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Relatos Ardientes

Mi mujer me confesó su deseo por nuestra vecina

Mariana y yo siempre fuimos una pareja normal. Cuarenta y pocos cada uno, dieciocho años de casados, dos hijos ya adolescentes y una vida sexual decente sin grandes excentricidades. Algún encuentro rápido en el coche, alguna vez bajo la mesa de un bar en penumbra. Poco más. Nada que mereciera presumirse.

Por eso me extrañó tanto el cambio.

Llevaba semanas notándola distinta. Cuando salíamos a la calle, su mirada se quedaba pegada a la silueta de cualquier chica atractiva que pasara cerca. Y los comentarios.

—Mira qué pezones le marca a esa la camiseta —me susurró un sábado en el supermercado.

—¿Qué dices, Mari?

—Que está para comérsela, Andrés. Tú la mirarías, no me digas que no.

Lo más raro era lo que venía después. Sin excepción, al cruzar la puerta de casa se quitaba las bragas con prisa y se me echaba encima con un hambre que llevaba años sin verle. Una noche, después de uno de esos asaltos, me animé a preguntárselo.

—Mari, ¿qué te pasa últimamente?

—¿No te gusta?

—Me encanta. Solo quiero entender, sin meterme donde no me llaman.

Se quedó callada un buen rato, mirando el techo. Después me apretó la mano.

—¿Me prometes que no vas a juzgarme?

—Te lo prometo.

—No sé qué me pasa, Andrés. Últimamente me siento atraída por mujeres. Las miro, las imagino, me toco por la noche pensando en lo que sería besarlas. Y te amo, eso no ha cambiado. Pero está ahí, y necesitaba contártelo.

Le acaricié la mejilla. Estaba colorada, casi temblando. Le dije la verdad. Que me ponía como una moto imaginarla con otra mujer. Que llevaba años con fantasías guardadas por miedo a parecerle un cerdo. Que si quería, lo intentaríamos. Las dos solas, o los tres, lo que ella pidiera.

—¿Harías eso por mí?

—Sin pensarlo.

Esa misma noche empezamos a hablar de cómo. Yo dudaba. Tenía claro que mi mujer, a sus años, seguía siendo de las que se giran en la calle: unos leggings que le marcaban el trasero, unas tetas pequeñas con pezones que se imponían sobre cualquier sostén, y una sonrisa que solo hacía falta para que la gente la mirara dos veces. La parte difícil no era que alguien la deseara. Era encontrar a alguien que despertara algo en ella.

***

La oportunidad apareció esa misma semana.

Renata, la vecina del piso de enfrente, llamó al timbre el martes por la tarde. Era una mujer de unos treinta y seis años, divorciada desde hacía bastante, sin hijos, callada, de las que cuando saluda en el ascensor se pone colorada. Tenía un cuerpo precioso debajo de la ropa ancha que usaba siempre, eso lo sabía cualquiera que la hubiera visto en la piscina del edificio en pleno verano.

—Perdonen la hora —dijo desde el rellano—. Estamos armando una salida de fin de semana a la sierra y quería contárselos en persona.

La hice pasar. Mariana le sirvió un vermut sin preguntar. Renata nos explicó el plan: cabañas de madera en la montaña, manantial de aguas termales privado, dos noches, vuelta el domingo por la tarde. Nada del otro mundo, pero le hacía ilusión.

—¿Van muchos? —pregunté.

—Una pareja más y yo. Cinco con ustedes.

Mariana me lanzó una mirada que ya conocía. Confirmamos antes de que Renata acabara el vermut.

—El jueves a las siete, abajo, con la mochila —dijo al despedirse.

Apenas cerré la puerta, Mariana me agarró de la camisa.

—¿Crees que pueda pasar algo, Andrés?

—Dejemos que pasen las cosas, mi vida.

***

El jueves el viaje fue corto. Tres horas de furgoneta y ya estábamos plantados en mitad de un bosque de pinos, con la otra pareja —Sandra y Diego, treinta y tantos, descarados, de esos que se ríen demasiado fuerte cualquier broma— ayudando a descargar.

Renata vestía un pareo con una abertura larga en la pierna. Al subirse a la furgoneta, la tela se le abrió hasta la cadera y Mariana, que iba detrás de ella, vio claramente cómo unos rizos oscuros se asomaban por el borde de la braga. Renata se puso roja como un tomate. Mariana, sin perder un segundo, le susurró algo al oído. Algo de no preocuparse, que ella tampoco se había depilado pensando que entre el bosque no haría falta. Las dos rieron por lo bajo y se sentaron juntas en la furgoneta. Yo me limité a mirar por la ventanilla con una sonrisa idiota.

