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Relatos Ardientes

Lo que escuché en la habitación de mi tía

Tengo 33 años y esta historia sucedió el verano pasado. Vivía solo en Sevilla desde hacía varios años: trabajo estable, buenos amigos, una vida cómoda pero algo monótona desde que terminé mi última relación dieciséis meses antes. Nada fuera de lo ordinario. Hasta que recibí la llamada de mi tía Cristina.

Mi tía política tiene 59 años. Digo esto porque Cristina es el tipo de mujer que hace que la edad sea solo un número: se ha cuidado toda la vida, hace ejercicio, come bien, y se nota. Es rubia, con el pelo largo que lleva casi siempre recogido, ojos claros, unas caderas que no piden disculpas y un pecho que tampoco. No era el tipo de mujer que pasaba desapercibida en ninguna parte, y lo sabía. Pero tenía también una forma de ser que te desarmaba desde que eras crío: directa, con sentido del humor, sin poses ni artificios. Era fácil quererla.

Se había separado dos años antes, después de que el hermano de mi padre la engañara con una compañera de trabajo. No hubo drama público ni guerra de abogados. Cristina recogió lo suyo y siguió con su vida con la misma serenidad con que hacía todo. Mantenía buena relación con toda la familia, especialmente conmigo. Siempre decía que era su sobrino favorito, y yo nunca ocultaba que era mi tía preferida. Eso tampoco había cambiado con la separación.

Ese verano había alquilado una casa pequeña en Zahara de los Atunes. Era directora de una academia privada y tenía vacaciones largas. Me llamó en junio. —Tengo piscina, jardín y estoy a tres minutos de la playa —me dijo—. Y voy a estar sola desde mediados de julio. ¿Qué me dices? Unas amigas suyas irían las dos primeras semanas, pero después estaría sin compañía. Le dije que iría a verla algún fin de semana. Ella respondió que de eso nada, que me fuera al menos una semana entera, que le hiciera compañía. Le dije que veríamos, aunque en el fondo ya sabía que iría.

Llegué el 19 de julio pasado el mediodía. Cuando abrió la puerta, llevaba un pareo de color arena sobre el bañador y el pelo recogido en un moño informal. Morena del sol, descalza, con una copa de vino blanco en la mano. Me recibió con el abrazo de siempre: largo, sin prisa, con el calor de quien se alegra de verdad. Durante un segundo que se me hizo eterno sentí la calidez de su cuerpo contra el mío, su perfume, las mejillas suaves rozando las mías. La casa era exactamente como la describió: pequeña, perfecta, con una piscina rodeada de buganvillas y una terraza desde la que casi se veía el mar. Nos metimos a la piscina antes de media hora. El agua estaba fría y me sentó bien después del viaje.

Los días siguieron un ritmo fácil que agradecí más de lo que esperaba. Despertábamos tarde, desayunábamos juntos en la terraza mientras el sol todavía no apretaba demasiado. Íbamos a la playa hasta el mediodía, volvíamos a comer algo ligero y dormíamos la siesta. Por la tarde, piscina. Por la noche, cena en algún chiringuito del pueblo o en el jardín de la casa, con una botella de vino y conversación que se alargaba más de lo previsto. No sentí ni un solo momento que tuviera que rellenar el silencio. Eso no me pasaba con mucha gente.

Lo que no me había imaginado era la dificultad de convivir con ella. No lo digo en sentido negativo. Cristina se movía por esa casa con una naturalidad que hacía imposible no mirarla. En bañador junto a la piscina, con las caderas marcadas y el pecho firme rozando el pareo cuando se inclinaba a recoger algo. En la cocina por la mañana con los ojos aún medio cerrados y una camiseta de tirantes que no llevaba nada debajo. Por las noches, en shorts cortos y esa misma camiseta, recortada contra la luz de la terraza. Yo miraba de reojo y apartaba la vista. Me recordaba que era mi tía, que la quería desde crío, que lo que empezaba a sentir era una fantasía absurda. El cuerpo, sin embargo, tiene su propia lógica cuando lleva días conviviendo con alguien así, con ese calor y esa cercanía constante.

Una noche, durante la cena en el jardín, hablamos de la separación. Cristina lo contó sin dramatismo pero sin evasivas. Lo que más le había dolido, dijo, no fue la traición sino darse cuenta de que llevaba años sintiéndose invisible dentro de su propia casa. —Ahora mismo estoy mejor que en los últimos diez años —dijo, y lo decía en serio. Se la veía serena de una manera que no era resignación—. No tengo que aguantar a nadie ni pedirle permiso a nadie para nada. Después me preguntó por mi última relación. Le conté lo esencial. Brindamos por estar bien solos y nos reímos de que los dos hubiéramos llegado a la misma conclusión desde caminos distintos.

La primera noche que no pude dormir fue la cuarta de mi estancia. Era cerca de la una de la madrugada cuando me desperté con sed y un calor que el ventilador no conseguía disipar del todo. Tomé agua, me volví a tumbar boca arriba mirando el techo, y entonces lo escuché. Un sonido amortiguado por la pared que tardé un momento en identificar: un jadeo suave, contenido, con una cadencia rítmica que no dejaba lugar a dudas. Y debajo, casi imperceptible, el zumbido constante de algo eléctrico.

Me quedé inmóvil en la cama. El corazón se me aceleró de una forma que no tenía nada que ver con el sobresalto. Mi cabeza empezó a construir imágenes con una precisión que me sorprendió a mí mismo. Cristina. Al otro lado de la pared. Sola. Y aquellos sonidos eran exactamente lo que parecían.

