Mi marido no sospecha lo que hice esa tarde
Me llamo Lorena. Treinta y ocho años, casada, morena de piel clara y cuerpo cuidado. Desde que tuve a mis dos hijos, mis caderas se ensancharon y mi escote ganó presencia. No me quejo del resultado, lo que me molesta es que nadie en casa parezca notarlo. Mi marido trabaja desde antes del amanecer hasta después de la cena, y yo paso la mayor parte del día sola en una fracción residencial tranquila donde todos se conocen de vista y nadie habla de lo que de verdad ocurre detrás de las puertas cerradas.
Lo que voy a contar no lo sabe nadie. Necesito que alguien lo sepa.
***
Todo comenzó cuando la casa de enfrente quedó desocupada y empezaron las obras de remodelación. Durante semanas hubo un equipo completo de albañiles, pintores, fontaneros. Con el tiempo todos se fueron hasta quedar solo dos hombres para terminar los detalles del exterior. Pasaban el día bajo el sol frente a mi ventana, a veces sin hablarse entre ellos por horas enteras.
El primero llevaba los cincuenta y pico bien cargados. Alto, gordo, con barba de varios días y manos gruesas como bloques de cemento. No era el tipo de hombre al que uno le prestaría atención en la calle. El segundo era joven —no tendría más de veinte años—, delgado pero con ese cuerpo firme que se forja a fuerza de trabajo físico. Al principio era callado. Después no tanto.
Un día le mencioné a mi marido: —Pobrecitos, ahí todo el día bajo el sol y nadie les lleva ni un vaso de agua.
—Ese es su trabajo —me respondió sin levantar los ojos del teléfono.
Así es él.
***
Los días se acumularon. Mi marido llegaba tarde, agotado, sin ganas de nada. Yo me iba a la cama con ese peso sordo que conocen bien las mujeres que no son tocadas: una especie de hambre que se instala en los huesos y no te deja dormir bien. Empecé a salir más seguido. A arreglarme más de la cuenta para ir a la tienda de la esquina. No era un plan consciente, o eso me repetía.
Jeans muy ajustados. Blusas más abiertas. Faldas que antes solo ponía para salir a cenar.
Los dos obreros no tardaron en notarlo. El mayor empezó a saludar con un «Buenos días, señito» que tenía algo de burla y algo de hambre al mismo tiempo. El joven sonreía sin decir nada, pero me seguía con los ojos hasta que doblaba la esquina y me perdía de su vista.
Empecé a notar cosas que antes habría ignorado. Cuando pasaba junto a la obra y giraba la cabeza de reojo, los veía tocándose por encima del pantalón. La primera vez me turbó. La segunda me sorprendió. La tercera me gustó, que es lo más peligroso de todo.
Un día tendí ropa interior en el tendedero de la terraza delantera. Lo hice despacio, a propósito, sabiendo que ellos miraban. Cuando levanté la vista, el mayor le señalaba mis bragas al joven con el dedo y le decía algo al oído. Se reían. Sentí calor en la cara y calor más abajo, y ninguno de los dos tenía que ver con el sol.
¿Qué están pensando exactamente? ¿Qué se están diciendo?
Esa noche me acosté pensando en eso.
***
El día que todo cambió fue un martes sin importancia. Mi marido se fue antes de que yo despertara. Dejé a mis hijos en el colegio. Volví del mandado con una bolsa en cada mano: leggins negros muy ajustados, blusa blanca de tirantes sin sostén, el cabello recogido con una coleta. Me había puesto delineador oscuro en los ojos y eso era todo el maquillaje que necesitaba para que la mirada dijera lo que no decían las palabras.
Al pasar junto a la obra, los obreros no estaban. Seguí caminando sin pensar demasiado en ello.
Cuando regresé con las compras, ahí estaban los dos.
—Buenas tardes, señito —dijo el mayor con esa sonrisa torcida que ya conocía bien.
—Buenas —respondí, sin detenerme del todo.
—Qué calor tan fuerte hoy, ¿verdad?
—Un poco —dije.
—Está muy fresca esa fruta que trae. —Señaló el melón que yo llevaba apretado contra el pecho con un brazo—. Se ve que está bien jugosa.
No respondí. Me fui a mi casa.
Dejé las bolsas sobre la mesa de la cocina. Me quedé parada mirando la pared.
Estaba húmeda. Y no era por el calor de la calle.
Me senté en la silla. Lo pensé durante cinco minutos exactos, contándolos. Después tomé la jarra de vidrio, la llené con agua fría de la nevera y salí.
***
—Traje un poco de agua —dije desde la reja.
El mayor se giró despacio, como si ya lo supiera.
—Qué amable, señora. Pase, pase.
—Aquí se la dejo, no se molesten.
—No, cómo cree. Acompáñenos tantito, que el chalán trae los vasos.
