Confieso que fantaseo con una mujer mucho mayor que yo
Hace meses que no consigo dormirme sin imaginarla.
No tiene una cara fija. A veces es la profesora del taller de cerámica al que voy los martes, una señora de cincuenta y pico que me corrige la postura de las manos con una paciencia que me parece demasiado deliberada. Otras veces es la dueña de la librería de la calle Mendoza, con el pelo gris recogido en un moño bajo y los anteojos colgando del cuello con una cadenita dorada. La fantasía cambia de protagonista, pero el guion es siempre el mismo, y siempre termina con mi mano metida bajo las sábanas.
Tengo veinte años. Mido un metro sesenta y dos, soy llenita de caderas y de pecho, blanca de piel aunque el verano me dejó las pecas más visibles sobre la nariz. Me visto distinto desde hace un tiempo: faldas más cortas, blusas con el cuello más abierto, lencería que nadie ve pero que me hace caminar derecha. Mi madre me pregunta si tengo novio y le digo que no. No le miento. No tengo a nadie. Tengo, solamente, esta fantasía que se repite con la disciplina de un rezo.
***
Imagino que es viernes por la tarde. Hace calor. Llevo dos horas frente al espejo eligiendo qué ponerme y al final me decido por la falda azul de tablas, esa que apenas me cubre la mitad de los muslos cuando me siento. Debajo, las panties de encaje blanco que compré una tarde de domingo en un local del centro y que me hicieron sonrojar cuando las pagué. Me pinto los labios de un rojo discreto. Me suelto el pelo. Me miro y pienso que estoy bonita. Pienso que estoy bonita para ella.
Quedamos en un bar pequeño de un barrio que no es el mío. Ella llega antes. Siempre llega antes. Tiene cuarenta y muchos, lleva un vestido negro hasta la rodilla y una pulsera de plata que tintinea cuando levanta la copa. Me mira entrar y la veo achicar los ojos un segundo, lo justo para hacerme saber que ha registrado cada detalle: el largo de la falda, el escote, los zapatos nuevos.
—Llegas tarde —dice.
—Solo cinco minutos.
—Cinco minutos son cinco minutos.
Me siento frente a ella. La silla es alta y tengo que cruzar las piernas con cuidado para no enseñarle todo a la primera. Pide vino tinto para las dos. No me pregunta qué quiero. Hace tiempo que dejó de preguntarme qué quiero, y eso me gusta más de lo que sé explicar.
***
El bar se va llenando. Un grupo de chicos entra y se acomoda en la barra. Uno de ellos, alto, con barba de tres días, gira la cabeza hacia nuestra mesa y se queda mirando un rato más de la cuenta. Yo no le hago caso. Pero ella sí.
Veo cómo aprieta la copa entre los dedos. Cómo se le tensa apenas la mandíbula, ese gesto mínimo que tiene cuando algo no le gusta.
—Nos vamos —dice.
—Si recién llegamos…
—He dicho que nos vamos.
Deja unos billetes sobre la mesa, me toma de la muñeca con una firmeza que no es de enfado pero tampoco de cariño, y me saca del bar sin mirar a nadie. La acera está casi vacía. Caminamos rápido, una esquina, dos esquinas, hasta que se mete por la puerta de un edificio antiguo y me hace pasar delante de ella. El portal huele a madera vieja y a flores secas. Una bombilla amarilla parpadea en el techo.
—¿Tu departamento? —pregunto, en voz baja.
—No. El de una amiga. Está de viaje.
Subimos dos pisos por una escalera estrecha. Mientras subo, sé que ella va mirando lo que la falda me deja ver, y camino más despacio adrede.
***
El living es pequeño y tiene una luz tibia que entra por las cortinas semiabiertas. Cierra la puerta y se queda un segundo apoyada contra la madera, observándome como si yo fuera una cosa que ha comprado y todavía está decidiendo dónde colocar.
—¿Tú sabes lo que estabas haciendo allá adentro? —me pregunta.
—No estaba haciendo nada.
