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Relatos Ardientes

La señora madura del café que nunca olvidé

Hace unos años trabajaba como asesor comercial en un barrio de Sevilla. La oficina era pequeña y calurosa, y mi única excusa para salir cada mañana era la cafetería de la esquina, donde siempre había un grupo ruidoso de mujeres de sesenta y tantos para arriba. Se reunían a las nueve, pedían sus cafés con leche y hablaban durante horas de todo y de nada, con esa energía particular que tienen las mujeres que ya no tienen nada que disimular.

Yo empecé saludando desde la puerta. Después me animé a sentarme en la barra cerca de su mesa. Y después, sin saber bien cómo, acabé siendo una especie de mascota del grupo. Me reservaban una silla. Me preguntaban por mi mujer. Me contaban chismes del barrio como si fuera uno de los suyos.

Entre todas ellas había una que me llamaba más la atención. Se llamaba Mercedes, aunque todas la llamaban Merche. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años; nunca le pregunté. Era delgada, llevaba el pelo blanco cortado a la altura de la oreja, y tenía una forma de mirarte cuando te hablaba que te hacía sentir como si fueras la única persona en la habitación. No era una mujer que pasara desapercibida.

Un día me dijo, con una sonrisa que no era del todo inocente:

—Con treinta años menos te hubiera comido vivo, guapo.

Las demás se rieron. Yo también me reí, aunque me puse ligeramente colorado. Esa noche, en casa, me quedé pensando en ella más tiempo del que hubiera querido admitir.

Yo tenía treinta y seis años entonces. Llevaba cuatro casado, sin hijos todavía, con un trabajo que me aburría lo suficiente como para que los veinte minutos del café fueran el momento más interesante de mi jornada. Empecé a notar cosas que antes no notaba: la manera en que Merche se acomodaba el vestido al levantarse, el escote que se asomaba cuando se inclinaba hacia delante para alcanzar el azucarero, el timbre grave de su voz cuando se reía de algo que le hacía gracia de verdad.

Las noches siguientes me masturbé pensando en ella. Era absurdo y lo sabía, pero eso no lo detenía.

El verano llegó pronto ese año, seco y brutal. Las mujeres del café empezaron a venir con ropa más ligera: blusas finas, vestidos de algodón, sandalias. Merche solía aparecer con camisolas sin mangas que se pegaban al cuerpo con el calor. Me convertí en un experto en fingir que miraba otra cosa.

Un jueves de julio salí de la oficina a las tres de la tarde y el sol me golpeó de frente como una bofetada. Iba caminando hacia la parada del autobús cuando doblé una esquina y casi choqué con ella.

Merche. Parada delante de una panadería, con una bolsa de papel en la mano y una blusa blanca tan fina que la luz de la tarde la atravesaba sin esfuerzo. No llevaba sujetador. Lo vi de inmediato: la curva completa del pecho, pesado y real, y el círculo oscuro de los pezones marcándose contra la tela. Ella parecía completamente ajena a eso, o quizás completamente al tanto y sin que le importara en lo más mínimo.

—¡Qué calor hace, Dios mío! —dijo cuando me vio, como si nos hubiéramos encontrado ese mismo día en el café—. ¿Acabas de salir del trabajo?

Hablamos en la acera durante un buen rato. Ella vivía a dos calles, me dijo, señalando vagamente hacia el norte. Luego añadió, casi de pasada, mientras volvía a mirar hacia su calle:

—Si te apetece un vaso de algo frío, subo a casa ahora. No me importa la compañía.

Yo llevaba prisa. O eso me dije. La realidad es que me entró el pánico, la culpa, la cobardía del hombre casado pillado de improviso. Le dije que tenía una reunión, que otro día, que lo sentía. Me fui con la cabeza llena de imágenes que no debería haber tenido.

Durante los días siguientes estuve pendiente de cualquier señal de ella. La buscaba al salir de la oficina. La buscaba por las mañanas en la cafetería, aunque ella no siempre aparecía. Las ganas de acostarme con aquella mujer que me doblaba la edad crecieron de una manera que ya no era racional. Era lo último en lo que pensaba antes de dormir y lo primero cuando me despertaba.

