Lo que vi desde la terraza esa mañana
Había cosas de mi madre que prefería no saber. Cosas que había empezado a descubrir sin buscarlas, y que ahora no podía dejar de ver cada vez que la tenía delante.
Todo empezó tres semanas antes, cuando agarré su teléfono para buscar el número de mi tío y me quedé paralizado mirando la pantalla. No fue nada dramático ni evidente, al principio. Un par de conversaciones con nombres que no reconocí, mensajes más cálidos de lo que esperaba, fotos en la galería que nunca habría imaginado encontrar en el teléfono de una mujer que siempre me había parecido austera, casi ajena a ese tipo de cosas. Cerré la aplicación antes de que ella volviera del baño y devolví el teléfono exactamente donde estaba. Pero lo que vi quedó ahí, instalado.
Mi madre, Elena, tiene cuarenta y cuatro años. Es delgada, con ese tipo de figura que la gente califica de «bien conservada» con un tono condescendiente que ella nunca merece. Cabello oscuro hasta los hombros, ojos claros, una manera de moverse que siempre me había parecido tranquila, casi indiferente. Desde lo del teléfono, sin embargo, había empezado a mirarla de otra manera. A notar detalles que antes pasaban desapercibidos. La forma en que a veces revisaba el móvil con la pantalla girada hacia ella. El perfume nuevo que apareció un día en el baño sin que nadie lo mencionara. Pequeñas cosas que, por separado, no significan nada, pero que juntas dibujan algo.
Ese sábado me desperté antes de las nueve. Bajé descalzo a la cocina y la encontré organizando ropa recién lavada sobre la mesa del comedor, con la radio puesta a volumen bajo y una taza de café a medias. Tenía puestos unos leggings rosas muy ajustados y una camiseta de tirantes blanca, sin sujetador. Los pezones se le marcaban levemente bajo la tela cuando se movía. Lo noté y aparté la vista de inmediato, como hacía siempre que algo así ocurría sin querer.
—¿Ya estás levantado? —dijo sin girarse.
—Sí. ¿Tienes planes hoy?
—Voy a ver a la abuela por la tarde. Tu tía Marisol pasa a recogerme sobre las cuatro.
Asentí, me serví un vaso de agua y me quedé apoyado en el marco de la puerta mientras ella terminaba de doblar algunas prendas. Nada fuera de lo normal. Una mañana de sábado como cualquier otra.
Hasta que cogió el cesto con la ropa húmeda que faltaba por tender y se dirigió al patio trasero.
Eso sí me llamó la atención. Elena nunca tendía en el patio trasero. Era un espacio pequeño y sin mucha luz, rodeado por la pared medianera de la casa de al lado y una valla metálica que llevaba años sin que nadie la pintara. Siempre había tendido en la azotea, donde había más sol y más espacio para las sábanas. Llevábamos viviendo en esa casa desde que yo tenía diez años, y nunca, en todos esos años, la había visto sacar el cesto de la ropa a ese patio.
Me quedé en la cocina un momento, con el vaso en la mano. Luego, sin pensarlo demasiado, salí al pasillo y subí por la escalera interior hasta la azotea. No hice ruido. No sé bien por qué no hice ruido.
Desde la azotea se veía el patio trasero. No del todo, pero sí lo suficiente: una franja diagonal entre el depósito del agua y la antena vieja que nadie había quitado nunca. Me acerqué al borde con cuidado y miré abajo.
Elena estaba tendiendo ropa. Pero no ropa cualquiera.
Del cesto sacó primero unas bragas de encaje negro, luego otras en rojo vivo, luego un sujetador de seda color crema que yo no le había visto nunca. Todo lo fue colgando con calma, casi con cuidado, como si cada prenda mereciera su espacio exacto en el tendedero. Se tomaba su tiempo con cada pieza. La sujetaba por los bordes, la sacudía suavemente para que quedara bien abierta, la pinzaba con precisión. Nunca la había visto con esa lencería. Jamás había aparecido en el tendedero de la azotea, que era donde siempre tendía. En diez años, ninguna vez.
Fue entonces cuando escuché el ruido al otro lado de la medianera.
Un hombre trabajaba en el tejado de la casa contigua. Cuarenta y tantos años, el torso al descubierto por el calor del mediodía, con una camiseta doblada metida por el cinturón del pantalón de trabajo. Estaba manipulando unas tejas en el borde del tejado, cerca de la medianera. Cuando Elena empezó a tender, dejó lo que estaba haciendo. No de golpe, sino con esa lentitud calculada de quien no quiere que lo pillen mirando, pero tampoco hace demasiado esfuerzo por disimular. Posó las tejas, se incorporó, y se quedó de pie al borde del tejado con los brazos cruzados.
Mi madre lo sabía. Eso quedó claro en los dos minutos siguientes.
Se agachó a coger más ropa del cesto de una manera que no tenía ninguna necesidad de ser así. Despacio, con las rodillas juntas y la espalda recta, de espaldas completamente al hombre del tejado, de modo que los leggings se tensaron sobre sus caderas y sus nalgas de una forma que no dejaba nada sin definir. Se quedó agachada un segundo más de lo necesario. Cuando se incorporó, lo hizo sin prisa.
El obrero había dejado de fingir que miraba el tejado.
Yo tampoco miraba otra cosa.
