Lo que le hice al técnico mientras mi marido trabajaba
A los cuarenta y dos años entendí algo que nadie me había dicho con esa claridad: el cuerpo de una mujer no envejece como la gente imagina. Envejece el miedo. Envejece la paciencia. Envejece, sobre todo, la capacidad de seguir esperando que alguien que prometió desearte te siga mirando con ganas.
Mi marido, Ernesto, dejó de mirarme así hace tiempo. No hubo pelea ni conversación. Un día noté que sus ojos ya no me buscaban cuando yo entraba al cuarto. Me miraba como se mira un mueble que lleva años en el mismo sitio: útil, familiar, invisible.
Yo no soy un mueble.
Tengo el cuerpo que tengo a los cuarenta y dos: más curvas que antes, la cintura un poco menos estrecha, pero unas caderas que llaman la atención cuando camino, unas tetas grandes que todavía se sostienen solas y un culo redondo que rellena cualquier pantalón. Me lo dicen los hombres en la calle, los vecinos con sus miradas largas, el chico de la ferretería que cada vez encuentra una excusa para atenderme él mismo. No me lo dice el hombre con quien duermo todas las noches. Ese hombre lleva meses llegando a casa, preguntando qué hay para cenar y quedándose dormido frente al televisor sin haberme tocado siquiera el hombro.
No me quejo con nadie. Aprendí que quejarse sin actuar solo sirve para sentirse más sola.
Esa tarde, Ernesto estaba trabajando. Como siempre. Yo estaba en casa en pijama: una camiseta de tirantes sin sostén, con los pezones marcándose cada vez que me rozaba la tela, y unos shorts de tela fina que dejaban ver más de lo que tapaban. Tenía el pelo recogido, sin maquillaje, y tomaba un café frío frente al portátil cuando el internet cayó por tercera vez en la semana.
Llamé a la compañía. Me dijeron que mandarían a alguien ese mismo día.
Cuarenta minutos después, alguien llegó.
***
Rodrigo tenía unos treinta años, quizás treinta y dos. Moreno, con los hombros anchos del tipo que hace algo físico con su cuerpo, no del que levanta pesas en un gimnasio para verse bien en fotos. Sus manos eran grandes, con los nudillos marcados, y traía una caja de herramientas que apoyó junto a la puerta con naturalidad, como si entrara a casas ajenas todos los días. Porque entraba.
—Buenas tardes —dijo—. Vine por el reporte del servicio.
Me miró de arriba abajo sin disimulo. No de una manera grosera. De una manera directa, honesta, que es muy diferente. Los ojos se le clavaron dos segundos en mis tetas antes de subir a mi cara, y no bajó la vista avergonzado. Aguantó la mirada.
—Pasa —le dije, y lo hice seguir por el pasillo.
Noté cómo volvió a mirarme cuando giré para guiarlo. No me hice la desentendida. Dejé que mis caderas hicieran lo que hacen cuando camino sin esforzarme en disimularlas, que no es poco, y sentí sus ojos pegados a mi culo todo el pasillo.
—El router está en el cuarto —expliqué—. Por aquí.
Él siguió sin decir nada, y ese silencio me gustó más que cualquier comentario.
Lo senté en la silla del escritorio y me quedé de pie junto a la cama, mirándolo mientras revisaba los cables. Tenía esa concentración tranquila de alguien que sabe lo que hace. Los brazos se le marcaban cuando estiraba el cable hacia atrás. La camiseta del uniforme le quedaba justa en los hombros y yo me descubrí mirando cómo se movía, calculando, midiendo el bulto que se le adivinaba en el pantalón cuando se agachaba.
—¿Quieres tomar algo? —pregunté.
Me miró por encima del hombro.
—No es necesario, señora. No tardo mucho.
—No soy señora —dije—. Me llamo Valeria.
Una pausa mínima. Una sonrisa que controló antes de que se volviera demasiado visible.
—Valeria. Bien.
Fui a la cocina por dos vasos de limonada. Cuando volví, él estaba agachado revisando la toma de la pared, de espaldas a mí. Me tomé un momento para observarlo antes de anunciar que había vuelto. Luego dejé el vaso en el escritorio y me agaché junto a él con la excusa de ver qué revisaba. La camiseta se me abrió por delante y las tetas se me colgaron a la vista, con los pezones duros apuntándole directo. No fue un accidente.
Rodrigo levantó los ojos lentamente.
Se quedó así, mirando, durante dos segundos largos que valieron por muchos.
—¿Te molesta si miro? —pregunté en voz baja, sin fingir que hablaba del cable.
—No —dijo él. Y esa única sílaba lo dijo todo.
