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Relatos Ardientes

Valeria, la encargada que nunca sonreía

Rodrigo siempre tuvo debilidad por las mujeres con historia. No las chicas de veintipico que todavía están averiguando quiénes son: las de cuarenta y pico, las que cargan con todo en la mirada y aún así se sostienen solas. Valeria era exactamente eso, aunque nunca se lo hubiera dicho a la cara.

La conocía de vista desde hacía meses. Era la encargada del almacén del barrio, un local amplio donde se conseguía de todo: fiambres, verdura, pan, conservas, algo de ferretería en el fondo. Ella manejaba una de las cajas con la autoridad absoluta de quien sabe que manda. Morocha, pelo castaño con mechas rubias recientes que todavía no terminaban de convencerle, unos cuarenta y cinco años bien llevados. Contextura generosa: caderas anchas, tetas grandes que el buzo ajustado no disimulaba en absoluto y que a Rodrigo se le habían clavado en la cabeza desde el primer día. Usaba poco maquillaje, apenas un toque oscuro en los labios que resaltaba su gesto adusto. Tenía voz ronca y los pies hinchados de tanto estar parada, aunque eso nunca la frenaba: gritaba a los empleados, exigía rapidez y no aceptaba excusas. Más de uno ya la había mandado mentalmente a pasear, pero ninguno se atrevía.

Rodrigo lo había intentado alguna vez. Un chiste amigable mientras pagaba, un comentario para arrancarle aunque fuera media sonrisa. Nada. Rostro de piedra, respuesta corta, siguiente cliente. Se había resignado a desearla en silencio, desde el otro lado del mostrador, imaginándose de vez en cuando qué cara pondría esa mujer tan seria si alguien le arrancara los gemidos que seguro se guardaba.

Esa noche volvió tarde del trabajo. Eran casi las nueve cuando abrió la heladera y encontró dos huevos, un yogur a punto de vencerse y nada más. Los negocios cercanos ya estaban cerrando. Se acordó de que el almacén tenía horario extendido y fue caminando rápido, llegó justo cuando estaban por echar el candado.

Adentro, el personal guardaba mercadería en las conservadoras a las apuradas. Valeria daba órdenes a los gritos desde la caja, apurada por irse a su casa. Rodrigo agarró lo que pudo: un par de bandejas de fiambre, pan, tomates, algo de lechuga. Fue a pagar.

Ella estaba frente a él. Buzo gris ajustado que marcaba todo, jean elastizado, sandalias abiertas. Los pies inflados después de horas de pie.

—Menos mal que todavía estaban abiertos —dijo Rodrigo mientras sacaba la billetera.

—Si por estos vagos fuera, ya estaría cerrado hace rato —respondió ella sin mirarlo.

—Bueno, ya te vas a tu casa. Pies en alto y a descansar.

—Ojalá fuera tan fácil —dijo con un tono que no invitaba a seguir.

—Gracias. Hasta mañana.

—Chau.

Salió algo frustrado. Con qué pocas ganas atendía esa mujer. Llegó a casa, armó unos sándwiches, abrió una cerveza y se sentó frente a la tele. Media hora después, cuando metió la mano en el bolsillo de la campera buscando los cigarrillos, encontró la caja vacía. Se paró de mala gana. La estación de servicios del shopping quedaba a diez cuadras, todavía estaba a tiempo.

Cerró con llave, se subió al auto y arrancó. Al doblar en la primera esquina vio a una mujer sola en la parada del colectivo. Había paro de transportes desde las nueve, lo habían anunciado esa mañana en la radio. Pobre, no va a llegar nunca el bondi, pensó mientras la observaba.

El buzo gris, el jean celeste ajustado, las sandalias. Era Valeria.

Frenó despacio. Bajó la ventanilla y encendió la luz interior del auto para que pudiera verlo bien antes de hablar.

—Hola. Hay paro de transportes desde las nueve, no pasa ninguno más. Soy Rodrigo, cliente del almacén.

Ella lo miró con recelo. Luego lo reconoció y el gesto se relajó apenas. Soltó un rosario de insultos en dirección a la empresa de colectivos que no son para repetir en voz alta.

—¿Querés que te lleve a algún lugar con más luz, o directo a tu casa? —ofreció Rodrigo.

