El técnico maduro que vino un sábado por la mañana
Todo empezó por la nevera. Llevaba semanas haciendo un ruido raro y, una mañana cualquiera, dejó de enfriar del todo. Mi madre se pasó dos días colgada del teléfono buscando a alguien que viniera a revisarla, y después de muchas llamadas consiguió que un técnico se acercara el sábado. La noche anterior vaciamos el congelador entre las dos, tirando todo lo que se había echado a perder, y dejamos la cocina lista para la visita.
El sábado me levanté tarde. Bajé a desayunar como cualquier día de descanso, con unos leggins negros y una camiseta blanca holgada, sin sujetador, porque en casa me gustaba estar cómoda y no esperaba a nadie tan temprano. Me estaba sirviendo café cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y vi a un hombre con una caja de herramientas. Mi madre salió a recibirlo.
—Renata, hazme el favor de ponerte algo encima —me dijo en voz baja al volver a entrar—. Vas demasiado ligera y viene un desconocido.
Subí a mi cuarto y bajé con una sudadera puesta. Cuando entré de nuevo en la cocina, el técnico ya estaba arrodillado frente a la nevera, con la ropa de trabajo algo manchada. Tendría unos cincuenta años, alguna cana en las sienes y una barriga leve bajo la camisa. Levantó la cabeza para saludarme y, por un instante, su mirada bajó hacia mi pecho antes de volver al motor.
—Buenos días —dije, y me senté junto a mi madre a terminar el café.
No sé explicar bien qué me pasó esa mañana. Quizá fue el aburrimiento de un sábado sin planes, o esa mirada que él intentó disimular y no pudo. Lo cierto es que empecé a observarlo trabajar mientras fingía mirar el teléfono. Tenía las manos grandes y seguras, manchadas de grasa, y se movía con la calma de quien lleva treinta años haciendo lo mismo. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, yo le sonreía como si nada, despacio, y notaba cómo él tardaba un segundo de más en volver a lo suyo.
Mientras tanto, mi madre le hacía conversación sobre la garantía y el precio, y él le contestaba con educación sin perder del todo el hilo de lo que pasaba al otro lado de la barra. Había algo electrizante en ese juego silencioso, en saber que yo era la única que entendía lo que de verdad estaba ocurriendo en aquella cocina mientras hablábamos de gas refrigerante y de piezas sueltas.
—Disculpe —pregunté en algún momento—, ¿también se puede arreglar ese ruido que hace a veces? Suena como un cascabel cuando se apaga.
—Eso es algo suelto en el motor, señorita —contestó—. Ahora se lo reviso, no se preocupe.
Mi madre y yo recogimos lo que quedaba sobre la encimera. Cuando casi habíamos terminado, se me ocurrió la excusa perfecta.
—Mamá, sube a descansar si quieres, o pon una lavadora —le dije—. Yo me quedo aquí trabajando en el portátil por si el señor necesita algo.
—Buena idea, hija. Voy a poner la ropa y me meto a bañar, y de paso salimos a algún sitio para que tú también te arregles.
—Perfecto. Termino aquí lo que falta y, cuando salgas, subo yo a ducharme.
La acompañé hasta las escaleras. Mientras ella subía, me volví hacia el técnico y le dediqué una sonrisa que él respondió mirándome de arriba abajo, esta vez sin disimular tanto. En cuanto oí la puerta del baño cerrarse en el piso de arriba, me quité la sudadera y la dejé colgada en la barandilla. Volví a la cocina y esta vez me coloqué del otro lado de la barra, de frente a él, con los pezones marcándose duros contra la tela fina de la camiseta.
—¿Y es muy difícil de arreglar? —pregunté, apoyando los codos en la encimera para que el escote se le clavara en los ojos.
—Tiene su truco, señorita. Siempre sale algún detalle.
Cada vez le prestaba menos atención a la nevera. Me di cuenta de que se ponía nervioso a medida que yo me acercaba, así que rodeé la barra.
—¿Y por qué suena tanto? —insistí, bajando la voz.
—Mire, acérquese un momento, que le explico.
Me arrodillé a su lado. Él empezó a señalarme piezas dentro del motor y yo asentía sin escuchar una sola palabra, con el corazón latiéndome cada vez más rápido y el coño ya empapado dentro de los leggins. No sé de dónde saqué el valor, pero me incliné hacia él para besarlo. Me apartó de golpe, con cara de susto.
—Oye, ¿qué haces? —dijo en voz baja—. Tu madre está arriba.
Me encogí de hombros con una sonrisa traviesa, sin retroceder. Le puse la mano abierta sobre la entrepierna y sentí el bulto endurecerse bajo mis dedos. Y entonces algo cambió en su cara. El susto dio paso a otra cosa, a una mirada que yo conocía bien y que no tenía nada de inocente.