Pasaron casi tres semanas antes de que la volviera a ver.

Apareció un lunes por la mañana en la cafetería, sola, sin el resto del grupo. Llevaba un vestido azul marino de tirantes y el pelo recién peinado. Me saludó como si nada hubiera pasado, como si esa tarde en la calle hubiera sido una conversación cualquiera, sin segundas lecturas. Pedimos los cafés y hablamos de la ola de calor, del barrio, de una vecina suya que acababa de tener un nieto.

Cuando se levantó para irse, se quedó un momento de pie junto a la silla y me miró de una forma que no dejaba lugar a la interpretación.

—¿Te apetece esa cerveza que me debías? Mi hija no viene hasta las siete.

No dije nada. Dejé unos billetes sobre la barra y la seguí.

Su piso estaba en el tercer piso de un edificio sin ascensor. Subimos las escaleras despacio, ella delante. Me fijé en sus piernas: finas, bronceadas, con esa solidez que algunas mujeres conservan bien entrados los años. El vestido le llegaba a la rodilla y se movía con ella en cada escalón. Tuve que esforzarme para no extender la mano y tocarla.

El apartamento era pequeño pero ordenado, con las persianas bajadas para guardar el fresco de la mañana. Olía a lavanda y a algo más que no supe identificar. Ella fue a la cocina y yo me quedé de pie en el salón, mirando las fotos en la estantería, intentando parecer tranquilo cuando por dentro tenía el corazón en la garganta y una erección que ya era difícil de disimular.

Volvió con dos cervezas frías y una pequeña bandeja con aceitunas y unas rodajas de queso. Se sentó en el sofá y palmeó el cojín de al lado. Me senté.

Hablamos. O intentamos hablar. La conversación era torpe, llena de pausas largas que ninguno de los dos sabíamos cómo llenar. Ella sabía perfectamente por qué estábamos ahí. Yo también lo sabía. La diferencia era que ella parecía cómoda con eso y yo todavía no lo estaba del todo.

Entonces ella acomodó el escote del vestido con un gesto completamente casual y sus pechos quedaron a la vista.

Caídos, grandes para su cuerpo delgado, con unos pezones oscuros y anchos. Se quedó mirándome sin moverse, sin taparse, con esa calma que solo tiene quien ya no tiene nada que perder ni nada que demostrar.

No aguanté más.

Me acerqué a ella, le puse una mano en la cara y la besé. Respondió de inmediato, con una intensidad que no esperaba, mordiéndome el labio inferior, agarrándome de la nuca con los dedos. Cuando nos separamos para respirar, me dijo al oído:

—Llevo semanas esperando esto.

Le bajé la tirita del vestido por un hombro y después por el otro, despacio, sin apartar la vista de sus pechos. La tela cayó y quedaron desnudos, pesados, con la piel fina y algo arrugada por el tiempo, pero duros todavía en su caída, redondos y llenos en las manos. Los apreté con cuidado al principio y ella soltó un gemido bajo, ronco, como si se le hubiera escapado un poco de aire de la garganta. Entonces me animé, hundí el rostro entre sus tetas y las lamí una a una, primero un pezón, luego el otro, chupando el borde oscuro, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mi lengua.

—Así —murmuró—. No seas tímido, joder.

Le bajé las bragas con los dedos, notando el calor húmedo que ya se le escapaba entre los muslos. La tela estaba empapada en la entrepierna. Me encontré con un coño maduro, abierto y resbaladizo, con los labios blandos y la carne sensible al tacto. Lo separé con dos dedos y vi cómo brillaba su humedad a la luz del salón. Ella abrió más las piernas, apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y me dejó mirarla mientras yo le metía la punta de la lengua en la raja, probando el sabor salado y fuerte de su excitación.

—Chúpame bien —dijo, agarrándome del pelo—. Eso es, cabrón.