Valeria dudó un segundo. Luego abrió la puerta y se subió.

—Primero voy a la estación de servicios del shopping —dijo él—. Diez cuadras. ¿Está bien?

—Perfecto, yo también necesito puchos.

El recorrido corto alcanzó para saber que los dos estaban solos. Ella llevaba años divorciada. Nadie la esperaba en casa, solo la hija que ya vivía por su cuenta. Rodrigo tampoco tenía a nadie esperándolo. Bajaron en la estación, cada uno compró lo suyo, y cuando ella intentó pedir un remis desde la aplicación, no hubo caso. Quince intentos: nada disponible. La demanda superaba con creces a los autos en la calle esa noche.

—¿Tomamos un café mientras esperás? —propuso él.

—No, mañana entro tempranísimo. ¿Me llevarías a casa? Te pago el viaje.

Rodrigo miró la hora en el estéreo. Mañana tenía teletrabajo, podía quedarse despierto. Aceptó.

Era bastante lejos, pero ya había dicho que sí. En el recorrido, algo en Valeria se fue soltando poco a poco. Habló tranquila, sin el tono cortante del almacén. Contó cosas de su vida: los años de casada que prefería olvidar, la hija que ya era casi adulta y se había ido del nido, el trabajo que consumía todo el tiempo pero que era suyo y eso valía algo. Rodrigo escuchó sin interrumpir demasiado.

Llegaron al edificio. Valeria buscó la billetera, pero él le puso la mano encima de la mano, suavemente, bloqueándola.

—No me debés nada.

Se quedaron así un segundo. Las manos en contacto. Ella lo miró.

—Bajá —dijo—. Yo invito el café.

***

El portal estaba mal iluminado. Valeria abrió con llave y pasó primero, dejándole espacio para entrar. Vivía en planta baja: un pasillo corto, la puerta del departamento cuatro. Entraron. Encendió una lámpara de mesa que dejó el lugar en una luz cálida y baja. Le señaló el sillón de dos cuerpos.

—¿Cómo lo tomás el café?

—Solo, dos azúcares.

Mientras ella preparaba todo en la cocina, Rodrigo miró alrededor. Un estante con libros mezclados con algunas plantas pequeñas, un par de fotos donde aparecía junto a una chica joven —la hija, supuso—, una notebook abierta sobre la mesa. Todo bastante ordenado para alguien que trabajaba doce horas al día y llegaba con los pies destruidos.

Valeria volvió con la bandeja, la depositó en la mesa y se acomodó a su lado en el sillón grande. Le alcanzó la taza humeante.

—¿Te molesta si pongo los pies en la mesa? Están destruidos.

—Para nada.

Se sacó las sandalias y subió las piernas. Metió la mano en el bolsillo del jean y sacó un atado de cigarrillos. Lo abrió y le ofreció uno a Rodrigo. Él lo tomó. Ella acercó el encendedor.

La primera calada de Valeria fue profunda: los pulmones llenos, el pecho expandido, las tetas empujando hacia arriba contra el buzo gris hasta que la tela se le tensó sobre los pezones. Cuando soltó el humo, lo miró de reojo y lo encontró mirando exactamente donde siempre miraban todos.

—Ya me acostumbré —dijo ella, sin ningún enojo—. Los hombres siempre miran ahí primero.

—Perdón. No quise quedar tan en evidencia.

—No te disculpes. Me halaga.

Había algo diferente en ella ahora. La voz ronca seguía siendo ronca, pero sin la tensión de las horas de trabajo encima. Rodrigo la miró bien por primera vez de cerca: la piel algo oscura, los labios carnosos, los ojos color café que brillaban bajo la luz de la lámpara. Era más linda de lo que el almacén dejaba ver.

Valeria apoyó el cigarrillo en el cenicero y empezó a amasarse los pies con los dedos, haciendo muecas.

—Uf. Qué hinchados están hoy.

Rodrigo tomó el almohadón que tenía al lado y lo puso debajo de los tobillos de ella, elevándole las piernas un poco. Luego, sin pensarlo demasiado, empezó a hacerle un masaje suave desde los dedos hasta el talón, con los pulgares haciendo pequeños círculos por los costados.

Valeria dejó escapar un sonido que era pura gratitud.