—Estabas exhibiéndote.
—No es verdad.
—Esa falda es ridículamente corta. Ese chico te miraba las piernas como si tuviera derecho.
—Yo no me vestí para él.
—¿No?
—No.
—¿Y para quién, entonces?
Bajo los ojos. Me late todo el cuerpo en la garganta. Su voz se ha vuelto más baja, más lenta, esa cadencia que pone cuando sabe exactamente lo que voy a contestar y solo quiere oírmelo decir.
—Para ti —digo.
—No te oigo.
—Me vestí para ti.
***
Da dos pasos hasta quedar a un palmo. No me toca todavía. Solo me mira, y siento que me he quedado sin aire en algún punto entre las costillas.
—Te vestiste así para mí y la mitad del bar te estaba mirando.
—No pensé que…
—No, no pensaste. Esa es la cuestión.
Levanto los ojos. Tiene una pequeña arruga entre las cejas que se le marca cuando hace ese tono, y dos canas finas que le nacen en las sienes y que yo encuentro hermosas de una manera que no sabría explicar.
—Perdón —digo, y la voz me sale más infantil de lo que querría.
Se le ablanda la cara. Apenas. Una décima.
No me odia. Está jugando.
—Levántate la falda —ordena.
—¿Aquí?
—Aquí. Para que vea cómo te vestiste para mí.
Lo hago. Tomo el borde de la falda con las dos manos y la subo despacio, hasta que las panties de encaje blanco quedan a la vista. Ella inclina la cabeza, examinándolas como si fueran un detalle técnico que tuviera que aprobar.
—Ahora date una vuelta. Despacio.
Giro. Siento sus ojos en cada centímetro. Cuando vuelvo a quedar de frente, le tiembla la comisura de los labios en una sonrisa contenida.
—Bien —dice—. Está bien.
***
Avanza. Me toma de los hombros y me apoya con suavidad contra la pared del recibidor. La pared está fría. La espalda se me eriza en una décima de segundo. Sus manos suben de los hombros al cuello, del cuello a la cara, y me sostiene la mandíbula con una de las dos como quien sostiene algo que podría romperse.
—¿Te enojaste conmigo? —pregunto, susurrando.
—Me enojé porque no soporto que otros te miren.
—Pero solo tú me…
—Lo sé. Yo lo sé. Pero no soporto que ellos no lo sepan.
Y me besa. No es un beso de saludo. Es un beso de los que empiezan por morder antes de cualquier ternura. Tiene los labios más finos que los míos y un sabor levemente amargo a vino tinto, y cuando me suelta tengo que aguantarme las ganas de pedirle que vuelva.
Sus manos bajan al pecho. Lo aprieta por encima de la blusa, primero uno y después el otro, con una calma quirúrgica que me hace pensar que va a hacer todo a su tiempo, no al mío. Me desabotona la blusa de tres en tres. Me la deja abierta sin sacármela. Hunde la cara en el hueco entre mis pechos un instante, solo respirando, y luego sube la mirada hasta encontrarse con la mía.
—No te muevas —dice.
—No me estoy moviendo.
—Te vas a mover. Y cuando te muevas, te voy a parar.
***
Apoya una rodilla entre mis muslos. La presión es exacta, ni mucha ni poca, y siento cómo el calor empieza a subirme desde el bajo vientre hasta el cuello. Quiero apretarme contra esa rodilla. Lo hago un milímetro y ella, fiel a su palabra, retrocede el mismo milímetro.
—Quieta.
—Es difícil.
—Ya sé.
Le obedezco. Me cuesta. Tengo las manos abiertas contra la pared porque no sé dónde ponerlas y porque ella no me ha dicho que la pueda tocar. Sus dedos bajan por mi cintura, dibujan el borde de la falda, se cuelan apenas debajo del elástico de las panties. Me roza, una vez, dos veces, sin entrar, y yo escondo la cara en su cuello para que el gemido se me quede ahí, donde solo lo oye ella.
—Buena nena —murmura.