La chupé con ganas, con la boca entera sobre su coño, lamiendo de arriba abajo, clavándole la lengua en el clítoris hasta que empezó a temblar. Sus muslos se tensaron alrededor de mi cabeza, y ella se movía contra mi boca, frotándose sin pudor, dejándose ir con una confianza brutal. Le metí un dedo, luego dos, entrando despacio al principio y después más profundo, oyendo el ruido húmedo de su sexo abriéndose para mí. Estaba caliente, estrecha en el fondo, apretándome los dedos mientras la seguía lamiendo con insistencia.

No tardó en correrse. Lo hizo con un gemido grave, largo, agarrándome de la cabeza con ambas manos mientras se le arqueaba el vientre y el coño se le contraía alrededor de mis dedos. La lamí hasta el final, tragándome toda su humedad, y cuando levanté la cara tenía la respiración rota y los ojos brillantes.

—Ahora te toca a ti —dijo, sonriendo con la boca húmeda.

Me desabrochó el cinturón con una prisa sorprendente en alguien tan tranquila. Me bajó la cremallera, me sacó la polla ya dura y pesada y se la llevó a la boca sin más ceremonia, como si supiera exactamente lo que quería. Me recorrió el tronco con la lengua, chupó la cabeza despacio, rodeándola con los labios, y luego se la metió más, hasta la mitad, hasta casi tocarse la garganta. Yo la miraba desde arriba, hipnotizado por la forma en que me mamaba con esa mezcla de paciencia y hambre que me hizo perder el control en cuestión de segundos.

—Qué grande la tienes, hijo de puta —murmuró, soltando la polla con un chasquido húmedo—. Me vas a destrozar bien.

La levanté del sofá sin dejar de besarla. Caminamos a trompicones hasta el dormitorio, chocando con la pared, riéndonos por lo bajo como dos adolescentes. La colcha azul seguía tendida sobre la cama de matrimonio. La tumbé boca arriba y me arrodillé entre sus piernas. Tenía el coño abierto, mojado, brillando entre los labios hinchados. Lo lamí otra vez, despacio, abriendo más la carne con la lengua, metiendo dos dedos mientras le chupaba el clítoris con movimientos cortos y precisos. Ella se retorcía sobre las sábanas, me pedía más, me decía que no parara, que se lo hiciera otra vez.

—Venga, mete esa polla —jadeó—. Quiero sentirte dentro ya.

Me coloqué entre sus muslos y le guié la polla con la mano. La punta resbaló sobre el coño, empujó la entrada y la atravesó de un solo golpe lento, profundo, hasta quedar enterrada en su calor. La sensación fue brutal: carne madura, húmeda, apretándome con una fuerza que no esperaba. Ella abrió más las piernas, me clavó las uñas en la espalda y soltó un gemido largo cuando empecé a moverme.

Follamos despacio al principio, con ella mirándome a la cara y yo intentando no venirme demasiado pronto. Pero no había manera de ir despacio mucho rato. Su coño me agarraba como un puño mojado, masajeándome cada vez que la sacaba y volvía a entrar. Cambiamos de ritmo, de ángulo, de postura, con ella girándose un poco para que le levantara las caderas, y yo entrando más hondo, golpeando hasta el fondo cada vez, oyendo el sonido sucio de nuestros cuerpos chocando. Le aparté el pelo de la frente y le vi la boca entreabierta, los senos balanceándose con cada embestida, la piel del cuello húmeda de sudor.

—Sí, así, más fuerte —me dijo, sin ninguna vergüenza—. Dámela entera.

La puse a cuatro patas en la cama y le agarré las caderas. Desde atrás se veía aún mejor: la espalda fina arqueada, el culo separado un poco por la tensión, el sexo hinchado y rojo por tanto uso en tan poco rato. Entré otra vez y empecé a empujar con ritmo corto, seco, hundiéndome en su coño con golpes firmes que hacían vibrar toda la cama. Ella gemía con la cara hundida en la almohada y me devolvía cada empujón echando el culo hacia atrás, buscando más, abriéndose para mí sin ninguna reserva.

La segunda vez me costó más contenerme. Se corrió otra vez mientras yo la follaba por detrás, apretando el coño alrededor de mi polla con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio. Gritó mi nombre, o algo parecido, y luego se quedó quieta, jadeando, con las piernas temblándole debajo del cuerpo.