—Además de chofer de emergencia, masajista.

—Lo que enseña hacer deporte —dijo él.

Se quedaron en silencio un rato. Los cigarrillos, el café, el masaje. Rodrigo terminó su taza y se puso de pie.

—Te dejo descansar. Mañana entrás temprano.

Valeria intentó levantarse también, pero las piernas habían decidido no cooperar. Completamente relajadas, flaquearon cuando apoyó los pies en el suelo y volvió a caer sobre el sillón.

Rodrigo se agachó para ayudarla. Quedaron a pocos centímetros de distancia.

El perfume de ella —dulce, persistente— venció al olor del tabaco y a cualquier otro pensamiento. Rodrigo se acercó y le dio un beso corto en los labios. Solo un segundo. Luego se apartó.

Se miraron.

Valeria lo atrajo con los brazos y el segundo beso no tuvo nada de corto.

***

La lengua de ella entró primero, caliente y sin permiso, buscándole la boca como si la conociera desde antes. Rodrigo le respondió con la suya, chupándosela despacio, mordiéndole el labio de abajo hasta que Valeria dejó escapar un gemido ronco que le vibró contra los dientes. Las manos de Rodrigo abandonaron el respaldo del sillón y fueron directo al buzo gris. Le recorrieron la cintura por encima de la tela, subieron por los costados y encontraron los bordes. Se colaron por debajo.

Ella no llevaba corpiño. Los pezones estaban duros antes de que él los encontrara, dos puntas gruesas que se le clavaron en las palmas. Rodrigo se los apretó con los dedos, se los rodó, se los tironeó suave, y Valeria arqueó la espalda buscando más. Le levantó el buzo hasta el cuello y le vio las tetas por primera vez: grandes, pesadas, con la areola oscura y los pezones parados como si llevaran horas esperando. Se agachó y le metió uno entero en la boca. Se lo chupó fuerte, dando vueltas con la lengua, y después se lo mordió justo lo suficiente para que ella soltara un jadeo agudo.

—Ay, la puta madre —susurró Valeria, con una mano en la nuca de él, apretándole la cara contra el pecho—. Así, chupámelas así.

Rodrigo pasó al otro pezón sin sacarle la mano del primero. Se lo mamó igual, hasta dejarlo brillante de saliva, mientras con la otra mano bajaba por el jean, le apretaba la entrepierna por encima de la tela y sentía el calor que ya salía de ahí. Le abrió el botón. Le bajó el cierre. Metió la mano por debajo del elástico de la bombacha y encontró todo empapado.

—Estás chorreando —le dijo al oído, con la voz enronquecida.

—Hace años que no me tocan bien. Metémela.

Rodrigo le hundió dos dedos de una sola vez. El coño de Valeria se cerró alrededor de ellos, apretándolos, y ella dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sillón. Empezó a moverle los dedos adentro, entrando y saliendo con ritmo, mientras con el pulgar le buscaba el clítoris y le hacía círculos firmes. Ella abrió más las piernas. La mano libre de Rodrigo volvió a las tetas, apretándoselas, y la boca le buscó la boca otra vez.

Quiso desnudarla ahí mismo, en el sillón, y liberarla de una vez, pero Valeria le detuvo las manos.

—No es el mejor lugar —dijo, con la respiración entrecortada.

—Entonces llevame a tu cuarto.

—Allí tampoco.

Él la miró sin entender del todo, con los dedos todavía enterrados en ella.

—No me dejes así, Valeria.

Ella sonrió por primera vez en toda la noche. Una sonrisa de verdad, no el gesto neutro del almacén.

—Vamos a tu casa. Y no me dejes vestida ni cinco minutos.

***

En el auto no pararon. Rodrigo conducía con una mano; la otra la tenía metida entre las piernas de Valeria, que ni se había subido el cierre del jean. Ella se había abierto de piernas todo lo que el asiento le permitía y le guiaba los dedos, moviéndole la muñeca, marcándole el ritmo que quería. En un semáforo se inclinó sobre él, le abrió el pantalón y le sacó la pija afuera. Se la agarró con la mano, se la midió con la palma, y se la empezó a masturbar despacio mientras Rodrigo trataba de no perder el control del volante.

—Tenés que llegar entero —le dijo ella—. No te me acabes en el auto.

