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Relatos Ardientes

Me pidió que dejara los tacones puestos

Hacía meses que tenía ese ritual. Elegía un bar de los caros, de esos con vino por copa a precios que hacen pensar dos veces, me ponía algo que insinuara sin decirlo todo, y esperaba. No buscaba a cualquiera. Buscaba a una mujer que supiera mandar.

Esa noche me senté en la barra del Mirabel con un vestido negro que me quedaba justo sobre la rodilla y unos tacones de aguja que hacían ruido al caminar. Pedí una copa de Malbec y la bebí despacio, sin mirar el teléfono, sin apoyarme contra la barra. Postura recta. Esa es la carnada.

No tardó mucho. La vi por el reflejo del espejo detrás de las botellas: una mujer de unos cuarenta, traje gris marengo, el cabello oscuro recogido de manera que dejaba ver su nuca. Tenía la copa en la mano y los ojos clavados en mí con una calma que me resultó inmediata. Las mujeres que me interesan no necesitan fingir que no miran.

Me acomodé en el asiento y crucé las piernas hacia su lado. Fue sutil, apenas un giro de cadera, pero las dos sabíamos lo que significaba.

Un minuto después, el mozo se acercó con una nota escrita en una servilleta de tela: «Me gustaría que se sentara aquí conmigo.»

Me tomé el tiempo de terminar mi copa antes de levantarme.

***

Se llamaba Irene. Me lo dijo cuando me dio un beso en la mejilla, despacio, como verificando algo. Olía a perfume caro y a esa clase de seguridad que no se puede comprar aunque el perfume sí.

—¿Vienes aquí seguido? —preguntó.

—Cuando quiero compañía.

—¿Y cuándo eres selectiva con esa compañía?

Sonreí sin responder. Ella llenó las dos copas y me miró por encima del borde de la suya mientras bebía.

Estuvimos así casi una hora. Hablando de nada, de trabajo, de esa semana larga que se nota en los hombros de las personas aunque intenten disimularlo. Todo el tiempo su mano rozaba la mía sobre la mesa, o su rodilla buscaba la mía por debajo. Era una mujer que hacía las cosas con una lentitud deliberada, como si supiera exactamente cuánto tarda en quebrarse la paciencia de otra persona.

Y lo sabía.

—Tienes las mejillas coloradas —dijo, pasando un dedo por mi pómulo.

—Es el vino.

—No creo que sea solo el vino.

Me incliné hacia ella hasta que nuestras caras quedaron a pocos centímetros. Agarré su mano, que estaba apoyada en mi muslo, y la subí despacio. Cuando sintió el calor entre mis piernas —la humedad a través de la tela fina de la ropa interior— soltó un sonido casi imperceptible. Un pequeño sonido que hizo más por mí que cualquier palabra.

—Vivo en el piso de arriba —dijo, sin mover la mano—. ¿Quieres subir?

***

El apartamento era enorme para estar encima de un bar. Paredes blancas, pocos muebles, una ventana larga que daba a la calle mojada de esa noche. Irene cerró la puerta y no encendió la luz principal. Solo una lámpara en el rincón, que dejaba la mitad de la habitación en penumbra.

Me tomó de la cintura y me apretó contra la puerta. Me besó de una manera que no preguntaba permiso. Sentí sus manos bajando por mis caderas, encontrando el borde del vestido.

—Quiero verte —dijo contra mi boca—. Quítate el vestido. Pero los tacones no.

Me separé de ella y me quedé en el centro de la sala. La miré mientras me bajaba el cierre, despacio, dejando que me mirara. El vestido cayó al suelo. Me quedé en ropa interior y los tacones, e Irene se sentó en el sofá con esa postura de quien tiene todo el tiempo del mundo.

—Todo —dijo.

Me quité el sujetador. Los calzones. Me quedé completamente desnuda excepto por los tacones, que sonaban cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro.

—Date vuelta —dijo.

