Cuando la madura del grupo se sentó en mi regazo
Había pasado el fin de semana en la sierra y todavía llevaba el cansancio encima cuando llegó el mensaje de grupo: barbacoa doble en la parcela de Rodrigo y Sonia, el sábado. Almuerzo y cena. Quien pudiera, que viniera. Me apunté sin pensarlo mucho.
La parcela estaba a las afueras, grande, con piscina y media hectárea de terreno donde la pareja llevaba tres años construyendo la casa de sus vidas a tramos. Ese verano ya casi la tenían lista. Echamos una mano por la mañana, comimos bajo la pérgola y a media tarde la piscina abrió sus puertas a todos.
Era un grupo de parejas que se conocía de años. Yo era el único que iba solo. Entre todos estaba Valeria: treinta y ocho años, un metro cincuenta y dos, cuerpo de reloj de arena. Melena castaña hasta los hombros, ojos claros de un verde tirando a gris, boca generosa. Una forma de entrar a cualquier sitio que hacía que la gente girara la cabeza, sin que ella pareciera consciente de ello, o quizá precisamente porque sí lo era. Su marido, Marcos, cuarenta y uno, delgado, de los que cuidan la forma física sin alardear. Pareja sólida. Valeria mandaba y Marcos seguía, y los dos parecían perfectamente cómodos con ese reparto.
Siempre la había visto vestida. Cuñas o tacones, pantalones muy ajustados que dejaban bien claro que era consciente de lo que tenía detrás. Ese sábado llevaba un bikini azul petróleo, top triangular y braguita brasileña fruncida. El contraste con lo habitual fue inmediato. Sus tetas no eran grandes, pero en ese cuerpo pequeño y firme parecían perfectas. Y el culo —que yo había mirado de reojo a lo largo de los años sin ocasión de verlo sin ropa— resultó ser exactamente lo que prometía: pequeño, levantado, con las nalgas separadas con una precisión que no podía ser casual, y la tela del bikini desapareciendo entre ellas como si tuviera un destino concreto.
Durante la tarde en la piscina, Valeria no dejó de moverse. Saltaba, nadaba, se reía fuerte. Tenía esa energía de quien sabe que se le mira y lo aprovecha sin que resulte forzado. En algún momento se apoyó en el borde para salir y yo estuve ahí en el momento exacto: agua resbalando por su espalda, el bikini ajustándose a cada curva mientras se impulsaba. Aparté la vista un segundo después de lo que debería.
A media tarde, con la piscina ya vacía y el sol bajando, empezaron los juegos de siempre. Natalia, la más bromista del grupo, sacó el tema de los físicos. Que si era mejor ser alta, que si el cuerpo, que si la proporción. Llegó a decir, con esa cara inocente que pone cuando quiere provocar, que la altura era sinónimo de elegancia. Eso fue suficiente para despertar a Valeria.
—Las mejores fragancias vienen en frascos pequeños —dijo, cruzando los brazos.
—Y los venenos también —respondió Natalia sin pestañear.
—Exacto. Y yo soy de los que hacen adicción.
Alguien me metió en el juego. Natalia preguntó qué tipo de mujer elegiría yo si tuviera que ser sincero. Me encogí de hombros, pero insistieron.
—Lo único que importa es que no sea timorata y que sepa lo que quiere —dije, mirando en general, sin fijarme en nadie en concreto. Se hizo un silencio un segundo más largo de lo normal.
Al final de la tarde, como siempre, alguien propuso la foto de grupo. Me senté en un banco de madera. Hubo empujones, risas, el caos habitual de acomodar a doce personas en el encuadre de un móvil. Valeria acabó en mi regazo, como había acabado otras veces en situaciones similares, sin que nadie le diera importancia. Marcos era quien hacía la foto y tardaba siempre demasiado, pidiendo que nos juntáramos más, que nos moviéramos, que nos quedáramos quietos.