—Sacame la mano entonces.

—No.

Llegaron en minutos que parecieron más cortos de lo que fueron. Él abrió la puerta de su casa con más torpeza de lo habitual, con la pija todavía afuera y Valeria riéndose por primera vez en la noche. La hizo pasar, la guió al dormitorio. Había ropa sobre la cama; la revolcó al suelo de un manotazo. Le arrancó el buzo por la cabeza, le bajó el jean junto con la bombacha de un solo tirón, y quedó desnuda de pie en el medio de la habitación. Se sacó él la remera y el pantalón en dos movimientos. Los dos quedaron sin nada.

Valeria lo empujó a la cama de un manotazo en el pecho. Se subió encima. Le pasó las tetas por la cara y se las dejó caer sobre la boca, una y después la otra, hasta que él se las agarró con las dos manos y se las chupó como venía haciendo en el sillón, pero ahora sin ninguna urgencia de terminar rápido. Le mordía los pezones, los dejaba salir brillantes, los volvía a chupar. Ella gemía por lo bajo, moviéndosele encima, restregándole el coño mojado contra el estómago.

—Bajá vos también —le dijo él.

—Sé lo que querés.

Valeria se deslizó hacia abajo. Le pasó la lengua por el cuello, por el pecho, por la panza. Cuando llegó a la pija se la agarró con una mano y la miró un segundo, como estudiándola, y después se la metió en la boca de una sola vez, entera, hasta el fondo. Rodrigo dejó escapar un gemido que le salió del estómago. La chupaba con ganas, con la mano acompañando el movimiento, alternando con la lengua alrededor de la punta, chupándole las bolas de a ratos y volviendo arriba. No era la boca de una mujer que se estaba estrenando: era la boca de una que se había pasado años sin tener con quién y ahora se estaba desquitando.

—Así, así —le decía él con la mano en la nuca de ella—. Toda adentro, dale.

Valeria lo mamaba con la respiración entrecortada, con hilos de saliva cayéndole por el mentón. Cuando lo sintió cerca, se lo sacó de la boca de golpe y volvió a subirse encima.

—Ni loca dejo que te acabes ahí. Te quiero adentro.

Se acomodó a horcajadas, se agarró la pija de él con la mano, se la pasó por el coño empapado un par de veces mojándose la entrada, y después se la clavó de una sola bajada. Los dos gimieron al mismo tiempo. Ella se quedó quieta un segundo, sintiéndolo entero adentro, y después empezó a moverse.

Empezaron. Ella marcó el ritmo desde arriba y él siguió. Las manos de Rodrigo le agarraban las caderas anchas, la ayudaban a subir y bajar, mientras las tetas le rebotaban en la cara. Valeria montaba fuerte, apretando cada vez que bajaba, moliéndosele encima. Diez minutos de urgencia sin ningún fingimiento: gemidos reales, uñas reales, el crujido real de la cama contra la pared. Ella se inclinó hacia adelante y apoyó las palmas en el pecho de él para tomar impulso, y desde ahí empezó a cabalgarlo más rápido, empalándose una y otra vez, con los ojos cerrados y la boca abierta.

—Me voy a acabar —jadeó ella—. Ay, la puta madre, me voy.

—Acabate encima mío.

Valeria se acabó con un temblor largo que le sacudió el cuerpo entero, el coño cerrándosele en espasmos alrededor de la pija de él, la cabeza tirada hacia atrás y un gemido gutural que no se molestó en tragar. Rodrigo aguantó unos segundos más, la agarró de las caderas y la clavó fuerte contra él, y se acabó adentro con dos, tres embestidas hacia arriba, sintiendo cómo la corrida le salía a chorros mientras ella seguía apretándolo.

Se quedaron aplastados el uno sobre el otro, sin hablar, sudados, pegados por donde se tocaban.

—No me voy esta noche —dijo ella, todavía encima de él, recuperando el aliento—. Tengo ganas atrasadas que cobrar.

Rodrigo no respondió. Solo la abrazó más fuerte.

***

Cuando el vigor de ambos cedió, Valeria se corrió a su lado, cruzó una pierna sobre él y cerró los ojos. Rodrigo la miraba en la penumbra.

—No te imaginás las veces que pensé en esto —dijo en voz baja.

