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Relatos Ardientes

La señora que me puso a prueba primero

Elena tenía 65 años cuando nos conocimos. Yo acababa de entrar al tercer año de la carrera y llevaba algo más de un año ofreciendo mis servicios como acompañante masculino. Ella llevaba tres años viuda, después de casi cuatro décadas casada con un empresario de los que salen en las páginas de economía. Familia antigua, dinero antiguo, la clase de mujer que uno ve en ciertos restaurantes y sabe de inmediato que hay un mundo entero detrás de esa mirada.

La primera vez que fui a su casa —un ático en una zona residencial del centro, con vistas largas sobre los tejados— no ocurrió absolutamente nada. Eso ya me llamó la atención.

Me recibió ella misma, sin asistente ni empleada doméstica a la vista, aunque se notaba que las había. Me hizo pasar a un salón con muebles de madera oscura, cuadros al óleo enmarcados en bronce y una repisa con fotografías de viajes. Nos sentamos frente a frente: ella en un sillón de cuero verde; yo en una silla que claramente era decorativa, aunque resultó más cómoda de lo que parecía.

Lo que siguió fue una conversación. No un encuentro, no una presentación, ni siquiera un tanteo con doble sentido. Una conversación, punto.

Me preguntó por qué hacía lo que hacía. Por mis estudios. Por si tenía pareja. Por mis planes a largo plazo. Me lo preguntó con la misma naturalidad con que te preguntarían en cualquier entrevista formal, con la espalda recta y los ojos grises fijos en mí, sin apartar la mirada ni un segundo.

Yo respondí con sinceridad. Era lo mínimo que podía hacer ante alguien que no intentaba disimular nada.

Cuando acabó de escucharme, hubo una pausa larga. El tipo de pausa que no se rellena.

—¿Te parezco atractiva? —dijo.

No era una pregunta de coquetería. Era una pregunta directa, como todo lo demás en ella.

—Sí —respondí, y era verdad.

Era rubia, con el pelo recogido en un moño suelto, los ojos grises y una manera de vestirse que hacía que la ropa pareciera importante sin ser ostentosa. Llevaba pendientes de piedra oscura y un anillo en la mano derecha que no era de boda. Hablaba con cierta lentitud, eligiendo cada palabra, y tenía una presencia que yo no sabía muy bien cómo describir entonces: imponía, sí, pero no de un modo amenazante. Era más bien que llenaba el espacio sin esfuerzo, como si hubiera aprendido hace mucho tiempo que no necesitaba ocupar más sitio del que ocupaba.

Antes de despedirnos, me pidió que me hiciera unos análisis. Me explicó que ella haría lo mismo, que la reciprocidad era importante si íbamos a generar confianza. No lo presentó como una condición, sino como una propuesta razonable entre dos personas razonables.

Me negué a cobrar por esa primera visita. Ella insistió con calma y al final cedí.

Salí a la calle pensando que aquello había sido la entrevista más rara de mi vida. Y también la más honesta.

***

Unos días después me llamó. Me citó de nuevo a las siete de la tarde.

Fui con los resultados del laboratorio en un sobre. Los suyos estaban encima de la mesa cuando llegué, doblados en cuatro, como si llevaran ahí esperando un rato. Los revisamos en silencio, los intercambiamos, los devolvimos a su sitio.

—Bien —dijo ella, y eso fue todo.

Nos sentamos de nuevo en el mismo salón. Me dijo que le había parecido un chico agradable, con educación y con algo que no todo el mundo tiene: la capacidad de escuchar sin ponerse nervioso. Después fue directa.

Me contó que su matrimonio había sido largo y estable y completamente mediocre en lo que nadie menciona en público. Que su marido no había sido un mal hombre, pero que ciertas cosas nunca existieron entre ellos, ni al principio ni al final. Que ella tenía 65 años y que eso no significaba que hubiera dejado de desear, y que no veía ninguna razón para fingir que sí.

Lo dijo sin amargura. Solo como contexto. Como alguien que ha tenido tiempo de ordenar las cosas y ya no necesita dramatizarlas.

