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Relatos Ardientes

Cómo descubrí que era bisexual a los cuarenta

Hasta los cuarenta y tres años nunca dudé de mi orientación. Estaba divorciado desde hacía dos, vivía solo en un departamento del centro, y mi vida sexual giraba alrededor de un par de amigas con confianza y alguna cita ocasional. Mujeres, siempre mujeres. Esa certeza era parte de cómo me presentaba ante el mundo y, sobre todo, ante mí mismo.

La grieta apareció el verano pasado, en casa de una pareja amiga. Lucía y Ramiro tenían una relación abierta desde mucho antes de conocerme, y una noche de vino de más me propusieron ser el tercero. Acepté. Pensé que sería una experiencia para guardar en silencio, un capricho de adulto curioso.

Empezamos en el living, con la luz baja y un blues sonando bajito. Lucía se acomodó sobre mí en un sesenta y nueve clásico. Mi lengua recorría la suya, sus caderas se movían lentas sobre mi cara, y a un metro de distancia, Ramiro nos miraba desde el sillón, fumando, con la mano en su entrepierna. Ese era el trato: él miraba. Eso fue lo que me habían dicho.

En algún momento dejé de oír el sonido del encendedor y, cuando abrí los ojos, ya estaba detrás de ella. La penetraba con calma, sin hablar, sin pedir permiso. Sentí el roce primero. Un instante después, un sabor distinto en la lengua: el sabor de él saliendo de ella. Me quedé quieto. No me aparté. Me sorprendió no apartarme.

Lo lamí cuando volvió a salir. Los dos se corrieron casi al mismo tiempo y yo seguí debajo, con la boca abierta, recibiéndolos. Nadie dijo nada después. Lucía me besó la frente, Ramiro me alcanzó una toalla y la conversación derivó hacia el clima, como si lo que acababa de pasar fuera un detalle sin importancia.

Para ellos quizás lo era. Para mí, no.

***

Los meses siguientes los pasé dándole vueltas a una sola pregunta: ¿por qué no había sentido el rechazo que esperaba sentir? Mi cabeza, entrenada durante cuatro décadas, suponía una reacción de asco. Lo que apareció en su lugar fue una curiosidad sostenida, callada, que volvía cada vez que me masturbaba antes de dormir.

No quería repetir el episodio con Lucía y Ramiro. Había sido un accidente provechoso, pero un accidente al fin. Lo que me intrigaba era saber qué iba a pasar si lo buscaba a propósito, lejos de un cuerpo de mujer entre los dos.

Una madrugada terminé en una página de avisos. En la sección de hombre busca hombre encontré un anuncio que se quedó conmigo: «Joven sin experiencia busca señor maduro para masturbación mutua. Solo eso. Discreción y paciencia». Le escribí desde una cuenta nueva.

Se llamaba Dante. Veintidós años. Estudiaba algo relacionado con diseño y, según me contó por WhatsApp durante una semana entera, también era su primera vez. Veía porno gay desde el secundario, pero nunca había tocado a otro hombre. Tampoco quería penetración. Quería empezar por algo simple: dos hombres, dos manos, un descubrimiento.

Nos vimos antes en el shopping. Café, cuarenta minutos, ninguna palabra de sexo. Era bajito, moreno, delgado, con esa cintura estrecha y el culo levantado que un amigo mío, sin sutileza, habría llamado pasto tierno para buey viejo. Yo, por dentro, pensé que si iba a meterme en esto, iba a hacerlo con ganas. Le pedí su mano debajo de la mesa, la sostuve diez segundos y le dije que mi departamento estaba a cuatro cuadras.

Aceptó sin dudar.

***

El centro tiene esa ventaja: a las siete de la tarde uno camina entre cientos de personas y nadie mira a nadie. Subimos al edificio sin hablar. En el hall esperamos el ascensor mirando los buzones, con dos pasos de distancia entre los dos, como si fuéramos dos vecinos que recién se cruzan.

Cuando se cerraron las puertas, lo miré por el espejo. Tenía la mochila adelante para taparse y la respiración corta.

—Se te nota —le dije bajo.

—Lo sé.

—También a mí, si te quedás tranquilo. Es la primera vez para los dos.

Le puse la mano encima del jean, sin presionar. Sentí cómo se endurecía debajo de la tela. Él cerró los ojos un segundo y respiró por la boca.

—Tomátelo con calma —le dije—. No hay nada que probar.

El ascensor se abrió en el quinto piso y caminamos por el pasillo en silencio.

***

Adentro le ofrecí un trago. Whisky con hielo. Puse en la tele un video que tenía guardado: dos chicos, ninguno mayor de treinta, masturbándose en una cama. Me senté en el sillón a una distancia prudente, le pasé el control y le hablé sin mirarlo.

—El aviso lo pusiste vos —dije—. Así que la iniciativa la tomás vos.

—Estoy nervioso.

—Yo también. Más de lo que creía.

Era cierto. Llevaba veinticinco años acostumbrado a guiar, a decidir el ritmo con las mujeres con las que me acostaba. Esa noche me sentía dentro de un terreno donde mi experiencia no servía de nada.

Le puse la mano en la entrepierna otra vez, más arriba que en el ascensor. El bulto debajo del jean estaba duro y caliente. Lo apreté con la palma abierta.