Elena terminó de colgar las prendas que quedaban y se quedó un momento junto al tendedero, como revisando que todo estuviera bien puesto. Luego se giró levemente hacia la medianera y con un gesto que parecía completamente casual se pasó las manos por los laterales de la camiseta de tirantes, alisándola hacia abajo. El movimiento hizo que la tela se pegara más al cuerpo, que los pechos se perfilaran con claridad bajo el blanco fino. Sin sujetador, con ese calor, la camiseta no dejaba mucho a la imaginación incluso seca.
El hombre del tejado no se movió. No hizo nada. Solo miraba.
Lo que pasó después fue breve pero no dejaba lugar a dudas. Elena fue a coger una sábana del fondo del cesto y, al sacarla y sacudirla para que se abriera, el borde húmedo le golpeó la camiseta de tirantes. No de manera accidental, o al menos no del todo. La tela blanca se empapó en una franja diagonal, desde el hombro izquierdo hasta la cintura. Se la miró. Era completamente transparente en esa zona. El pecho izquierdo, el pezón, todo visible a través del tejido mojado pegado a la piel.
No se cambió. No entró corriendo a casa. Se quedó ahí, con la sábana en las manos, y levantó los ojos hacia la medianera con una expresión que no era de incomodidad ni de vergüenza.
—¡Qué torpe! —dijo en voz alta, como dirigiéndose al aire.
El obrero respondió algo que no llegué a escuchar bien desde donde estaba. Elena sonrió. Se pasó una mano lentamente por la camiseta mojada, como evaluando el daño, y luego procedió a colgar la sábana como si nada hubiera ocurrido. Intercambiaron unas pocas palabras más. No pude entender el contenido, solo el tono: tranquilo, distendido, como entre personas que se conocen de algo aunque no se hayan presentado formalmente. Cuando el cesto quedó vacío, Elena recogió las pinzas sobrantes, le dijo algo al hombre al otro lado de la medianera, y se metió en casa.
Yo bajé de la azotea antes de que llegara al pasillo.
***
Estaba en el sofá con el teléfono en la mano cuando ella entró al salón. La camiseta seguía mojada en el costado izquierdo. Se había puesto una chaqueta fina por encima antes de entrar, pero el lateral húmedo todavía se transparentaba un poco por debajo del cierre.
—¿Ya terminaste? —pregunté, sin levantar la vista del teléfono.
—Sí. Me manché sin querer. —Se encogió de hombros con naturalidad—. Voy a cambiarme antes de que llegue Marisol.
—¿Por qué tendiste abajo? —dije—. En la azotea hay sitio de sobra.
Hubo una pausa muy corta. Tan pequeña que si no hubiera estado prestando atención, no la habría notado.
—Arriba estaban las sábanas de la semana pasada todavía —respondió—. No había espacio.
Subió la escalera sin más explicación. Yo no dije nada.
En la azotea había dos tendederos. Ese día solo había ropa de cama en uno de ellos, y el otro estaba completamente libre.
***
A las cuatro menos diez llegó mi tía con el coche. Elena bajó con el bolso colgado al hombro y las gafas de sol ya puestas, cambiada y peinada, con un poco más de maquillaje del habitual para ir a ver a la abuela. Olía a algo floral que yo no le recordaba de antes. Antes de salir por la puerta, me dijo que había lentejas en la cazuela y que no tardara mucho en cenar.
—Claro —dije.
La puerta se cerró. El coche arrancó. Me quedé en el sofá escuchando cómo el motor se alejaba por la calle.
No encendí el televisor. No calenté las lentejas. Me quedé ahí quieto un buen rato, con las imágenes de esa mañana instaladas en algún lugar del cerebro del que no iban a moverse fácilmente.
No era indignación lo que sentía. Tampoco exactamente sorpresa, porque lo del teléfono ya me había avisado de que había una versión de Elena que yo no conocía. Lo que sentía era algo más difícil de nombrar: esa incomodidad específica de haber visto lo que no debías ver y no haber podido dejar de mirar. Porque podría haberme bajado de la azotea en cualquier momento. Cuando ella sacó la primera prenda del cesto, cuando el obrero dejó de trabajar, cuando fue evidente que aquello no era tender ropa de manera ordinaria. Podría haberme ido. No lo hice.
Me había quedado arriba hasta el final, sin moverme.
Elena tenía cuarenta y cuatro años y una vida que claramente se desarrollaba en paralelo a la que yo conocía. Conversaciones en el móvil con hombres que yo nunca había visto, lencería que nunca había aparecido en el tendedero de la azotea, una manera de moverse en ese patio trasero que no tenía nada que ver con la mujer que me hacía lentejas y me recordaba que no llegara tarde. Ambas eran la misma persona. Eso era lo que me costaba encajar, aunque tampoco estuviera del todo seguro de por qué me costaba.
No sé desde cuándo llevaba con esa vida paralela. No sé cuántos eran los hombres al otro lado de esas conversaciones. Sé que el obrero del tejado no la perdió de vista ni un segundo mientras ella estuvo en el patio, y que ella lo sabía perfectamente y no hizo nada por evitarlo. Sé que la lencería que colgó no era la que usaba a diario. Sé que la camiseta no se mojó por accidente.
Cuando oscureció, me levanté del sofá y calenté las lentejas. Comí solo, en la cocina, con la radio puesta para tener algo que llenar el silencio. Lavé el plato, apagué la luz, subí a mi cuarto.
Esa noche, antes de dormirme, pensé que a partir de ese sábado iba a ser muy difícil mirar el patio trasero sin recordar lo que había visto. Y pensé también, con una honestidad que me resultó incómoda, que probablemente no iba a dejar de mirar.