Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cómo descubrí que era bisexual a los cuarenta

Hasta los cuarenta y tres años nunca dudé de mi orientación. Estaba divorciado desde hacía dos, vivía solo en un departamento del centro, y mi vida sexual giraba alrededor de un par de amigas con confianza y alguna cita ocasional. Mujeres, siempre mujeres. Esa certeza era parte de cómo me presentaba ante el mundo y, sobre todo, ante mí mismo.

La grieta apareció el verano pasado, en casa de una pareja amiga. Lucía y Ramiro tenían una relación abierta desde mucho antes de conocerme, y una noche de vino de más me propusieron ser el tercero. Acepté. Pensé que sería una experiencia para guardar en silencio, un capricho de adulto curioso.

Empezamos en el living, con la luz baja y un blues sonando bajito. Lucía se acomodó sobre mí en un sesenta y nueve clásico, con el coño abierto encima de mi cara y su boca engullendo mi verga hasta la base. La lamí de arriba abajo, hundiéndole la lengua en la raja empapada, chupándole el clítoris hinchado mientras ella gemía con mi polla adentro. Sus caderas se movían lentas, restregándome el coño contra la boca, y a un metro de distancia, Ramiro nos miraba desde el sillón, fumando, con la mano en la verga dura que asomaba por la bragueta abierta. Ese era el trato: él miraba. Eso fue lo que me habían dicho.

En algún momento dejé de oír el sonido del encendedor y, cuando abrí los ojos, Ramiro ya estaba de rodillas detrás de ella. La penetraba con calma, sin hablar, sin pedir permiso. Sentí el roce primero: el tronco grueso de su polla entrando y saliendo del coño de Lucía a dos centímetros de mi boca. Un instante después, un sabor distinto en la lengua: espeso, salado, el sabor de otro hombre saliendo de ella mezclado con sus jugos. Me quedé quieto. No me aparté. Me sorprendió no apartarme.

Cuando la verga de Ramiro volvió a salir, brillante y venosa, la lamí. Lamí el eje entero desde los huevos hasta el glande antes de que él volviera a hundirla en el coño de Lucía. Repetí el gesto cada vez que salía, chupándole el jugo mezclado, dejándome la lengua embadurnada del semen que él iba dejando adentro. Los dos se corrieron casi al mismo tiempo, Lucía apretándome la cara con los muslos mientras se venía en mi boca a chorros, y Ramiro descargando adentro de ella con un gruñido, tirando después el último chorro en mi lengua abierta. Yo seguí debajo, con la boca abierta, tragando lo que caía, sintiéndome la garganta caliente de dos corridas ajenas. Nadie dijo nada después. Lucía me besó la frente, Ramiro me alcanzó una toalla y la conversación derivó hacia el clima, como si lo que acababa de pasar fuera un detalle sin importancia.

Para ellos quizás lo era. Para mí, no.

***

Los meses siguientes los pasé dándole vueltas a una sola pregunta: ¿por qué no había sentido el rechazo que esperaba sentir? Mi cabeza, entrenada durante cuatro décadas, suponía una reacción de asco. Lo que apareció en su lugar fue una curiosidad sostenida, callada, que volvía cada vez que me hacía la paja antes de dormir, con la mano cerrada sobre la polla y el recuerdo del sabor de Ramiro clavado en la lengua.

No quería repetir el episodio con Lucía y Ramiro. Había sido un accidente provechoso, pero un accidente al fin. Lo que me intrigaba era saber qué iba a pasar si lo buscaba a propósito, lejos de un cuerpo de mujer entre los dos.

Una madrugada terminé en una página de avisos. En la sección de hombre busca hombre encontré un anuncio que se quedó conmigo: «Joven sin experiencia busca señor maduro para masturbación mutua. Solo eso. Discreción y paciencia». Le escribí desde una cuenta nueva.

Se llamaba Dante. Veintidós años. Estudiaba algo relacionado con diseño y, según me contó por WhatsApp durante una semana entera, también era su primera vez. Veía porno gay desde el secundario, pero nunca había tocado a otro hombre. Tampoco quería penetración. Quería empezar por algo simple: dos hombres, dos manos, un descubrimiento.

