Lo que vi en la sala de profesores aquel día
Tenía veintidós años y cursaba el tercer semestre de Ingeniería cuando ocurrió esto. Era un jueves de mediados de octubre, uno de esos días en que el viento barre el campus y la gente camina con los libros pegados al cuerpo. Llevaba ya dos horas en el aula de Cálculo II, que era tanto como decir que llevaba dos horas mirando el reloj y pensando en cualquier cosa que no fuera el pizarrón.
Fue el profesor Héctor quien me mandó. Necesitaba que alguien llevara la lista de asistencias a la sala de docentes, al final del pasillo norte, tercera planta. Me señaló sin mirarme, como quien señala a un objeto y no a una persona.
Tomé la hoja y salí al corredor. La sala de docentes era una habitación alargada con ventanas que daban al patio interior: dos hileras de escritorios metálicos al fondo, una cafetera vieja sobre el mueble lateral y, frente a la puerta de entrada, un par de sofás de tela gris donde los profesores se sentaban durante los recreos. A esa hora, a las cuatro de la tarde, el pasillo estaba en silencio. Todos los profesores estaban en clase.
Empujé la puerta sin llamar. Era un recado, un trámite de treinta segundos.
No tardé nada en darme cuenta de que no estaba vacía.
Al fondo, sobre el sofá más alejado de la entrada, estaba la profesora Renata Vidal. Renata daba Literatura Contemporánea en primero y yo la había visto solo de pasada por los pasillos, aunque reconozco que la había mirado con más atención de la que probablemente era aconsejable. Era una mujer grande, de formas generosas que la ropa de trabajo no conseguía disimular del todo: caderas anchas, pecho abundante, una cintura que se marcaba cuando giraba en los pasillos. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño suelto que ese día se había deshecho en parte. Tenía la piel muy blanca.
Esa tarde también tenía la blusa desabrochada hasta el último botón y la falda subida hasta la cintura. Tenía los ojos cerrados y una mano entre las piernas.
Retrocedí hasta quedar en el umbral. La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave y me quedé en el pasillo sin saber qué hacer con la hoja que todavía sostenía. Me temblaban ligeramente las manos. El corazón me latía con una fuerza que no era habitual.
Subí las escaleras. Dejé la hoja sobre el escritorio del profesor Héctor sin decir nada y volví a mi asiento.
Durante los veinte minutos siguientes no escuché una sola palabra de clase. Tenía la imagen grabada detrás de los ojos con una nitidez que no había pedido: la postura de ella, el movimiento de su mano, el sonido que había alcanzado a escuchar justo antes de cerrar la puerta. Un sonido húmedo y rítmico que mi mente ahora completaba con todo lujo de detalle. Me moví en el asiento. Me esforcé por mirar el pizarrón. Volví a moverme.
—¿Puedo salir al baño? —pregunté.
El profesor Héctor levantó los ojos del apunte y me miró un segundo.
—Diez minutos —dijo.
***
Esta vez llamé a la puerta. Un golpe suave, uno solo, esperando no recibir respuesta.
Silencio.
Empujé apenas unos centímetros y miré por la rendija antes de entrar. Renata seguía en el sofá. Había cambiado de posición: tenía ambas piernas flexionadas con las rodillas hacia fuera, la falda completamente levantada por encima de la cintura. La blusa estaba abierta de par en par y el sujetador había desaparecido en algún punto del sofá. Con la mano derecha se tocaba y con la izquierda se apretaba el pecho, dándose pequeñas palmadas que dejaban una marca rosada sobre la piel blanca. El contraste entre ese rosa y la blancura del resto era lo primero que le llamaba a uno la atención.
Entré despacio. Cerré la puerta detrás de mí con sumo cuidado y me coloqué junto al archivero metálico del fondo, en el ángulo que hacía la pared. Desde ahí la veía completa. Ella no podía verme a mí, no con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.
No había en ella ninguna prisa. Se movía con una cadencia segura, la de alguien que conoce exactamente lo que necesita y sabe también cuánto tiempo tiene para conseguirlo. Los dedos entraban despacio y salían más despacio todavía, y en el silencio de la sala ese sonido era lo único que existía. Los labios entreabiertos. La respiración acompasada.
Me desabroché el pantalón con los dedos torpes, con miedo constante de hacer ruido, y empecé a masturbarme de pie, apoyado contra el archivero frío. El miedo a ser descubierto funcionaba como un acelerador: no había manera de controlarlo. Me vine en menos de dos minutos, con el cuello tenso y los dientes apretados para no emitir ningún sonido.
Renata no lo oyó. Ni siquiera parpadeó.
Me abroché de nuevo y seguí mirándola.