—Dime —murmuró—. ¿Qué es lo que quieres, cochina?
—Quiero tu polla —le susurré al oído, apretándosela por encima del pantalón—. Toda entera.
Su mano izquierda rodeó mi cintura y tiró de mí, despacio. Esta vez fue él quien se inclinó para besarme, y yo le devolví el beso con todas las ganas que llevaba acumuladas esa mañana. Su lengua se metió en mi boca con hambre, revolviendo, y yo se la chupé como si fuera un aviso de lo que venía. Me subí encima de él, a horcajadas, y empecé a frotar el coño contra el bulto duro de sus pantalones, moviendo las caderas en círculos sin separar mi boca de la suya.
Una de sus manos buscó mi pecho por encima de la camiseta y me pellizcó el pezón, retorciéndolo entre los dedos hasta que solté un gemido ahogado contra su lengua. La otra mano se coló bajo mis leggins, jugando con el borde de mi ropa interior, tirando de ella una y otra vez hasta que dos de sus dedos rugosos se colaron por el costado y encontraron mis labios ya resbaladizos.
—Joder, si estás chorreando —gruñó contra mi cuello, mientras metía los dedos hasta el fondo—. Toda una zorrita bajo la nariz de tu madre.
—Cállate y sigue —jadeé.
De pronto se apartó solo lo justo para quitarme la camiseta de un tirón. Se quedó mirándome las tetas unos segundos, hipnotizado, antes de tomarlas con las dos manos, apretándolas, amasándolas, hundiendo la cara entre ellas para lamer y morder los pezones uno detrás de otro. Yo le clavaba las uñas en la nuca. Su lengua bajaba, subía, chupaba, y yo me encendía con cada movimiento, restregando el coño contra su muslo como una gata en celo.
Mi mano fue directa a su cinturón. Le desabroché la hebilla, le bajé la bragueta y metí la mano dentro del calzoncillo. Ahí estaba: gruesa, dura, caliente, palpitando en mi puño. La saqué al aire y me quedé unos segundos mirándola, apretándola despacio, viendo cómo asomaba una gota transparente en la punta. Se me hizo la boca agua.
Pero él no me dio tiempo. Me puso de pie y me giró de espaldas contra la nevera. Sentí su aliento en la nuca mientras me bajaba los leggins poco a poco, arrodillándose detrás de mí, besándome el culo, mordiéndome una nalga y luego la otra. No pude hacer otra cosa que entregarme, arqueando la espalda, sacando el culo hacia atrás para ofrecérselo.
—Ahh… —se me escapó cuando su lengua se abrió paso entre mis nalgas y encontró mi coño desde atrás, lamiéndome de abajo hacia arriba de un solo golpe.
Después de eso ya no pude contener nada. Me terminó de quitar los leggins y la ropa interior, que quedaron hechos un nudo en mis tobillos, y me hizo girar de nuevo hacia él. Me miró completamente desnuda con una expresión de pura excitación, con la polla saliéndole del pantalón abierto y sacudiéndose sola.
—Mira qué coño más rico tienes, cabrona —dijo, pasándome dos dedos por los labios y separándolos para verme por dentro—. Todo rosita y mojado.
Me levantó una pierna y la apoyó sobre su hombro, dejándome abierta de par en par, con la espalda contra la puerta fría del electrodoméstico. Hundió la cara entre mis piernas y volvió a hacerme temblar. Su lengua trabajaba sobre mi clítoris en círculos lentos, luego rápidos, luego lo chupaba entero, luego bajaba y me metía la lengua dentro, follándome con ella. Dos dedos entraron a la vez, curvándose hacia arriba, buscándome un punto que yo misma no encontraba nunca.
—Sí… así… no pares —jadeé, sujetándome a sus hombros para no perder el equilibrio.
Lo agarré del pelo y él entendió, aumentando el ritmo, chupándome el clítoris mientras sus dedos me embestían con fuerza, sacando ruidos húmedos que retumbaban en toda la cocina. Yo estaba fuera de mí. Pocos segundos después empecé a temblar de verdad, sin aire, mordiéndome el dorso de la mano para ahogar los gemidos mientras me corría contra su boca en oleadas, apretándole la cabeza contra mi coño, moliéndole la cara. Sentí cómo mis jugos le resbalaban por la barbilla. Él siguió un rato más, despacio, lamiendo cada gota, hasta que se incorporó y volvió a besarme, embadurnándome los labios con mi propio sabor, con sus manos otra vez amasándome las tetas.