Yo no aguanté mucho más. Salí de ella, me agarré la polla con la mano y me la masturbé delante de su culo, viendo cómo me miraba de reojo, todavía temblorosa. Me pidió que se la diera en la cara. Se incorporó un poco, abrió la boca y me miró directo, sin apartar la vista. Me corrí sobre sus labios y su mentón, sobre las tetas caídas y el cuello, soltando chorros calientes de semen en la piel arrugada y suave, y ella se pasó dos dedos por la mejilla, recogiendo un poco y llevándoselo a la boca con total naturalidad.

—Estaba claro que ibas a acabar así —dijo, todavía respirando fuerte—. Te has puesto perdido.

Descansamos. Bebimos lo que quedaba de las cervezas. Ella me preguntó por mi trabajo con una naturalidad que me desconcertó un poco, como si estuviéramos en la cafetería de la esquina y no desnudos en su sofá.

—No te preocupes —dijo antes de que yo pudiera decir nada—. Yo no complico nada.

La segunda vez fue en el dormitorio, en su cama de matrimonio con colcha azul. Me hizo volver a bajar la cabeza entre sus piernas antes de montarse sobre mí, y yo le comí el coño con paciencia, notando cómo se le humedecía cada vez más la raja, cómo se le aflojaban las caderas mientras le metía la lengua hasta el fondo. Después se inclinó sobre mí, me pidió que le levantara el culo, y me dejó volver a meterle la polla con un movimiento lento y profundo, sintiendo otra vez aquel calor apretado que me llevaba al borde del descontrol.

La tomé por detrás y ella se apoyó en los codos, con la espalda arqueada, y me dejó llevar el ritmo. La piel le brillaba de sudor, el pelo blanco se le pegaba a la cara, y cada vez que yo embestía más fuerte ella apretaba los dientes, se mordía el labio y me pedía que no aflojara. Cuando terminamos, se giró y me dio un beso corto en la boca, como el que le das a alguien que conoces bien desde hace tiempo.

Eran casi las seis y media.

Me vestí deprisa mientras ella seguía en la cama, sin molestarse en taparse, mirándome con esa expresión que tenía y que yo nunca había sabido descifrar del todo. Me acompañó hasta la puerta envuelta en una bata de seda que cogió de la silla.

—Ya sabes dónde vivo —dijo, y cerró la puerta antes de que yo pudiera responder.

Bajé las escaleras sintiendo que me temblaban un poco las piernas. En la calle, el calor de julio seguía siendo el mismo de antes, pero yo era una versión ligeramente diferente de la persona que había entrado por esa puerta.

La seguí viendo durante unos meses más. Unas cuantas veces, siempre con su hija fuera, siempre con esa misma calma suya que me equilibraba a mí. Nunca hablamos de lo que era aquello. No hacía falta. A finales de año el trabajo me llevó a otra ciudad y el contacto se fue diluyendo de manera natural, sin escenas ni promesas que nadie pudiera cumplir.

Han pasado años desde entonces. Hay encuentros que no necesitan nombre ni explicación. Ese fue uno de ellos, y todavía lo recuerdo con la misma claridad con que recuerdo el calor de aquel julio sevillano.

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Comentarios(9)

RobertoMZ

Buenisimo el relato, de los mejores que lei en esta categoria!

Tomas_Lect

Por favor seguilo, quede con muchas ganas de saber mas de ella

el_pote33

jajaj me recordo a una vecina del barrio que tenia de joven... menos mal que los buenos recuerdos quedan

Lector_Curioso

Lo lei dos veces porque me engancho desde el primer parrafo. Esta muy bien contado, transmite algo distinto, mas emotivo que otros relatos. Muy bueno.

Mari_delNorte

Me gusto que no sea solo morbo, hay algo mas ahi. Bien escrito!

DaniB_99

excelente!!! sigue asi

GonzaLect

Y hubo una segunda vez? jaja eso me quedo dando vueltas

Marcos_viajero

Muy buen relato, se hizo corto la verdad. Me enganche desde el principio y no pude parar. Saludos desde el sur

Carmencita78

Me gusto como esta contado, con detalles pero sin caer en lo burdo. Muy buen relato!

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