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Relatos Ardientes

La pareja madura que me invitó a su casa esa noche

Tras la publicación de un relato anterior empezaron a llegarme mensajes, pero hubo uno que me costó responder. Una pareja del norte, los dos rondando los sesenta, me planteaba lo que ellos llamaban «una noche larga». Por las fotos supe enseguida que él era bisexual y que la propuesta iba en serio. Ella, a quien aquí llamaré Marta, andaría por el metro setenta, unos setenta y cinco kilos, melena rubia teñida hasta los hombros y un pecho generoso. Él, Ricardo, debía rondar el metro ochenta, complexión fuerte sin llegar a grueso, pelo canoso abundante también por el cuerpo, dos tatuajes y un miembro que en las fotos, todavía en reposo, ya intimidaba.

Estuvimos semanas afinando los detalles por mensaje. Lo que querían, según sus palabras, era «una crossover bien dispuesta». Acepté con una condición: nada de correrse en mi boca. Por lo demás, haría de pasiva el cien por cien para los dos y aceptaría un toque de sumisión. Cuando llegó el día y me senté frente al espejo de mi piso, estuve a punto de cancelar tres veces.

Me había depilado con cera dos días antes: genitales, ano, axilas. El pecho y las piernas las llevo siempre lampiñas. Esa misma tarde me hice una pequeña irrigación para tener el intestino limpio y me di una ducha larga. Después vino el ritual de siempre. Lencería blanca con liguero, medias hasta medio muslo, sandalias de tacón medio y un vestido negro ajustado que se me pegaba donde tenía que pegarse. Peluca de media melena oscura, labios pintados en un tono granate suave, ojos ahumados sin pasarme, las uñas de los pies en rojo. Cuando me miré antes de salir reconocí a alguien que no era yo del todo y, sin embargo, me reconocí.

Salí desde el garaje de mi edificio para no cruzarme con nadie del vecindario. Conduje hasta el suyo con las manos sudando sobre el volante. Aparqué en la plaza que me habían reservado y subí en el ascensor con el corazón en la garganta. Por mucho que vaya arreglada, cuando se fija uno bien se nota que soy un chico travestido, y rezaba para no encontrarme con ningún vecino que se quedara mirando.

Llegué al rellano. Llamé al timbre del segundo izquierda y la puerta se abrió antes de que terminara de bajar la mano.

—Vamos, zorra, pasa —dijo Ricardo sin saludar.

Llevaba un albornoz blanco que le quedaba corto y unas zapatillas de andar por casa. Olía a colonia recién aplicada. Lo seguí hasta el salón, donde Marta esperaba de pie en el centro de la alfombra. Vestía un vestido negro elegante, medias oscuras y unos zapatos de tacón fino. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin disimular.

—Menudo putón nos ha venido —dijo, y se le escapó una sonrisa que no terminaba de decidirse entre el desprecio y el agrado.

Quise responder algo ingenioso, pero solo me salió bajar la cabeza. Eso pareció gustarles.

—Bueno —siguió ella, dando un paso hacia mí—, te quedas si estás dispuesta a compartir esta noche con nosotros. Sin medias tintas.

—Queremos comprobar de qué pasta estás hecha —añadió él detrás de mí—. Lo pasiva y lo sumisa que llegas a ser.

Asentí. Aquello fue todo lo que necesitaron oír.

***

Ricardo dejó caer el albornoz sobre el respaldo del sofá. La luz de la lámpara de pie le dio el cuerpo entero antes de que pudiera asimilarlo. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y otro a la altura del pecho izquierdo, los dos descoloridos por el tiempo. El vello canoso le cubría el pecho, los brazos y las piernas sin llegar a ser excesivo. Y entre las piernas, lo que se anunciaba en las fotos. Aun flácido, casi igualaba al mío en erección. Los testículos le colgaban pesados.

—Veo que te has fijado en lo que te vas a comer —dijo, divertido—. Tranquila, te vas a hartar de polla esta noche. En la boca y en el culo.

Se acercó y me agarró por la cintura. Me magreó el culo por encima del vestido, apretando hasta hacerme apoyar el cuerpo entero contra el suyo. Luego me besó. Su lengua era gruesa, paciente, y empujaba dentro de mi boca como si estuviera dejando claro quién mandaba allí. Me bañó la barbilla con saliva sin pudor. Para cuando me soltó, ya no me sentía las piernas.

—Mira que es guarrilla —dijo Marta desde el sofá—. Y besa bien, no como otras. Anda, dásela para que te la mame.

Ricardo se sentó. Su polla ya empezaba a alzarse, una morcilla que apuntaba maneras. Marta se acomodó en un sillón a su lado y se subió el vestido hasta la cintura. No llevaba ropa interior. Empezó a tocarse despacio, con dos dedos, sin dejar de mirarme.

Me arrodillé frente a él sobre la alfombra. Empecé por los testículos, con la lengua plana y húmeda. Subí por la vena gruesa que recorría el lado izquierdo del miembro hasta llegar al glande. Lo noté hincharse a cada paso. Las venas iban marcándose más. Él respiraba por la nariz, soltando alguna palabrota a media voz.

—Puta —decía Marta, frotándose más rápido—. Guarra. Come polla. Cómele el culo también, anda.

En un momento dado se levantó, se acercó a mí y me metió tres dedos en la boca. Los tenía empapados de su propio flujo. Los sentí a la vez calientes y salados.

—Cómele el culo —repitió.