***
Una vez pasada la urgencia del principio me quedé con algo diferente: la calma de quien ya no tiene nada que perder. Podía observarla con atención. Renata tenía unas manos grandes y de dedos largos, y los usaba con una precisión que no era agresiva sino metódica. De vez en cuando variaba el ritmo o el ángulo, probando algo, ajustando. Luego retomaba el compás anterior, como si hubiera descartado una opción y vuelto a la que ya sabía que funcionaba.
En un momento dado introdujo tres dedos juntos y se quedó inmóvil unos segundos, con la mano dentro y el cuerpo en tensión. La pierna izquierda le temblaba levemente. Luego exhaló un sonido largo, no muy fuerte, que se diluyó antes de llegar a la puerta. La piel de su pecho y su vientre se había teñido de un rosa irregular. Tenía los dedos de los pies doblados hacia dentro.
Había vuelto a masturbarme casi sin darme cuenta, de manera refleja. Esta vez lo hice despacio, siguiendo el ritmo de ella, sin prisa. Me vine por segunda vez justo cuando Renata arqueó ligeramente la espalda y se quedó quieta durante unos segundos que se alargaron, con la pierna sacudiéndose todavía de manera involuntaria.
Después de eso dejó salir el aire y se relajó en el sofá.
Estuve a punto de acercarme. La distancia entre el archivero y el sofá eran quizás seis metros. La idea apareció con una claridad que me sorprendió: acercarme, sentarme a su lado, poner la mano donde estaba la de ella. Ver qué pasaba.
No lo hice. No porque tuviera sentido común, sino porque en ese momento sonó el móvil.
***
Una alarma. Breve, metálica, insistente. El sonido quebró el ambiente de la sala como un golpe seco. Renata abrió los ojos, se incorporó de inmediato y empezó a abrocharse la blusa. Sus movimientos eran rápidos y seguros, los de alguien que sabe exactamente lo que hace incluso cuando acaba de ser interrumpida.
Salí antes de que se pusiera del todo de pie. Cerré la puerta del pasillo casi sin rozarla y eché a andar en dirección al baño. Entré, me lavé las manos, me miré en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos más abiertos de lo normal.
Esperé dos minutos contados. Salí al pasillo. Vacío.
***
Debí haber vuelto a clase. Me quedaban unos cinco minutos del permiso y podía haberlos usado en bajar las escaleras sin correr y ocupar mi asiento sin que nadie notara nada raro.
Volví a la sala.
Empujé la puerta. El espacio estaba en silencio y olía diferente: a algo que no era el café frío de los termos ni el papel de los apuntes. Me acerqué al sofá. El cojín del centro tenía una mancha oscura, irregular, de bordes difusos. La tela estaba húmeda cuando la toqué con la punta del dedo.
Me agaché. Olí primero, con la nariz a pocos centímetros de la tela. Después lo lamí. El sabor era limpio y salado, con un fondo que no se parece a nada que pueda describirse con precisión. Lo lamí hasta que la tela quedó sin rastro de humedad.
En la mesita de centro había tres o cuatro gotas pequeñas. Las limpié también con la lengua.
Me quedé un momento arrodillado junto al sofá, mirando lo que quedaba. Pensé en lo que era, en lo que estaba haciendo, en lo raro y lo inevitable que parecía todo al mismo tiempo. No sentí culpa exactamente. Sentí, más bien, la claridad específica de quien acaba de cruzar un límite y comprende, con cierta serenidad, que ya no hay regreso posible.
***
Sonó el timbre de cambio de hora.
Me puse de pie en el mismo instante en que se abría la puerta.
Renata entró con una bandeja pequeña en las manos: una taza vacía y un trapo de cocina doblado en cuatro. Se detuvo al verme. Hubo un silencio de dos o tres segundos en que ninguno de los dos habló ni se movió.
—Dejé algo aquí antes —dije. Las palabras me salieron antes de que pudiera pensar algo mejor.
Ella me miró. Después recorrió la sala con los ojos.
—Se me tiró el café —dijo Renata, levantando la bandeja a medias, como si necesitara explicar su presencia allí—. Venía a limpiar la mesita.
—Claro —dije.
Salí con las manos en los bolsillos y los pasos más controlados de lo que me salían de forma natural. Doblé la esquina del pasillo y me quedé apoyado en la pared un momento, con los ojos cerrados y el pulso todavía acelerado. Ninguno de los dos había dicho nada que no pudiera decirse en voz alta en cualquier lugar. Ninguno de los dos había dicho la verdad.
No volví a clase ese día.
Bajé al patio y me senté en uno de los bancos de piedra hasta que el sol desapareció detrás del edificio de Ciencias. Sin pensar en nada concreto. O pensando solo en aquello: en el sofá gris, en el sonido que había llenado la sala vacía, en la cara de Renata con los ojos cerrados y esa expresión de quien no está en ningún sitio que pueda señalarse en un mapa.
No sé si volvió a hacerlo. Nunca encontré la oportunidad de comprobarlo.
Pero tampoco dejé de intentarlo.