Esas dos palabras me deshacen.
***
Sus dedos por fin se meten bajo el encaje. Encuentra cuánto me ha mojado y se ríe bajito, una risa de victoria contenida, como si lo hubiera sabido antes de comprobarlo. Empieza a hacer círculos lentos, exactos, mientras me sostiene con la otra mano por la nuca para que no le aparte la cara.
Me muevo. Me muevo aunque no debería. Acerco las caderas, busco más fricción, y ella esta vez no me detiene; tal vez porque ya he aguantado bastante, tal vez porque le gusta verme romper la regla.
—Mírame —me ordena.
La miro. Tiene los ojos oscuros, las pupilas dilatadas, esa concentración de quien hace algo que le importa hacer bien. Sigo mirándola mientras sus dedos no paran y mi respiración se vuelve un asunto que ya no controlo.
Saca la mano de golpe, justo cuando empezaba a temblar. Se chupa los dedos sin dejar de mirarme.
—Bájate la ropa interior —dice.
—¿Qué?
—Bájate la ropa interior y déjala caer.
***
Lo hago con manos torpes. El encaje se queda enredado en uno de mis tobillos. Ella se arrodilla frente a mí, despacio, con la solemnidad de alguien que entra a una iglesia, y me separa los muslos con las dos manos. La pared se me clava en los omóplatos. La rodilla me tiembla.
—Si te caes, te caes —dice, sonriendo desde abajo—. Pero no te muevas.
Y entonces siento su lengua. La pasa una vez, larga, lenta, de abajo hacia arriba, y me muerdo el dorso de la mano para no gritar. Sus manos suben por la cara interna de los muslos, me los abren un poco más, y vuelve a pasar la lengua, esta vez más despacio, como si estuviera midiendo el sabor.
—No te tapes la boca —dice, levantando un instante la cabeza—. Quiero oírte.
—No quiero que nadie…
—Solo estoy yo. Y quiero oírte.
Bajo la mano. La apoyo en su cabeza. Le toco el pelo, recogido en un moño bajo del que se le escapan algunos mechones. Cuando vuelve a hundir la cara entre mis piernas, dejo que un gemido se me escape, y luego otro, y al cabo de un minuto ya no son míos: son de ella.
***
Empuja la lengua más adentro. Mueve los dedos en círculos sobre mi clítoris, no muy fuerte, ese ritmo justo que ha aprendido en alguna fantasía mía anterior. Yo me sostengo de su pelo, me clavo las uñas en la palma de la otra mano, y todo el cuerpo me empieza a temblar de los pies a la cabeza.
Murmuro su nombre. No te voy a decir cuál es: en mis fantasías ella tiene siempre el mismo nombre y no se lo voy a regalar a nadie más. Lo murmuro tres veces, cuatro, y cuando llego, llego en su boca, sin avisar, agarrándola del pelo con más fuerza de la que pretendía.
Ella no se aparta. Sigue ahí hasta el último temblor, hasta el último espasmo, hasta que ya no me sale ni un sonido. Luego se levanta, despacio, se seca la barbilla con el dorso de la mano y me mira con algo que no sé si es ternura o satisfacción o las dos cosas mezcladas.
—Mi nena buena —dice—. Esto era tu recompensa por haberte vestido tan bonita para mí.
***
Abro los ojos.
Sigo en mi cama. La sábana está enredada entre las piernas. El despertador de la mesita marca las cuatro y siete de la mañana. Por la ventana entra una luz azulada de farol que dibuja la silueta del armario en el suelo.
No la he visto nunca. No le he hablado nunca. Quizás no exista. Quizás sí; quizás sea esa señora que veo a veces leyendo en la plaza con un libro grueso entre las manos, o la que me devuelve el cambio en la panadería sin levantar los ojos. Quizás no llegue nunca a tocarme. Quizás un día sí.
Mientras tanto, me acomodo de costado, escondo la cara en la almohada, y sonrío sola en la oscuridad.
Esta noche también ha sido suficiente.