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Relatos Ardientes

La madura que cumplió su promesa prohibida

Marta aparcó el coche dos calles más abajo de donde debía. Necesitaba esos cincuenta pasos hasta la puerta — caminarlos despacio, con el sonido de sus propios zapatos en el asfalto — para terminar de convencerse de que iba a hacer lo que había prometido hacer.

Tenía cuarenta y cinco años, un marido que trabajaba el turno de noche tres veces por semana y una vida que, vista desde fuera, tenía todo el aspecto de estar perfectamente en orden. Casa, trabajo, rutina. Lo que nadie sabía — nadie salvo Karim — era que hacía tres semanas, después de la segunda copa de vino en un bar del que no debería haber salido tan tarde, le había dicho algo que no podía deshacerse con la sobriedad de la mañana siguiente.

—Lo que ningún hombre ha tenido todavía —había susurrado, con la mano de él en su rodilla y el calor del alcohol borrándole los bordes de la prudencia—. Mi culo. Nunca me han follado por el culo. Eso es lo que te prometo.

Karim no había necesitado más explicación. Los dos sabían exactamente de qué hablaba.

Pulsó el timbre antes de que sus pies pudieran cambiar de opinión.

***

Karim abrió con una camiseta blanca y una expresión que no era exactamente de bienvenida, sino de algo más calculado, más paciente. Detrás de él, de pie junto a la ventana de la sala, estaba Samir — su amigo, a quien Marta había visto una sola vez y cuya presencia hoy no le había sido comunicada con antelación.

—Samir va a estar aquí —dijo Karim, como si anunciara el tiempo—. Es de confianza.

Marta debería haberse marchado. Eso era lo que la parte racional de su cabeza le indicaba con toda claridad: darse la vuelta, volver al coche, inventar una excusa y no regresar jamás. Pero la otra parte — la que la había traído hasta aquí, la que le había dado calor en el estómago durante tres semanas de noches frías al lado de un hombre que ya no la miraba — esa parte se quedó quieta.

—De acuerdo —dijo.

La guiaron hacia la cocina. La mesa era grande y sólida, de madera oscura, con dos cojines ya colocados sobre el tablero como si Karim hubiera planeado cada detalle desde antes de que ella llegara. Marta los miró y algo en su pecho se tensó — no exactamente miedo, sino esa anticipación que se le parece mucho pero que es otra cosa.

—Quítate la ropa —dijo él.

Lo hizo sin apresurarse. La blusa primero, dejando ver el sujetador negro que se había puesto sabiendo que se lo iban a quitar. Luego el pantalón, que se deslizó por sus caderas y cayó al suelo. Luego el sujetador, y sus tetas quedaron libres — pesadas, con los pezones ya duros por el aire fresco y por lo que estaba a punto de pasar. Por último las bragas, empapadas por delante, delatoras. Karim la miraba sin apartar los ojos y Marta vio cómo se le marcaba la polla contra el pantalón, gruesa, evidente. Samir permaneció junto a la encimera, con las manos tranquilas, sin el gesto de quien no sabe qué papel le corresponde, pero también con un bulto que empezaba a crecer.

—Túmbate. Boca arriba. Las piernas abiertas y los tobillos sujetos.

***

La madera estaba fresca bajo su espalda. Karim le colocó los cojines bajo las caderas con una precisión que delataba experiencia — elevando sus nalgas ligeramente, cambiando el ángulo de su cuerpo de una manera que Marta notó pero no supo nombrar del todo. Su coño quedó abierto, expuesto, y más abajo el ojete rosado quedó también a la vista de los dos hombres. Karim se colocó entre sus piernas y comenzó a recorrerle los muslos con las manos, despacio, desde la rodilla hacia arriba, sin llegar nunca del todo a donde ella empezaba a desear que llegara.

Marta cerró los ojos.

La boca de él llegó unos minutos después. La lengua trazó líneas lentas por el interior de sus muslos mientras las manos ascendían hacia su vientre, sus caderas, los costados de su cuerpo, hasta cerrarse sobre sus tetas y pellizcarle los pezones con una fuerza medida que la hizo arquear la espalda. Cuando finalmente la lengua le lamió el coño de abajo arriba, en un solo trazo largo y húmedo que terminó dando vueltas alrededor del clítoris, Marta exhaló un gemido ronco que no había planeado emitir. Karim chupó, mamó los labios de su coño uno tras otro, hundió la lengua dentro y la sacó embadurnada de sus jugos. Le duró poco: se apartó con la misma calma con que había llegado, la barbilla brillante.

—Aquí no —murmuró—. Primero lo otro.