El joven abrió el portón antes de que yo terminara de dudar. Miré la calle en las dos direcciones: vacía. Entré.
Cerraron detrás de mí con un golpe seco.
Me llevaron a un cuarto interior: una silla de madera, una mesa de trabajo llena de herramientas, una nevera pequeña con cervezas. Llené dos vasos de plástico con más nervios de los que quería mostrar. Los dos hombres me miraban sin disimulo alguno: el mayor de frente, con los brazos cruzados; el joven un paso atrás, con los ojos fijos en mi cintura.
—¿Está buena? —pregunté cuando bebieron.
—Muy buena —dijo el mayor—. Pero sabe cuál debe estar mejor todavía.
—¿Cuál?
—La de melón. —Señaló mi escote con la barbilla—. Con esos melones tan buenos que usted tiene, seguro saldría riquísima.
No respondí. No me moví.
Empezó a tocarse por encima del pantalón, sin vergüenza, mirándome directo a los ojos.
—Enséñenos eso, mamacita.
Ya no hay marcha atrás. Yo sola me lo busqué desde el primer día.
Tomé los tirantes de la blusa con dos dedos y los bajé despacio por los hombros. Me la saqué y quedé con los pechos al aire frente a los dos desconocidos en ese cuarto cerrado.
***
El mayor fue el primero en moverse. Tomó una lata de cerveza de la mesa, la abrió y me la vació sobre el pecho sin previo aviso. El frío me sacó un jadeo. Su boca llegó un segundo después: hambrienta, sin ninguna delicadeza, chupando y mordisqueando con una urgencia que no había sentido en años. Le puse una mano en la nuca y lo empujé más fuerte contra mí.
Levanté la vista. El joven se masturbaba por encima del pantalón y no dejaba de mirarme.
Le sonreí.
El mayor se separó un momento para contemplarme. Después le dijo al otro:
—Tómale una foto para el recuerdo.
—No quiero fotos —dije.
Me giró con un movimiento brusco, sujetándome los brazos por detrás mientras el joven sacaba el teléfono.
—Quieta.
Bajé la cabeza para que mi cara no saliera. Pero no luché por soltarme.
¿Cuántos hombres van a ver esa foto? ¿Y si algún día llegara a manos de mi marido? ¿Qué pensaría al ver a su esposa así?
Esa imagen —la de mi marido viendo esa foto— no me dio miedo. Me encendió todavía más.
El mayor me giró de nuevo y me apretó las mejillas con una mano.
—Ya, putita. A lo que viniste.
La tenía afuera. Gruesa, oscura, enormemente más grande de lo que mi cuerpo estaba acostumbrado. No entendía cómo un hombre de ese aspecto podía tener algo así entre las piernas.
—¿Qué esperas? ¿O creías que no sabía lo que venías a buscar?
Eso me quitó los últimos rastros de vergüenza. Me fui agachando muy despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, hasta quedar de rodillas frente a él en el suelo de cemento.
La tomé con las dos manos. Palpé su peso, su dureza. La moví despacio, sintiéndola latir.
—Ya métela —dijo.
Me la llevé a la boca.
***
Me cogió la boca sin ninguna consideración, con las dos manos enterradas en mi cabello, empujando con fuerza mientras yo intentaba respirar entre cada embestida. Cuando escuchaba mis arcadas, empujaba más adentro. Me separaba para abofetearme suavemente la mejilla, escupirme sobre la lengua abierta, llamarme puta con una voz baja y segura. Y yo quería más cada vez.
—¿Te gusta que te traten así?
—Sí —respondí—. Me gusta.
No lo entendí del todo en ese momento. Pero era completamente verdad.
El joven se acercó por detrás y empezó a manosearme los pechos. También tenía buena herramienta, aunque no tan imponente. Sin esperar demasiado, se puso frente a mí y me la metió en la boca mientras el mayor observaba con la verga todavía brillante.
Los detuve a los dos con una mano en cada uno. Los tomé, uno en cada mano, y me los pasé por la cara: besándolos, sintiendo su peso y su calor contra mis mejillas.
—Ya lo sabía yo —dijo el mayor—. Esta era una puta de casa.
—¿Quién es una puta? —me preguntó.
—Yo —respondí sin dudar ni un segundo.
—¿De quién?
—Suya. Lo que usted quiera.
Me jaló del brazo para ponerme de pie y me besó de una manera que nunca había experimentado: profundo, sin prisa pero sin ternura, con las dos manos apretándome las nalgas y pegándome contra él como si quisiera que no quedara espacio entre los dos cuerpos. Después me haló del cabello para separarnos.
Metió los dedos dentro de mí sin ningún aviso.
—Estás escurriendo, perrita.
—Es que necesito que me cojan —dije, y no me sorprendió oírme decirlo con esa calma.