Esa noche me invitó a cenar. Fue a un restaurante que yo nunca hubiera podido pagar solo: luz baja, manteles blancos de hilo, camareros que conocen el nombre de los clientes habituales. A ella la conocían.

Nos miraron. No todos, pero varios. La mesa del fondo sobre todo, una pareja de mediana edad que no dejaba de lanzar miradas hacia nosotros cada pocos minutos, con esa falsa discreción de quien cree que nadie lo nota.

Yo sonreí sin querer. Elena lo vio.

—¿Qué te hace gracia?

—Nos están vigilando —dije.

—Ya lo sé. —Bebió un sorbo de vino sin mirar hacia allí.— Que miren. Soy una viuda sin obligación de dar explicaciones a nadie. Y esa mujer del fondo lleva meses viéndose con el socio de su marido, así que yo no soy la más escandalosa de la sala esta noche.

Me reí, y ella también, y esa fue la primera vez que la vi reírse de verdad. Fue una risa breve, directa, sin cálculo.

Después de cenar fuimos a un bar con música en vivo. Ella pidió whisky con hielo. Bailamos dos piezas lentas, con cierta torpeza al principio, y en algún momento entre la primera y la segunda ella apoyó la frente en mi hombro y yo la agarré de la cintura con naturalidad. El primer beso fue ahí, de pie junto a la barra, con la música de fondo y sin ningún tipo de preámbulo.

Sabía bien.

La acompañé a casa. Esa noche no pasó nada más. Me despedí en la puerta y me fui caminando por las calles del centro preguntándome qué estaba buscando exactamente aquella mujer, sin encontrar una respuesta clara.

***

La tercera vez que quedamos fue en su apartamento, una semana después.

Llevaba un vestido negro de manga larga, ajustado. Había una botella de vino tinto abierta sobre la mesa y dos copas ya servidas, como si hubiera calculado cuánto tiempo necesitaba para que todo estuviera listo antes de que llegara yo.

Bebimos. Hablamos de poco. En algún momento me levanté de mi silla, me senté a su lado en el sofá y la besé. Ella no se movió hacia atrás. Me devolvió el beso con calma, con las manos quietas en el regazo al principio, después una de ellas subió despacio hasta mi cara.

Sin decir nada, me cogió de la mano y me llevó por el pasillo.

El dormitorio era grande. Cama con cabecero de hierro forjado, una lámpara de pie que daba una luz cálida y tenue, y una puerta que daba a una terraza con sillas y una mesa pequeña. Olía a un perfume discreto que se había instalado en la ropa, en las cortinas, en el aire.

Le bajé la cremallera del vestido despacio. Besé su nuca, el borde del hombro. La tela cayó al suelo sin ruido y me giré hacia ella: sujetador color marfil y medias oscuras que le llegaban a la mitad del muslo.

Le desabroché el sujetador y besé sus pechos. Su cuerpo era el de una mujer de su edad, y lo era sin disculpa: curvas reales, piel real, nada forzado. Había algo en eso que me pareció más honesto que cualquier performance de juventud, y esa honestidad tenía su propio atractivo.

Me aparté un paso para desnudarme. Ella me miraba sin apartar los ojos. Cuando terminé, extendió la mano y me tocó el pecho con las yemas de los dedos, como tomando nota de algo.

La senté en el borde de la cama y le saqué las medias de a una. Besé sus piernas desde la rodilla hacia arriba, despacio, sin prisa. Le quité la ropa interior y la fui tumbando sobre las sábanas.

Abrí la boca entre sus piernas y empecé a moverme con la lengua, sin apuro, prestando atención. Ella hizo un ruido pequeño al principio, casi contenido, como si el placer fuera algo que hubiera aprendido a guardar durante demasiado tiempo. Fui insistiendo, cambiando el ritmo, leyendo cómo respondía su cuerpo. Le puse una mano sobre el vientre y con la otra la sujeté de la cadera. Poco a poco el sonido fue creciendo, dejó de contenerse, y cuando llegó el orgasmo se le tensaron las piernas y soltó un gemido largo y hondo que llenó toda la habitación.