Me di vuelta. Escuché cómo abría su pantalón. Empecé a entender qué clase de noche iba a ser.

***

—Tócate —dijo. La voz, baja y tranquila, llegó desde el sofá.

Cerré los ojos y empecé a deslizar una mano por mi vientre. Estaba tan mojada que el primer contacto me hizo doblar las rodillas. Empecé a moverme despacio, con los dedos, escuchando detrás de mí los sonidos que ella hacía mientras se masturbaba. Eso me excitó más que cualquier otra cosa: la idea de que mi cuerpo la estuviera llevando a ese estado.

No escuché cuándo se levantó. Solo sentí sus manos en mis caderas cuando ya tenía las rodillas en el sofá y la cara apoyada en el respaldo. Me colocó así, en cuatro, con los tacones colgando sobre el borde.

—Los tacones se quedan puestos —dijo—. ¿Entendiste?

—Sí.

Empezó a masajearme las nalgas con las dos manos, abriéndolas, cerrándolas. Mi humedad escurría por el interior de mis muslos y yo no podía hacer nada más que apretar el respaldo y esperar. Cuando me mordió una nalga no me esperaba el dolor, ni tampoco el placer que le siguió.

Fue bajando. Primero la boca en mis glúteos. Luego los dientes. Luego la lengua recorriendo el interior de mis muslos sin llegar donde yo necesitaba. Gemí contra el sofá y empujé las caderas hacia atrás para indicarle algo, para pedirle sin palabras. Ella se rio suavemente.

—¿Te estás impacientando?

—Un poco —admití.

—Bien. Así lo vas a disfrutar más.

Tenía razón. Cuando finalmente sentí su lengua en el centro de mi humedad, mi cuerpo respondió con una intensidad que me tomó desprevenida. Empujé contra su cara, tomé su cabeza entre mis manos para acercarla más. Estaba tan cerca del orgasmo que casi no noté el movimiento.

Casi.

Su lengua pasó más abajo, despacio, recorriendo cada centímetro hasta llegar al ano. Nunca había mojado tanto en mi vida. Me quedé completamente quieta, con la respiración cortada, sintiéndola mientras sus manos me abrían las nalgas para acercarse más. Empecé a mover las caderas sola, buscando más presión, cuando se me cayó uno de los tacones.

Irene paró en seco.

—Te dije que los tacones se quedan puestos.

Antes de que pudiera responder, una nalgada seca me hizo saltar. Me ardió la piel y sentí la humedad correr.

—Póntelo.

Me senté con torpeza y me até el tacón mientras ella me miraba. Completamente desnuda, el cabello revuelto, los muslos brillantes de humedad, intentando abrochar un zapato con dedos que no obedecían bien. Debía tener un aspecto ridículo. Eso me excitó más que cualquier otra cosa.

—Buena chica —dijo cuando terminé.

***

—Ponte en cuclillas. Abre las rodillas. Quiero verte.

Era difícil en tacones. Tardé un momento en encontrar el equilibrio, con las rodillas abiertas y la espalda recta. El frío del aire sobre mi sexo palpitante era casi un alivio, como una mano fría sobre fiebre.

Irene se quedó mirándome desde el sofá durante un tiempo que no supe calcular. Luego me hizo una seña con el dedo.

—Ven. Siéntate aquí.

Me levanté y fui hacia ella. Me señaló su muslo y entendí. Me monté encima y empecé a moverme, usando la presión de su pierna contra mí. Era exactamente lo que necesitaba después de tanta espera: fricción, movimiento, algo concreto contra lo que empujar. Ella agarró mis caderas y marcó el ritmo, acelerando, mientras me lamía el cuello desde atrás.

Cuando me corrí, lo hice sobre su pierna. Ella me apretó más fuerte entonces, manteniéndome ahí, besándome la boca mientras yo recuperaba el aliento.

—Más —dije contra sus labios.