—Ya lo sé. A las zorras como tú se les nota desde que abren la boca.
***
Me giró de golpe y me empotró contra la pared. Bajó mis leggins de un solo tirón hasta los muslos. Me arqueó la cintura hacia afuera con una mano en la cadera.
Puso su punta en mi entrada y empezó a abrirse paso.
Grité.
—Quédate quieta —dijo—. Ya te va a entrar toda.
—Sí —jadeé—. La quiero toda.
Sentí la mitad y pensé que no aguantaría. Me tomó de los pechos por detrás, apretando con fuerza, y siguió empujando. Terminó tumbándome en el suelo, levantando mis caderas con ambas manos, enterrando el resto centímetro a centímetro hasta que la sentí completa dentro de mí, hasta que no quedó más que meter.
Sus embestidas comenzaron lentas, midiendo cada una. Después no tanto.
Llegué antes de que él pensara en terminar. La primera vez sin avisar, con un grito que no pude contener. La segunda sabiendo que venía, empujándome contra él para recibirla entera.
—Así, mamacita. Bien mojada.
—Más fuerte —pedí—. Más fuerte, por favor.
Se detuvo de repente.
—Ese culito —dijo—. Apuesto a que sigue intacto.
—Por ahí no —respondí—. No me lo hagas.
—Hoy sí.
Me puso sobre la silla con el joven sujetándome las muñecas por delante para que no me levantara. El mayor se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con ambas manos y empezó a empujar muy despacio.
No pude evitar llorar. No exagero: de verdad no lo aguantaba.
—Quieta, que duele más si forcejeas.
—Ya, ya basta —decía—. Por favor, ya.
—Qué apretadita la tienes todavía —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Siguió. La sentí a la mitad y algo en mi cuerpo cedió de golpe y empezó a recibirlo de otra manera. El dolor no desapareció pero se mezcló con algo que no sé nombrar con exactitud, algo que estaba del otro lado del dolor y que no había sentido nunca.
El joven me llenó la boca al mismo tiempo. Yo ya no protestaba. Me habían convertido en algo que recibía sin resistencia: usada en los dos extremos, sin piedad, sin consideración. Me sentía sucia. Me sentía plena.
Plena de verdad. Como hacía años que no me sentía.
Cuando el mayor terminó lo hizo dentro, vaciándose completamente. Lo sentí caliente y profundo. Se quedó quieto un momento y después se apartó, satisfecho, y se sentó en la otra silla a descansar.
—Ahora el chalán —dijo.
***
El joven me acostó boca arriba en el suelo. Me bajó la tanga y los leggins del todo. Sujetó mis tobillos con las dos manos, me abrió las piernas por completo y entró de golpe sin más preámbulo.
Era más ágil, más impaciente. Tenía esa energía de quien ha esperado demasiado. Me miraba los pechos mientras empujaba, y en algún momento se echó encima de mí sin salirse y me besó el cuello y la clavícula con una urgencia diferente, apretándome contra el suelo como si quisiera que me quedara grabada en la memoria.
Giré la cabeza hacia el lado. El mayor estaba sentado con la verga en la mano, mirando la escena con ojos entrecerrados.
Le sonreí desde el suelo.
—Mira cómo me están cogiendo —le dije.
—Me estás poniendo duro otra vez, cabrona —respondió.
El joven me dio una nalgada sonora, me haló del cabello hacia atrás, aceleró el ritmo hasta que el ruido de su cuerpo contra el mío llenó todo el cuarto. Cuando estuvo a punto se salió de golpe, me giró y me puso de rodillas. El mayor se levantó de la silla. Los dos se pusieron de pie frente a mí, jalándosela.
Abrí la boca.
Tomé mis pechos con las manos.
Vinieron casi al mismo tiempo: primero el joven, sobre mi cara, llenándome de calor; después el mayor, sujetándome las mejillas con fuerza, en mi boca. Me quedé así un momento con los ojos cerrados, saboreando, sin prisa.
Después los limpié a los dos hasta dejarlos relucientes.
***
Me levanté del suelo. Me arreglé lo mejor que pude. Le di un beso breve a cada uno sin mucho protocolo. El mayor me dio una palmada en las nalgas al abrirme la puerta, seca y sonora, sin pedir permiso ni disculparse.
Crucé la calle corriendo hacia mi casa.
Me metí a la ducha con el agua muy caliente. El delineador me corría por la cara en líneas negras. Las nalgas me ardían. El cuerpo entero me dolía de una manera que no había sentido en mucho tiempo, y que no era del todo desagradable.
Me quedé bajo el agua hasta que el calentador se enfrió y ya no salía vapor.
Ya no era la misma mujer que había cruzado esa calle con una jarra de agua.
Y lo más extraño de todo es que no me arrepentía. Ni un poco.
Lorena.