—Estás deliciosa —dijo contra mi oído—. Me encantan las mujeres con tu descaro. Déjame verte bien.
Se separó un paso para mirarme entera mientras terminaba de bajarse el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas. La polla le quedó apuntándome, dura como un palo, con las venas marcadas y el glande brillante. Yo le sonreí, coqueta, y dejé que su mano me guiara hasta arrodillarme frente a él. Lo tomé con la mano por la base, sintiendo el peso, y empecé despacio, sacando la lengua para lamerlo desde los huevos hasta la punta, con lametones largos y planos que se la dejaban brillando de saliva.
—Joder, nena… así… —resopló, echando la cabeza atrás.
Le chupé la punta primero, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, hundiéndola en la ranurita para robarle la gota de líquido que le asomaba. Luego me la metí entera en la boca, tan hondo como pude, hasta que la sentí golpearme el fondo de la garganta y se me saltaron las lágrimas. La saqué con un ruido obsceno, con un hilo de saliva colgando de mis labios, y volví a metérmela una y otra vez, subiendo y bajando la cabeza, mientras con la otra mano le apretaba y masajeaba los cojones.
—Qué bien mamas, cochina, qué bien la chupas —gruñía él, disfrutando de mi impaciencia—. Se nota que te gusta tener una buena polla en la boca.
Le respondí con un gemido con la boca llena que lo hizo estremecerse. Él no aguantó mucho: sujetó mi cabeza con las dos manos y marcó el ritmo, follándome la boca, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Sentí cómo se tensaba entero, cómo la polla le empezaba a palpitar contra mi lengua, y de pronto explotó. El primer chorro me golpeó el paladar, el segundo la lengua, el tercero se me escapó por la comisura de los labios. Caliente, espeso, salado. Me lo tragué entero, con la polla todavía dentro de la boca, mientras él me sujetaba la cabeza y yo intentaba ahogar el sonido que él me arrancaba.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, recogí lo que se me había escapado por la barbilla y me chupé el dedo mirándolo desde abajo, satisfecha de lo bien que lo habíamos pasado en esos minutos robados.
—Te ha gustado, ¿verdad, guarrilla? —dijo, ayudándome a levantarme y dándome un cachete cariñoso en el culo.
Asentí con una sonrisa, con las rodillas todavía temblando. Y justo a tiempo, porque arriba se oyó la puerta del baño abrirse. Empezamos a vestirnos a toda prisa, conteniendo la risa, por si mi madre bajaba. Me subí los leggins sin la ropa interior, que él se guardó en el bolsillo con un guiño; él se abrochó la bragueta y volvió a arrodillarse frente a la nevera como si tal cosa.
—Ojalá tuviéramos más tiempo —murmuró él, acercándose una última vez a besarme el cuello y a apretarme una teta por debajo de la camiseta—. Me habría gustado follarte con calma, en una cama, todo el día.
—Quizá la próxima vez te enseño mi habitación, por si hay algo que revisar ahí arriba —le respondí, y le guiñé un ojo—. Y me la metes por donde quieras.
—Anota mi número —dijo, sonriendo, todavía con mi sabor en los labios—. Y nos ponemos de acuerdo para vernos con tranquilidad.
Apunté su número en el teléfono y seguimos jugando un par de minutos más, hasta que oímos los pasos de mi madre bajando por las escaleras. Para cuando ella entró en la cocina, el técnico ya estaba colocando la nevera en su sitio como si nada hubiera pasado.
—Ya le di una buena revisada, señora —le explicó con toda naturalidad—. Solo falta cargarle gas para que vuelva a enfriar bien. Y el ruido ya quedó arreglado. Esta semana le mando un mensaje para ver qué día puedo venir a terminar.
—Muchas gracias —contestó mi madre—. Avíseme cuánto le debo por la reparación.
Cuando terminaron de hablar, lo acompañó hasta la puerta y se despidieron. Yo me quedé en la cocina, todavía con el pulso acelerado, el coño palpitando bajo los leggins sin bragas y una sonrisa que no podía borrar. Había quedado más que conforme con el trabajo de aquel hombre, y no me importaría repetir.
—¿A dónde te apetece que vayamos? —preguntó mi madre al volver, ajena a todo.
—A donde quieras, mami —dije—. Voy a subir a ducharme, que tengo el cuerpo pegajoso de tanto recoger.
Subí las escaleras de dos en dos. Bajo el agua caliente todavía podía sentir el semen resbalándome por dentro de la garganta, el peso de sus manos amasándome las tetas, su barba raspándome los muslos y aquel número guardado en el teléfono, esperando el mensaje que sabía que llegaría antes de que terminara la semana.