Nos vimos antes en el shopping. Café, cuarenta minutos, ninguna palabra de sexo. Era bajito, moreno, delgado, con esa cintura estrecha y el culo levantado que un amigo mío, sin sutileza, habría llamado pasto tierno para buey viejo. Yo, por dentro, pensé que si iba a meterme en esto, iba a hacerlo con ganas. Le pedí su mano debajo de la mesa, la sostuve diez segundos y le dije que mi departamento estaba a cuatro cuadras.

Aceptó sin dudar.

***

El centro tiene esa ventaja: a las siete de la tarde uno camina entre cientos de personas y nadie mira a nadie. Subimos al edificio sin hablar. En el hall esperamos el ascensor mirando los buzones, con dos pasos de distancia entre los dos, como si fuéramos dos vecinos que recién se cruzan.

Cuando se cerraron las puertas, lo miré por el espejo. Tenía la mochila adelante para taparse y la respiración corta.

—Se te nota —le dije bajo.

—Lo sé.

—También a mí, si te quedás tranquilo. Es la primera vez para los dos.

Le puse la mano encima del jean, sin presionar. Sentí cómo se endurecía debajo de la tela, la polla marcándose de costado, latiéndome contra la palma. Se la apreté una vez, larga, siguiendo el trazo con dos dedos. Él cerró los ojos un segundo y respiró por la boca.

—Tomátelo con calma —le dije—. No hay nada que probar.

El ascensor se abrió en el quinto piso y caminamos por el pasillo en silencio.

***

Adentro le ofrecí un trago. Whisky con hielo. Puse en la tele un video que tenía guardado: dos chicos, ninguno mayor de treinta, cogiendo en una cama, uno mamándole la polla al otro a cuatro patas. Me senté en el sillón a una distancia prudente, le pasé el control y le hablé sin mirarlo.

—El aviso lo pusiste vos —dije—. Así que la iniciativa la tomás vos.

—Estoy nervioso.

—Yo también. Más de lo que creía.

Era cierto. Llevaba veinticinco años acostumbrado a guiar, a decidir el ritmo con las mujeres con las que cogía. Esa noche me sentía dentro de un terreno donde mi experiencia no servía de nada.

Le puse la mano en la entrepierna otra vez, más arriba que en el ascensor. El bulto debajo del jean estaba duro y caliente, la punta empujando hacia arriba, marcando una mancha húmeda en la tela. Lo apreté con la palma abierta, le recorrí el largo con el pulgar y sentí cómo se le contraía la polla contra mi mano.

—¿Vamos al dormitorio? —pregunté.

Asintió. Me paré primero, le pasé la mano por la espalda y lo guie por el pasillo. Quince metros que recorrimos despacio. En mitad del trayecto bajé la mano, le toqué el culo por encima del pantalón, le hundí los dedos entre las nalgas apretadas y le apreté fuerte. No se apartó. Apoyó la frente en mi hombro un segundo y siguió caminando con mi mano metida en la raya del culo.

***

—Acostate —le dije—. Voy a poner música.

Le bajé el pantalón antes de salir del cuarto. Le quedó la remera arremangada hasta el pecho y el bóxer puesto, la polla marcada de lado, mojando la tela clara con una mancha de líquido preseminal que se agrandaba. Lo dejé así, con la mano sobre la tela, apretándosela una última vez sobre el eje duro, y volví al living a buscar el parlante. Era una vieja táctica mía: salir un momento para que el otro se animara solo, para que el deseo lo trabajara sin público.

Cuando volví, me desvestí en el pasillo. Entré al dormitorio con la polla ya dura, apuntando adelante, y con la luz indirecta de la lámpara del costado. Dante tenía los ojos cerrados y la mano metida dentro del bóxer, moviéndose despacio, la muñeca subiendo y bajando debajo de la tela. La remera, arremangada. Respiraba fuerte.

—No los abras —le dije—. Por ahora, no los abras.

Me acosté de costado, en sentido contrario al suyo, con mi verga a la altura de su cara y su polla a la altura de la mía. Le tomé la mano que tenía sobre el pecho y la llevé a mi pene. La cerré sobre él. Sentí los dedos titubeantes durante un segundo y después acomodarse, sin urgencia, alrededor del tronco.

—Sentí cómo estoy yo también —dije.