La lengua siguió bajando, pasando de largo por donde Marta la quería, y encontrando en cambio el ojete que habían venido a preparar. Marta se estremeció al sentir la punta caliente y mojada apretándose contra su culo. Los movimientos eran circulares, lentos, trazando círculos alrededor sin penetrar. Luego sí — la punta de la lengua empujó y entró, apenas, y Marta apretó los puños contra el tablero soltando un jadeo que no supo si era de vergüenza o de placer.

—Relájate —dijo él sin apartar la boca—. Si te pones tensa, costará más.

Tenía razón, y Marta lo sabía racionalmente aunque su cuerpo tardara un momento en aceptarlo. Fue soltando la tensión poco a poco, vértebra por vértebra, mientras Karim le follaba el culo con la lengua, lo abría, lo ensalivaba, y con dos dedos le trabajaba el coño al mismo tiempo, entrando y saliendo con un ritmo firme que sonaba mojado en la cocina silenciosa. Samir, desde la encimera, se había desabrochado el pantalón y se agarraba la polla por encima del calzoncillo, mirándola.

El orgasmo llegó sin que nadie lo hubiera buscado directamente — breve, eléctrico, como una descarga que recorre un cable en el momento equivocado. Marta ahogó el sonido contra el dorso de su mano y sintió el coño contraerse alrededor de los dedos de Karim, todo el bajo vientre latiendo.

Samir, desde su posición junto a la encimera, no dijo nada. Solo la observaba, y ahora se la estaba pajeando abiertamente, sacándose la polla del calzoncillo — larga, morena, con la punta ya brillante.

***

—¿Lista? —preguntó Karim cuando el silencio se asentó de nuevo.

—Sí —dijo Marta, aunque no estaba del todo segura de serlo.

Los dedos vinieron primero, untados de algo fresco y resbaladizo. Uno, que entró en su culo sin resistencia, hasta el nudillo. Luego dos, que necesitaron un momento de ajuste, de respiración consciente, de dejar que el cuerpo aceptara lo que la cabeza ya había decidido. Karim los movía con lentitud, abriéndolos en tijera dentro de ella, estirando el esfínter con paciencia, sin la brusquedad que Marta había imaginado en sus peores versiones de esta tarde. A su lado, Samir puso una mano sobre su cadera — un gesto que era a la vez sujeción y algo parecido a la calma — y con la otra siguió cascándosela cerca de su cara, tan cerca que Marta olía su piel.

—¿Cómo va? —preguntó Karim.

—Raro —respondió ella con honestidad—. Pero no mal. Meted otro.

—Eso es exactamente lo que queremos oír.

Un tercer dedo entró, y Marta gimió largo. Karim se los follaba con un vaivén constante mientras con el pulgar de la otra mano le frotaba el clítoris en círculos apretados. El culo, ya ensanchado y brillante de lubricante, se abría y cerraba a cada retirada. Samir aprovechó para acercarle la polla a la boca sin pedirle nada, y Marta abrió los labios por instinto y se la metió. La chupó despacio primero, sintiendo el peso de esa verga desconocida en la lengua, saboreándola, y luego con más ganas, mamándola de arriba abajo mientras Karim seguía abriéndole el ojete con los dedos. Samir le sujetaba la nuca sin forzarla, dejándola marcar el ritmo, aunque de vez en cuando empujaba un poco más adentro y ella lo aceptaba, ahogándose apenas.

El siguiente paso fue un objeto más grueso, liso y bien untado — un plug de metal frío que Karim le apoyó primero contra los labios del coño para que lo notara, y después bajó y le apretó contra el culo. Marta notó la presión antes que la penetración, y luego los dos al mismo tiempo, y luego solo el calor extraño de tener algo dentro de ella en un lugar que nunca había alojado nada. La sensación era difícil de nombrar: presencia más que dolor, algo que su cuerpo registraba como extraño pero que no le pedía que parara. Karim lo empujó hasta el fondo y la base quedó pegada contra sus nalgas.

Es completamente diferente a todo lo demás, pensó, con la polla de Samir todavía asomada a un centímetro de su boca. No se parece a nada que haya sentido antes.

Karim lo movía despacio — hacia dentro, hacia fuera, con un ritmo sostenido que comenzó a parecerle menos extraño a medida que pasaba el tiempo. A cada empuje, Marta sentía cómo el metal le tiraba del esfínter, cómo la abría, cómo le hacía cosquillas por dentro en un sitio que no sabía que existía. Samir seguía con la mano en su cadera. De vez en cuando le decía algo al oído — «qué bien te portas, joder, mira cómo te lo tragas», «vas a acabar suplicándonosla» — frases guarras que en otro momento le habrían dado risa pero que ahora la mantenían anclada al presente en lugar de perderla en su propia cabeza.