Se quedó quieta unos segundos, respirando. Le acaricié la cara y le pregunté si quería seguir.

Asintió con los ojos todavía cerrados.

Me levanté a buscar el condón entre la ropa del suelo.

—Espera —dijo.

Me senté a su lado. Agarró mi pene con la mano y lo acarició despacio, después se inclinó y empezó a besarlo. Tenía los labios pintados de un rojo oscuro. Trabajó con la boca durante un buen rato, sin apuro, con una concentración que no tenía nada de mecánico, como si fuera algo que le gustaba genuinamente hacer y no una obligación que se cumple.

Cuando paró, se limpió la comisura con el pulgar y me miró.

—¿Para qué crees que eran los análisis? —dijo.— A estas alturas de la vida, un embarazo no es lo que me preocupa.

Se puso encima de mí. Entró despacio, con alguna dificultad al principio. Le sugerí el lubricante. Lo había dejado en la mesita de noche, como si supiera que íbamos a necesitarlo. Se aplicó un poco y volvió a acomodarse sobre mí.

Empezó a moverse. Arriba y abajo, con cadencia lenta al principio. Miraba hacia el techo o hacia mí, alternando. Yo le sujeté las caderas, los muslos, la fui acompañando en el movimiento. El ritmo fue subiendo solo, sin que ninguno de los dos lo decidiera, como si encontrara su propio camino.

Entonces se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mi pecho y aceleró. Cerró los ojos. La veía con la mandíbula tensa y el pelo suelto cayéndole por un lado de la cara, y sentí cómo apretaba sobre mí con cada movimiento. Dio un gemido largo, agudo, y se desplomó.

La abracé. Le di un beso en la sien. Esperé a que la respiración se regularizara.

Después la di vuelta con cuidado y me puse encima. La besé en la boca, en el cuello. Empecé a moverme. Ella arqueó la espalda y puso las manos en mi espalda buscando dónde aferrarse.

Fui aumentando el ritmo. Más fuerte, más adentro. Ella me clavaba las uñas y dejaba escapar palabras sueltas que no formaban frases, solo sonido. Le agarré la cadera con fuerza y me empleé a fondo hasta que no pude aguantar más y solté dentro de ella, largo, con el cuerpo entero sacudiéndose.

Caí sobre ella. Mi pene todavía dentro, palpitando.

Nos quedamos así un buen rato, sin movernos, con la respiración mezclada. Me retiré despacio. Me tumbé a su lado. Ella se giró hacia mí, apoyó la cabeza en mi hombro y puso la mano abierta sobre mi pecho.

—Hacía mucho tiempo —dijo en voz baja.

No respondí. No hacía falta.

***

Aquella noche fue la primera de muchas. Nos veíamos una o dos veces por semana, durante meses que se convirtieron en años. La llevé a sitios que no había visitado. Ella me llevó a otros que yo nunca hubiera conocido solo. Hablábamos de libros, de política, de su vida antes de quedarse viuda, de la mía antes de que cualquier cosa fuera lo que terminó siendo. Discutíamos a veces, con respeto pero sin suavizar las cosas. Me enseñó a distinguir un buen vino de uno mediocre. Yo le enseñé, creo, que no había nada de lo que pedir disculpas por saber exactamente lo que una quiere.

No sé si lo que tuvimos tiene un nombre preciso. No lo busqué entonces y no lo busco ahora. Sé que era real, que fue bueno, y que las cosas reales raramente necesitan una etiqueta para sostenerse.

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Comentarios (6)

PatriciaM

jajaja el comienzo me pareció genial, nunca había leido algo así. Muy bueno!!

Enrique77

Buenísimo, me quedé con las ganas de saber cómo sigue. Espero la continuacion pronto

SilviaMar22

Me recordo algo que me paso hace años... no tan intenso como esto pero algo habia jajaja. Gracias por compartir

lector_fx

excelente!!!

GabrielCordo

La protagonista tiene mucho caracter. Me gustó como la presentás, se siente real y no forzada. Segui escribiendo

MarianoCba

Increible como con solo el arranque ya te enganchás. Muy buena pluma.

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