Le bajé el bóxer hasta los muslos. La verga le saltó afuera, dura, apuntando al techo, un hilo de líquido brillándole en la punta. La tomé en la mano y me quedé un instante mirándola: larga, fina, una vena marcada en el dorso, el glande morado e hinchado, los huevos apretados contra la base. Era la primera vez en mi vida que sostenía la polla de otro hombre. Le pasé el pulgar por encima del capullo, le junté el líquido preseminal y lo esparcí por toda la cabeza, sintiendo cómo se le tensaba entera. No supe qué pensaba. Solo supe que la curiosidad de los últimos meses tenía, por fin, una textura: caliente, dura, palpitándome en la palma.

—Qué rico lo que siento —murmuró—. Es la primera vez. No sé si me voy a controlar.

—No lo controles. No quiero que lo controles. Cuando estés por venirte, avisame, y voy con vos.

***

Se la pajeé despacio durante mucho rato. Más de media hora, miré el reloj después. Le humedecía los dedos con saliva y se los deslizaba por el eje entero, apretando la mano en el descenso, aflojando en la subida. Le acariciaba el glande con la yema del pulgar, girándolo en círculos sobre la corona sensible, y cuando lo sentía a punto le apretaba la base con dos dedos, cortándole la corrida en seco. Después le presionaba los testículos con suavidad para bajarle la urgencia, se los rodaba entre los dedos, se los sopesaba en la palma. Quería estirar esa primera vez todo lo posible. Sabía, por las mujeres con las que había estado, que un cuerpo que se contiene aprende a sentir distinto.

En una de esas pausas bajé la cabeza y le pasé la lengua por el capullo, un lengüetazo largo y plano, chupándole la gota que le colgaba de la punta. Lo escuché gemir hondo. Le hundí la polla entera en la boca, hasta que la punta me tocó el paladar blando, y me quedé ahí unos segundos, tragándole la verga, sintiéndosela latir contra la lengua. Después me la saqué y volví a la mano.

Él me la pajeaba también, con más entusiasmo que técnica, cerrándome la mano demasiado fuerte en la base y aflojando de más arriba, pero eso a mí me daba lo mismo. Me chorreaba líquido preseminal por los dedos y él lo usaba de lubricante, esparciéndomelo por todo el eje. La cabeza me funcionaba a otra velocidad. No estaba pensando «esto es un hombre». Estaba pensando «esto soy yo, con la polla de otro tipo en la mano, con la boca todavía con gusto a su verga». Eran dos conclusiones distintas y las dos me sorprendían.

Cuando entendí que él ya no aguantaba más, le aceleré. Le apreté la base con dos dedos, recorrí el largo con la otra mano, más rápido, más fuerte, sintiendo cómo se le hinchaba el glande contra mi palma. Respiré con él.

—Quiero que acabemos juntos —dijo, casi sin voz.

—Avisame.

—Me voy.

Lo acompañé. Le apreté la verga con todos los dedos cerrados y aceleré la muñeca, y él hizo lo mismo con la mía. Sentí el primer chorro tibio caerme en los nudillos, espeso, largo, y una décima de segundo después me largué yo en la palma de Dante, sintiendo cómo la primera descarga me subía desde los huevos y le pintaba la mano de blanco. Tres veces tembló él. Tres veces sentí que su mano me apretaba más fuerte y me sacaba otro chorro. Cuando terminamos, tenía los dedos empapados de semen suyo y el vientre pintado del mío. Pensé que ahí terminaba la cita.

—Seguí —le dije—. Quiero darte una sorpresa.

***

Me deslicé hacia abajo, me acomodé sobre su pelvis y me la metí entera en la boca antes de que pudiera reaccionar. La polla todavía dura, todavía chorreando el último resto de la corrida, me entró de una hasta la garganta. Lo hice como se las hago a las mujeres con las que tengo confianza: con la lengua apoyada contra los molares, dejando libre la entrada de la garganta, tragando cada vez que la punta me tocaba el fondo. Sentí en la tráquea el último resto tibio de la corrida que se había venido en mi mano y me lo tragué sin pensar.

—Qué hacés —dijo, con un hilo de voz que no era una pregunta.