—Lo sabía —respondió, y se levantó para ir a buscar algo al dormitorio.

***

Cuando volvió llevaba puesto un arnés. Ya los había usado antes, así que no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió fue la manera en que me miraba: con una combinación de deseo y control que hizo que algo en mi pecho se apretara de una manera que no esperaba de una noche así.

Me levanté y fui hacia ella. La besé con ganas, tomando su cara entre mis manos, queriendo borrar por un momento esa distancia calculada que mantenía. Ella me respondió, pero era ella quien marcaba la profundidad del beso, ella quien decidía cuándo separarse.

—¿Cómo quieres que me ponga? —pregunté.

—Apóyate en la mesa. Quiero ver tus senos contra la madera mientras te lo doy.

La mesa era de roble, fría, con una superficie lisa que mis pezones sintieron de inmediato. Me incliné, con las piernas separadas, los tacones en el suelo, el culo levantado hacia ella. Escuché cómo se movía detrás de mí.

Primero lo pasó por fuera, despacio, recorriendo mi humedad para humedecerlo. Ese roce simple, ese movimiento de vaivén contra mi entrada sin penetrarme, me tuvo gimiendo con la cara aplastada contra la madera.

—Por favor —dije.

—¿Por favor qué?

—Por favor mételo.

Lo hizo. De una sola vez, duro y profundo, de una manera que me hizo gritar contra la mesa. Empezó a moverse con un ritmo constante que yo acompañaba levantando las caderas para darle más ángulo, para sentirlo más adentro. Su mano bajó a mi clítoris y empezó a presionarlo con los dedos mientras me follaba, circular y constante, sin detenerse.

La frialdad de la mesa contra mis pezones, la presión de sus dedos, la profundidad de cada embestida. Todo llegó al mismo tiempo y me aferré al borde de la madera mientras el orgasmo me recorría desde la cintura hacia abajo, contrayendo mis músculos alrededor del dildo, debilitando mis rodillas.

Irene se inclinó sobre mi espalda. La sentí apoyar la frente entre mis omóplatos mientras su respiración se normalizaba.

—Siéntate en el sofá —le dije cuando pude hablar.

—¿Ahora mandas tú?

—Ahora mando yo.

Se rio, suave, y fue a sentarse.

***

Me monté encima con el arnés todavía puesto. Empecé a moverme, marcando yo el ritmo esta vez, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Ella me miraba los senos, luego la cara, luego bajaba la mirada a donde nuestros cuerpos se unían, y esa mirada me ponía tanto que aceleré sin querer.

Agarró mis caderas cuando decidió participar, empujando hacia arriba al mismo tiempo que yo bajaba. No tardé en mojarla de nuevo, esta vez con más fuerza, con un orgasmo que me hizo quedarme quieta encima de ella mientras me sacudía.

Cuando me bajé, las piernas apenas me sostenían.

Me senté a su lado en el sofá. El apartamento estaba en silencio excepto por nuestras respiraciones. La calle de abajo brillaba mojada a través de la ventana larga.

—¿Puedo quitarme los tacones ahora? —pregunté.

Irene me miró con una media sonrisa y me dio un beso corto, tranquilo.

—Ahora sí —dijo.

Me los quité y los dejé en el suelo. Apoyé los pies descalzos contra la madera fría y me quedé así, quieta, sintiéndome completamente vaciada de la mejor manera posible.

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Comentarios (5)

LuciaMar85

Que buenisimo!!! de los mejores que lei aca

Nadia_cba

Por favor una segunda parte, me dejo con ganas de saber como sigue. Me encanto

ValeriaCR

Me recordo a algo que me paso con una conocida hace años... de esas noches que no se olvidan jajaja

Martin_BA

Increible como se describe ese momento inicial, la tension se siente desde la primera linea. Seguí escribiendo

Romina_BA

Tenes mas relatos publicados? Porque si son asi me los leo todos

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