—No me lo cuentes —respondió ella sin abrir los ojos—. Y no te hagas ilusiones: no va a ser fácil que esto se repita.

Él no contestó. Lo que pudiera pasar mañana no le importaba en ese momento.

Un rato después, Valeria se levantó a usar el baño. Rodrigo la vio alejarse desnuda, con el culo grande moviéndosele con cada paso, y la vio volver de frente, con las tetas colgándole libres y la mata oscura entre las piernas, y las dos vistas valían lo que había imaginado durante meses mirándola desde el otro lado del mostrador.

Cuando volvió a la cama, tapó la lámpara con una remera que encontró en el suelo y dejó la habitación en penumbras. Se acostó a su lado y le puso una mano en el pecho.

—No preguntes, no prometas. Solo disfrutá.

Él asintió en silencio y la dejó llevar la iniciativa.

Valeria lo recorrió despacio, de arriba abajo, sin ninguna prisa. Le pasó la lengua por el pecho, se detuvo en los pezones, le mordió la piel del vientre, bajó hasta la pija que ya había vuelto a levantarse a medias y se la tomó en la mano. Se la trabajó despacio, con la lengua envolviendo la punta, con los labios cerrándose alrededor y bajando hasta el fondo, hasta dejarla dura como piedra. Le fue dando tiempo para recuperarse del todo y cuando lo tuvo listo, lo usó bien.

Se acomodó a horcajadas mirando en la dirección contraria: le dio la espalda, se abrió las nalgas con las manos y se sentó encima, guiándose la pija de él con una mano hasta metérsela entera en el coño otra vez. Rodrigo tenía ahora la vista completa del culo de ella subiendo y bajando sobre él, las nalgas anchas que le tapaban medio cuerpo, el coño abriéndose y cerrándose alrededor de la pija con cada movimiento. Le ofreció, sin que él lo pidiera, la imagen y el ángulo que muchos hombres habrían pagado por ver.

—Agarrame el culo —le dijo ella, mirando por encima del hombro.

Rodrigo le clavó las manos en las nalgas y se las abrió más. Se las apretaba, se las palmeaba de vez en cuando, y ella respondía apretando el coño y montándolo más fuerte. Un rato largo e intenso que fue frenando y retomando, con Valeria bajando el ritmo cuando sentía que él estaba cerca, recuperándose ella también, y volviendo a acelerar cuando quería más. En un momento se levantó, se dio vuelta sin sacarlo, y se acomodó de frente para mirarlo mientras acababa.

—Ahora los dos —dijo ella, con la cara colorada y el pelo pegado en la frente.

Se movió fuerte, apretando cada vez, y Rodrigo empujó desde abajo hasta que sintió que se le venía. Acabaron juntos: ella con otro temblor largo que la dejó doblada sobre él, él soltando la segunda corrida de la noche adentro de ella, gimiendo los dos contra la boca del otro. Se quedaron dormidos casi sin hablar, ella con la pija de él todavía adentro.

***

El despertador del teléfono de Valeria sonó temprano. Rodrigo abrió los ojos y la vio buscar el teléfono a tientas para silenciarlo. Todavía había tiempo antes de que se fuera y las horas de sueño le habían devuelto las ganas. La pija ya la tenía dura de nuevo apenas la miró, medio desnuda, con la sábana enredada en una pierna.

La tomó de las caderas con suavidad. Valeria entendió sin que le dijeran nada.

Se acomodó boca abajo, levantó las caderas, abrió un poco las piernas y le ofreció la imagen que él había imaginado muchas veces mientras la veía cobrar desde el otro lado del mostrador: el culo grande en el aire, el coño abierto y todavía húmedo de la noche, brillando en la penumbra. Rodrigo se ubicó detrás, le pasó la boca por la espalda, por la cintura, más abajo, hasta que le enterró la lengua entre las nalgas y se la pasó desde el coño hacia arriba, lamiéndosela entera. Valeria dejó escapar un gemido ahogado contra la almohada.

—Comémelo, dale —murmuró.

Rodrigo le abrió las nalgas con los pulgares y le hundió la lengua en el coño, chupándoselo, penetrándoselo con la punta, subiendo de vez en cuando hasta el otro agujero para ver la reacción de ella —que fue arquearse más y apretar la almohada con las dos manos—. Le comió el coño hasta que ella dejó de ser paciente y lo buscó con la mano por atrás para apurarlo.