—¿Te gusta? —preguntó Karim.

Marta tardó un momento. La pregunta le exigía más honestidad de la que estaba acostumbrada a dar.

—Me gusta que sepas lo que haces —dijo al fin—. Y me gusta cómo me llenas el culo.

Él sonrió de una manera que ella no supo del todo cómo interpretar.

***

El proceso fue gradual. Karim fue avanzando con paciencia, esperando que el cuerpo de Marta se adaptara antes de exigirle más. Entre objeto y objeto había pausas, caricias, momentos en que Samir le hablaba sin prisa y le ponía la mano plana en el vientre como si quisiera sentir desde fuera lo que ocurría dentro. Marta dejó de contar el tiempo en algún punto de esas esperas. Cambió el plug por otro más ancho, y luego por uno todavía más grueso, con forma cónica. Cada vez que le entraba uno nuevo Marta apretaba los dientes en el primer segundo y después, cuando la base pasaba y su culo se cerraba alrededor de la parte estrecha, soltaba el aire de golpe.

Karim aprovechaba esas pausas para mamársela — se hincaba entre sus piernas y le chupaba el coño mientras el plug seguía dentro del culo, y la doble sensación la hacía retorcerse sobre la mesa. Samir le pellizcaba los pezones, se los chupaba, se los mordía con un cuidado calculado. Le hizo mamársela de nuevo, esta vez a fondo, empujando hasta el fondo de su garganta hasta que Marta sintió los cojones de él contra la barbilla y las lágrimas asomándole. Se apartó apenas para respirar y volvió a tragársela, con babas colgándole ya del mentón.

Lo que más la sorprendió fue la acumulación. Cada vez que pensaba que ya había llegado al límite de lo que podía recibir, descubría que su cuerpo tenía un límite más allá. No porque le hubieran forzado nada — sino porque la preparación había sido exactamente eso: preparación. El culo le ardía y le latía y le pedía más, cosa que ella jamás habría creído posible tres horas antes.

—Ya estás lista —dijo Karim, y en su voz había algo que sonaba a respeto, aunque Marta no hubiera sabido explicar por qué.

Se bajó el pantalón por fin, y su polla saltó fuera — gruesa, oscura, mucho más grande de lo que Marta se había atrevido a imaginar. Se la untó de lubricante hasta que quedó reluciente. Marta la miró y tragó saliva.

***

Notó el contacto primero — la presión familiar ya, pero diferente en textura y en calor. Un capullo de carne caliente y palpitante contra el ojete, en lugar del metal frío del plug. Luego la entrada, lenta como todo lo anterior, avanzando sin prisa. El glande se le abrió paso empujando y Marta se mordió el labio hasta hacerse sangre. No de dolor. De concentración. Sintió cómo cedía el esfínter, cómo la corona pasaba, cómo lo que venía detrás era todavía más grueso.

—Respira —dijo Samir junto a su oído, y le puso la polla contra los labios—. Y chúpame otra vez, distráete con esto.

Respiró. Y abrió la boca, y se metió a Samir hasta atrás mientras Karim seguía avanzando por detrás.

Karim avanzó despacio, centímetro a centímetro. Marta sintió cada milímetro con una precisión que no había experimentado antes — una sensación que ocupaba todo su cuerpo en lugar de concentrarse en un solo punto. La polla se le hundía en el culo como si no fuera a acabar nunca, empujando contra paredes que jamás habían sido empujadas, encontrando espacio donde ella habría jurado que no había. Cuando estuvo dentro del todo, con los cojones apoyados contra sus nalgas, se quedó quieto un momento. Esperó.

—¿Bien? —preguntó, con la voz ya ronca.

—Sí —dijo Marta soltando la polla de Samir un segundo, con hilos de saliva entre los labios y el glande de él—. Fóllame. Fóllame el culo de una puta vez.

Lo que siguió fue lento al principio y después no tanto. Karim empezó a moverse con vaivenes cortos, sacando apenas la punta y volviendo a hundirse, dejándola acostumbrarse al ritmo. Marta aprendió a acompañar el movimiento en lugar de resistirlo — a dejar que su cuerpo encontrara el ritmo que él le marcaba, a no anticipar lo que venía sino a recibirlo cuando llegaba. Su culo empezó a ceder mejor y Karim aumentó, sacando más polla y hundiéndola con más fuerza, hasta que la mesa crujía bajo ella con cada embestida y el sonido de las nalgas contra las caderas de él rebotaba en las paredes de la cocina.