—¿Vamos al dormitorio? —pregunté.

Asintió. Me paré primero, le pasé la mano por la espalda y lo guie por el pasillo. Quince metros que recorrimos despacio. En mitad del trayecto bajé la mano, le toqué el culo por encima del pantalón. No se apartó. Apoyó la frente en mi hombro un segundo y siguió caminando.

***

—Acostate —le dije—. Voy a poner música.

Le bajé el pantalón antes de salir del cuarto. Le quedó la remera arremangada hasta el pecho y el bóxer puesto. Lo dejé así, con la mano sobre la tela, y volví al living a buscar el parlante. Era una vieja táctica mía: salir un momento para que el otro se animara solo, para que el deseo lo trabajara sin público.

Cuando volví, me desvestí en el pasillo. Entré al dormitorio con la luz indirecta de la lámpara del costado. Dante tenía los ojos cerrados y la mano dentro del bóxer. La remera, arremangada. Respiraba fuerte.

—No los abras —le dije—. Por ahora, no los abras.

Me acosté de costado, en sentido contrario al suyo. Le tomé la mano que tenía sobre el pecho y la llevé a mi pene. La cerré sobre él. Sentí los dedos titubeantes durante un segundo y después acomodarse, sin urgencia, alrededor.

—Sentí cómo estoy yo también —dije.

Le bajé el bóxer hasta los muslos. Lo tomé en la mano y me quedé un instante mirándolo: largo, fino, una vena marcada en el dorso. Era la primera vez en mi vida que sostenía el pene de otro hombre. No supe qué pensaba. Solo supe que la curiosidad de los últimos meses tenía, por fin, una textura.

—Qué rico lo que siento —murmuró—. Es la primera vez. No sé si me voy a controlar.

—No lo controles. No quiero que lo controles. Cuando estés por venirte, avisame, y voy con vos.

***

Lo masturbé despacio durante mucho rato. Más de media hora, miré el reloj después. Le humedecía los dedos con saliva, le acariciaba el glande con la yema del pulgar, lo apretaba en la base cuando lo sentía a punto y le presionaba después los testículos con suavidad para bajarle la urgencia. Quería estirar esa primera vez todo lo posible. Sabía, por las mujeres con las que había estado, que un cuerpo que se contiene aprende a sentir distinto.

Él me masturbaba también, con más entusiasmo que técnica, y eso a mí me daba lo mismo. La cabeza me funcionaba a otra velocidad. No estaba pensando «esto es un hombre». Estaba pensando «esto soy yo, haciendo esto». Eran dos conclusiones distintas y las dos me sorprendían.

Cuando entendí que él ya no aguantaba más, le aceleré. Le apreté la base con dos dedos, recorrí el largo con la otra mano y respiré con él.

—Quiero que acabemos juntos —dijo, casi sin voz.

—Avisame.

—Me voy.

Lo acompañé. Sentí el chorro tibio caerme en los nudillos y, una décima de segundo después, el mío en la palma de Dante. Tres veces tembló. Tres veces sentí que su mano me apretaba más fuerte. Pensé que ahí terminaba la cita.

—Seguí —le dije—. Quiero darte una sorpresa.

***

Me deslicé hacia abajo, me acomodé sobre su pelvis y me lo metí entero en la boca antes de que pudiera reaccionar. Lo hice como les hago a las mujeres con las que tengo confianza: con la lengua apoyada contra los molares, dejando libre la entrada de la garganta. Sentí en la tráquea el último resto tibio de lo que ya se había venido en mi mano.

—Qué hacés —dijo, con un hilo de voz que no era una pregunta.

No le contesté. Le tomé las caderas y empecé a moverme. La segunda y la tercera descarga, en cualquier eyaculación, son menos intensas que la primera; lo que hace falta es paciencia y constancia. Le acariciaba con la lengua la línea entre los testículos, lo hundía en la boca hasta el final y lo dejaba salir lentamente. Lo escuché jadear.

Se vino dos veces más. La última fue corta, apenas un temblor. Me agarró del pelo con una fuerza que no era propia de un chico tímido y me hizo terminar de tragar.

Cuando lo solté, abrió los ojos por primera vez en horas. Me miró desde abajo, en silencio. Tenía la boca abierta, las pupilas todavía dilatadas. No dijo gracias. No hacía falta.

***

Después fumamos un cigarrillo en la cama, descalzos, sin volver a tocarnos. Le dije que la próxima vez yo quería terminar en su boca, si él quería. Asintió con una sonrisa nueva, una sonrisa que no había tenido en el café ni en el ascensor.

Mientras se vestía, pensé en algo que no había pensado nunca. Hasta esa noche, había creído que las personas se dividían en categorías cerradas: hombres, mujeres, gays, heterosexuales, bisexuales. Después de Lucía y Ramiro había sospechado que la frontera podía moverse. Con Dante entendí, por primera vez, que la frontera nunca había estado donde yo creía.

Bajé a despedirlo. En la calle del centro, a las once de la noche, seguíamos siendo invisibles. Le di la mano como cualquier amigo y volví al departamento sin apuro.

Si alguno me preguntara hoy cómo me defino, seguiría dudando. Pero la duda, descubrí, no es lo contrario de la certeza. A veces es solo el lugar donde empieza lo que uno todavía no se animó a contar.

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