***
Me incorporé despacio, dejando que él me mirara las tetas al levantarme. Él hizo lo mismo. Estábamos a menos de un metro de distancia y yo podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, ese calor real de alguien que trabaja con las manos y no pasa el día sentado en una oficina. Le miré el bulto sin disimulo. Ya estaba creciéndole dentro del pantalón, marcándose grueso contra la tela del uniforme.
—Mi marido trabaja hasta las ocho —dije. No como advertencia. Como información.
Rodrigo asintió con la cabeza, despacio.
—Yo termino donde me digan que terminé —respondió.
Me gustó eso. Me gustó la calma con que lo dijo, sin prisa, sin actuar como si aquello fuera una situación extraordinaria. Era un hombre que sabía estar en un momento sin arruinarlo con demasiadas palabras.
Puse una mano en su pecho, la bajé por el estómago y la llevé sin rodeos hasta el bulto. Se la apreté por encima del pantalón. Estaba dura, gruesa, caliente incluso a través de la tela. Él no se movió. Solo me miró, esperando, con la respiración un poco más pesada.
—¿Sabes cuánto hace que nadie me toca como si yo importara? —pregunté sin dejar de apretarle la polla.
—No —dijo—. Pero puedo hacerlo ahora, si quieres.
Lo quería. Llevaba meses queriéndolo sin saber exactamente qué era ese querer.
Cuando me besó no lo hizo con prisa. Me metió la lengua en la boca con esa lentitud de alguien que no tiene intención de terminar rápido. Pasó las manos por mis costados, me subió la camiseta de golpe hasta dejarme las tetas al aire y me las agarró completas, una en cada mano, apretándolas con una firmeza que me hizo cerrar los ojos y soltar el aire que llevaba un rato conteniendo sin darme cuenta. Me pellizcó los pezones entre los dedos y yo gemí contra su boca, mordiéndole el labio inferior.
—Hace mucho que nadie me aprieta así —murmuré contra su boca.
—Pues ya terminó ese tiempo —respondió.
Bajó la boca a mis tetas y me las mamó una por una, chupándome los pezones con la lengua entera, mordisqueándolos con cuidado y volviendo a chupar. Yo le clavé las manos en el pelo y le empujé la cara contra mí, pidiéndole más sin hablar. Sentí su mano meterse dentro del short, apartar la tela y bajar directo entre mis piernas. Los dedos me encontraron mojada, empapada, más mojada de lo que yo misma esperaba.
—Estás toda mojada —dijo con la boca todavía en mi teta.
—Llevo meses así —le contesté—. Meses.
Me pasó dos dedos por los labios del coño, arriba y abajo, sin meterlos aún, jugando con lo mojada que estaba. Me rozó el clítoris con la yema del pulgar y yo abrí más las piernas, apoyándome en él para no caerme. Cuando finalmente me metió los dos dedos hasta el fondo se me escapó un gemido largo, sucio, que llevaba meses guardado.
Me llevó hacia la cama sin sacarme los dedos. Se sentó en el borde y me acomodó sobre su regazo, con mis rodillas a los lados de sus caderas, mientras seguía metiéndomelos y sacándomelos con un ritmo lento que me estaba volviendo loca. Le desabroché el pantalón con manos torpes y le bajé el bóxer lo justo para sacarle la polla. Era gruesa, morena, más grande de lo que ya me había imaginado, con la punta hinchada y una gota transparente asomándole.
La agarré con la mano y me la quedé mirando un segundo, sin pudor.
—Hace años que no veo una así —dije.
—Chúpamela —pidió, casi en un susurro.
Me bajé de su regazo, me arrodillé en el suelo entre sus piernas y me la metí en la boca de una sola vez, todo lo que me cabía. Rodrigo dejó salir un gruñido y me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, chupándole la cabeza con los labios apretados, sacándomela solo para escupirle encima y volver a metérmela hasta atrás. Se me llenó la boca de saliva y él se puso más duro, si es que eso era posible. Le lamí los huevos también, uno y otro, mientras seguía masturbándosela con la mano.
—Vas a hacer que me corra ya —dijo con la voz espesa.
—No todavía —le contesté, y volví a subir a la cama.
Le saqué la camiseta. Él terminó de arrancarme la mía y me bajó los shorts con un tirón, dejándome desnuda encima de él.
Se quedó mirándome un momento, sin decir nada.
—Estás muy bien —dijo al fin, con los ojos recorriéndome las tetas, el vientre, el coño depilado que le quedaba a la altura de los ojos. No como un cumplido de protocolo. Como alguien que constata un hecho.
—Lo sé —respondí—. Aunque a veces necesito que me lo recuerden.
Me tumbó sobre la cama y bajó por mi cuerpo con la boca, dejando un rastro húmedo desde el cuello hasta el ombligo. Cuando me abrió las piernas y me metió la cara entre los muslos supe que no era el tipo de hombre que hace esto por cumplir. Me lamió el coño entero con la lengua plana, larga, desde abajo hasta el clítoris, y cuando llegó ahí se quedó, chupándomelo, dándole vueltas con la punta de la lengua, alternando con dos dedos que me metía y me sacaba con un ritmo que me hizo arquear la espalda entera.