Samir le tocaba el cabello con los dedos, le decía cosas al oído que en otro contexto habrían sonado ridículas pero que ahora tenían exactamente el efecto que él buscaba. «Mírate, casada y con la polla de otro metida en el culo». «Se te va a quedar el ojete abierto de por vida». «Cuando acabe él te toca a mí». Cada frase le apretaba algo en el vientre. Marta le agarró la polla con la mano y se la cascó rápido mientras Karim le follaba el culo con embestidas cada vez más profundas. Sentía a Karim golpearle el fondo, oía el chapoteo mojado del lubricante, y con la mano libre se estrujaba una teta y se pellizcaba el pezón para no volverse loca.

El segundo orgasmo llegó de una manera que no reconoció de inmediato. Fue más profundo, más completo, como si hubiera zonas de su cuerpo que solo ese tipo de estimulación podía alcanzar. Marta abrió la boca pero no emitió ningún sonido — solo aire, solo el esfuerzo de procesar algo que no tenía nombre todavía, mientras su culo se contraía con espasmos alrededor de la polla de Karim y todo su cuerpo temblaba sobre la madera. La contracción hizo que Karim gruñera y perdiera el ritmo.

Karim terminó poco después, hundido hasta el fondo, con un sonido bajo y contenido, casi discreto, corriéndose dentro de ella con espasmos largos que Marta notó uno por uno contra las paredes del culo. Notó la corrida caliente llenándola por dentro. Samir se corrió casi a la vez sobre sus tetas y su cuello, con chorros gruesos que le salpicaron la barbilla, mientras seguía cascándosela con su propia mano encima de la de ella. Karim salió despacio, y Marta sintió cómo el semen le escurría por el ojete todavía abierto y le corría por el perineo hasta el coño.

***

Marta se vistió en silencio. Los dos hombres la dejaron hacer — sin comentarios innecesarios, sin el tono de superioridad que ella había temido encontrar al terminar. Karim le trajo un vaso de agua sin que ella lo pidiera. Samir recogió los cojines de la mesa con la misma naturalidad con que los había visto colocarlos. Marta se limpió el pecho con un paño húmedo antes de abrocharse la blusa, y notó todavía el culo latiéndole, hinchado, tibio por dentro.

—¿Cómo estás? —preguntó Karim cuando ella ya tenía la blusa abrochada.

—Bien —dijo Marta, y lo evaluó mientras lo decía, como quien toma su propia temperatura—. Mejor de lo que esperaba.

Caminó hasta la puerta. En el umbral se detuvo un momento, con la mano en el marco, sin girarse del todo.

—La promesa era una sola vez —dijo.

—Lo sé —respondió él.

***

Marta salió a la calle. El sol de la tarde le dio en la cara con esa indiferencia que tiene la luz cuando ignora completamente lo que acaba de ocurrir en los lugares cerrados. Caminó hasta el coche sin apresurarse, con las piernas todavía un poco flojas y el recuerdo físico de todo lo que le habían metido latiéndole por dentro, encendió el motor y puso la radio en cualquier emisora.

En el trayecto a casa intentó ordenar lo que sentía. No culpa — eso la sorprendió. La culpa era lo que había esperado que llegara en cuanto cruzara la puerta, y no estaba. Tampoco euforia. Algo más tranquilo y más extraño: la satisfacción específica de haber cumplido una palabra, de haber llegado hasta el final de algo que había comenzado en un bar con demasiado vino y demasiados años de silencio acumulado.

Su marido estaría durmiendo cuando llegara. La casa estaría oscura y tranquila. Y Marta, por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que el silencio que la esperaba le pertenecía a ella — no a él, no a la rutina, no a nadie más.

Condujo el resto del camino sin pensar en nada concreto. Solo en la carretera. Solo en el aire que entraba por la ventanilla entreabierta. Solo en ese límite que había cruzado esa tarde y que, fuera cual fuera lo que viniera después, ya no podía descruzarse.

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Comentarios(8)

Diegote77

tremendo relato, de los mejores de maduras en mucho tiempo!!!

Rodrigo_MX

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

CabaLector22

Se hizo corto pero estuvo genial, sigue asi

MikeBA_lector

Me recordo a algo parecido que vivi hace unos años con una mujer mayor. La tension que describes al principio es muy real.

CarlosK_91

Muy bien logrado el personaje, se siente creible sin caer en el cliche tipico del genero. La parte de la promesa esta muy bien planteada. Espero mas relatos de este estilo.

Ferchu77

jaja la promesa prohibida... me imagino que no fue la ultima jajaja

LectorNocturnoAR

como siempre los relatos de maduras no decepcionan. Muy buen trabajo!

Mauro_Rdz

Buenisimo, cuando sale el proximo??

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