Con el movimiento general, la empujé un poco hacia atrás sin pensarlo. Sus nalgas encajaron contra mí con una precisión que ninguno de los dos había buscado, y mi polla reaccionó antes de que pudiera hacer nada al respecto. Valeria notó el cambio de inmediato. Se quedó un segundo muy quieta, como procesando la información. Luego, con la excusa de acomodarse, se movió apenas unos milímetros hacia atrás. Solo unos milímetros. Suficientes para que yo entendiera que lo había notado perfectamente y que no tenía intención de ignorarlo.
Cuando Marcos dijo que ya estaba la foto, Valeria se levantó con toda la naturalidad del mundo. Se giró, me miró menos de un segundo y me tendió la chaqueta de punto que llevaba colgada del brazo.
—Sujétamela un momento, anda.
La puse sobre mi regazo. No hizo falta ninguna explicación.
A continuación se acercó a Marcos y le dijo algo al oído. Diez segundos como mucho. Marcos escuchó con la vista fija en el suelo, asintió y le dio un beso en la mejilla. Los dos siguieron la tarde como si nada hubiera pasado, aunque noté que Valeria me miraba de cuando en cuando, de forma breve y muy directa, sin disimulo.
Cuando el grupo empezó a dispersarse, Marcos me alcanzó junto al coche.
—¿Te tomas una última copa con nosotros? Sabemos un sitio tranquilo.
Les seguí. Aparcamos a tres manzanas y fuimos a pie hasta un edificio señorial de los años cincuenta, portal impecable, suelo de mármol. El piso era de los padres de Valeria, me explicó Marcos mientras me servía un whisky. Techos altos, parqué de roble, muebles con historia. El tipo de sitio que no se compra.
Valeria había subido a cambiarse. Cuando entró al salón, el ambiente cambió de forma inmediata.
Llevaba una blusa de seda granate, sin sujetador, con un escote amplio que no dejaba mucho a la imaginación. Mallas de color perla oscuro ajustadas desde la cadera hasta el tobillo. Sandalias de tacón alto que le añadían diez centímetros que no necesitaba. Sus pezones se marcaban a través de la tela con cada movimiento. Cruzó el salón hacia nosotros con esa cadencia suya que no era actuada, era simplemente como se movía, y dejó una bandeja en la mesa baja inclinándose más de lo necesario.
Marcos empezó el juego con una pregunta directa.
—Siempre digo que Valeria tiene el culo más bonito que he visto. ¿Tú qué opinas?
Esperé antes de contestar.
—Si digo que sí miento, y si digo que no también miento. No tengo opinión formada. Lo que he visto ha sido siempre con ropa.
Valeria sonrió. Se levantó del sofá, dio media vuelta y se apoyó en la mesa baja con las manos. El culo a menos de un metro de mi cara.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Las mallas pueden engañar —respondí.
Valeria miró a su marido.
—¿Te importa que se lo enseñe bien, amor?
Marcos asintió sin hablar.
Me levanté despacio. Puse las manos en sus caderas y bajé las mallas hasta la mitad de los muslos. Llevaba un tanga de hilo con una cadena de cristal, casi decorativo. El culo quedó al aire: firme, levantado, con una forma que no necesitaba ningún ángulo favorable para quedar bien. Le di un azote sin avisar. El sonido llenó el salón.
—Obra de arte —dije.
—¿Ves? —le dijo Valeria a su marido, con voz satisfecha.
—Buena forma —concedí—. Pero hay una diferencia entre verlo y saber si responde.
—¿A qué te refieres? —preguntó Marcos.
—Un culo bonito que no se mueve no sirve de nada.
Valeria no esperó la respuesta de su marido.
—Cariño, que lo toque si quiere. Para que no haya dudas.
Marcos encogió los hombros. Era su manera de decir que sí.
Lo que empezó como un toque terminó con las mallas en el suelo. Mis dedos entre sus muslos, ella separando las piernas por iniciativa propia. Estaba húmeda desde mucho antes de que yo llegara ahí. El tanga cayó después, y Valeria no dijo nada, simplemente apoyó mejor las manos en la mesa y esperó.
—Trae aceite —le dije a Marcos—. El de oliva sirve.
