Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi confesión: la primera vez que estuve con una mujer

Tengo 23 años y desde hace unos meses cargo con una inquietud que ya no podía seguir guardándome. Siempre me gustaron los hombres, sí, pero algo dentro de mí empezó a inclinarse hacia otro lado. No fue de un día para el otro. Fue una curiosidad que empezó como un susurro y, sin darme cuenta, se convirtió en una obsesión cotidiana.

Todo arrancó por las redes sociales. Una noche, aburrida y sola en mi cuarto, me metí en un grupo donde chicas mayores intercambiaban fotos y charlaban entre ellas. Empecé leyendo, sin animarme a participar. Después abrí un chat. Después otro. Y, antes de que pudiera ponerle un nombre a lo que sentía, ya estaba intercambiando fotos con desconocidas y mojándome con sus mensajes.

Las conversaciones más fuertes eran con mujeres más grandes. Tenían algo que las chicas de mi edad no tenían: paciencia, vocabulario, una calma para describir el deseo que me derretía. Me decían cosas que un hombre nunca me había dicho. Me preguntaban por mi cuerpo con una curiosidad genuina, sin el apuro torpe que conocía. Yo les respondía con detalle, encerrada en mi pieza, con la mano debajo del pantalón y la respiración entrecortada.

Hace una semana conocí a Mariana. Era de la misma ciudad que yo. Cuarenta y siete años, separada, con experiencia previa con mujeres más jóvenes. Su perfil tenía una foto donde se la veía sólo del cuello para abajo: un vestido negro corto, las piernas cruzadas, una copa de vino en la mano. Le escribí.

—Hola. No quiero que pienses que ando jugando. Es la primera vez que hago esto.

—Si fueras de las que juegan, no te habrías presentado así —me respondió a los pocos minutos—. ¿Querés que te cuente lo que me gusta?

Le dije que sí.

Mariana me describió sus tetas con una precisión que me hizo cerrar los ojos en plena calle. Pezones grandes, oscuros, rugosos al tacto, dijo. Areolas amplias, sensibles. Me explicó cómo le gustaba que se las mordieran. Me habló de sus piernas, firmes de pilates, y de su cola, que ella misma describía como su orgullo. Mientras lo hacía, me preguntaba por mí: cómo eran las mías, qué olor tenía mi pelo, si me afeitaba o no, si era ruidosa o callada en la cama.

Esa noche me masturbé pensando en ella tres veces. Tres. Después le mandé un mensaje.

—Quiero verte.

—Mañana a las cinco. Te paso la dirección.

***

El día siguiente fue eterno. Trabajé sin trabajar. Almorcé sin comer. Me bañé dos veces, me cambié cuatro. Terminé eligiendo un vestido liviano color crema, sandalias bajas y, debajo, lencería que había comprado un mes antes pensando en otra cosa que nunca llegó a pasar.

Su edificio quedaba en una zona tranquila, sobre una calle arbolada. El portero me dejó pasar sin preguntar. Subí los seis pisos en un ascensor que olía a madera vieja y empecé a temblar antes de tocar el timbre.

Mariana abrió la puerta y supe, en el primer segundo, que no me había mentido en nada.

Llevaba una musculosa blanca, sin corpiño, y una bombacha negra de encaje. Los pezones se le marcaban contra la tela. Era un poco más alta que yo. Su pelo, castaño oscuro, le caía hasta los hombros, todavía húmedo. No tenía maquillaje. Olía a jabón y a algo más, algo mío, algo que reconocí sin haberlo olido antes.

—Pasá —dijo.

Cerró la puerta detrás de mí. Yo me quedé parada en el living, sin saber qué hacer con las manos.

—¿Querés tomar algo?

—Después —dije, y me sorprendí del tono firme de mi propia voz.

Ella se rió bajito. Se acercó. Me puso una mano en la mejilla. Su palma estaba tibia. Me miró fijo unos segundos, como midiéndome, y después se inclinó y me besó.

Su beso no fue como ningún otro que había recibido. Me besó despacio, sin apuro, abriéndome la boca con la lengua de a poco. Sus labios eran más suaves que los de un hombre, pero el control era el mismo, o más. Sentí que me estaba leyendo, que con cada movimiento aprendía algo de mí que iba a usar después.

Cuando se separó, yo tenía los ojos cerrados.

—Decime si querés frenar en cualquier momento —murmuró.

—No quiero frenar.

Me llevó de la mano al dormitorio. Las persianas estaban a media altura. La luz de la tarde entraba en franjas sobre la cama. Se sacó la musculosa sin ceremonia, dejándome ver, por fin, lo que me había descrito por chat.

Eran exactamente como ella las había contado. Mejores. Me senté en el borde de la cama y, sin pedir permiso, las tomé con las manos. Eran pesadas, tibias. Los pezones reaccionaron al toque, endureciéndose contra mis dedos.

—Probálos —dijo.