—Sí, así, no pares —le pedí, agarrándolo del pelo.
Él no paró. Me mamó el coño como si le fuera la vida en eso, chupando, lamiendo, metiéndome la lengua dentro, subiendo otra vez al clítoris. Se me empezó a acumular un temblor en las piernas y sentí que se me venía encima el primer orgasmo casi sin darme tiempo a prepararme. Cerré los muslos alrededor de su cabeza y me corrí contra su boca, gimiendo alto, sin importarme nada, empapándole la cara.
Cuando levantó la cabeza tenía la barbilla brillante y una media sonrisa.
—Estás salada —dijo—. Me gusta.
Lo tumbé de un empujón hacia atrás sobre la cama y me coloqué encima de él, sentándome a horcajadas sobre sus caderas. Sus ojos no me perdieron de vista un segundo.
—Dime lo que quieres —dijo.
—Todo —le respondí—. Quiero todo.
***
Lo que vino después fue algo que hacía mucho tiempo que no vivía con esa intensidad. No sé si fue él, o si fui yo, o si fue simplemente el hambre acumulada de meses de noches frías al lado de alguien que ya no me buscaba.
Le agarré la polla con la mano, me la pasé por los labios del coño de arriba abajo, mojándole la punta con lo que ya me chorreaba, y me la fui metiendo despacio, sentándome milímetro a milímetro hasta que la sentí toda dentro. Se me escapó un gemido cuando terminé de bajar. Era gruesa, me estiraba, me llenaba de una manera que no recordaba desde hacía años.
—Joder —dijo él, con las manos apretándome las caderas—. Estás apretadísima.
—Y tú tienes una polla enorme —le contesté.
Empecé a moverme encima de él, subiendo y bajando, con las manos apoyadas en su pecho. Rodrigo me miraba las tetas rebotarle en la cara y de vez en cuando levantaba la cabeza para chuparme un pezón sin que yo dejara de cabalgarlo. Me agarraba el culo con las dos manos, separándome las nalgas, guiándome, marcándome el ritmo.
—Así, follame así —le pedí—. Fuerte.
Él empezó a empujar de abajo hacia arriba, clavándomela más adentro con cada estocada. La cama crujía. Yo gemía sin ningún pudor, apoyándome más en él, moviéndome cada vez más rápido. Sudábamos los dos en la penumbra de esa habitación que tantas veces me había parecido el lugar más solitario de la casa. Esa tarde era otra cosa.
—Dame la vuelta —pedí.
Me sacó la polla de golpe, me giró y me puso a cuatro patas encima del colchón. Se colocó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y volvió a metérmela de una sola embestida, hasta el fondo. Grité contra la almohada. Me la empezó a meter con fuerza, agarrándome de las caderas, tirando de mí hacia atrás con cada embestida, haciéndome chocar el culo contra su pelvis. El ruido de piel contra piel llenaba todo el cuarto.
—Toma toda, toda —le decía yo, apretando las sábanas con los puños—. Rómpeme.
Me dio un cachetazo en el culo que me hizo apretar el coño alrededor de su polla. Él gruñó de placer y me dio otro. Me metió una mano en el pelo, tiró suave, me hizo levantar la cabeza mientras seguía embistiéndome desde atrás.
—Dime que llevabas meses queriendo esto —me dijo al oído, sin dejar de follarme.
—Meses —le respondí gimiendo—. Meses queriendo que alguien me follara así.
El segundo orgasmo me llegó de golpe, con los dientes apretados y los dedos clavados en las sábanas. Se me contrajo todo el cuerpo alrededor de su polla y él tuvo que quedarse quieto un momento para no venirse él también.
—Todavía no —le pedí jadeando—. No te corras todavía.
Él no paró. Empezó a moverse otra vez, más lento, dejándome recuperar el ritmo, pero sin sacármela, manteniéndome llena.
***
—¿Puedo pedirte algo? —dijo, en algún momento entre una cosa y la siguiente, con la frente apoyada en mi espalda.
—Ya llevas un rato pidiéndome cosas sin palabras y yo diciéndote que sí —respondí—. Habla.
—Quiero metértela por el culo —me dijo, así, sin adornos—. Mi mujer nunca me deja.
Lo dijo sin vergüenza ni rodeos, y eso me gustó más que la petición en sí.
—Sí —dije.
—¿Segura?
—Si no lo fuera, no lo diría. Pero ve con calma. Hace muchos años que no lo hago.