Marcos fue a buscarlo sin hacer preguntas.
Mientras estaba fuera, Valeria se colocó de rodillas en el sillón y se apoyó en el respaldo. Me había desnudado para ese momento. Cuando Marcos volvió y me vio, se detuvo en la entrada del salón.
—Espera, ¿qué está pasando?
Valeria respondió sin darse la vuelta.
—Me va a follar el culo, cariño. Si tú quieres.
Hubo un silencio largo. Marcos miró a su mujer, luego me miró a mí, luego volvió a mirarla a ella.
—¿Si yo quiero? —repitió.
—Tú decides. Pero yo ya he decidido.
Marcos dejó el aceite en la mesita y se sentó en el sofá.
Entré despacio, no porque ella lo necesitara sino para que Marcos lo viera todo. Valeria tenía el control de su cuerpo de una manera que no es habitual: respiró hondo, relajó la espalda y me dejó entrar sin resistencia. Algún lamento contenido, pero no de dolor. Cuando llegué al fondo se quedó quieta un momento, como asimilando, y luego empezó a moverse ella sola, marcando el ritmo que quería.
Sus caderas empujaban hacia atrás con cada movimiento mío. Agarré las mallas que habían quedado a la mitad del muslo y las aparté del todo. Quería verlo todo. Valeria lo entendió y arqueó la espalda aún más, ofreciendo exactamente lo que yo estaba mirando.
—Ven aquí —le dijo a Marcos, tendiéndole la mano.
Marcos se acercó y ella lo tomó. Lo sostuvo así mientras yo la follaba desde atrás. El salón estaba casi en silencio salvo por el sonido de nuestros cuerpos y la respiración de los tres. La lámpara daba una luz cálida y baja. Marcos no apartaba los ojos, con la mano de su mujer entre las suyas, apretándola cada vez más fuerte.
—Únete —dijo Valeria, sin más preámbulo.
Marcos tardó un momento. Luego se levantó.
Ella lo tomó en la boca con la misma decisión con que había tomado todo lo demás esa noche. Marcos apoyó una mano en el respaldo del sillón para sostenerse. Su mujer lo miraba desde abajo mientras yo seguía dentro de ella. La escena se cerró sola. Los tres nos corrimos con pocos minutos de diferencia, y después nos quedamos en el suelo del salón, quietos, recuperando la respiración.
***
El aire olía a madera vieja y a sexo. Valeria fue la primera en incorporarse. Se sentó con las piernas cruzadas y me miró con una calma que no encajaba con lo que acababa de pasar.
—No fue casualidad que me sentara en tu regazo esta tarde.
Lo había imaginado.
—Las mujeres hablamos —continuó, sin apresurarse—. Y de ti se habla. Llevaba meses con curiosidad. Esta noche necesitaba comprobarlo.
—¿Y bien?
—Tenía razón en todo.
Se levantó, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Marcos nos siguió. La segunda ronda fue más larga y más tranquila, sin la urgencia de la primera vez. Valeria sabía exactamente lo que quería de cada uno de nosotros y no tenía ningún problema en pedirlo. Quiso que la follara de frente mientras Marcos miraba. Quiso que los dos hiciéramos lo que ella indicaba, cuando lo indicaba. Era la que dirigía, y los dos seguíamos sin cuestionarlo.
En algún momento de la noche, Marcos dijo la palabra «puta» con una voz que no era insulto sino algo bastante más complicado. Valeria respondió «cornudo» con la misma calma con que lo había dicho todo esa noche. Los dos se miraron y algo se asentó entre ellos, como si hubieran cruzado juntos una frontera que llevaban tiempo rondando sin terminar de cruzarla.
Me fui a primera hora de la mañana. Valeria me acompañó a la puerta en bata, con el pelo revuelto y esa expresión tranquila de quien ha dormido exactamente lo que necesitaba.
—Qué pena que no pueda contárselo a Natalia —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque me preguntaría cómo fue. Y no encontraría las palabras.
Cerró la puerta. Bajé las escaleras con el olor del piso todavía en la ropa.