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Relatos Ardientes

La divorciada de la boda no llegó por accidente

La boda de Marcos era el último lugar donde quería estar ese sábado.

No es que me disgusten las bodas. Me gustan, en realidad. Pero ir solo a una donde conoces únicamente al novio, y el novio va a estar rodeado de familia durante horas enteras, es una propuesta bastante solitaria. Fui porque era mi mejor amigo desde la universidad y no hacerlo habría sido imperdonable.

Llegué pronto. Lo hago siempre cuando no conozco a nadie: así puedo situarme sin parecer perdido. La ceremonia fue breve, emotiva, sin sorpresas. El cóctel fue donde empezó todo.

Estaba mirando el cartel de las mesas —me habían puesto en la ocho— cuando la novia, Claudia, se acercó con una mujer a su lado.

—Te presento a Ana —dijo—. Es compañera mía. También viene sola esta noche.

Ana tendría cincuenta y pocos. Difícil precisarlo más. Llevaba un vestido verde oscuro, ajustado, que le llegaba justo por encima de la rodilla, con la espalda al aire y un escote que dejaba entrever el borde de un tatuaje en forma de flor. Pelo negro recogido, algún mechón suelto, y una manera de mirarme que no tenía nada de casual.

—Hola —dijo.

—Hola.

Claudia nos dejó con eso y fue a atender a otros invitados. Ana y yo nos miramos un segundo, y luego ella señaló la barra con un gesto de la cabeza.

—¿Vamos a por algo antes de que acaben los canapés decentes?

Nos pasamos el cóctel entero juntos, apoyados en la barra o paseando por el jardín con los vasos en la mano. Hablamos de trabajo, de bodas, de lo extraño que resulta conocer gente en bodas. Me contó que tenía dos hijos que ya vivían fuera de casa, que se había divorciado dos años atrás de un hombre al que describió como «perfectamente correcto y perfectamente aburrido», y que ahora mismo su vida consistía en trabajar, ir al gimnasio, bailar siempre que pudiera y, citando sus palabras exactas, «no desaprovechar nada».

Cuando dijo eso me miró de una manera muy concreta.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué hace un chico así de solo en una boda?

—No tengo a nadie que traer —dije.

—¿O no encontraste a nadie que valiera la pena traer?

Le di la razón inclinando la cabeza. Ella sonrió.

***

En el salón nos habían puesto en la misma mesa pero separados por varias sillas. Antes de que yo me sentara, Ana cogió la tarjetita con mi nombre y la cambió por la suya.

—Así no te quedas solo —explicó.

—Qué considerada eres.

—Soy muy considerada. —Y dejó la tarjeta en su sitio nuevo con una pequeña sonrisa que decía exactamente lo contrario.

Durante la comida empezamos con un juego silencioso, de esos que no tienen nombre pero que los dos reconocen. Mi mano en su rodilla mientras hablábamos con los de enfrente. Su pie rozando el mío por debajo de la mesa. Le pregunté por los tatuajes y ella me enseñó los que se podían ver con la ropa puesta: uno con las iniciales de sus hijos en la muñeca interna, uno en el tobillo con una fecha que me dijo que era el día en que firmó el divorcio.

—¿Tienes más? —pregunté.

—Sí. Pero esos no se ven con la ropa puesta.

—Qué pena.

—No tanta —dijo, y bebió de su copa sin apartar los ojos de los míos.

***

Después del postre llegó el ritual de los chupitos. Los camareros sacaron bandejas de vasos de colores con petardos y una botella de licor envuelta en papel de fiesta. En cada mesa elegían un «capitán». En la nuestra le cayó a Ana.

Fue repartiendo los chupitos con una solemnidad irónica. Cuando llegó a mí, puse la mano sobre el vasito.

—Yo no puedo. Vine en coche.

Levantó una ceja.

—Entonces tendrás que pagar una penitencia.

—¿Qué tipo de penitencia?

Lo pensó durante tres segundos exactos.

—Tu número de teléfono. La opción severa.

—Puedo aceptar eso —dije—. Aunque yo habría propuesto algo más interesante.

—¿Como qué?

Me acerqué lo suficiente para hablar casi en su oído.

—Como que fueras al baño y volvieras sin las bragas.

Se apartó un centímetro. Tenía las mejillas encendidas, pero no apartó la mirada.

—Qué cerdo —dijo, muy en voz baja.

—Era tu propuesta. Un castigo severo.

Cambió de tema. Se giró hacia los de la otra punta de la mesa para seguir con los chupitos. Pero antes de volverse me miró una última vez de una manera que no era negación.

***

Cuando la música subió y la pista se llenó, Ana resultó ser alguien que sabe bailar de verdad. No del tipo que se mueve insegura esperando que le digan algo: llevaba el ritmo con la cadera y te miraba mientras lo hacía, lo cual es una forma bastante eficaz de no poder pensar en otra cosa.

Bailamos juntos durante mucho tiempo. Salsa, algo más lento después, algo completamente irreconocible al final de la noche. Cuando bailaba pegada a mí noté el roce de algo en su pecho a través de la tela. Pequeño, discreto, pero definitivo.

—¿Eso es lo que creo que es? —dije.

—Depende de lo que creas que es.

—Un piercing.

—Entonces sí.

En algún momento cerca de la medianoche me dijo que iba a buscar agua y que no tardaba. Yo me quedé hablando con unos conocidos del novio. Cuando volví a donde habíamos estado, el sitio estaba vacío. Su bolso seguía en la silla.