Una vez acomodadas las cosas en las cabañas, Sandra salió de la suya en un bikini diminuto. Y cuando digo diminuto, lo digo en serio. La parte de arriba apenas cubría los pezones. La de abajo desaparecía entre unas nalgas que parecían dibujadas a propósito para arruinarle el día a cualquiera.

—¡Al manantial, chicos!

—Yo no traje traje de baño —protestó Renata.

—Y no te hace falta, linda. El manantial es solo para nosotros.

Mariana se enganchó del brazo de Renata.

—Vayan adelantándose. Renata y yo los alcanzamos en un rato.

Diego ya estaba en ropa interior. Se quitó la camiseta y echó a andar delante de mí. Tenía un físico cuidado, sin exagerar. Llevaba un jockstrap negro, no un bóxer, y reconozco que me sorprendí mirándole el trasero más rato del que debería. Lo anoté en una carpeta mental que cada vez tenía más papeles.

—Caramba, Sandra, nadie nos avisó de que íbamos a nadar —dije al alcanzarla.

—¿Te molesta, vecino? Somos adultos, somos vecinos, y de vez en cuando viene bien conocernos un poco mejor.

El manantial era una poza redonda con vapor saliendo del agua y dos pinos enormes haciendo de techo. Nos metimos los tres. Diego, después de unas vueltas, se sumergió un rato. Sandra aprovechó. Me llamó con la mano para que la ayudara a subir al borde de piedra.

—No me dejes resbalar, vecino. Échame una mano.

La tomé por la cintura. Al levantarla, le resbaló el pie. Mis manos subieron por instinto y el sostén del bikini se le corrió hacia arriba. Cayó otra vez al agua, y al hacerlo, me pegó la cara contra sus pechos. Los sentía pesados y calientes contra la mejilla. No me apartó. Me sujetó la nuca con una mano firme.

—Anda, Andrés. Sin prisa.

—¿Y Diego?

—Diego está disfrutando.

Giré la cabeza. A unos metros, Diego nos miraba de pie con el agua a la cintura, masturbándose despacio, sin esconderse. Algo se me apretó por dentro. No supe nombrarlo en ese momento, pero noté un calor extraño en sitios donde nunca había sentido nada parecido. Volví a mirar a Sandra. Le pasé los labios por el pezón derecho. Lo noté duro contra la lengua.

—Mmm, despacito, papi. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Pero el tiempo no era infinito. Mariana y Renata no aparecían y empezaba a pesar la idea de que entrarían en cualquier momento. Yo había venido aquí por mi mujer, no por mí. Me despegué de Sandra con suavidad.

—Tengo que ir a buscarlas.

—Ve. Pero ya hablaremos esta noche.

Salí del agua con una erección que no podía disimular y eché a andar hacia las cabañas con la toalla intentando taparlo todo.

***

Las cabañas estaban a doscientos metros. Cuanto más me acercaba, más se me aceleraba el pulso. Por las cortinas de la nuestra se veían dos siluetas sentadas, una frente a la otra, las manos perdidas en sus regazos. No quise interrumpir todavía. Me quedé al lado de la puerta. Las oía respirar.

—Chicas, ¿salen?

—Pasa, Andrés —dijo Mariana—. Quiero que veas algo.

Abrí. Mariana estaba en bragas y una camiseta sin sostén. Renata estaba envuelta de la cintura para arriba en una manta fina y, de la cintura para abajo, llevaba una braguita que no llegaba a tapar nada. Pero lo que me dejó sin habla fue la piel. La piel limpia, sin un solo rizo, donde una hora antes había visto otra cosa.

—La depilé yo. Y me depiló ella. ¿Lo puedes creer?

—Pero si tú odias depilarte.

—Es una experta —dijo Renata, sin levantar la vista—. Casi no sentí nada. ¿No te molesta que esté aquí robándole tiempo a tu mujer? No sabía qué ponerme.

—Estás preciosa —contesté.

Mariana señaló con la barbilla el bulto que se me marcaba debajo del bóxer mojado.

—Mira lo que les estás regalando, Andrés.

Me cubrí con las manos por instinto. La tela blanca se transparentaba con la humedad, y lo que había debajo no era ningún secreto. Renata se llevó las manos a los pezones por encima de la manta, sin darse cuenta. O dándose cuenta. Ya no se sabía.

