trabajo por mi graduación, me mudé de ciudad y perdí el contacto hasta con mi primo. Pero todavía, cuando huelo a jabón barato y agua caliente, vuelvo a aquel pasillo en penumbra y a la huésped de la habitación 14.

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Comentarios(4)

Marcos_Rdz

Tremendo relato, me enganche desde el titulo. Muy bueno.

NocheSuave22

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber que paso despues.

HugoR74

Habitacion 14 voy a pedir la proxima vez que viaje, por las dudas jajaja. Excelente.

Silvana_Cba

Me encanto como lo contaste. Se siente real, no forzado. Sigue publicando!!!

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