Esperé diez minutos. Quince.

Cuando apareció venía del fondo del salón con paso tranquilo. Se acercó a mí, metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta con un movimiento rápido y la retiró antes de que yo pudiera preguntar nada.

—El pago de la penitencia —dijo.

Metí la mano en el bolsillo. Un tanga de encaje, del mismo verde oscuro que el vestido.

La miré.

Ella me sostuvo la mirada sin parpadear.

—¿Qué? —dijo, como si nada.

***

Desde ese momento dejamos de fingir que estábamos en una boda. Bailamos más pegados. Le toqué el culo sin disimulo y ella no se movió. Se restregaba contra mí con una claridad que no admitía malentendidos.

Cuando le propuse salir a fumar, dijo que sí sin pensarlo dos veces.

Fuera hacía frío para ser la época del año. Caminamos hasta donde estaba mi coche, aparcado un poco más allá de la entrada principal. Le encendí el cigarro. El suyo se quedó entre los dedos sin encender porque en cuanto nos pusimos junto al coche me buscó la boca.

Fue un beso directo, sin preámbulos. Le puse las manos en la cadera y la acerqué. Ella me cogió por la nuca con las dos manos.

Estuvimos así un rato, con el coche haciéndonos de pantalla del resto del aparcamiento. Luego ella se apartó un centímetro, me miró un segundo, y bajó la vista. Después bajó ella.

Se puso en cuclillas frente a mí.

Me abrió el pantalón con una facilidad que no era de principiante y me metió en la boca antes de que yo hubiera terminado de procesar lo que estaba pasando.

Despacio al principio. Con la lengua, con la mano, alternando el ritmo. Me miraba de vez en cuando desde abajo, brevemente, como comprobando algo. Luego fue más a fondo. Lo hacía bien, sin afectación, con esa concentración tranquila de alguien que disfruta lo que está haciendo.

Le avisé cuando estaba cerca.

Sacó la boca un segundo.

—Acaba aquí —dijo—. Quiero que acabes aquí.

Le cogí la nuca con la mano y lo hice. Ella se quedó quieta hasta el final. Se limpió la comisura con un dedo, se puso de pie y se alisó el vestido.

—Tengo que retocarme el maquillaje —dijo.

—Sí. Probablemente.

Volvimos dentro juntos.

***

Entré detrás de ella al baño del primer piso. No había nadie a esa hora.

—Oye —dijo cuando me vio aparecer—. Esto es el baño de señoras.

—Ya lo sé.

La empujé suavemente contra el lavabo. Ella puso las manos en el borde del mármol y no protestó.

Le subí el vestido por detrás. Tenía un tatuaje en la zona lumbar, justo encima del culo: una llama pequeña en tinta naranja. Le pasé el pulgar por encima.

—¿Y este? —pregunté.

—Ese tampoco se ve con la ropa puesta.

Le metí dos dedos por delante. Estaba completamente empapada. Apoyó la frente en el espejo y emitió un sonido que tuvo que contener enseguida.

Le di un azote. No fuerte, pero suficiente para que resonara en los azulejos. Ella se quedó sin respiración un segundo.

Para amortiguar sus sonidos saqué el tanga del bolsillo y se lo puse en la mano. Ella entendió sin que yo dijera nada y lo usó.

Me puse detrás y entré de una vez.

Fue un polvo sin pausa ni delicadeza. Apoyada en el lavabo, el espejo delante, el vestido recogido en la cintura, los tacones puestos. A veces me miraba en el espejo. A veces cerraba los ojos. Su respiración era la única señal que me llegaba, entrecortada, controlada a la fuerza.

Cuando le metí un dedo en el culo se puso rígida durante un segundo entero y luego se deshizo completamente. Le temblaron las rodillas. Tuvo que agarrarse con las dos manos para no perder el equilibrio mientras se corría en silencio forzado, con los nudillos blancos sobre el mármol.

Me salí antes de acabar yo.

La giré. La besé.

—Eres un animal —dijo, sin soltar el tanga de la mano.

—Lo dijiste tú primero.

Se miró en el espejo. El vestido arrugado, el maquillaje deshecho. Le ofrecí mi chaqueta y le dije que la esperaba en el coche mientras me despedía de los novios.

***

Marcos me preguntó si lo había pasado bien. Le dije que mucho, que había sido una noche estupenda.

Claudia me preguntó qué tenía en el muslo del pantalón, una mancha oscura en la tela.

—Se me cayó una copa —dije.

Llegué al coche cuatro minutos después.

Ana estaba dentro. En el asiento del copiloto, con mi chaqueta puesta y el vestido doblado sobre las rodillas para no manchar el tapizado. Debajo de la chaqueta no llevaba nada.

Me senté. Arranqué el motor. Puse la mano en su rodilla y noté que todavía estaba húmeda. Ella apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos un momento.

—¿A tu casa? —preguntó.

—A mi casa.

Eso solo acababa de empezar.

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Comentarios (5)

Fefo_lector

buenisimo!!! quiero la continuación ya

TensionFan

el arranque te atrapa de entrada. ese tipo de miradas no engañan nunca

PabloRdz

me recordó una situacion parecida en un casamiento. el morbo de saber que no debería pasar es unico, no hay forma de explicarlo

CuriosaFiel

hay segunda parte? por favor que haya segunda parte

GordoBA99

esas que van a una boda ya sabiendo lo que buscan son otro nivel jajaja tremendo

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