—Lleva muchos años sin ver uno así —dijo Mariana en voz baja—. ¿Verdad, Renata?

—Muchos —contestó—. Perdón. Lo tienes precioso, amiga.

—No me pidas perdón. Hoy somos otras.

Mariana me agarró de la muñeca y me llevó hacia Renata. La vecina cerró los ojos. Estiró la mano, primero solo los dedos, y rozó la tela del bóxer. Notó el calor. Notó la humedad. Notó lo que llevaba años sin notar. Apretó la mano por encima sin atreverse a más.

—¿Puedo? —preguntó casi sin voz.

—Adelante, amiga —dijo Mariana—. Hoy soy yo la que necesita verte disfrutar.

Lo que vino después fue lento. Renata se inclinó. Me bajó el bóxer con un movimiento cuidadoso, como si tuviera miedo de romperlo. Cuando me liberó, abrió los ojos un instante, solo para mirar, y los volvió a cerrar antes de pasar la lengua por la base. Yo respiraba por la boca, intentando no acabar antes de tiempo.

Mariana se colocó detrás de Renata. Le bajó la braguita hasta los tobillos. Cuando le pasó los dedos por dentro, Renata abrió los ojos de golpe y se mordió el labio.

—Ay, amiga, qué bien lo haces.

—Pídeme lo que quieras.

—Eso. Eso. Así, no pares.

Renata me soltó un instante para girar la cabeza hacia mi mujer. Se besaron. Fue el beso más largo que he visto en mi vida. Compartían sabores en la lengua que yo no podía ni imaginar. Cuando se separaron, Mariana se apartó. Se quitó las bragas y se tumbó a un lado, abierta, mirándonos.

—Los quiero ver. No quiero participar. Solo verlos.

Lo entendí en ese instante. La fantasía concreta de mi mujer no era acostarse con otra mujer. Era vernos a su marido y a otra hacer el amor delante de sus ojos. Verme entrar en otra. Saberse el motivo, sin ser el cuerpo. Algo me golpeó por dentro al entenderlo. Algo que se parecía al amor más que al deseo.

Tomé a Renata de las caderas. La levanté un poco para que se sentara encima de mí. Bajó despacio. Cuando entré, soltó un gemido largo, sin pudor, sin años, sin divorcio, sin nada.

—Dios, ¿dónde estuve todo este tiempo?

Se movió. Las caderas tenían vida propia. Yo le sostenía los pechos, pequeños, durísimos, y la miraba moverse encima de mí mientras Mariana, a un metro, hacía lo suyo con dos dedos hundidos hasta el fondo. Renata se giró para mirarla. Se inclinó sin salirse de mí, separó los labios de mi mujer con los dedos y le pasó la lengua una sola vez, larga, paciente. Mariana se arqueó como si la hubiera atravesado un cable.

—Aaah, papi, dáselo dentro. Quiero saborearlo en ella.

Aguanté lo que pude. No mucho. Renata empujó más fuerte y todo lo que llevaba esa tarde dentro se vino abajo. Me quedé quieto, con ella encima, con Mariana a un palmo respirando como una corredora al final de la carrera.

***

Cuando se hizo el silencio, lo que se oía era el viento entre los pinos y el goteo de algo afuera. Mariana estaba con las piernas encogidas, la camiseta arrugada en el cuello, las braguitas hechas un nudo en un tobillo, mirando el techo de madera con una sonrisa que no le conocía. Renata estaba encima de mí, desnuda del todo, la cabeza apoyada en mi hombro, mojada de sudor y de otras cosas. Le pasé la mano por la espalda hasta llegar al trasero. Le rocé despacio el orificio de atrás con la yema de un dedo. Cerró los ojos. Asintió, sin decir nada.

—Vamos, chicos —dijo Mariana después de un rato—. Que nos esperan.

—¿Todavía piensas que fue mala idea venir? —contestó Renata.

—Creo que esto ha sido lo más sincero que hemos hecho en años.

Salimos de la cabaña los tres con cara de niños buenos. Sandra nos miró al llegar al manantial y supo lo que había pasado sin que dijéramos nada. Diego me sostuvo la mirada un segundo de más. Y yo, mientras me metía otra vez en el agua caliente, pensé que apenas era el primer día. Que quedaban dos noches por delante. Que en esa carpeta mental de papeles desordenados quizás había algo más esperando turno.

Pero eso lo guardaré para otra confesión.

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