Bajé la cabeza y cerré la boca alrededor de uno. La areola era grande, granulada en mi lengua. Mariana suspiró y me agarró la nuca, apenas, una caricia más que una presión. Pasé de un pecho al otro, succionando, dándome tiempo a aprender lo que le gustaba. Cuando le mordí suave el segundo, ella se arqueó.

—Sos rápida para aprender —dijo con la voz más baja.

Mientras yo seguía con su pecho, su mano se metió debajo de mi vestido. No me pidió permiso. No hizo falta. Me apartó la bombacha y me tocó. Yo ya estaba empapada, y mi gemido al primer contacto me delató.

—Pobre —susurró—. Llevás horas así, ¿no?

Asentí contra su piel.

Me empujó suave sobre la cama, me bajó el vestido y me lo sacó por los pies. Me quedé en bombacha y corpiño, tratando de tapar el reflejo nervioso de cruzar las piernas. Mariana me las separó con la mano abierta.

—No, no. Te quiero ver.

Me sacó el corpiño con dos movimientos. Me besó los pechos sin la prisa con la que un hombre los hubiera atacado. Los lamió, los rodeó con la lengua, sopló sobre los pezones mojados hasta que se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Después bajó. Me besó la barriga, las caderas, el interior de los muslos. Me dejó la bombacha puesta más tiempo del que esperaba, pasándome la lengua por encima de la tela, hasta que la sentí pegada a mi piel.

Cuando finalmente me la sacó, no me preguntó nada. Se acomodó entre mis piernas y enterró la cara.

***

Nunca me habían comido así.

Mariana sabía exactamente lo que hacía. Empezó despacio, con la lengua plana, recorriéndome entera. Después se concentró arriba, con la punta, dibujando círculos lentos. Cuando me notaba cerca, retrocedía. Cuando me apartaba, presionaba más. Me leía como había prometido. Me dejó al borde tres veces antes de dejarme caer.

Cuando finalmente me dejó terminar, el primer orgasmo fue largo, lento, intenso. Le clavé los talones en la espalda sin querer. Ella siguió, sin levantar la cabeza, hasta que el segundo me llegó casi pegado al primero. Y después un tercero, más corto, que me dejó temblando, riéndome y llorando un poco al mismo tiempo.

Cuando se incorporó, tenía la boca brillante. Subió por mi cuerpo y me besó. Me besó con mi propio sabor en su lengua, y yo, lejos de apartarme, le metí la mía y la chupé como si fuera lo más natural del mundo. Lo era.

—Te falta una cosa —dijo contra mi oreja.

Se sacó la bombacha. La vi entera, por primera vez. El cuerpo de una mujer de cuarenta y siete años que se ocupa de sí misma, que se mira al espejo sin pedirle permiso a nadie. Una cintura definida, caderas amplias, un triángulo prolijo de vello castaño. Hermoso.

Se acomodó sobre mí en un ángulo que no entendí al principio. Pasó una pierna por encima de la mía y otra por debajo. Me fue moviendo con las manos, paciente, hasta que nuestros sexos se encontraron. Yo no sabía cómo se hacía, pero ella sí.

—Movete. Despacio. Vas a sentir.

Me moví. Y sentí.

Estábamos las dos tan mojadas que cada roce era una descarga. Lo que al principio era torpe se fue volviendo un ritmo. Yo apretaba los dedos contra las sábanas. Ella me agarraba el muslo. Nos miramos a los ojos sin pestañear, y eso, mirarnos, fue más íntimo que todo lo otro. Nuestras lenguas se cruzaban en el aire, sin tocarse, sólo por la respiración.

Volví a venirme. Ella también, casi al mismo tiempo, con un gemido grave que le salió desde algún lado profundo. Se dejó caer sobre mí, sudada, y nos quedamos así un rato largo, oyéndonos respirar.

***

Más tarde me trajo agua a la cama. Tomé media botella sin parar. Después me hizo café. Después me dejó usar su ducha. Cuando salí, tenía mi ropa doblada sobre la cama y unas medias mías, que no recordaba haberme sacado, plegadas arriba de todo.

—¿Querés que te llame un auto? —preguntó.

—Prefiero caminar —dije.

Me miró un segundo más de lo necesario.

—Avisame cuando llegues.

Bajé los seis pisos a pie. La calle olía distinto. Yo olía distinto. Caminé hasta la esquina y, antes de doblar, me senté en el banco de una parada de colectivo que no estaba esperando. No podía dejar de sonreír. No quería dejar de sonreír.

Le mandé un mensaje desde el banco.

—Llegué, en cierto modo.

—Quiero volver a verte —me respondió enseguida.

Y yo, que hasta esa mañana había sido una chica de 23 años con una curiosidad clandestina y ningún plan, supe en ese instante que iba a tener muchas tardes así. Que esta confesión, la que estoy escribiendo ahora, era apenas la primera de varias.

Sigo aprendiendo. Sigo charlando con mujeres. Pero a Mariana la sigo viendo. Y cada vez que subo esos seis pisos, vuelvo a temblar.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.