—Metémela ya. No aguanto más.

Rodrigo se irguió detrás de ella, se agarró la pija y se la clavó de una sola embestida. El coño de Valeria lo recibió empapado, todavía sensible de la noche anterior. Empezó a cogerla fuerte desde atrás, sin ceremonias, agarrándola de las caderas y tirándosela hacia él con cada embestida. Las nalgas de ella le rebotaban contra la pelvis con un sonido seco, y los gemidos de Valeria salían amortiguados contra la almohada pero no se molestaban en ser discretos.

—Así, dame más, dame más —jadeaba ella—. Fuerte, no seas cagón.

Rodrigo le agarró el pelo con una mano y se lo enroscó en el puño. Le tiró de la cabeza hacia atrás y siguió cogiéndola desde atrás, más fuerte, mientras con la otra mano le apretaba una teta que le colgaba libre y se le mecía con cada embestida. Ella empujaba hacia atrás encontrándole cada golpe, apretando el coño cada vez que él entraba entero. Fue exactamente lo que los dos necesitaban: rápido, sin ceremonias, brutal, acompañando cada embestida con gemidos reales.

—Me acabo, me acabo —jadeó Valeria contra la almohada.

Se acabó ella primero, temblando con el culo todavía en el aire, el coño apretándose alrededor de él en espasmos. Rodrigo la agarró fuerte de las caderas y siguió unos segundos más hasta que se acabó él, adentro otra vez, vaciándose entero en ella hasta la última contracción. Se quedó doblado encima de la espalda de ella, respirando fuerte, con la pija todavía adentro.

Después, ducha. Los dos bajo el agua, dejando que arrastrara los restos de la noche. Rodrigo le enjabonó las tetas por atrás, le pasó la mano entre las piernas, y ella se dio vuelta y le agarró la pija todavía sensible y se la masturbó despacio bajo el chorro, riéndose de que él ya no podía más. Valeria se vistió, recogió el bolso y lo miró desde la puerta del dormitorio.

—Gracias por anoche —dijo.

—Gracias a vos. Si alguna vez querés volver, ya sabés dónde es.

Valeria sonrió. Tomó la ropa interior que había quedado sobre la silla —la bombacha negra, todavía con la mancha de humedad de la noche anterior— y se la extendió a él.

—Un recuerdo —dijo.

Rodrigo la tomó sin decir nada, se la llevó a la cara y la olió sin ningún disimulo. Ella lo besó largo, se soltó antes de que él pudiera iniciar otra cosa, y salió.

***

Rodrigo pasó la mañana en la cama, sin apuro, con la bombacha de ella todavía sobre la mesa de luz. Tenía teletrabajo pero lo ignoró por unas horas. Cuando por fin se levantó a preparar algo para almorzar, el timbre sonó.

Miró por la mirilla. Era Valeria.

Abrió la puerta. Ella entró rápido, dejó el bolso en el suelo y se le colgó del cuello.

—Tenía hambre —dijo con la boca casi sobre la suya, ya metiéndole la mano por debajo del pantalón—. Y no solo de comida.

Rodrigo no respondió. La tomó de la mano y la llevó al dormitorio. Cerró la puerta.

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Comentarios(9)

mauro_bsas

excelente relato!!!

Marcos_72

Me engancho desde el primer parrafo. Muy bien narrado, esperando el proximo

NocturnoPba

jaja las serias siempre sorprenden. Me hizo acordar a algo que me paso hace años en una situacion parecida. Tremendo

SandraK91

Me quede pensando como siguio esa noche despues. Hay segunda parte?

fanaticoLector

La tension que construis al principio es lo mejor del relato. Se hizo cortisimo!!!

Rulo_BA

Las maduras saben lo que hacen y aca se nota. Muy buen relato

CarmenRio

Dios que bueno, sigue escribiendo por favor!!!

DiegoPampero

Me gusto mucho como esta escrito, se siente natural sin ser burdo. Las descripciones estan muy bien logradas. Guardadito para releer

MiguelOsuna

Esperando ansioso el proximo. Saludos desde Cordoba

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