No le contesté. Le tomé las caderas y empecé a moverme, subiendo y bajando la boca por el eje entero, chupando fuerte en la subida, aflojando los labios en la bajada. Le apretaba los huevos con una mano mientras con la otra le acariciaba el interior del muslo. La segunda y la tercera descarga, en cualquier eyaculación, son menos intensas que la primera; lo que hace falta es paciencia y constancia. Le acariciaba con la lengua la línea entre los testículos, bajaba hasta metérselos uno por uno en la boca, chupándoselos, mientras con la mano le seguía trabajando la verga a un ritmo lento. Después volvía al eje, lo hundía en la boca hasta el final y lo dejaba salir lentamente, marcándole cada centímetro con los labios apretados. Lo escuché jadear, decir «la puta madre» entre dientes, arquear la pelvis buscándome la boca.

Le pasé la lengua por debajo del glande, en ese pliegue sensible que tiene toda polla circuncidada, y lo sentí temblar entero. Me metí la verga hasta el fondo otra vez, dejé que la punta me forzara la garganta, y tragué con él adentro, apretándoselo con los músculos de la boca. Se vino una segunda vez con un espasmo largo, tres chorros que me cayeron directo al fondo de la garganta y que tragué sin sacar la boca. Sabía fuerte, más denso que la primera, con un dejo salado que me quedó en el paladar.

No lo solté. Le seguí chupando, más lento ahora, dejándolo bajar y volver a subir. La polla se le puso semiblanda y después, con la insistencia, volvió a endurecerse. La tercera fue corta, apenas un temblor, dos gotas que me llenaron la lengua. Me agarró del pelo con una fuerza que no era propia de un chico tímido y me hizo terminar de tragar, apretándome la cabeza contra su pelvis hasta que le chupé la última gota de la punta.

Cuando lo solté, abrió los ojos por primera vez en horas. Me miró desde abajo, en silencio. Tenía la boca abierta, las pupilas todavía dilatadas, el pecho subiendo y bajando. Le quedaban rastros de saliva mía sobre la verga floja, brillándole sobre el vientre. No dijo gracias. No hacía falta.

***

Después fumamos un cigarrillo en la cama, descalzos, sin volver a tocarnos. Le dije que la próxima vez yo quería terminar en su boca, si él quería. Asintió con una sonrisa nueva, una sonrisa que no había tenido en el café ni en el ascensor.

Mientras se vestía, pensé en algo que no había pensado nunca. Hasta esa noche, había creído que las personas se dividían en categorías cerradas: hombres, mujeres, gays, heterosexuales, bisexuales. Después de Lucía y Ramiro había sospechado que la frontera podía moverse. Con Dante entendí, por primera vez, con el gusto de su semen todavía en la lengua, que la frontera nunca había estado donde yo creía.

Bajé a despedirlo. En la calle del centro, a las once de la noche, seguíamos siendo invisibles. Le di la mano como cualquier amigo y volví al departamento sin apuro.

Si alguno me preguntara hoy cómo me defino, seguiría dudando. Pero la duda, descubrí, no es lo contrario de la certeza. A veces es solo el lugar donde empieza lo que uno todavía no se animó a contar.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(9)

MariaCba

Que relato tan honesto, de verdad. Me llego al alma leerlo. Gracias por animarte a contar algo tan personal!

LeticiaCR

Dios mío quedé sin palabras... ¿hay segunda parte? me quede con muuuchas ganas de saber como siguió todo

HoracioRosario

Lo que mas me gusta de los relatos de confesiones es cuando notás que son reales. Este lo es, se siente en cada frase. Sin exageraciones, sin drama forzado. Muy bien escrito.

RosaTornquist

increible!! con el titulo ya me enganche

DamianRio

y despues que pasó? me quede con la intriga jaja

FanDeLaFiccion

Hay algo en como lo contás que te engancha desde la primera linea. No es facil escribir sobre algo tan intimo con tanta honestidad y sin caer en el dramatismo innecesario. Me parece de lo mejor que leí en esta categoría en mucho tiempo. Seguí escribiendo.

Graciela_MD

Me recordó a una amiga mia que pasó algo parecido ya pasados los cuarenta. La vida te sorprende de las formas mas inesperadas. Gracias por compartirlo!

Electora_Av

Muy bueno, sigue asi!!

LauraX_ok

que pluma!! me gustó mucho como lo narraste, se siente autentico. Espero que escribas mas cosas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.