Me levanté sin saber muy bien por qué. Abrí la puerta despacio y me quedé en el umbral del salón, en la oscuridad completa. Los sonidos eran más nítidos desde ahí. Sus jadeos tenían una cadencia que subía lentamente, pausada, como si se tomara el tiempo que necesitaba. Los escuché durante varios minutos que se me hicieron tanto cortos como interminables. Cuando llegó el gemido final, grave y contenido, como si se lo estuviera tragando para no despertar a nadie, regresé a mi habitación con el pulso a cien y sin poder hacer nada al respecto. O eso me dije.

Me tumbé en la cama y tardé exactamente cuatro minutos en correrme. No recordaba haberlo hecho con esa intensidad desde hacía mucho tiempo. Me quedé mirando el techo, sintiéndome ridículo y satisfecho a partes iguales, con la mente todavía ocupada en lo que había escuchado al otro lado de la pared. Me dormí antes de que pudiera pensar demasiado en lo que acababa de pasar.

A la mañana siguiente Cristina me saludó con su sonrisa de siempre y un café recién hecho sobre la mesa de la terraza. Nada en su cara indicaba que hubiera ocurrido nada inusual. Fuimos a la playa, comimos juntos, siesta, piscina, cena. Todo igual que los días anteriores. La miraba buscando algún rastro de lo que había escuchado la noche anterior y no encontraba nada. Eso me resultaba más perturbador que si lo hubiera encontrado.

La segunda vez que ocurrió fue dos noches después. Y reconozco, sin demasiado orgullo, que esa noche dejé la puerta entreabierta aposta. Me quedé en la cama con el teléfono en la mano sin mirar realmente la pantalla, esperando. A las doce y cuarto, los mismos sonidos. El zumbido. Los jadeos que empezaban suaves y ganaban en profundidad.

Me levanté y fui directamente al sofá del salón, en la oscuridad, y me quedé sentado escuchando. Esta vez duró más. Sus sonidos fueron volviéndose más urgentes, más difíciles de contener, y yo me quedé ahí sin moverme, con la respiración entrecortada, pensando en cosas que no debería pensar. Cuando terminó y el silencio volvió a instalarse, tardé varios minutos en ser capaz de levantarme del sofá. Volví a mi habitación como si caminara entre agua. Me tumbé en la cama y no dormí durante mucho tiempo.

***

Al final de esa primera semana, cuando ya empezaba a calcular cuándo debería volver a Sevilla, Cristina entró en mi habitación mientras dormía la siesta. Las cortinas bajadas, una brisa suave que movía la tela. —Son las siete —dijo, sacudiéndome el hombro—. Levanta, que todavía hay sol. Le dije que estaba a gusto y que no quería moverme, que aquella sería mi última siesta allí. Se quedó en silencio un momento. El tipo de silencio en el que alguien está formulando el siguiente argumento.

—¿Cómo que última? ¿Te vas? —preguntó. —Mañana o pasado —dije—. Ya llevo casi una semana, no quiero abusar. Se sentó en el borde de la cama. —No tienes nada en Sevilla más urgente que esto —dijo—. Y yo me voy a quedar sola el resto del mes. Quédate unas semanas más. Tenía razón en todo. No tenía ningún plan. Le dije que sí.

Su reacción fue desproporcionada de la manera más adorable posible. Se echó encima de mí con un abrazo entusiasta que no esperaba, su cuerpo cayendo sobre el mío mientras yo estaba todavía tumbado en la cama, a medio despertar de la siesta. Su peso contra el mío. El calor de su piel. El olor de su pelo, mezclado con el protector solar y algo más dulce. Su cara rozando la mía mientras me decía gracias cariño, gracias. Fueron quizás cinco o seis segundos, pero mi cuerpo no esperó cinco segundos para tomar sus propias decisiones.

La erección llegó sin aviso y sin posibilidad de pararla. Y Cristina la sintió. Noté cómo su cuerpo se detuvo un instante sobre el mío, cómo algo en ella se quedó quieto durante un segundo, dos, tres. No se retiró de golpe. Se incorporó despacio, con calma, como si estuviera eligiendo cada movimiento.

—Lo siento —dije—. No he podido... no era mi intención. Lo siento mucho, tía. Me miraba con una expresión que no supe descifrar del todo. —Chiquillo —dijo, finalmente—. No pasa nada. Ha sido culpa mía por tirarme encima de ti así. Los cuerpos reaccionan y ya está. Anda, levántate, que todavía hay sol. Y se fue de la habitación como si nada. Yo me quedé tumbado durante cinco minutos más, mirando el techo, entre el bochorno y algo que no era exactamente bochorno.

Me levanté, me puse las chanclas y salí al jardín. Cristina estaba junto a la piscina, preparando las toallas con la misma calma de siempre, como si los últimos diez minutos no hubieran ocurrido. Cuando me vio aparecer, me dijo algo sobre el chiringuito donde quería cenar esa noche, y yo asentí sin haber escuchado exactamente qué. Había algo en cómo había sonreído antes de salir de mi habitación, algo en ese intervalo de dos o tres segundos en los que no se había apartado de mí, que no encajaba del todo con la normalidad que fingía ahora. O quizás era yo el que veía lo que quería ver. Así que me metí en el agua fría de la piscina y decidí no pensar más. Al menos durante esa tarde. Quedaba el resto del mes.

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Comentarios (5)

Marcos91

Excelente!!!! me dejo con ganas de mas

LuchoNorte

Por favor seguila, quede en suspenso total

PepeCordoba77

jaja me recordo a los veraneos en casa de mi tia cuando era chico, aunque en mi caso no paso nada tan interesante jajaja

RaulLector

Muy bien narrado, se siente cercano y real. Felicitaciones

MarianaK22

Hay continuacion? me quede con ganas de saber que paso despues

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