Me acomodé boca abajo, con una almohada bajo las caderas para levantarme el culo hacia él. Le sentí escupirse la mano y pasársela por la polla. Después me escupió a mí, entre las nalgas, y me pasó dos dedos por el ojete, mojándome, presionando poco a poco, dejando que me acostumbrara. Metió primero uno, después dos, moviéndolos despacio hasta que se me abrió.
—Respira —me dijo.
Puso la punta contra mí y empujó, muy despacio. Hubo tensión al principio, esa incomodidad que hay que atravesar con calma, y me concentré en controlar la respiración, en aflojar, en recibirlo. Cuando la cabeza pasó gemí contra la almohada y me mordí el labio. Él siguió empujando, milímetro a milímetro, hasta que sentí sus caderas apoyadas contra mi culo. La tenía toda dentro.
—¿Estás bien? —preguntó. Seguía quieto.
—Sí —dije—. Muévete despacio.
Lo hizo. Muy despacio al principio, sacándomela casi entera y volviendo a metérmela con una lentitud que me tenía retorciéndome debajo de él. Después un poco más rápido, y yo fui siguiéndolo, buscando el ritmo, hasta que la incomodidad se convirtió en algo completamente diferente, un placer sucio y nuevo que me subía por toda la espalda. Sus manos me sujetaban por las caderas con esa firmeza que ya conocía y que era lo único que necesitaba sentir en ese momento. Empujé hacia atrás para encontrarle el paso. Él lo entendió y aceleró.
—Métemela toda —le pedí—. Toda.
Me metí una mano entre las piernas y empecé a tocarme el clítoris mientras él me embestía por atrás. La mezcla de las dos cosas me estaba llevando a un tercer orgasmo que sentía crecer rapidísimo. Rodrigo me daba con más fuerza, gruñendo cada vez que se hundía entero.
—Me voy a correr —dijo con la voz entrecortada.
—Córrete dentro —le respondí—. Quiero sentirlo.
Se hundió una última vez hasta el fondo y me apretó las caderas con las dos manos, gimiendo largo mientras se venía dentro de mí. Yo sentí su polla latiéndome adentro y el calor de la corrida llenándome, y con los dedos apretándome el clítoris me corrí también, contrayéndome alrededor de él, mojándole la mano y la sábana.
Terminamos así, con su frente apoyada entre mis hombros y los dos recuperando el aliento en la quietud de la tarde. Cuando se salió despacio sentí el semen tibio corriéndome por el muslo. No hice nada para limpiarlo enseguida. Me quedé un momento así, tumbada, sintiéndolo.
***
Rodrigo se vistió sin apuro. Recogió sus herramientas, revisó una vez más el router y anotó algo en su tablet como si aquello fuera un servicio técnico más en su jornada.
—El servicio debería estar estable ahora —dijo, con la misma calma con la que había llegado.
—El mío también —respondí.
Se rio. Una risa breve, honesta, sin fingimiento.
—Guarda mi número —dijo—. Por si el problema vuelve.
Lo guardé. No con su nombre real, sino con un nombre en clave que solo yo entendería si Ernesto alguna vez revisaba mi teléfono. Esas precauciones se aprenden solas cuando uno lleva el tiempo suficiente en un matrimonio que funciona solo en los papeles.
Lo acompañé hasta la puerta. Se despidió con un beso corto en la mejilla, como si nos conociéramos de antes, como si aquello fuera algo que se hacía naturalmente.
Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento, sin moverme.
***
Eran las seis y media. Ernesto llegaba a las ocho. Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente se llevara el semen que todavía tenía entre las piernas, me puse ropa limpia y fui a la cocina a pensar en qué preparar para cenar, como si esa tarde hubiera sido una tarde cualquiera.
Pero no lo había sido.
Me senté a la mesa con un vaso de agua fría y por primera vez en meses no me sentí furiosa ni triste ni resignada. Me sentí, simplemente, presente. Como si hubiera vuelto a ocupar mi propio cuerpo después de haberlo tenido abandonado demasiado tiempo en una habitación que compartía con un extraño.
No me arrepentí. Ni un segundo.
Cuando Ernesto llegó, preguntó qué había para cenar y si había visto sus llaves. Yo le respondí las dos cosas con la misma amabilidad de siempre. Él no notó nada. Por supuesto que no notó nada. Para notar algo habría tenido que mirarme, y hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo.
Me fui a dormir antes que él esa noche. Me puse de lado, cerré los ojos y pensé en las manos de Rodrigo en mis caderas, en su polla llenándome por delante y por detrás. En esa tarde que existió entre las paredes de mi propio cuarto, sin testigos, sin consecuencias que yo no hubiera elegido libremente.
Sonreí en la oscuridad.
Una mujer que sabe lo que vale no espera a que alguien se lo confirme. Lo recuerda sola, o busca quien se lo recuerde. Yo había elegido lo segundo. Y lo volvería a elegir.