Ricardo levantó las piernas y se las sujetó por detrás de los muslos. Me sorprendió ver esa zona completamente depilada, con el esfínter rojizo asomando medio dilatado, como si lo hubiera trabajado antes él mismo. No es algo que me pierda, pero tampoco me echa atrás. Apliqué la lengua desde los testículos, pasé por el perineo y llegué hasta el esfínter, donde me entretuve haciéndola entrar y salir como si quisiera follárselo.

Marta tuvo su primer orgasmo de la noche con un gemido escandaloso que casi me sacó del momento.

—Joder, cómo me ha puesto esta zorra —dijo cuando recuperó el aliento—. Ahora a mí. Quiero que me pases la lengua desde el culo hasta el coño. Y me lo limpias todo.

***

Me quedé a cuatro patas sobre la alfombra. Ella se tumbó de costado en el sofá, dándome la espalda, con una pierna sobre la otra. Tenía el ano dilatado, sin afeitar, y unos pelos finos asomando del pubis prometían un coño peludo y prieto. Empecé por arriba, lamiendo lento, con la lengua entera, y bajé por su raja hasta la entrada de su sexo. Ella separaba la nalga superior con la mano izquierda para darme más acceso, y de vez en cuando me metía dos dedos en la boca para que se los chupara.

Mientras tanto, Ricardo se había situado detrás de mí. Sentí cómo un dedo bien lubricado se paseaba por mi esfínter, dibujando círculos, sin entrar todavía. Lo hacía con paciencia, casi con técnica. Cuando empujó el primer dedo entero, dejé escapar un quejido sobre el coño de Marta. Al segundo dedo levanté la cabeza por instinto, pero ella me la empujó de vuelta sin decir palabra.

—Quieta, putita —murmuró—. Que esto no ha hecho más que empezar.

A los pocos minutos noté algo más grueso. Un dildo de silicona, calculé, que él iba metiendo y sacando con un ritmo lento, abriendo camino. Yo seguía comiéndole el coño a Marta como podía. Tuvo un segundo orgasmo, más controlado que el primero, y en lugar de retirarse, se incorporó y se sentó al borde del sofá con las piernas abiertas para que la siguiera atendiendo. Se quitó el vestido entero por la cabeza. Sus pechos, aun con la edad, se mantenían firmes, con la areola muy oscura y el pezón duro.

—Bueno, putita —dijo Ricardo a mi espalda, y noté que se retiraba el dildo—. Quiero follarte ese culito estrecho. Antes ven, ponme la dura del todo.

Me arrastré hacia él. La tenía ya bastante dura, pero quería más. Se la chupé profundo, con las dos manos en la base, mientras Marta se acercaba para mirar a un palmo de distancia.

—Mira cómo le brilla la baba —decía—. Ay, qué guarra.

Me hicieron tumbarme boca arriba sobre el chaise longue, con la espalda apoyada en el respaldo y las caderas justo al borde. Marta me ayudó a levantar las piernas y luego se subió encima de mi cara, sentándose más o menos sobre la boca. Empecé a pasarle la lengua por toda la raja desde abajo, mientras Ricardo me echaba lubricante frío en el esfínter, lo extendía con un dedo y apoyaba la punta de su glande contra mí.

Empujó. Despacio. Centímetro a centímetro, retrocediendo cada vez que yo apretaba los dientes contra el muslo de ella. Me escocía. Era más gruesa de lo que había calculado, y eso a pesar de toda la preparación. Me sujetaba las caderas con las dos manos.

—Le ha entrado toda —oí que decía a Marta, con la voz ya tomada—. Qué gusto. Qué estrechita. Me la voy a follar lenta y la voy a preñar bien.

—Eso parece —respondió ella, frotándose el clítoris sobre mi cara—. Y a mí me está dando un gusto de la hostia con la lengua. Sabe lo que hace.

Ricardo empezó a moverse. Adelante y atrás, sin prisa al principio, y luego con más decisión. Yo notaba cómo cada empuje me llegaba a un punto que no había sentido nunca con tanta claridad. Mi pene, flácido por la postura, soltaba un hilo de líquido preseminal que me caía sobre el vientre. Marta jadeaba encima, y yo le seguía lamiendo la raja desde el ano hasta el clítoris, como ella me había pedido.

La respiración de los tres se fue entrecortando. Ricardo cambió el ritmo a uno más profundo y constante. Apretó las manos en mis caderas hasta hacerme daño.

—Voy —dijo, y eso fue todo lo que avisó.

Sentí dentro de mí un chorro caliente. Y otro. Y otro más. Habíamos hablado de preservativo y allí no había nada que me protegiera. Embistió tres veces más, con la cabeza echada hacia atrás, y se quedó dentro de mí, quieto, agarrado a mis caderas como si tuviera miedo de soltarme.

Justo en ese momento sentí también un chorro en la boca. Caliente, sin sabor reconocible. Marta me había soltado encima algo que no supe identificar a tiempo: si era su orgasmo o si se le había escapado un poco de pis con la presión, daba lo mismo. Tragué lo que pude y dejé que el resto me corriera por la barbilla y el cuello.

De mi pene flácido caían algunas gotas más, sin orgasmo y a la vez con uno. Me quedé tumbado, sin moverme, mientras él se retiraba con cuidado y ella se bajaba de mi cara con un suspiro largo. Ninguno de los tres habló durante un minuto entero.

—Descansa un poco —dijo al fin Ricardo, pasándome una toalla—. Que aún queda mucha noche.

Aquí dejo, por hoy, la primera parte de esta confesión. La segunda la cuento otro día, cuando vuelva a tener el cuerpo dispuesto a recordarla.

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